Hola! qué tal están, supongo que aún extasiadas con la película... yo aún no la veo, espero esta semana arrancarme un día al cine a cerrar el círculo!

Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son propiedad intelectual de Stephenie Meyer. La historia es mía y está protegida en Save creative código 1210082477334.


Capítulo 8

"¡Qué raro y maravilloso es ese fugaz instante en el que nos damos cuenta de que hemos descubierto un amigo!"

William Rotsler

— ¡¿Adónde crees que vas?! —pregunta él sin soltarla.

—Eso no te importa —responde tratando de soltarse, pero solo logra hacerse daño—. Podría el señorito tener la amabilidad de soltarme —agrega sarcástica. Él la suelta como si quemara y baja la mirada azorado.

—Mira —titubea—… lamento haberte ofrecido dinero, ¿si?... sé que quizá fue insultante…

—Fue insultante —corrige ella desafiante.

—¡Pero no por eso tenías por qué lanzarme la limonada! —dice cabreado—. Eso fue desmedido y exagerado… ¿Eres siempre así de impulsiva, muchacha?

Baja la mirada un momento, sabe que eso fue desmedido e irracional, pero él la había ofendido… aunque sinceramente lo que más le había dolido es que, aunque no quisiera, tenía las expectativas altas con él, expectativas que se fueron a pique con solo una frase.

—Isabella —él suspira ¿rendido? —, ¿Por qué no volvemos a la casa y almorzamos y…? —Ella levanta la ceja incrédula—. ¡Demonios! me sacas de mis casillas y luego me haces sentir culpable, niña —Lleva su mano derecha a sus cabellos y los tira frustrado—. Está bien, tú ganas. Si quieres te puedo hablar un poco de mi madre.

— ¿Responderás a mis preguntas con la verdad?—se reprende porque la actitud de él la ha hecho sentir culpable y vuelve a estar interesada… el idiota otra vez la está hipnotizando y lo peor es que ni siquiera lo hacía consciente de lo que provocaba en ella.

—Depende el tipo de pregunta… sí.

—Me conformo con eso —él le da una ínfima sonrisa que más parece una mueca—… por ahora.

—No podía esperar menos —agrega él más calmado.

Mientras caminan de vuelta a la casa, lo mira de reojo notando como la limonada brilla en su cara, además de la marca amarilla gigante que dejó en su playera blanca. Es increíble como medio vaso de limonada parece multiplicarse cuando se derrama, pero no se arrepiente de haberlo hecho porque él la ofendió y eso tenía que pagarlo.

Entran a la casa y ella lo sigue hasta la cocina. Hay una mesa pequeña de madera clara frente a la ventana y ya está arreglada para comer. Se queda de pie junto a ella esperando a que él le indique donde ubicarse.

Aunque antes debería lavarse las manos, no sabe si quiere subir y enamorarse aún más de la casa. Entonces él vuelve a hablar y es como si le hubiese leído la mente:

—Ve a lavarte las manos mientras sirvo —suena casi como una orden y la hace sentir una niña pequeña.

No dice nada, solo asiente y vuelve a la sala —que es un acogedor lugar con muchos sillones de madera, rafia y cojines coloridos—, al fondo está la escalera y bajo ella hay una estantería enorme con libros de lado a lado.

El piso de arriba es cálido, casi demasiado, y consta de una mansarda que da el paso a dos habitaciones y el baño. En ella hay un escritorio y otra estantería llena de libros.

La puerta del baño está abierta; ella entra y se va al lavamanos dando el agua y mojándose la nuca para palear el calor.

Mira a su alrededor en busca de una toalla y observa el botiquín levemente abierto. No puede resistirse y lo abre para mirar en su interior; allí hay un par de cajas de analgésicos, afeitadoras desechables, antitranspirante y una botella que parece de perfume y que tiene un número cuatro al frente; lo toma y lo abre para cerciorarse que es el perfume que usa él. El aroma a almizcle y chocolate concentrado la hace sonreír… aunque debe reconocer que en Edward es mucho más embriagador.

Dejala botella en su lugar, sale del baño y baja las escaleras rápidamente.

En la cocina, los platos ya están servidos y todo huele delicioso. Edward también ha puesto música suave y la voz dulce de una mujer canta en un idioma que no reconoce.

Se sienta y él la acompaña luego de encender el ventilador que cuelga del techo, refrescando el lugar de inmediato.

