Hola, espero que hayan tenido un buen fin de semana. Nos leemos abajo con algunas aclaraciones.

Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son propiedad intelectual de Stephenie Meyer. La historia es mía y está protegida en Save creative código 1210082477334.


Capítulo 6

"El hombre puede creer en lo imposible, pero no creerá nunca en lo improbable"

Oscar Wilde

Muchas veces se hacen planes a futuro y la gente imagina cada palabra, cada gesto y predice cada movimiento de aquel momento especial que aún no sucede. Soñar despierto y crear mundos de fantasía parece ser algo que viene en los genes del ser humano y que es parte de nuestras funciones vitales como comer o respirar.

Sin embargo, Isabella Swan jamás ha soñado con imposibles ni ha hecho planes que no sean sobre el trabajo o el dinero.

Siempre creyó que era su miedo a ilusionarse lo que la obligaba a mantener su cabeza en el hoy y el ahora, pero es en este momento cuando mira el perfil de aquel misterioso y a la vez familiar chico que está a su lado en la arena, que ella entiende que es porque en realidad solo estaba esperando sorprenderse… y vaya sorpresa que se ha llevado.

No es mucho lo que se han dicho, entre el retumbar de la música y el sonido del mar es imposible hablar demasiado; al menos, han intercambiado un par de opiniones y una que otra mirada fugaz.

Así que puede decir que ahora sabe que su apellido es Masen y que tiene veinticuatro años… demasiado mayor para ella, pero nadie dice que al menos no pueda mirarlo y tenerlo cerca mientras pueda.

Cree que eso no está bien y aun así quiere tocarlo y saber más de él, de sus amigos, de sus gustos… pero calla porque no quiere ser inoportuna ni que él vuelva a la pose defensiva que tenía cuando estaba con sus amigos.

Si cuando lo vio en la carretera lo encontró atractivo, ahora con el rostro sereno le parece casi como un ángel y no será ella la que lo haga cambiar de postura.

Voltea un momento hacia la fiesta y algo tristemente familiar la inquieta.

— ¡Oh Dios! —se lamenta avergonzada porque a lo lejos distingue a Renée bailando y quitándose la ropa sobre un amplificador.

Se pone de pie en un segundo y Edward la sigue sin decir nada, pero antes de llegar al lugar Carlisle ya la está bajando y llevándola en el hombro como un bulto inerte.

—Sé que no tengo moral para decirlo, pero tu madre está loca —grita Edward riendo y por un momento se queda encandilada con el sonido de su risa, hasta que reacciona y recuerda que se está riendo de Renée.

—No es gracioso —murmura enfadada y camina hacia donde Carlisle se llevó a Renée.

No sabe si Edward va detrás de ella o no, tampoco le importa; su momento de tonta adolescente ha terminado y ahora debe hacerse cargo de su madre.

No los alcanza hasta las escaleras que suben a la Costanera donde dejó el automóvil. Carlisle lleva un paso firme y constante a pesar de llevar a Renée a cuestas —que se ha quedado dormida—; a Isabella hasta le cuesta seguirle el ritmo.

—Isa —dice Carlisle con ternura cuando llegan al Mercedes—, mi casa está a menos de un kilómetro, pueden quedarse allí si quieren.

—No te preocupes —responde ella —. Nos vamos a casa —él la mira con aprensión—. Sé como manejarlo.

—Es muy tarde y tu barrio es peligroso —replica él— me sentiré mejor si se quedan conmigo o si puedo acompañarlas —lo deja caer como esperando su invitación.

Respira profundo para evitar decirle que deje de ser amable y que ella puede lidiar con eso sola.

—No te preocupes —repite—, estaremos bien.

Y sin darle lugar a que siguiera con lo mismo, ella abre la puerta trasera del coche y le indica donde y como colocarla. Renée parece despertar por un momento, pero solo balbucea y vuelve a dormir.

—Isa…

—No Carlisle, en serio estaré bien —interrumpe ella y sube en su lugar en el coche.

—Yo las acompaño —la voz de Edward la sobresalta y mira hacia atrás mientras baja la ventanilla.

—No necesito compañía… sé lidiar con esto —dice fastidiada.

—Iré en mi camioneta tras ustedes. No me lo puedes prohibir —replica él con suficiencia y se encamina hacia unos puestos más al sur donde está la gran camioneta blanca.

Carlisle se despide de ella mucho más confiado que antes y ella arranca el coche fastidiada y aprieta el acelerador a fondo queriendo escapar, aunque sabe de antemano que un trasto viejo como el suyo no perderá a Edward en la carretera.

Estaciona el coche afuera su edificio y treinta segundos después lo hace Edward tras ella. Baja del coche ignorándolo y abre la puerta trasera y comienza a mover a Renée.

—Mamá —susurra mientras la sacude por el hombro—. Mamá, ya llegamos —repite y trata de levantarla.

