Hola a todos, sé que me he demorado mucho, pero he estado muy liada en la universidad y los capítulos solo los he escrito sin tener tiempo de revisarlos... además mis betas creo que están en mi misma situación porque no han dado señales... así que pido disculpas si se me hay errores y además advierto que el capítulo podría ser modificado (no en esencia pero sí en estructura)
Eso eso sería todo, gracias por seguir aquí... ahh y si gustan pueden votar por mí en el concurso de Libros y Literatura, entre los que voten se sortearán libros... este es el link: j . mp / 10Kvzy7 (sin espacios) es muy fácil y yo les estaría muy agradecida.
Capítulo 9
"Niega tus deseos y hallarás lo que desea tu corazón"
San Gregorio Magno
El sonido de su móvil a lo lejos empieza a sacarla del letargo de un sueño que ni siquiera entiende y la hace despertar. Abre los ojos y el sol ya golpea su ventana, indicando que es pasado mediodía.
El teléfono sigue sonando y con movimientos torpes da con él en la mesita de noche. El nombre de Alice parpadea en la pantalla y aunque no quiere hablar en ese momento, sabe que no la dejará tranquila hasta que conteste.
—Hola —saluda.
—Isi, hace dos días que intento hablar contigo —reclama su amiga sin saludar—. ¿Qué no me quieres contar?
—Siempre me pillas en mal momento… eso es todo —justifica.
—Isi, dijiste que me contarías sobre ese chico… sabes que es lo único que quiero saber ahora ¿Por qué me tratas así? —su amiga es una buena persona, pero la odia cuando se obsesiona con algo porque no deja de cargosear hasta conseguirlo.
—No hay mucho que contar: se llama Edward, apenas existo para él y es muy probable que no lo vuelva a ver en la vida.
—¿Por qué dices eso? Cuéntame, amiga —suplica Alice y ella sabe que si quiere deshacerse de ella debe contarle al menos algo de lo ocurrido.
—Lo conocí en un mal momento para él —comienza—. Después lo volví a ver el sábado en el cumpleaños Emmet…
—¿Emmet? —interrumpe Alice.
—Es el hijo del nuevo novio de Renée —aclara—. La cuestión es que Edward me pidió que no le contara a nadie cómo lo había conocido —toma aire y sigue su relato—. Me invitó a su casa a almorzar el domingo para ofrecerme dinero por mi silencio. Como no lo acepté y me enojé, me pidió disculpas y me soportó por un rato. Cuando por fin entendió que no le diría a nadie su secreto, se libró de mí y no he vuelto a saber de él.
—Lo siento, Isi.
—No es que me importe demasiado —murmura con desdén—. Es demasiado mayor y tampoco me gustaba ni nada de eso, solo le encontraba atractivo y creí que podríamos ser amigos.
—Bueno, como siempre digo: que ningún chico te quite la sonrisa amiga —recita Alice con optimismo—. Gracias por contarme —la voz de su amiga ha perdido el matiz de impaciencia lo que quiere decir que le ha creído —. Debo colgar, te llamaré pronto.
—Adiós, Ali —susurra y cuelga el teléfono.
Las cosas con Edward en realidad fueron un poco más extrañas de lo que le ha contado a su amiga. El domingo no volvió a hablar con ella y la dejó en casa sin siquiera despedirse. Pero no era solo eso, pues la había mirado un par de veces cuando se detenían en un algún semáforo como si esperara que ella dijese o hiciese algo, luego suspiraba frustrado y seguía en lo suyo.
No sabe si fue algo que ella hizo o solo que él se cansó muy pronto y cuando vio que no era un peligro la llevó a su casa y se deshizo de ella para siempre.
No ha querido pensar en él, mas no puede evitarlo. Se niega a creer que él la haya llevado a casa solo para ofrecerle dinero y asegurarse de su silencio, aunque sabe que en el fondo es así y que ese es el motivo por el que nunca más se comunicó con ella… cinco días son suficientes para darse cuenta que para él nunca existió.
Suspira exasperada de sus pensamientos idiotas y ya que el deseo de dormir se ha ido, prefiere levantarse.
Renée no está en casa, pero ha dejado una nota explicando que no quiso despertarla y que se fue a hacer algunos pendientes.
A pesar de ser casi la una de la tarde, se sirve una infusión de manzanilla y una tostada. Tiene el estómago aún cerrado como para soportar algo más… siempre le ocurre cuando se despierta tarde.