El plato consiste en camarones y muchas verduras salteadas. Seguramente tiene algún nombre impronunciable en francés o italiano, mas ella se limitará solo a comer porque se ve muy apetecible.

Edward toma el tenedor y come el primer bocado. Ella le sigue y no puede evitar gemir cuando prueba lo delicioso que eso está; además de guapo, Edward cocina como los dioses y ella se pregunta por qué sigue haciendo esas cosas que la hacen anhelarlo más.

Toma un trago de refresco, al mismo tiempo que él toma de una botella de cerveza. La canción ha cambiado, mas sigue sonando la misma voz de mujer.

— ¿Quién canta? —pregunta porque por más que ha tratado reconocerla no ha podido.

—Es Paula Fernandes —murmura—. Es brasileña y es muy buena.

—Que raro… nunca había oído de ella —no es experta en música, pero su oído se ha pulido gracias a los interminables viajes por carretera, acompañados por emisoras de distintos estilos—. ¿Cómo conociste su música?

—Cuando estuve de vacaciones en Río de Janeiro hace un par de años, tuve la suerte de encontrarme en un concierto de ella y antes de venirme me hice de todos sus discos —explica él.

Parece más cómodo y ella está a punto de arrepentirse y no preguntarle nada sobre su madre… sin embargo, es tanta la curiosidad que siente que si no pregunta su cabeza comenzará a inventar historias y a impacientarse.

—Dijiste que podría preguntar lo que quisiera… ¿Puedo ahora? —trata de que su voz no suene como la de una niña impaciente, pero cree que ha fallado.

—Está bien, pero tengo una idea —dice él—: nos turnaremos y haremos una pregunta a cada uno; así será más cómodo y más justo.

Asiente sabiendo que no tiene nada que perder. Sabe qué el interés de Edward en ella es nulo por lo que no teme a lo que él vaya a preguntar… seguramente no sobrepasará ningún límite que no sea la música o los colores.

—Parte tú —murmura nervioso.

—Sabes lo que quiero saber —responde ansiosa.

—Fue una decisión de mi padre, en realidad —comienza a relatar—. Él es abogado y es dueño de un bufete en San Francisco. Mi madre fue diagnosticada con esquizofrenia hace diez años, después de verse envuelta en un escándalo que por suerte no salió en los medios. En esa época mi padre estaba buscando asociarse con un bufete de Nueva York y no necesitaba que ellos se enteraran de que su esposa estaba loca, por lo que inventó un accidente y para todos, mi madre está en coma.

— ¿Cómo permitiste algo…?

—Alto ahí, me toca preguntar a mí —asiente frustrada, pero así es el trato. El frunce la boca, pensando—. ¿Por qué te gustan las aves migratorias?

—Porque son importantes y nadie se preocupa por ellas… a todos parecen importarle solo las ballenas y los osos polares —esa es una de las razones, lo otro es demasiado personal como para decírselo.

—Vaya eres una chica Greenpeace.

—No, solo soy una chica preocupada por los postergados —le corrige—. Me toca preguntar ¿Por qué permitiste que tu padre ocultara lo de tu mamá?

—Era un chico de catorce años, muy pequeño para su edad y con una miopía que me obligaba a usar unos lentes gigantescos y gruesos. No me iba a arriesgar a que mis compañeros tuviesen otro motivo para burlarse de mí —responde de forma natural, pero ella nota en sus ojos que es un tema que no ha superado del todo—. Me toca: ¿En serio, Green Day? Dime por favor que hay algo más de calidad que te guste.

—No tienen nada de malo y sus letras me representan… tienen razón, el mundo apesta y este país es el principal culpable. Pero también me gusta Foo Fighter y el Country… pero el verdadero, no ese que canta esa nenita parecida a Lurleen Lumpkin* —se justifica antes de que él crea que es la típica adolescente americana que ama a los niñitos de Disney. — ¿Por qué te molestaste cuando Emmet te pidió ayuda legal? —Lo nota palidecer un momento, pero luego se echa a la boca un camarón y lo mastica lentamente. Solo después levanta la mirada para responderle.

—No soy un buen estudiante y no tengo idea de lo que me preguntaba… solo estoy preocupadode sacar mi especialidad, lo demás no me he preocupado de dejarlo en mi memoria.

—Eso es raro, suena como que no te gusta para nada lo que haces… en fin, te toca preguntar.

