Hola. Lamento el retraso... trataré que no vuelva a ocurrir.

Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son propiedad intelectual de Stephenie Meyer. La historia es mía y está protegida en Save creative código 1210082477334.


Capítulo 7

"El verdadero misterio del mundo es lo visible, no lo invisible"

Oscar Wilde

Despierta mucho más temprano de lo habitual para ser domingo.

Sabe cuál es el motivo que la tiene ansiosa, pero prefiere no pensar en ello; no quiere que le importe porque si algo no importa no puede hacer daño.

Intenta ocupar el tiempo muerto en organizar el trabajo de la semana, ordenar el departamento que está hecho un asco y preparar un desayuno decente para ella y Renée —quien duerme como si acabara de acostarse—.

Cuando ya tiene el café y las tostadas listas, se sienta en uno de los pisos frente a la mesa y se sirve lentamente las delicias que gracias al novio de su madre puede comer.

No quiere admitir lo ansiosa que se siente ante la expectativa de lo que ocurrirá en unas horas más y se reprende porque sabe que se está haciendo ideas erróneas de lo que pasará allí.

Cuando faltan pocos minutos para las once de la mañana, y sin nada más que hacer, camina hasta el baño para refrescarse con una ducha.

Se observa desnuda un momento y rápidamente quita la vista; es vergonzosamente poco atractiva: busto pequeño copa A, ausencia de cintura, abdomen abultado —culpa de la mala alimentación— y para rematar su autoestima, sus muslos son demasiado gordos en comparación al resto de su cuerpo.

Lamentablemente, no le va mejor en el escrutinio de su rostro: sus ojos son demasiado grandes para el resto de sus pequeñas facciones; además, a pesar de que ha dormido más y que su piel está bastante bronceada, sigue teniendo grandes ojeras bajo sus ojos… se ven tan marcadas que cree que no desaparecerán jamás.

Entra a la ducha y deja que el agua fría la conforte y le ayude a liberar la mente un poco. Se sorprende por tener arena pegada en distintos pliegues de su cuerpo y eso la lleva una vez más al pequeño momento que tuvo anoche con Edward.

Corta la llave enojada consigo misma y, envuelta en una toalla que alguna vez debió ser blanca, camina hasta la habitación a escoger qué ropa usará.

No lo piensa mucho y se coloca un pantalón corto de mezclilla y una playera ancha color negro con el logo del disco American Idiot de Green Day, una de sus bandas favoritas.

A las once con treinta minutos arregla sus uñas y las pinta de un tono rosado pálido. No es algo que le guste hacer, pero trabaja en eso y no se vería bien que ella vaya con las uñas desastrosas si se dedica precisamente a arreglar las uñas y eso es lo que le da de comer.

—Con esa pinta no lo vas a conquistar —roda los ojos al escuchar la voz somnolienta de Renée.

—No busco eso; solo quiero observar las gaviotas antes de que migren—responde tranquila y sin mirarla. Eso no se lo cree ni ella, pero se aferra a cualquier cosa que no la ilusione.

—No seas aburrida, hija —reprende su madre—. Ponte algo sexi y ve a por él.

—No. Me. Interesa —afirma separando con molestia cada palabra—; y si así fuera, ni en otra vida se fijaría en alguien como yo —dice natural, ocultando el fastidio que siente por eso.

—¿Por qué No? —Cuestiona la mujer— ¿Es porque eres pobre?

—Y porque tiene ocho años más que yo —Renée niega restándole importancia—. ¿No te parece poco prudente incentivar a tu hija de quince años a seducir a un hombre mayor?

—El amor no tiene edad, ni sexo, ni religión… el amor es amor, Isa. Carlisle tiene diez años más que yo y nos llevamos de maravilla.

—No es lo mismo.

Renée no alcanza a objetar cuando el sonido de la puerta las hace sobresaltarse.

—Ve a por él, cariño —susurra de manera cómplice.

—No me jodas, Renée.

—Cuidado con esa boca, Isa —reprende la mujer riendo—; a los chicos no les gustan las chicas con boca de camionero.

Antes de que su madre siga hablando más de la cuenta, abre la puerta y se encuentra a Edward mirando de un lado a otro en actitud nerviosa y distraída.

—Edward —su voz sale ahogada, pero él parece ignorarla— ¿Estás bien? —llama su atención hablando más golpeado.

—Sí —murmura él —; lo siento, solo estaba distraído. ¿Estás lista?

—Sí, vamos —toma su mochila de mezclilla que está en un perchero tras la puerta.

Él asiente y la sigue por los pasillos de forma ausente.

El aroma a chocolate y almizcle es más intenso hoy y ella supone que debe ser alguna cara marca de perfume lo que le hace oler tan bien.

Sale del edificio y al mirar hacia atrás le ve respirando profundamente con cara de asco. Lo entiende, cuando recién se mudó el olor a humedad, mezclado con los hedores de cada casa y de animales muertos en la cornisa, le provocaba arcadas y deseos de vomitar… después se acostumbró y se hizo soportable.

