Como prometí, aquí está el capítulo. Es cortito, pero creo que les gustará. El lunes o martes subiré el siguiente.
Mil gracias a Catali por su eficiencia y devolver el capítulo corregido en tiempo record.
Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son propiedad intelectual de Stephenie Meyer. La historia es mía y está protegida en Save creative código 1210082477334.
Capítulo 12
"Niños, no hagan lo que yo hice; no pude caminar y traté de correr"
John Lennon, Mother
Despierta con el cuello agarrotado y la pierna una vez más dolorida. La pantalla del televisor está en negro y de él sale un sonidito desesperante producto de la estática que la hace moverse a buscar el mando a distancia que está tirado un poco más allá. No sabe en qué momento se durmió, pero lamenta haberlo hecho tan profundamente como para ni siquiera buscar una posición más cómoda.
El sol ha bajado un poco por lo que calcula que deben ser más de las seis, aunque de todas formas hace un calor insoportable.
Edward sigue dormido; convenientemente ha cambiado su posición y ya no la toca, aunque su respiración aún choca con el hueso de su cadera que está levemente descubierto. Lo mira detenidamente, concentrándose en sus rizos húmedos por el sudor y en la gota del mismo que corre por su frente. Debería darle asco, pero lo único que siente es deseos de enterrar sus dedos en el espeso cabello y besar cada una de sus facciones... incluso sus labios pican por hacerlo, pero no lo hace.
¿Qué me está pasando?
No entiende por qué de un momento a otro ha dejado de pensar fríamente las cosas y su mente se ha llenado de impulsos que duele reprimir. Ella no debería desear nada de Edward pues, como todas las cosas de su vida, él tiene fecha de caducidad y ya ha sufrido bastantes desprendimientos como para sumarle uno más.
En silencio se baja de la cama y limpia los restos de comida del suelo. Luego va hasta la cocina y busca entre los muebles alguna cosa para comer. Encuentra una bolsa de nachos y paquetes individuales de mostaza y kétchup —de esos que regalan en locales de comida rápida— y se sienta sintiendo desde antes en su lengua el sabor dulzón de las salsas.
Está comenzando a comer, cuando Edward cruza la puerta de la habitación. Sus ojos están hinchados y brillantes y su cabello y mejillas tiene las marcas de la almohada. Se ve desconcertado y hasta un poco perdido, pero antes de que ella pregunte algo parece darse cuenta y su rostro se vuelve impasible como siempre.
Después, desvía la mirada hacia la bolsa de nachos y vuelve a mirarla con el ceño fruncido en una señal clara de reproche. Ante lo raro que ha sido Edward desde que le conoce, ella ignora su mirada y sigue disfrutando de su festín.
Saca otro nacho y lo embetuna con kétchup, lo mira con deseo un momento y cuando está a punto de echarlo a su boca, la mano de Edward agarra su brazo, haciendo que del susto su exquisito nacho caiga al suelo con la salsa hacia abajo, como siempre ocurre.
— ¿Que mierda haces? —grita enojada al verlo tomar la bolsa de nachos y las bolsitas de salsas, y lanzarlos al tarro de la basura.
—Es hora de que te alimentes bien —dice él con actitud imperturbable.
—Te he dicho hasta el cansancio que no necesito una niñera... puedo cuidarme perfectamente sola —él abre la boca para replicar, pero ella sigue con su discurso de fingida autosuficiencia—: toda mi vida lo he hecho sola y ya estoy lo suficientemente crecida como para decidir qué comer y qué no —afirma enérgica resaltando su punto.
—El médico que te atendió anoche no opinaba lo mismo —puso los ojos pequeños mirándole con todo el odio que pudo rescatar de su interior... él no debía involucrarse en sus asuntos... ¡no debía!
—Edward, en serio agradezco el tiempo que me has dedicado, pero no te da derecho a meterte en mi vida —trata de encontrarle por la vía civilizada, pero entonces él la mira divertido y sonríe con algo de malicia.
—Una vez una chica me dijo: He tenido que mentir por ti, al menos merezco un poco de consideración —lo miró con odio por aquel golpe bajo.
