Hola, qué tal... Feliz Fin del Mundo, Navidad, Hanukkah, Pascua, Fiesta de la cosecha, Año nuevo, Santos Reyes y todas las fiestas que han pasado desde la última actu. Como anuncié en Facebook, vuelven las actus seguidas pues por fin tengo internet y estoy de "vacaciones".
Una vez más agradezco a Gabriela (Catali) por su estupenda labor de beta... sabes que esta historia no sería lo mismo sin ti!.
Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son propiedad intelectual de Stephenie Meyer. La historia es mía y está protegida en Save creative código 1210082477334.
Capitulo 11
"El amor no tiene cura, pero es la única cura para todos los males"
Leonard Cohen
Dos horas después va camino a su departamento. Lleva un dolor insoportable en su trasero por culpa de la idiota de la enfermera que estaba más pendiente de coquetear con Edward que de ponerle una inyección sin dañar su espalda.
—Isabella, no es para tanto... no seas llorona —el Edward amable ya no está y ahora vuelve a ser el engreído cara de póker de siempre.
—¡Que no es para tanto!... Le repetí como cien veces que tengo el nervio ciático un poco corrido.
—Sabes bien que el dolor que tienes es por la patada que le diste –rebate divertido— se supone que tenías que estar quieta unos minutos
—No iba dejar que se la llevara gratis la muy perra.
Edward mueve la cabeza, cree que divirtiéndose a su causa, pero no dice nada.
Finalmente la camioneta se detiene fuera de su edificio. Trata de bajar, pero el dolor de su pierna le impide moverse y debe esperar a que Edward le ayude aunque sea de apoyo.
Se traga las groserías y deja que Edward le sirva de bastón. Su cercanía le pone nerviosa, pero disimula lo mejor que puede para no ponerse en evidencia y que él tenga otro motivo más para sacarle en cara lo niña que es.
Subir las escaleras significa una hazaña mayor, pero reprime los quejidos de dolor y se niega a dejar que él la cargue... eso es demasiado íntimo como para permitirlo; sobre todo porque para ella significaría mucho más que para él.
Cuando por fin llegan a casa la rabia una vez más la alcanza cuando observa que Renée está dormida sobre el colchón y es Carlisle quien sale a su encuentro con gesto de padre preocupado.
— ¿Cómo te encuentras? —Pregunta dulcemente o al menos finge suavidad—; estábamos tan preocupados.
—Como la mierda y tu estúpida idea de ir a un hospital me ha dejado la pierna inmóvil.
— ¿Qué dijo el médico? –pregunta mirando a Edward e ignorando sus palabras mordaces.
—Es un resfriado —responde con calma—. Anda rondando un virus estacional y sus defensas están muy bajas —explica superficialmente.
Agradece que no entre en detalles. El médico le dijo que tiene un estado de desnutrición que está a punto de ser crítico y que debido a su edad, estaba en la obligación de dar cuenta de ello a los servicios sociales.
Agradece la oportuna interferencia de Edward inventando que era su hermano y contando una falsa historia de que ella estaba incontrolable y rebelde, y que sus padres ya no hallaban que hacer para controlarla; agregó que meter a servicios sociales solo arruinaría más la relación. El porte y la clase de él deben haberle parecido suficientes para ni siquiera pedir un papel que confirmara su versión.
—Será mejor que descanses –recomienda Carlisle devolviéndola a la realidad—. Espero que no vuelvas a ese lugar…
—Es un lugar como cualquier otro —interrumpe porque lo menos que quiere es un sermón hipócrita y sin sentido sobre por qué no debería entrar a un burdel—. No eres nada mío como para tener que hacerte caso —levanta la voz altanera —. Y no te esfuerces tanto, Renée no tardará en botarte independiente de cómo me trates.
Por un momento, Carlisle parece incómodo por sus palabras, mas no dice nada y solo asiente suspirando como si estuviese demasiado cansado.