Caminan unos metros y ella espera ver la camioneta blanca, pero lo único que ve es una lustrosa motocicleta Harley plateada brillante e imponente y entonces se da cuenta de los dos cascos que él lleva en sus manos.

—No creo que sea buena idea —trata de no parecer ansiosa, pero viajando toda la vida a ochenta kilómetros por hora, la perspectiva de subirse a una moto le resulta peligrosa.

—¿No me digas que le temes a la velocidad? —pregunta él. No sabe si lo hace de forma burlesca o irónica ya que él no expresa demasiado en sus gestos, pero cree que cuando frunce la boca y abre más los ojos es porque trata de burlarse de ella.

—Ya sabes lo que dicen: Si tienes una motocicleta es que te has quebrado los huesos o bien te los vas a quebrar algún día —responde ella con la mayor dignidad posible mientras se sujeta el cabello con un elástico.

—No seas cobarde —sentencia él pasándole el casco—. Sube y deja de rezongar —agrega subiendo a la motocicleta para darle arranque.

Ella se coloca el casco y titubeante sube. No sabe de donde afirmarse y teme que Edward parta antes de que ella logre estabilizarse, además está asustada por como vibra esa cosa entre sus muslos.

—Sujétate en mí que ya vamos a partir —grita él por sobre el rugido de la motocicleta y ella sin pensarlo dos veces pasa los brazos por sus cintura y se aferra a ella como si fuese el fin del mundo.

Edward acelera y la física hace lo suyo impulsándola hacia atrás. Su estómago se revuelve y el corazón parece que se le saldrá por a boca. Nunca quiso siquiera subirse a una rueda de la fortuna y ahora está montada en una moto que se mueve por sobre la norma establecida y deja atrás rápidamente las calles desteñidas de Compton.

En la carretera se vuelve peor y ella se aferra a Edward enterrando el casco en su espalda y las manos en su abdomen. Le da esa sensación de que en cualquier momento la fuerza en sus piernas se agotará y que el peligroso vehículo seguirá sin ella.

—Relájate, muchacha —grita él—, y disfruta como golpea el viento.

No dice nada porque está muy concentrada en su mantra del día —No quiero morir, no quiero morir, no quiero morir…

Por una parte agradece su descubierto miedo a la velocidad porque de lo contrario hubiese disfrutado demasiado aquella íntima cercanía con Edward y hubiese incluso deseado quitarse el casco para apoyar su mejilla en la espalda caliente de él… y eso es algo que no puede permitirse.

Cuando la velocidad disminuye, ella levanta levemente la cabeza para encontrarse frente al mismo bulevar donde estuvo anoche. Ellos siguen hacia el sur donde, pocas cuadras más allá, está la bajada para vehículos hacia la playa.

El balneario es privado y hay un guardia que saluda a Edward con la mano. A lo lejos se ve un hotel lujoso de muchos pisos; el resto son unas pocas casas como la de Edward, aunque solo la de él y su vecino tienen algún tipo de conexión entre ellas.

En cuando Edward se estaciona frente a la casa, ella baja y se quita el casco en la misma maniobra. Por fin puede respirar y lo hace muchas veces seguidas para cerciorarse que no ha sufrido un maldito ataque de pánico.

Él, en cambio, se toma su tiempo ajustando los controles para apagar la motocicleta y se quita el casto lentamente como si estuviese modelando para una comercial de Harley-Davidson. Para rematar la actuación, pasa sus dedos largos por el cabello y lo acomoda para que no le caiga en los ojos.

—Esta es la terraza —apunta hacia la entrada de la casa donde hay un sofá blanco grande y de aspecto acogedor—; hacia allá está la cocina —ve una lujosa cocina a través de la ventana— y el baño y las habitaciones están arriba.

Asiente mirando la casa. Es hermosa, toda de madera y vidrio, con unas vistas privilegiadas hacia el mar y comprobó anoche que el puerto del otro lado le da un aspecto encantador por las noches.

—Iré a preparar la comida —murmura Edward y ella fija otra vez su mirada en él. Parece nervioso, pero cuando ella asiente él simplemente da media vuelta y entra a la casa.

Sin perder el tiempo, saca de su mochila un sombrero con visera, una libreta, un lápiz y unos viejos binoculares. Deja la mochila en el suelo bajo el sofá y se encamina hacia el mar hasta que logra divisar las aves.

Se sienta a una distancia prudente y con los binoculares comienza a distinguir a las Gaviotas de Franklin de las otras por su torso de plumaje grisáceo.

También logra ver Gaviotines Elegantes, que según había leído seguían a las gaviotas en su migración. Los comienza a dibujar desde la distancia con ayuda de los binoculares porque nunca los había visto en vivo y en directo.

Es una amante reconocida de las aves, sobretodo de aquellas que migran porque siente que algo tiene en común con ellas. Las aves migratorias son seres de ninguna parte y se arriesgan año tras año a hacer largas travesías solo porque no les gusta el invierno. Son fascinantes y ella sueña algún día viajar junto con ellas por el mundo y hacer documentales para las grandes cadenas de televisión.