—Te ayudo a llevarla —Edward ya está a su lado y comienza a levantar a Renée sin esperar respuesta de Isabella.

—Puedo sola —vuelve a decir porque es así, siempre lo ha hecho sola.

—No seas terca —él ya tiene a Renée en brazos y comienza a caminar— ¿Podrías guiarme?

Isabella asiente pensando que él las dejará a la entrada del edificio, pero él comienza a caminar hacia las escaleras.

—Si fuera tú, no dejaría la camioneta aquí afuera…

—Sobrevivirá —responde él con suficiencia antes de que ella termine la frase— ¿Me guiarás o tengo que adivinar donde vives?

Ella asiente y con vergüenza lo guía por la estrecha escalera —que parece crujir más que cuando salió— hasta llegar al cuarto piso. Hay seis departamentos del mismo tamaño que el suyo —el de ellas es el último—, pero en cada uno viven al menos cinco personas; eso la alienta a no ser desagradecida pues ella y su madre están en condiciones mejores que cualquiera de sus vecinos.

Su vecino Eleazar, un mexicano cincuentón que siempre viste de cuero, está borracho golpeando la puerta de su casa y gritando suplicante el nombre de su esposa Carmen. Isabella lo ignora y llega hasta su puerta, abriéndola de inmediato para dejar pasar a Edward.

—No veo nada —murmura el chico—. ¿Podrías encender la luz?

—No hay luz —lo agradece porque se ha puesto roja por la vergüenza—, pero camina derecho, el colchón de mi madre está poco antes de llegar a la ventana.

La luz de la calle se cuela por las ventanas y ella se deleita viendo la silueta de Edward. Es delgado, pero su espalda tiene algo que la hace querer pasar sus manos por ella, algo que la hace asustarse y negar con la cabeza mientras trata de regular su respiración.

—Nos vemos —se despide Edward.

—Bajo contigo. Debo guardar el coche —responde ella y sale del departamento con él detrás.

Bajan los dos primeros pisos en silencio, solo escuchando los golpes y gritos de Eleazar, la baliza de una patrulla, el rechinar de la escalera y por supuesto la respiración de ambos. Cuando están en el descanso del segundo piso, Edward carraspea y habla:

— ¿Sigues molesta? —pregunta en voz baja.

—Sí… pero no contigo —aclara— sino con la situación en sí.

—Lamento haberme reído de tu mamá, es solo que me pareció gracioso su baile…

—Claro, entiendo —responde ella cabreada—. Renée es el bufón de la fiesta… lástima que después de quince años su rutina ya no me divierta —sabe que eso sonó resentido, pero está cansada y no ayuda tener a Edward tras ella diciendo lo graciosa que es Renée.

—Lo siento de verdad, Isabella—susurra Edward—. Si hubiese sabido que te iba a molestar no me habría reído.

Llegan a la calle en ese momento. Ella no sabe que decir y él parece avergonzado por su comportamiento. Comprende que Edward no tiene la culpa, nadie la tiene, solo Renée, pero le es difícil soportar que su madre sea el centro de atención constante y perder la esperanza de que alguna vez vaya a cambiar.

Se queda de pie esperando a que él vuelva a decir algo, pero como no lo hace camina hasta el coche un poco desilucionada de que se acabó su tiempo con él. No alcanza a avanzar dos pasos cuando él vuelve a hablar de forma rápida:

—Te invito a almorzar mañana —abre muchos los ojos porque no se lo esperaba, aun así no deja de sonreír.

— ¿Escuché bien? —cree que se lo está preguntando a ella misma y se avergüenza cuando la pregunta sale en voz alta.

Debe pensar que soy una muerta de hambre y siente lástima por mí —piensa como única explicación posible a la invitación.

—Sí —responde él—. Dijiste que te gustaban las aves. Las gaviotas llevan cerca de una semana allí en la península —explica él—; puedes venir a almorzar y estar toda la tarde en la playa si quieres.

Todo suena perfecto, sin embargo, ella tiende a desconfiar cuando las cosas son muy fáciles. Está tan acostumbrada a luchar por ella y por Renée y ha tenido tan malas experiencias de todo que cuando alguien le ofrece ayuda siempre cree que hay un motivo oculto detrás.

— ¿Por qué haces esto? —odia ser así. Renée siempre le dice que a veces solo debe agradecer los gestos y no cuestionar cada cosa que otra persona haga por ella.

—Ayudaste a mi mamá y estás guardándome un secreto… conoces algo de mí que nadie conoce y quiero retribuirte con algo. ¿Siempre eres así desconfiada? —él no parece molesto, solo asombrado por su carácter.

—Lo siento —se disculpa ella y aunque sabe que se va arrepentir, las siguientes palabras salen sin que pueda frenarlas—. Acepto la invitación.

