Capítulo 17: Romper con el pasado

- ¿Seguro que quieres hacerlo? – preguntó Heishiro a su hermano. – Son muchos años como para acabar con todo de golpe.

- Tengo que hacerlo.

- Si quieres puedo ir yo solo en busca de Soul Edge.

- ¡No! – exclamó Edgar. – Ya es complicado para dos hombres. Imagínate para ti solo. Además, nos lo pidió a los dos.

- Bueno, está bien, como quieras.

La decisión estaba tomada. Edgar había decidido cerrar el coliseo de combate en el que, durante años, había entrenado a cientos de alumnos. Después de completar su formación, los alumnos siempre desafiaban a Heishiro a un combate. Y siempre perdían.

Edgar amaba la vida que tenía, a pesar de las continuas incursiones de barcos procedentes del Imperio Ming. Siempre que algo así ocurría, las tropas japonesas conseguían vencer gracias, entre otras cosas, a la habilidad luchadora de los hermanos Mitsurugi.

En tiempo de calma, Edgar se dedicaba por completo a su coliseo. Siempre había algún joven prometedor dispuesto a entrenarse. Y Edgar siempre estaba dispuesto a entrenarlo.

Pero ahora, al menos temporalmente, eso había acabado.

Tenía que ir en busca de Soul Edge, antes de que los hombres del emperador de Ming la encontrasen. Si eso ocurría, las tropas de Japón no tendrían ninguna posibilidad de resistir, ni siquiera con la ayuda de los hermanos Mitsurugi.

Así que decidieron ponerse en marcha.

...

Heishiro andaba a paso ligero. Tenía claro adónde iban.

Edgar, sin embargo, se limitaba a seguir los pasos de su hermano.

- ¿Adónde vamos? – preguntó Edgar por fin, tras casi una hora de caminar.

- En uno de mis viajes, visité a un hombre. Ese hombre estaba investigando las armas más poderosas del mundo.

- Y por tanto Soul Edge. – comprendió Edgar.

- Sí. Seguro que tenía información sobre ella. Ese será nuestro primer paso.

- ¿Y crees que él nos ayudará?

Heishiro cambió la expresión de su rostro a una mucho más seria, pero su hermano no lo vio porque estaba detrás de él.

- Lo dudo mucho. – respondió Heishiro, con tono grave.

...

Tras unas dos semanas, los hermanos Mitsurugi llegaron a la casa de aquel hombre.

- Quédate aquí. – pidió Heishiro a su hermano cuando aún se encontraban a unos metros de la entrada. – Yo me encargaré de esto.

- Pero...

- Por favor.

- Está bien. – accedió Edgar, tras unos instantes de duda.

Heishiro se dirigió a la puerta de la casa y llamó con los nudillos.

Una mujer joven, con rasgos europeos, abrió la puerta. En la mano llevaba una sombrilla cerrada.

Al ver a Heishiro, la mujer pareció sorprendida.

- ¿Qui...quién es usted? – tartamudeó la mujer.

- Me llamo Taichi Noara. – dijo Heishiro, que creyó conveniente dar un nombre falso. – Me gustaría hacerle unas preguntas.

- ¿Para qué?

- Estoy realizando una investigación y creo que usted puede serme de gran ayuda.

La mujer dudó unos segundos.

- Está bien. Pase.

Heishiro entró en la casa y la mujer cerró la puerta.

En ese momento, la mujer desenvainó una espada que ocultaba la sombrilla y la puso en el cuello de Heishiro.

Al notar el acero sobre su piel, Heishiro se detuvo.

- ¿Qué ocurre? – preguntó sin darse la vuelta.

- Sé quién eres. – dijo la mujer.

- ¿Sí? ¿Y quién soy? – replicó Heishiro con tono descarado.

- Te llamas Heishiro Mitsurugi. – contestó la mujer sin apartar la hoja de la espada del cuello de Heishiro. – Y eres el hombre que asesinó a mi padre.