Termina de dibujar y se levanta para volver a la casa. Está toda sudada y sus mejillas deben estar rojas porque las siente arder. Camina disfrutando del paseo y al llegar se encuentra con una jarra de limonada en una mesa de ratán que está a un costado del sofá. Se bebe un vaso de un solo sorbo y se sirve otro para disfrutarlo lentamente porque está deliciosa.

Mira por uno de los ventanales hacia la cocina y queda impresionada por la manera en que él se desenvuelve en ese espacio. Edward mueve una sartén haciendo saltar algunas cosas y lo vuelve a dejar sobre la cocina sin borrar la sonrisa tranquila de sus labios. Luego voltea hacia una alacena y toma un frasco de aceite y lo vierte en otra sartén.

De pronto, él levanta la mirada y la observa con expresión calmada como esperando que ella haga algo, mas ella solo puede quedarse ahí hipnotizada por esos ojos de caramelo fundido que la observan.

Pestañea aturdida y la magia se rompe pues el devuelve su atención a la comida y ella azorada se sienta en el sofá y mira su cuaderno haciendo anotaciones sobre lo que vio.

Las circunstancias de la vida la han hecho precavida y ordenada, por lo que anota detalladamente y debidamente fechado lo que ha observado del comportamiento de las aves. Cree que debe practicar para cuando sea bióloga.

El sofá se hunde desde el otro lado y ella levanta la mirada de sus notas para encontrarse con Edward concentrado mirando la libreta. Inmediatamente la apega a su pecho para esconderla, son solo notas estúpidas que seguramente él corregirá con su florido vocabulario de abogado.

—No lo escondas, solo estaba mirando los dibujos —reprende él—. Eres muy desconfiada para ser una niña.

—No soy una niña —murmura enfurruñada y le mira desafiante.

—Lo que digas —dice él condescendiente.

En silencio ella bebe su tercer vaso de limonada esperando a que él diga algo.

Se muere por preguntarle el por qué oculta lo de su madre, pero no se atreve a hacerlo. No entiende por qué se siente cohibida cuando está a su lado y no le gusta porque eso lo hace diferente y él no debe ser diferente a cualquier otra persona —las que no son pocas— que ha conocido en la vida.

Esta es la única oportunidad que tiene para preguntarle, no por entrometida, sino porque ella tuvo que mentir y le gustaría saber que si miente u oculta información es por una causa importante. Así que fuese cual fuese su respuesta, ella no se quedaría con los deseos de saber qué ocultaba Edward Masen.

—¿Qué es lo que tiene tu madre? —pregunta mirándole a los ojos. Él abre los suyos y su expresión cambia un momento. Casi se siente mal por haber sido tan directa, mas siempre lo ha sido y esta no sería la excepción.

—Esquizofrenia —responde él mirando hacia el horizonte.

Isabella espera que él agregue algo más, pero él no lo hace. Al parecer tendrá que sonsacarle la información palabra por palabra.

—¿Y por qué no quieres que tus amigos lo sepan?

—Eso no te importa —contesta con aparente calma, como si la conversación le estuviera aburriendo.

—Me importa desde el momento que tuve que mentir para no delatarte —trata de mantener la calma, pero sabe que su tono de voz salió con un deje de rabia.

—¿Qué quieres, Isabella? —la mira a los ojos frunciendo el ceño. Ella va a responder que quiere respuestas, pero él continua—: ¿Quieres dinero por tu silencio? ¿Cuánto quieres para olvidarte que has visto a mi madre?

Sabe que la desilusión es palpable en su rostro.

Por fin había revelado el verdadero motivo por el que la había invitado a su casa. La mierda de las aves era solo una excusa para ofrecerle dinero por su silencio.

Ella había creído que Edward Masen era diferente a todos los malditos acaudalados que ella conoce, pero no, es igual a todos ellos que creen que el dinero puede comprarlo todo y que piensan que todos los pobres son capaces de hasta entregar su dignidad por un puñado de ese papel.

—¡Qué te den, maldito pijo idiota! —la maldición le sale desde el alma.

Furiosa se levanta del sofá y toma su mochila. Él la mira consternado, con expresión incrédula y furiosa.

Como si sus palabras anteriores no fueran suficientes le lanza lo que le queda de limonada a la cara y le enseña el dedo del medio.

—¡Y métete tu cochino dinero por donde te quepa!

Da media vuelta sin creer lo que acaba de hacer.

Comienza a caminar antes de que él reaccione y aguanta las lágrimas que se muere por derramar, nadie nunca la ha visto llorar y ese imbécil no será el primero.

—¡Isabella, vuelve acá!

El grito de Edward sale como un rugido y la hace temblar. Apura el paso pero antes de avanzar un metro él la toma fuertemente de un brazo y la hace voltear. Está furioso.

Mierda, creo estoy en problemas.