Lamento el retraso, pero como expliqué en Facebook me fui a la playa unos días y no pillé la forma de subir desde el celular.
Gracias una vez más a Gabi (Catali) por betear este capítulo.
Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son propiedad intelectual de Stephenie Meyer. La historia es mía y está protegida en Save creative código 1210082477334.
Capítulo 13
"Hombre de ninguna parte, no te preocupes, tómate tu tiempo, no tengas prisa. Déjalo todo, hasta que otro te eche una mano"
Lennon/McCartney - Nowhere Man
—Shh... Isa está dormida —escucha susurrar fuertemente a Renée.
—Lo siento —ríe Sally pero no baja el volumen de su voz.
Quiere gritarles que se callen y la dejen descansar. Al parecer ha vuelto a subirle la fiebre porque su cabeza está dolorida y su cuerpo está temblando sin poderlo controlar.
Lo único que quiere es volver a dormir, sin embargo, su madre no tiene los mismos planes pues la música de los "Ramones" empieza a resonar por todo el departamento.
Maldice a todos los dioses de las madres por haberle otorgado la peor de todas. Ya no se trata solo de su falta de cariño o de evadir constantemente sus obligaciones como madre, el asunto es que de un tiempo a esta parte la mujer ya ni siquiera la respetaba y Judy is a punk* sonando a todo volumen es una prueba más de ello.
Toma un cojín del suelo y lo pone sobre su cabeza para amortiguar un poco el ruido. Huele al perfume de Edward y eso la hace sonreír por un momento como tonta y sin darse cuenta se relaja y vuelve a dormir... aunque el sueño es liviano y despierta cada dos por tres por culpa de alguna risa o de algún pobre intento de las mujeres por cantar.
Entre pesadillas e intermitentes momentos de lucidez, la luz del día comienza lentamente a iluminar su cuarto; al mismo tiempo el olor a marihuana comienza a picar en sus fosas nasales y la risa de las mujeres es tan desagradable que ni el aroma de Edward puede calmarla.
En ese instante, la puerta del departamento es aporreada por un puño —interrumpiendo definitivamente su descanso— y la voz enojada de Carlisle se hace oír por sobre la música.
—Había durado demasiado ya —se dice a sí misma ante la evidente irritación en la voz de Carlisle y los gritos de Renée pidiéndole que se largue.
Finalmente cree que Sally es quien le abre porque su madre maldice a la mujer y la echa de su departamento furiosa.
—¡No puedo creer que seas tan irresponsable! —vaya, es el primer hombre que se atreve a gritarle así a Renée.
—¡¿En cuántos idiomas tengo que decirlo?! —grita su madre en respuesta—. No te metas en mi vida. Jamás un hombre me ha dicho que hacer y hoy no será la excepción.
—Acaso te oyes —cuestiona él, sarcástico—. Lo que hagas con tu vida me tiene sin cuidado, pero ante todo eres madre y esa niña que está ahí adentro debería ser tu prioridad.
—Te equivocas... soy una mujer joven ante todo... ella ya puede cuidarse sola —se justifica ella—. Sabía que esto no iba a funcionar... no entiendo por qué todos la quieren más a ella que a mí.
—No digas tonterías y baja la maldita música —agrega cuando cuando unas estridentes guitarras se dejan oír por sobre su voz.
—¡Vete de mi casa! —ahora Renée llora—. No te quiero volver a ver en la vida— agrega —¡Isa! —e Isabella se queda paralizada porque conoce ese tono y no quiere hacerle caso... por primera en su vida está pensando seriamente en ello.
—¿Qué haces, mujer? —grita Carlisle—. Pretendes irte con Isabella enferma... es que acaso no recuerdas nada de lo que te dije.
—¡Isa! —su madre abre la puerta de su cuarto y la mira con lágrimas en los ojos —Nos vamos, cariño —sonríe fingidamente —junta tus cosas.
—No me siento bien, no puedo conducir —murmura con la esperanza de que Renée se calme y desista.
—Yo conduzco... prepara tus cosas, partimos en una hora —ordena y sale de ahí.
Isabella se queda quieta por algunos minutos, eso hasta que entiende que la decisión ya está tomada y que de todas maneras prefiere irse con Renée a que los Servicios Sociales se haga cargo de ella.
Las lágrimas empiezan a amenazar por salir, pero se resiste y se levanta tratando de ocupar su mente en no olvidar nada. Esto era inevitable y quizá es mejor que sucediera antes de iniciadas las clases; al menos esta vez no estuvieron involucradas en ningún problema o con ningún psicópata.