Escucha una revuelta fuera y se asoma al balcón a mirar qué ocurre. Un grupo de federales y policías salen del edificio de enfrente con varias personas esposadas, mientras otros corren a perseguir a los que seguramente lograron escapar.
Seguro que es una redada para cazar inmigrantes ilegales, pronto seguramente aparecerán por su casa a pedir documentos y revisar que no escondan a nadie, como si deportando a la gente se fuese a amedrentar a los que día a día cruzan la frontera de mala manera.
Se devuelve en el mismo instante en que la puerta del departamento se abre y Renée entra arrastrando la maleta de trabajo. La mujer se quita los lentes de sol estilo aviador y le sonríe antes de acercarse a darle un beso en la mejilla.
—He traído pizza —deja la caja cuadrada sobre la mesa—. Car quería venir, pero tuvo un problema con Edward.
Su corazón se agita con solo escuchar aquel nombre.
Respira para alejar la sensación de desasosiego y en su mente empieza a recitar el abecedario al revés porque no quiere preguntar. Sabe que falló cuando Renée deja escapar un pequeño suspiro de complacencia y continúa hablando:
—Anoche estuvo en el bar de Carlisle y este lo mandó a casa y se negó a servirle más alcohol, pero Edward se fue a otro bar cercano y Car lo encontró esta mañana tirado en plena calle. Cuando llegué a su casa hace un rato, le estaba dando una reprimenda de aquellas.
—Y qué tiene que ver Carlisle con Edward.
—Car lo conoce desde niño y Edward lo respeta mucho… o al menos eso me pareció.
Asiente mientras saca un par de platos. Renée abre la caja, sirve un trozo para cada una y vuelve a cerrarla. Isabella lo único en lo que puede pensar es en que quizás Edward tiene problemas con su madre y como nadie más lo sabe debe sentirse solo y agobiado.
La desesperación hace mella en ella, su estómago se cierra y siente deseos de vomitar. De un momento a otro siente la necesidad de buscarlo y asegurarse de que esté bien. No entiende el porqué de ese estúpido sentimiento que la rodea y la envuelve con sus brazos, es como una cárcel.
Se siente mal por ello y se obliga a calmarse; él seguramente ni la recuerda y ella está a punto de sufrir una crisis de pánico por su culpa.
—Isa, cálmate —la voz dura de Renée la devuelve a la realidad—. ¿Qué te ha pasado?
—Nada, solo pensaba —sabe que se va a arrepentir, pero no puede quedarse con la duda—. ¿Sabes por qué Edward se emborrachó? —su madre la mira un momento con entendimiento.
—No lo sé, cuando llegué alcancé a escuchar algo sobre una chica, pero cuando notaron mi presencia no dijeron nada más.
Una chica…
Es obvio que Edward Masen tiene novia. Atractivo y con dinero, ¿qué chica no querría salir con él? Seguramente habían discutido y él ahogaba las penas en alcohol. Se lo imagina entonces en el portal de una casa fina, con flores en la mano, pidiéndole disculpas a una mujer hermosa y elegante.
El dolor que siente ante esa visión es algo nuevo y desconocido, es una angustia que le carcome el pecho y que es tan fuerte que ni siquiera siente deseos de llorar.
Lo sabe desde que lo conoció, pero solo ahora lo entiende: Edward Masen le gusta… le gusta mucho y no sabe hasta que punto podría crecer ese sentimiento si no lo detiene ya.
Y se siente como la mierda el saber que jamás, ni siquiera en otra vida, él podría corresponder a eso.
—Se me ha revuelto el estómago —murmura sintiendo unas repentinas nauseas y debe correr al baño a depositar lo poco que ha comido.
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Dos horas después esta sobre su cama retorciéndose del dolor de estómago y con la frente perlada en sudor frío. Renée le ha llevado una infusión de manzanilla pero el dolor no cesa ni un poco… teme que sea algún virus por tomar agua directa de la llave.
Odia sentirse débil, así que finge sentirse mejor ante su madre para que esta salga con Carlisle y no se quede con ella… Renée es de esas personas que se desmorona cuando debe hacerse cargo de algo y la verdad es que no quiere tener a su madre dando vueltas nerviosa a su alrededor porque sabe que no es lo que ella desea.
Se ha tapado hasta las orejas y aunque suda como caballo, siente un frío aterrador.
