Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son propiedad intelectual de Stephenie Meyer. La historia es mía y está protegida en Save creative código 1210082477334.


Capítulo 2

"Los seres humanos no nacen para siempre el día en que sus madres los alumbran, sino que la vida los obliga a parirse a sí mismos una y otra vez"

Gabriel García Márquez

—¡Phil! —saluda riendo; cuando habla con él se siente más niña, es el momento en el que se permite tener sus quince años.

—Hola, Sirenita, ¿cómo está mi hija postiza favorita? —responde él con voz dulce— ¿Siguen en California?

—Sí, Renée parece entusiasmada… muy entusiasmada —sabe que es mejor contarle a Phil sobre la nueva conquista de su madre; tiene la esperanza de que él deje de creer que algún día ellas volverán con él.

—¿Debería Preocuparme?

—Phil, no me obligues a decirlo de nuevo —le siente suspirar desanimado.

—Entiendo —contesta resignado—. Y a ti, ¿cómo te ha tratado California?

—No es mucho lo que he visto —murmura— y hace un calor de los mil demonios por las tardes… pero es más agradable que Texas.

—Me alegro. Alice te manda besos… dice que irá a visitarte en septiembre.

—Dale mis saludos también.

—Te dejo, mi pequeña Sirena, solo llamaba para saludarte. Dale mis saludos a tu madre y si te cansas de viajar, sabes que en Salt Lake tienes una casa esperándote —cada vez que hablan, él se despide de la misma forma, lo que la hace derramar algunas lágrimas.

—Te quiero, Phil. Cuídate mucho.

—Tú también y cuida a tu madre.

Corta la llamada, se acuesta sobre la cama mirando el techo y deja que las lágrimas corran libremente. Phil es el motivo por el que nunca le ha gustado aferrarse a algo, nunca ha intentado hacer amigos ni tampoco encariñarse con algún lugar.

Desde siempre supo que sentirse a gusto con alguien o algo solo la haría sufrir después. En el momento en que su madre decide marcharse, no hay objeción válida, así debe ser, sin importar lo apegada que ella esté con algo del lugar de donde huyen.

Aun así, hubo un tiempo que fue bueno para ella, es el mejor recuerdo que guarda en su memoria de todos los años de viaje con su madre, es el año que vivió en Salt Lake, Utah. Allí realmente creyó que Renée había encontrado el amor de su vida y que su cabeza comenzaba a ordenarse; el elegido: Philip Dwyer, un beisbolista de ligas menores.

Es en aquel lejano periodo donde se sintió parte de algo: tuvo una casa, amigas y hasta un perro. Phil junto a su hija Alice, se convirtieron en el padre y la hermana que nunca tuvo y son las únicas personas con las que tiene verdadero contacto.

Lamentablemente, él viajaba mucho y su madre pronto se sintió sola, comenzó a beber más de la cuenta y un día de verano hizo las maletas, la tomó de la mano y partieron una vez más con rumbo desconocido.

Phil siguió a Renée durante años. Cada cierto tiempo aparecía frente a su puerta rogando de que volvieran a casa, pero Renée nunca quiso desprenderse de sus ansias de libertad para convertirse en la abnegada mujer que esperaba en casa a su marido con comida recién hecha y una cama caliente.

Niega con la cabeza, se limpia los ojos con las manos y decide dejar de pensar en ello.

Hace un calor insoportable y necesita una ducha con agua fría para refrescar el cuerpo y el espíritu. Se pone de pie quitándose la ropa en el camino y se encierra en el cuarto de baño.

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Siete de la tarde, madre e hija entran a un pintoresco restaurante con motivos marineros en la costa de Long Beach. Carlisle les hace una seña y Renée vocifera un saludo que hace voltear hacia ellas a todos los comensales. La madre avanza a pasos rápidos; Isabella se queda un poco más atrás sopesando las opciones.

Carlisle no parece defraudado cuando observa el atuendo de su madre: un camisón largo y ancho de color rojo y un par de sandalias hechas de lona y paja del mismo color. Él sigue llevando la playera con el logo de The dark side of the moon*, solo que sobre esta se ha puesto una camisa roja escocesa.

Ve como Renée y él se saludan y decide que ya es hora de acercarse. Cuando está ya frente a la mesa nota la presencia de un joven sentado frente a la mesa con cara de aburrimiento mirando su moderno teléfono celular.

—Isabella —saluda Carlisle tomando su mano para ayudarla a sentarse al lado del chico—. Este es mi hijo, Emmet.

—Hola —el chico parece no tener interés en hablar porque a penas la mira para saludar y sigue con la vista en el móvil.

Sin embargo, ella voltea a mirarle porque es mala fisonomista y para recordar a las personas necesita verlas bien. Emmet es grande, muy grande, con brazos que son cuatro o más veces los de ella y un cuello que parece que explotará —se pregunta si consume esteroides—. Su rostro intimida un poco menos, tiene los ojos grandes del color de los de su padre y su cabello es rubio. Viste todo lo contrario a Carlisle y usa un suéter verde musgo, camisa clara y pantalón de tela beige. Sería atractivo si a ella le gustarán los chicos grandes y snobs.