— ¡No dije exactamente eso! —replica ofuscada—. No desvirtúes mis palabras y déjame comer mis nachos en paz.
—Hablo en serio Isabella, tienes que comer bien —remarca lo último—. No sé qué te hace pensar que me olvidaré de lo que dijo el médico, porque no lo haré —se vuelve serio, como analizando sus posibilidades, para volver a hablar—. Te lo diré una vez, Isabella, así tenga que amenazarte con llamar a los Servicios Sociales tú vas a empezar a cuidarte y a dejar que otros cuiden de ti —se queda un momento quieta, sin entender lo que él acaba de decir. Sin embargo, le basta solo un momento para leer entre líneas sus palabras, haciéndola estallar de ira.
— ¡No te atreverías! —grita furiosa
—No me tientes a hacerlo —murmura serio.
—Serás hijo de...
—A mi madre no la tocas —interrumpe él en tono amenazante—. Ahora te levantarás de ahí e irás a la cama de donde no deberías haber salido. Yo ordenaré este desastre, llamaré a algún restaurante de comida casera para que traigan la cena y tú te la comerás en silencio. Si tienes alguna preferencia de comida me la dirás, si no asumiré yo que te gusta lo que sea y tendrás que comer lo que encargue en silencio y con buena cara.
—Vete a la mierda —le enseña el dedo del medio.
—Y otra cosa —ignora su desplante—. Ese vocabulario tan florido no te queda —murmura irónico —. En serio Isabella, aunque trates de parecer ruda, yo jamás me he creído tus desplantes —confiesa en tono condescendiente —; si vamos a ser amigos deberías dejarte ayudar por mí.
¿Amigos?
¿En serio son amigos?
Le sorprenden sus palabras y como siempre ocurre cuando él está cerca, se siente vulnerable y expuesta, como si él tuviese un sensor para activar cada parte suya que ella trata de reprimir. Su mente ahora cavila sobre las posibilidades que le da su nuevo título de amiga y se lamenta porque una vez más siente apego por alguien y no cree poderlo suprimir por más tiempo.
Se levanta del asiento y camina hasta su cuarto deseando dejar de verlo por al menos cinco minutos; entra a su cuarto, pero cuando está a punto de cerrar la puerta, la culpabilidad que siente la obliga a asomar la cabeza y susurra temerosa:
—Me gustaría comer ravioles de queso-carne al pesto —él asiente regalándole una sonrisa tierna que la hace suspirar en sus adentros. Es la primera vez que le sonríe así y está segura que aceptaría cualquier cosa que él propusiera si cada vez que ella acepte él le regala su sonrisa.
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—Mmm... pastel —repite junto a Homero y luego ríe a carcajadas.
Han terminado de comer hace unos minutos y ahora disfruta de un té de manzanilla y ve Los Simpsons mientras Edward lee un libro que parece muy interesante sentado a su lado en la cama.
Mientras comían han hablado de cuestiones triviales y evitado cualquier acercamiento a algún tema delicado. Sin decirlo, parecía que había una tregua entre ellos y que por hoy las preguntas o acotaciones incómodas no tenían cabida en la conversación.
Solo un momento la incomodó y fue cuando Edward preguntó cuándo había sido su última comida decente. No lo recuerda con claridad pues habían pasado meses desde que comió las tres comidas diarias en un día, como debía ser, pero mintió diciendo que fue el día que se conocieron en la carretera... después de todo ese día Renée cocinó una rica cena y eso debía bastar.
Terminan las caricaturas y comienza un programa de cocina que no le interesa así que apaga el televisor y mira a Edward esperando que él le devuelva la mirada o algo, pero él sigue fascinado con su libro, frunciendo el entrecejo o abriendo mucho los ojos con entendimiento dependiendo del momento.
— ¿Qué lees?
—El amor en los tiempos del cólera de Gabriel García Márquez —responde sin levantar la vista.
Ella ve la cubierta del libro, notando que está escrita en español. No es que sepa mucho de ese idioma, pero ubica algunas palabras sueltas como en este caso "amor".