Cierra los ojos e intenta dormirse una vez más, pero solo consigue temblar y delirar sobre cosas que nunca le ha gustado recordar… ser una hija no deseada es una de esas.
Comienza a pensar en Phil… le hubiese gustado tener un padre como él. Él luchó varios años por la custodia de Alice hasta sacarla de las garras de una madre despreocupada y adicta a los ansiolíticos.
En cambio, ella tiene un padre al que Renée le hizo un favor al liberarlo de la carga que ella significaba y que ahora solo está preocupado de darle a su hijo Jacob —que ni siquiera tiene su sangre— una buena vida, sin detenerse a pensar que tiene una hija que la ha pasado mal desde que tiene memoria.
Antes de darse cuenta está llorando y se siente tan débil que no tiene fuerzas ni siquiera para limpiarse las lágrimas. Se muere por un abrazo de corazón y que alguien, cualquier persona, cuide de ella aunque sea una vez. Está tan cansada y eso que solo esta empezando a vivir… no sabe hasta que punto podrá soportarlo sin caer y rendirse de buscar lo que jamás se le ha dado.
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Despierta con el sonido del móvil.
Siente la boca amarga y el cuerpo mojado, pero al menos está un poco más consciente de si misma.
Gime sonoramente al ver el nombre de Madame Evenson en la pantalla. Solo en ese instante recuerda que ha acordado con la mujer ir tres veces por semana a hacerle las uñas a sus trabajadoras.
Espera que aún quiera sus servicios, pues es dinero seguro que serviría para el alquiler, aunque lo más probable es que la llame para decirle que es una irresponsable y que no la necesita más.
—Buenas tardes —su voz sale pastosa y debe aclararse la garganta.
—Isabella, habla Madame Evenson.
—Lo siento tanto —se excusa antes de que la mujer siga hablando—. Se me ha hecho tarde y no he podido ir antes —habla atropelladamente—; puedo estar allá en veinte minutos —promete mientras salta de la cama y comienza a buscar su ropa.
—Tranquila querida, es temprano aún… no quiero que tengas un accidente por venir corriendo hacia acá… sólo te he llamado para confirmar que estés bien y que vas a venir —la voz de la mujer es dulce y la calma al instante.
—Estaré pronto allí —murmura y cuelga para calzarse las zapatillas.
Toma la maleta y revisa rápidamente que esté todo en orden.
Sale del departamento y baja las escaleras a toda la velocidad que el peso de la maleta le permite, ignorando lo débil que sigue sintiéndose.
Llega al subterráneo y corre hasta el automóvil.
Solo cuando abandona la ciudad se siente más tranquila y logra respirar de forma pausada; sin embargo, su corazón sigue latiendo desesperado, su frente está perlada de sudor y tiene tanto frío que sabe que no está ni cerca de recuperarse de lo que sea que tiene.
Llega a West Hollywood y toma Sunset Strip para aparcar en los estacionamientos del Club Nocturno Afrodita. Madame Evenson sale a buscarle de inmediato y la ayuda con la maleta haciéndola entrar por la puerta de emergencia a un costado de la entrada.
La canción Sunset people de Donna Summer resuena por todo el lugar y ella se sujeta la cabeza porque empieza a dolerle de manera poco usual.
Hay un par de chicas ensayando en los tubos sobre el escenario del club, pero la mujer sigue caminando hacia donde están las habitaciones y el salón en el que anteriormente ya había estado realizando su trabajo.
Hay unas veinte muchachas dispersas en el lugar- La mayoría son jóvenes —cree que no tienen más de veinticinco años— y llevan batas de satén abiertas sobre ropa interior de encaje. Están maquilladas de colores fuertes y son hermosas en su estilo.
El lugar huele a incienso, tabaco y wiski, revolviendo su estómago, pero se obliga a no pensar y a respirar por la boca para poder trabajar en paz.
—Mery será la primera —anuncia la mujer apuntando a una chica muy joven de piel morena y ojos verdes que ni siquiera habla inglés.
Le sonríe y acomoda la mesa plegable frente al sofá donde está Mery. Comienza a trabajar en las cutículas de la chica, pero tiene tanto frío que no puede dejar de temblar y la vista se le vuelve borrosa.
—No, por favor, aguanta un poco más—se dice a sí misma intentando enfocarse en el trabajo.
Tres segundos después se desvanece y pierde la conciencia.
Eso sería todo, nos leemos el lunes que sigue (estaré de vacaciones y podré subir más seguido)