—Mañana entonces paso por ti pasado el mediodía —asiente sin decir nada porque cree que su voz saldrá ahogada y se notará lo mucho que le está afectando esa sonrisa torcida que él acaba de formar en su rostro—. Hasta mañana, Isabella —Edward se acerca a ella y baja desde su inalcanzable metro con ochenta (o quizás más) centímetros, hasta dejar un beso en su mejilla.

Su corazón late muy fuerte, más fuerte que nunca, y su respiración es errática e inconstante. Susurra un adiós ahogado y se queda de pie mientras él abre la puerta de su camioneta. Edward vuelve a mirarla entonces.

—Guarda el coche… no me iré hasta que sepa que estás dentro del edificio —asiente entonces avergonzada y sube al Mercedes, lo arranca y entra por el portón que está al lado del edificio, bajando hacia el subterráneo y estacionándose en el lugar asignado a su departamento.

Cuando llega al apartamento se va directo a su habitación sin mirar a su madre.

Sigue alelada al recordar la cercanía de Edward. La mejilla que él besó sigue ardiendo y su olor —que es una mezcla de chocolate y almizcle— sigue aturdiendo sus sentidos.

Cierra los ojos y se deja caer en la cama. Lo vuelve a recrear con esa camisa color cielo, abierta sobre una musculosa blanca y los jeans oscuros que por más que sacudió seguían teniendo restos de arena.

Es perfecto. Sí, perfecto, mayor e inexequible.

Suspira frustrada. Está acostumbrada a no tener nunca lo que desea, pero es primera vez que eso duele y la hace sentir miserable porque ni el dinero lo podría comprar.

— ¿Te gustó ese chico? —se asusta cuando oye a su madre.

Renée sin pedir permiso entra tambaleante al cuarto y se sienta a los pies de la cama. La mira con una expresión expectante, típica de cuando quiere cotillear.

—No —responde antes de darle pie a la Inquisición Renée. Porque su madre puede ser despreocupada en todo lo referente a ella, menos cuando es algo relacionado con chicos.

—Debería gustarte… sería raro que no si es guapísimo —vuelve a poner en duda la edad mental de su madre. No es posible que una mujer de más de treinta años parezca una colegiala cada vez que habla de chicos guapos.

—Es atractivo, pero muy mayor.

— ¿Y de qué hablaron? —todo rastro de borrachera ha desaparecido y Renée parece dispuesta a averiguar todo lo que Edward y ella hicieron y no hicieron esa noche.

—De gaviotas y de tu patético espectáculo —lo último lo dice en un tono rencoroso y la madre baja la mirada.

—Solo me estaba divirtiendo —susurra—. La próxima vez me cuidaré y trataré de no avergonzarte.

Respira profundo. Ha escuchado eso muchas veces… las promesas de Renée nacen moribundas y tratar de reanimarlas sería una tortura para todos porque terminan muriendo igual. Que su madre cambie es otra cosa improbable, aunque ella ya se ha acostumbrado que todo lo que desea sea improbable.

—Le gustaste a ese chico —murmura Renée y ella niega con la cabeza—. Estuvo contigo durante toda la fiesta y luego te acompañó a casa y te ayudo conmigo... le gustas.

Isabella prefiere no discutir. Sabe que él es amable porque la casualidad hizo que fuese ella quien se encontrara con su madre loca en medio de la carretera. Edward solo quiere retribuirle de alguna forma que no sea humillante.

— ¿Se volverán a ver de nuevo? —su falta de respuesta no es impedimento para que Renée siga atosigándola.

—Iré a su casa mañana —antes que su madre diga algo ella continua—. Le dije que me gustaban las Gaviotas de Franklin y que solo en esa zona había podido verlas esta temporada. Prácticamente me invité sola —lo último no es del todo verdad, pero prometió guardar el secreto de Edward y esa excusa al menos le quita a Renée la idea de algo que no será ni el mil años luz.

—Como tú digas —su madre se levanta y camina al baño—. Me da vuelta todo —murmura con asco—. Buenas noches, cariño —Entra al baño y dos segundos después se empiezan a oír sus arcadas.

Isabella se quita el vestido y las zapatillas y en ropa interior se mete bajo las mantas. Se duerme antes de que su madre salga del cuarto de baño.


Lo primero es agradecer a Catali por su paciencia y por tirarme las orejas, este fic no sería lo que es sin sus constantes correcciones.

Ahora quiero aclarar un par de puntos que al parecer no quedaron claros al principio:

1. Los capítulos serán cortos, no más de 3000 palabras.

2. Cuando el capítulo sea muy corto, habrá otro a mitad de semana, cuando no, será actualizado los lunes.

3. Que sea M no indica que vaya a tener lemmon (al menos no pronto), solo que toca temas y ocupa terminos que considero son para mayores de 16.

4. En la página del fic en mi blog hay imágenes con algunas cosas importantes.