— ¿Sabes español? —pregunta curiosa. Él asiente.
Se siente ignorada por lo que se levanta a buscar en la caja alguna película o serie para ver y así dejarlo leer tranquilo todo el tiempo que pretende quedarse en su casa. De pronto recuerda un fragmento de la conversación que tuvieron aquel día en la playa.
— ¿No se supone que deberías estar trabajando donde sea que estás de becario? —no puede evitar el tono acusador, además se siente culpable de que él dejara sus obligaciones por ella.
Edward se tensa y aprieta el libro respirando profundamente; luego la mira pestañeando y niega con la cabeza.
—Estoy de vacaciones, en septiembre debo volver.
—Háblame de tu carrera... a veces pienso que quiero ser abogada, pero otras lo descarto ya que me parece que es un mundo muy frívolo y aburrido.
—Ni te lo imaginas —murmura él y luego calla avergonzado como si hubiese hablado sin pensar—. Pero tiene sus ratos buenos también... y se gana bien.
— ¿No te gusta la abogacía? —pregunta a pesar de que percibe lo tenso que él está.
—Creo que es hora de irme —evade su pregunta mirando la hora—. Quiero alcanzar a darle las buenas noches a mamá antes de que se duerma —agrega volviendo a mirarla con un poco más de calma.
Asiente sin querer ahondar en todas las dudas que le deja la evasión a sus preguntas. Es como si entre ellos se instalara una muralla alta y electrificada cada vez que toca el tema de la abogacía. Ahora está segura de que él no es feliz con lo que hace, pero quiere saber por qué... entender sus motivos para que incluso hablar de ello le produzca esas reacciones tan extrañas.
—Buenas noches Isabella —se despide e impredeciblemente besa su frente con cariño—. Mañana vendré temprano.
—No es necesario...
—Ya lo hablamos y sí es necesario —rebate minando cualquier cosa que ella pueda agregar.
Justo cuando Edward va saliendo entra Renée a casa saludando con voz derrotada. Escucha como cae un zapato, luego el otro y finalmente la ve entrar a su cuarto descalza y quitándose el vestido largo y vaporoso de color sandía que llevaba puesto.
—Hola, cariño —saluda abanicándose con la mano—. Ha hecho un calor insoportable... y para peor justo hoy que estoy sola hubo más trabajo que nunca. Estoy cansada, creo que cancelaré las citas de mañana.
—Renée, no empieces —reprende.
— ¿Te molesta si salgo un ratito? —su madre cambia el tema y eso la descoloca un momento hasta que comprende la pregunta.
— ¿Me estás pidiendo permiso? —responde con otra pregunta tratando de disfrazar su rabia con ironía.
—Es que me siento un poquito culpable por dejarte —justifica Renée.
—No te preocupes por mí, solo procura levantarte para atender a las clientas de mañana... no puedes darte el lujo de tomarte el día... el mes ha pasado volando y aún falta mucho dinero para el alquiler.
Renée asiente sonriente y se mete al baño cantando. Se escucha la ducha y luego sale envuelta en una toalla, vistiéndose frente a ella mientras le cuenta con fastidio de cada clienta que tuvo ese día, haciéndola sentir culpable por no poder trabajar.
Media hora más tarde Renée sale avisando que irá a Long Beach con Sally y su novio. Al parecer Carlisle inaugura un ala nueva de su local y eso es mucho más importante que quedarse con ella a pesar de estar enferma.
Pone un capítulo de Modern Family y se acuesta un poco desilusionada otra vez. Renée tiene la propiedad de hacerla sentir así; de hecho cree que su capacidad de aprender y trabajar es lo único que ha hecho que su madre no la abandonara en algún pueblo remoto.
Se duerme un rato después con lágrimas en los ojos y sintiéndose más sola que nunca.
Gracias a todas por sus comentarios y a Greendoe por esa reseña linda y sentida que hizo sobre este fic en su blog... fue una linda sorpresa.
Nos leemos en los Reviews