— ¿Qué has visto hasta ahora de California? —sabe que lo que quiere es llevar el juego a cosas triviales, pero por mucho que ella quiera saber de sus gustos, primero quiere saber que es lo que oculta.

—No mucho. Mi madre se ha empeñado en conocer algunos estudios de Hollywood, fotografiarse con el letrero de fondo y una tarde me llevó a Bervely Hills y se hizo pasar por una mujer adinerada para que le mostraran una casa que estaba en venta.

— ¿O sea que vives en Compton y ni siquiera conoces el monumento a Martin Luther King? —cuestiona incrédulo.

—No tenía idea de él —responde sincera.

Edward mueve la cabeza desconcertado, pero tiene la decencia de no decirle nada. Después de eso, el resto de las preguntas vagan en trivialidades como la estación del año favorita; aunque ella quiere preguntarle muchas más cosas, no sabe hasta qué punto la paciencia de él va a soportar aquello.

Terminan de comer y entre los dos lavan y enjuagan los platos y cubiertos. Es fácil estar con Edward mientras no toque algún punto sensible —que por lo que ha comprobado son muchos— y cree que incluso podrían ser amigos... aunque es una marginal que bien poco podría interesarle a él.

—Si te gustan tanto los pájaros ¿Por qué no te compras un par de esos de colores? —él vuelve a las preguntas, aunque más parece una necesidad a apaciguar el silencio.

—Las aves son sinónimo de libertad… solo un idiota puede hacer algo tan cruel como tener un ave encerrada en una jaula —Isabella odia los zoológicos, los acuarios y cualquier cosa que le reste libertad a los animales.

Ella ahora seca los platos y Edward pone la tetera y prepara dos tazas minúsculas en una bandeja y las lleva a la terraza. Le resulta cómico lo hacendoso que es él, aunque comprende que como muchos hombres, él debe haberlo aprendido al vivir solo.

Termina su labor justo cuando pita la tetera; la toma y se une a él en la terraza. Se sienta en el sofá blanco y él le extiende una caja metálica llena de bolsitas de té con nombres que no le sonaban para nada. Ella solo conocía los tés Ceylán que venden en Walmart o Market Basket.

—Solo quiero algo suave —murmura avergonzada.

—Este es suave y tiene buen aroma—le recomienda él.

Lo toma y lee en la etiqueta "Earl Grey"**. Pone la bolsita en la taza de loza blanca, le pone azúcar y Edward le hecha el agua.

Sopla la taza un momento y bebe saboreando lentamente el líquido. El sabor no parece de otro mundo —quizás si se concentraba puede percibir un deje afrutado— y su aroma es como los inciensos de Renée. Se pregunta si acaso esas cosas elegantes no serán solo gustos adquiridos con el tiempo o si es ella la que no tiene gusto por nada.

—Debe ser genial vivir frente al mar —murmura bebiendo otro sorbo y mirando al frente, sintiendo la paz que solo la brisa marina puede entregar.

—No vivo aquí —Isabella le mira alzando las cejas—. Vivo en San Mónica, con mi madre. Esta casa era de mi abuelo materno y me la heredó cuando murió. Vengo acá más que nada cuando necesito silencio para estudiar.

—Ya veo —responde ella—. ¿Y tu padre no vive contigo? —Edward frunce los labios (gesto que ya aprende a reconocer en él) y bebe un sorbo de té.

—Mi padre vive en San Francisco, pero está viajando constantemente a casa.

—Pero… San Francisco está al lado —no le cabe en la cabeza que con todo el dinero que debe tener y lo cerca que está no viva con ellos.

—Sí, pero llevar un bufete requiere de mucho trabajo y horas extras y él prefiere aprovechar el tiempo libre para descansar.

—Y tú, ¿en qué te estás especializando? —él respira profundo y la vena de su cuello se marca.

—Inmigración —murmura.

— ¿Y trabajarás con tu padre?

—La verdad estoy de becario en un bufete pequeño en Los Ángeles… no quiero alejarme de casa.

Asiente dudosa porque algo tan simple como hablar de su profesión, se convierte en un tema que pone nervioso a Edward y a ella le cuesta entender el por qué.

Le da un respiro y se obliga a dejar de preguntar; cree que por hoy es suficiente de preguntas y que debe dejar su curiosidad de lado por el bien de la pequeña tregua que se ha generado entre ambos.