Ella se dirige a su habitación sin decir nada. Cierra la puerta tras ella y se lanza sobre la cama, lanzando un grito de agonía cuando recuerda el dolor insoportable de su pierna. Edward abre la puerta sin golpear —¿Estás bien? —se oye preocupado y eso la hace desistir de gritarle alguna pesadez.
—Sí —afirma con voz quejumbrosa—. Sólo olvide que no debía forzar la pierna —murmura avergonzada.
—Cuídate, Isabella —pide él con algo de ansiedad colándose en su voz—... y sigue las indicaciones del médico —agrega haciéndola sentir una vez más como una niña—. Carlisle y yo ya nos vamos. En unas horas más uno de nosotros traerá el coche. No te preocupes por nada, Renée tendrá que ser capaz de sobrevivir sin ti unos días —dice como si adivinara sus preocupaciones inmediatas y luego cierra la puerta y se va.
Respira profundo para calmar su corazón y se deja vencer por el sueño otra vez.
ﴡ
Despierta a la tarde siguiente sintiéndose mucho mejor. La fiebre parece haber remitido y su cabeza está despejada, aunque aún siente su pierna acalambrada y le cuesta moverla con facilidad.
Siente a Renée trasteando en la sala y pronto escucha a Carlisle tocando la guitarra y cantando una vieja canción, parece ser de Led Zeppelin, aunque no está segura ya que de ellos solo conoce bien la canción de la escalera al cielo*.
Por un momento siente vergüenza de lo que le dijo antes, pero luego se dice que es mejor que él tenga claro que ella no está dispuesta a ser la hija que nunca tuvo y que es mejor que se mantenga al margen de los asuntos que la involucran… nunca tuvo un padre y no lo necesita.
La puerta de su habitación se abre y Renée entra con una bandeja llena de comida; hay tostadas, leche, jugo que huele a natural y un trozo de cheesecake bastante grande. Todo se ve delicioso y su estómago parece sonreír mientras su boca se hace agua ante tantas exquisiteces.
—Cariño, cómo te sientes —pregunta la mujer. Se nota en sus ojos hinchados que anoche lloró y un extraño sentimiento de gratitud hacia Carlisle envuelve su corazón por acompañar a Renée. Su madre no lleva muy bien la soledad y se hubiese vuelto loca sin compañía.
—Mejor —responde tomando un trago de jugo para aclarar su voz—. La pierna me molesta un poco, pero ya no tengo fiebre, menos frío.
—Me alegro… estaba tan preocupada Isa —confiesa Renée—; no me contestabas y se hacía tarde y tú jamás llegas tarde —sorbe su nariz y limpia una lágrima traicionera que la hace sentir culpable por todas las veces que en su mente insulta a su madre.
—Tranquila —toma su mano y le da una pequeña caricia —. Estoy bien ahora, no debes preocuparte.
—Lo sé, siempre has sido tan independiente que a veces me pregunto si he sido una buena madre al criarte de esta forma y si con eso te he quitado la posibilidad de ser una niña.
¡No has sido una buena madre! —quiere gritar, pero respira profundo y solo le entrega una mirada profunda y niega con la cabeza.
—Estoy aquí y estoy bien —susurra—. Ahora déjame comer en paz —dice divertida para hacer que su madre sonría.
Renée se levanta y sale de la habitación, pero su cabeza asoma de pronto y dice —: No seas dura con Carlisle, hija. Él te estima de verdad. No sé cómo, pero siempre logras que mis hombres te adoren.
Isabella solo hace un amago de sonrisa y sigue comiendo.
A los pocos minutos Renée avisa que debe salir a trabajar. Supone que ya Carlisle ha llevado su coche y que no es negociable el hecho de que ella debe estar en cama los próximos cinco días.
Una vez que termina de comer, se pone de pie sintiendo aún su cuerpo débil y su pierna tirante, pero aún así avanza hasta la cocina a dejar la bandeja y luego, haciendo caso omiso al médico, se mete a la ducha y se da un largo baño con agua helada.