El camarero hace presencia en el lugar y ella voltea antes de que el chico crea lo que no es porque ella se le queda mirando mucho rato.

Odia los mariscos, así que mientras todos piden platos de extraños nombres ella pregunta si tienen hamburguesas y patatas fritas. Emmet sonríe cuando la escucha y ella sonríe también porque la sonrisa del chico es como la de un niño y en sus mejillas se forman tiernos hoyuelos que lo hacen parecer todo ternura.

—Isa, debes ser valiente y probar nuevas cosas...

—Yo también quisiera una hamburguesa entonces —Emmet interrumpe a Renée y cambia su pedido. Cuando el garzón asiente, él voltea y le guiña un ojo a Isabella.

La comida transcurre de forma normal. No quiere sentir ni siquiera simpatía por Carlisle y su hijo, pero no puede evitarlo cuando ambos se comportan tan bien con ella. No ocurre así con su madre, pues Emmet no deja de verla receloso y no pasan desapercibidas las miradas de reproche que intercambia con su padre.

Emmet estudia Biotecnología y su padre relata orgulloso como está trabajando junto a un premio Nobel. Ella lo observa asombrada, siempre ha soñado con estudiar algo relacionado con la ciencia, aunque en el área de la biología de ecosistemas.

—Isa y yo nos vamos —dice su madre un rato después.

—¿Puedes manejar a casa? —pregunta Emmet con el ceño fruncido.

Renée ha bebido media botella de vino blanco y está bastante risueña, es normal que se preocupe.

—Isa llevará el coche.

Emmet asiente, como no ha dicho su edad debe pensar que ya está en los dieciséis. No tiene licencia, pero con lo improvisada que es la vida que lleva creyó necesario aprender a conducir. Han pasado dos años desde que lo hace y por lo que ha visto conduce mejor que cualquier chica de más edad con la que se haya topado en las carreteras.

Ya están caminando hacia el estacionamiento —después de la efusiva despedida de Carlisle y Renée fuera del restaurante— cuando Carlisle grita hacia ella:

—Isabella, el sábado celebraremos el cumpleaños de Emmet… estás invitada.

Genial —murmura en su interior.

Su idea de no involucrarse con esa familia se va a ir al carajo si la siguen incluyendo en sus planes. No quiere volver a sufrir lo que sufrió cuando dejaron a Phil, mas el destino otra vez pone frente a ella personas maravillosas que se dan a querer con facilidad; no saben el daño que le ocasionarán después, cuando su madre decida acabar todo.

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Llegan al mugroso edificio minutos antes de la media noche.

Su madre se deja caer en el colchón riendo. En el coche encontró una pequeña colilla de un pito de marihuana y se la terminó, desde entonces ha estado riendo y hablando de lo mágico que es el sexo con Carlisle.

Isabella se bebe un vaso de agua y se encierra en su habitación dejando a su madre en el lugar.

Un disparo a lo lejos la despierta algunas horas después. Se levanta y se asoma a la ventana; unos chicos no mayores que ella pasan corriendo por fuera y se pierden en un callejón. Dos minutos después una patrulla de policía pasa a exceso de velocidad pitando la baliza.

Sabe que le costará volver a dormir.

La delincuencia es otro de los múltiples inconvenientes del lugar, por suerte ellas no poseen nada que sea llamativo y no cree que un ladrón arriesgaría su libertad por robar dos dólares que no alcanzan ni para un porro.

Camina y sale de la habitación. Renée está en el mismo lugar y misma posición en que estaba antes de que ella se fuese a dormir.

Busca en la maleta alguna cosa limpia que ponerle para dormir; encuentra una camiseta grande roja, que sabe Dios a quien perteneció, y la deja sobre el colchón mientras intenta quitarle el intento de vestido y zapatos que lleva puestos.

Con un poco de esfuerzo, logra quitarle todo y ponerle la camiseta. La noche está calurosa por lo que solo le cubre los pies con el mismo vestido que le quitó... no cree ser capaz de levantarla para ponerla bajo las mantas.

Ya con su madre lista, ella pasa por el lavaplatos y bebe otro vaso de agua.

Antes de regresar a su habitación, vuelve donde Renée, la besa en la frente y solo entonces se va a dormir algunas horas más.

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*The dark side of the moon: Disco de la banda Pink Floyd lanzado el 17 de marzo de 1973, conocido por temas como Money y por el prisma refractando luz de su portada.


Sé que es corto, pero es mejor para irnos ambientando en la extraña relación Renée/Bella. En la semana subiré el siguiente que ya está casi listo.

Gracias infinitas a Catali y Anyreth por betear el capítulo y gracias a todos ustedes por leer.