Termina de tomar el té en silencio. Él ha terminado también y toma la bandeja para llevarla de vuelta a la cocina. Isabella lo observa por la ventana.

Su teléfono móvil suena de pronto en la mochila, obligándola a dejar de mirarlo para buscar el aparato. Da con él, no sin dificultades; al ver un número desconocido contesta de manera seria y profesional… seguramente es alguna clienta.

—Buenas tardes —saluda cortés.

—¡Isi! —debe quitar el auricular ante tamaño grito—. ¿Cómo está mi amiga trotamundos?

—Alice —exhala rendida ante la energía de su amiga—. Estoy bien y tú.

—Bien, bien. Phil dice que estás en California… estoy trabajando de mesera para ir a verte en septiembre… espero que sigas allí para entonces.

—Yo también —murmura buscando a Edward con la mirada… hasta dar con él caminando hacia la terraza con un libro en la mano.

—Iré a donde estés… ya sabes que es tradición, pero sería genial un tour por Los Ángeles y conocer las mansiones de las estrellas… o encontrárselos en el super… perdón, ya me emocioné.

—No es tan entretenido como lo pintan —Edward se ha puesto unos anteojos grades que le quedan demasiado bien y está leyendo a su lado; y ella se ha puesto repentinamente nerviosa de que él esté escuchando algo de lo que hablan—; las mansiones de las estrellas están tan tapadas que no se ve nada.

—Algo se nos ocurrirá —dice su amiga en tono cómplice—. Por cierto, ¿hay algún chico que valga la pena en California? —vuelve a mirar a Edward que sigue leyendo y sonríe levemente—. Isi, cuéntame —insiste su amiga en tono cómplice.

—No he conocido mucha gente. El nuevo novio de mi madre tiene un hijo que me invitó a su cumpleaños y tuve la oportunidad de conocer a algunas de personas, pero todos muy mayores.

— ¿Ya veo, entonces ningún chico?

—No puedo hablar de eso ahora…

— ¿Estás ahora con un chico, Isi? —Alice tiene esa maldita cualidad de hacerle decir lo primero que pasa por su mente.

—No exactamente —responde.

—Ya veo… te llamaré en unos días entonces para que me cuentes —dice divertida la chica desde el otro lado —por cierto, este es mi nuevo número… he vuelto a perder mi celular —ríe ante la confesión de su amiga, pues desde que la conoce que está constantemente perdiendo las cosas.

—Hablamos pronto —se despide ella y su amiga corta la llamada.

Sonríe mientras guarda el nuevo número de su amiga y comienza a contar la cuenta atrás para volver a verle. Alice, hace tres años —alegando que las amigas debían verse al menos una vez al año—, ha inventado la tradición de pasar juntas su cumpleaños, y para eso ya falta tan poco que se emociona ante la expectativa de volverla a ver.

La sonrisa se le borra cuando una vez más comienza sentir la tensión de Edward en el aire. Voltea hacia él para verlo apretar fuertemente los costados del libro y al levantar la vista a su rostro nota que su ceño está fruncido una vez más.

— ¿Estás bien? —pregunta tímida porque quizás está leyendo algo interesante y ella solo está interrumpiéndole.

—Sí —responde sin levantar el rostro del libro.

— ¿Seguro? —da un salto cuando él cierra el libro de golpe y la mira.

—Sí —dice al tiempo que se pone de pie—. Creo que es hora de llevarte a casa —agrega y camina hacia la motocicleta.

Sabía que ese momento llegaría, pero no estaba preparada para el vacío que siente en su pecho cuando entiende que en pocos minutos habrá acabado ese sueño y perderá incluso la posibilidad de ser su amiga y eso es lo que más le duele.

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*Lurleen Lumpkin: Personaje de la serie de televisión Los Simpsons que canta música campirana. Hago referencia a ella porque cuando Taylor Swift empezó decían que era como ella.

**Té Earl Grey: Te de selección que se caracteriza por ser muy suave y tener esencia de bergamota (fruta cítrica parecida a la mandarina).


Un millón de gracias a Catali por arreglar mis fallos y hacer de esto algo digno de ser leído.

Mil gracias también a todas las que comentaron y me agregaron a favoritos y alertas esta semana. Gracias también a Marce por reseñar mi fic en el blog Mundo Fanfiction.