Cuando se siente lo suficientemente fresca y limpia, sale de la ducha; se envuelve el cabello con una toalla para que no escurra y rodea su cuerpo con otra. A pies descalzos, sale del baño distraída.
La puerta de su cuarto levemente abierta le llama la atención porque cree haberla cerrado antes de entrar al baño. Está a punto de dejarlo pasar cuando la puerta se abre completamente y ve como Edward queda paralizado mirándola fijamente.
Al principio se queda quieta devolviéndole la mirada. Luego recuerda que va apenas envuelta en una toalla y la vergüenza apacigua cualquier otro sentimiento, haciéndola bajar la mirada y romper el encanto anterior que fluía entre ellos.
—Yo... lo siento —murmura Edward y es primera vez que nota su voz vulnerable y avergonzada.
No lo mira, solo se queda allí esperando que salga y luego toma toda su ropa y se encierra en el baño para vestirse rápidamente.
Sale de la habitación cinco minutos después y ve a Edward sentado en uno de los taburetes frente a la mesa y algunas cajas en el piso cerca de la puerta.
—¿Qué haces aquí? —pregunta con verdadera curiosidad porque no esperaba verle tan pronto.
—Vine a hacerte compañía y a procurar que sigas las indicaciones del médico... aunque por lo visto llegué tarde porque te has duchado y podría apostar que con agua fría.
—No necesito una niñera —odia cuando él la hace sentir como una niña—. Por lo demás, puedo cuidarme perfectamente sola... no quiero que dejes tu vida por venir a aburrirte conmigo.
—Pensé que anoche habían quedado claros mis motivos...
Se calla a mitad de frase y ella no lo insta a seguir porque no quiere volver a sentirse vulnerable.
—¿Qué es eso? —prefiere preguntar y saciar su curiosidad a volver a escucharle decir que siente lástima por su situación porque él cree haber vivido lo mismo que ella.
Quizás es verdad que él no ha tenido una vida fácil, pero está segura que nunca ha tenido que pasar por las cosas que ella ha vivido. Él tiene un padre solvente y seguramente muchas personas que trabajan para él; hambre al menos no ha pasado... además tiene por delante un futuro prometedor.
—Eso —responde él mirando hacia las cajas —son algunos libros y un televisor que no ocupo para que mates las tardes que debes pasar en reposo.
—¿Libros? —cuestiona ella—. Los libros solo son para aquellos que no aceptan la realidad...
—No te atrevas a decir más —la interrumpe Edward fingiendo molestia
—Mi mejor amiga, Alice, vive leyendo. Se pasa las horas enamorada de perfectos, estúpidos e inexistentes príncipes azules, creyendo tontamente que alguno llegará a su vida con todos esos mundos oscuros que mágicamente desaparecerán cuando ella le entregue su amor —hace una mueca de asco —. Te lo agradezco, pero no gracias.
—En realidad, son novelas bastante realistas de escritores latinos... tampoco me gusta mucho el estereotipo americano de la literatura juvenil de hoy —responde él mirándola con entendimiento.
—De igual forma, prefiero que me dejes la tele —le dice.
—Como quieras, traje un reproductor de DVDs y algunas películas y series para que te entretengas y no tengas la tentación de salir.
—Como si eso fuera posible —le responde desganada, entendiendo que él ya no la dejará sola.
Edward se levanta y la obliga a meterse a la cama a pesar del calor que hace. Ya son las dos de la tarde y el sol pega fuerte en su ventana, haciendo que incluso cueste respirar.
Él acomoda el televisor que es negro y grueso, de esos que ya no venden en las tiendas, sobre un mueble que ya estaba ahí —pegado a la pared frente a su cama— cuando se mudaron al departamento. Edward pelea con algunos cables y unos quince minutos después, finalmente, está todo instalado y el televisor logra tomar algunos canales públicos de noticieros y reportajes locales.
La deja sola algunos minutos y vuelve a la habitación con un libro en la mano y le tiende los DVDs para que escoja alguno. Ella se inclina por ver Match Point** porque es una película surrealista que no le hace soñar con cosas que nunca podrán ser.
—No creo que sea una película para una niña —reprende él cautamente.
—La he visto varias veces y no necesito decirte que en mi vida he visto mucho más que eso... al menos eso es ficción.
La mira un momento como queriendo decir algo, pero al final pone la película y se sienta a su lado en la cama, apoyando la espalda en el cabecero, dándole play con el mando a distancia.
La música de Verdi comienza a sonar y ella se relaja y fija su vista en el televisor. Hace casi dos meses que no tenía uno y lamenta que haya tenido que ser Edward quien le cumpla ese capricho sin saberlo... es un motivo más para sentir más de lo que debe por él.
Suspira cuando recuerda que él está enamorado y que probablemente tiene novia —o la tenía—, pues solo alguien enamorado se emborracha hasta perder la conciencia y quedar tirado en la calle, como según había dicho Renée lo habían encontrado.
El timbre suena y Edward se levanta y vuelve casi de inmediato con una caja de comida china.
Odia la comida china, pero sabe que no se atreverá a decirlo porque cree que él podría estar en cualquier parte disfrutando del verano, y aún así, prefiere quedarse con ella en esa casa incómoda y calurosa.
—Espero que te guste la comida china —dice él levantando la caja con comida desde la puerta para que ella la vea.
—No es mi favorita, pero está bien —murmura y agrega luego—: gracias.
Comen en silencio mientras ven la famosa escena en que Nola y Chris se lían bajo la lluvia en el campo. Le gusta esa escena porque describe claramente que por mucho que quieras escapar, las cosas se dan para que lo que tiene que ocurrir ocurra; porque probablemente, en esa historia, nada más hubiese pasado si esa escena no se hubiese llevado a cabo. Supone que Woody Allen, debe haber empezado por ahí cuando escribió la película.
—Me encanta Scarlett Johansson —dice él sonriendo.
—Sí, es muy guapa y una excelente actriz —le da la razón ya que es verdad—. Aunque siempre me ha gustado más Natalie Portman —agrega porque es así.
—No es mi tipo de chica, pero también es guapa y actúa muy bien.
—Es guapísima —rebate ella—. De hecho, creo que por ella hasta me haría lesbiana.
La risa de Edward resuena en la casa y ella cree que su corazón se salta un latido al escucharla; es el sonido más hermoso que ha escuchado nunca y le encantaría poder hacer algo para escucharlo por por siempre.
Suspira melancólica porque sabe que esa cercanía es por tiempo limitado y vuelve a poner atención en la película mientras come distraída algunos rollitos.
Cuando terminan de comer, Edward retira las cajas y las pone en el suelo al lado de la cama. Ella sigue mirando a la pantalla, porque aunque ha visto muchas veces esa película, no se atreve a mirarle a él y sentirse una vez como una tonta enamorada.
Enamorada.
Se obliga a sacar de su cabeza esa palabra que no entiende cómo se ha colado ahí en primer lugar. Comprende que comprometer ese tipo de sentimientos solo le traerá sufrimiento, por lo que llega a un consenso con su corazón y quita la palabra de sus sistema reemplazándola solo por una atracción.
Pero su determinación dura muy poco cuando un muy dormido Edward deja caer su cabeza en su regazo y se abraza a ella como si fuese una tabla de salvación susurrando con voz suave la palabra: Bella.
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*Se refiere a Stairway to heaven de Led Zeppelin
**Película escrita y dirigida por Woody Allen, la primera de las tres que el cineasta realizó en Gran Bretaña. Está interpretada por Jonathan Rhys Meyers, Scarlett Johansson, Emily Mortimer,Matthew Goode, Brian Cox y Penelope Wilton.
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