No quiere llorar. Nunca lo ha hecho delante de nadie y esta no será la primera vez. Ella es una sobreviviente y como tal debe mostrarse a la altura de la situación. Pero entonces, la imagen de Edward se cuela en sus pensamientos y una rebelde lágrima escapa de su ojo izquierdo amenazando con revolucionar a todas las otras que esperan pacientes bajo sus párpados. No es el momento, se repite.
Por un instante se lamenta no tener un teléfono para ubicar a Edward; sin embargo, inmediatamente se retracta pues sabe que no resistiría una despedida. Sin planearlo se ha encandilado con ese joven y por mucho que quiso negarlo —preveía que todo terminaría así—, ya era tarde y su corazón sufriría un nuevo desprendimiento.
Se decanta entonces por escribirle una pequeña nota y entregarsela a Carlisle, quien por cierto sigue gritándole a Renée por ser una irresponsable y tener un instinto maternal nulo.
Casi quiere reír por ello, cree que eso es lo que ha escuchado a sus últimos cuatro a amantes, sin contar al coronel Whitlock, en Texas, pues ese cayó a la cárcel antes de alcanzar a darse cuenta que Renée jamás tendría algo serio con él, menos si demostraba cariño por ella.
Suspira acongojada mientras termina de hacer la maleta. Según ella ya no queda nada por empacar, por lo tanto concentra su atención en embalar las cosas que le ha prestado Edward y en qué le pondrá en la nota que le dejará para agradecerle por su preocupación.
Finalmente, creyendo que cualquier cosa que escriba sonará demasiado cursi, escribe simplemente "Gracias" en una hoja mal arrancada de su agenda y firma con su nombre. Por un segundo se siente tentada a poner que si necesita algo le llame, pero finalmente solo deja el escuálido mensaje y cierra la caja de los libros.
—¿Qué está pasando? —la voz de Edward la sobresalta y debe contenerse para no correr y abrazarlo—. ¿Carlisle, qué ocurre? —vuelve a preguntar al no obtener respuestas.
—Ocurre que esta irresponsable —apunta a Renée y ella le mira con odio— quiere largarse quién sabe dónde con su hija, la que por cierto es una niña y está enferma —grita descontrolado y Edward lo toma por los hombros.
—Cálmate —susurra con voz grave—. Llévate a Renée de aquí —Carlisle intenta protestar, pero Edward no se lo permite —como sea, sácala de aquí e intenta calmarla. No se va a llevar a Isabella —afirma categórico.
—¿Quién te crees que eres? —Renée se mete entre ambos y encara a Edward —Soy libre y ningún idiota va a venir a decirme qué hacer y qué no.
—Muy bien, entonces llamaré a Servicios Sociales para que vengan por ella —amenaza Edward.
Se asusta. Él, en su afán de ayudar, piensa que un orfanato es mejor que Renée. Pero ella es conciente que no es verdad. Toda su vida ha estudiado en escuelas públicas marginales y conoce de cerca las historias de abusos de poder y precariedad que se viven en los hogares temporales u orfanatos.
—Edward —su voz sale débil y debe aclararla un poco para volver a hablar—. No lo hagas —suplica—. Estoy acostumbrada a esto, así soy feliz —miente, pero él parece no creerle porque saca su teléfono móvil del bolsillo.
—Entonces dame el número de tu papá —ella niega—. Sé que te comunicas con él, dame el número, Isabella.
—Estoy bien así, Edward. No lo hagas más difícil —su voz se quiebra al final y debe tragar saliva para componerse y no ponerse a llorar.
—No entiendo por qué todo el mundo se preocupa tanto por ella —Renée la mira con desprecio —. Isa no necesita a nadie y ninguno parece entenderlo. Vamos —ordena lo último tomando una maleta azul que apenas si está cerrada.
—No me tientes, Renée —amenaza Edward—. Si es necesario llamaré al gobierno para que se haga cargo de Isabella; tengo su parte médico en mi poder como prueba —por primera vez él se escucha como una abogado y tiembla por la resolución que ve en sus ojos cuando marca el teléfono.
—Creo que estamos exagerando un poco —murmura Renée mirando a Carlisle apenada y tomando el brazo de Edward para quitarle el teléfono y hacerlo colgar la llamada—. Quizá debemos hablar antes de tomar cualquier decisión —agrega con voz melosa hacia Carlisle y aunque se nota que él está furioso, finge y la toma de la mano para sacarla de allí.
Mira a Edward mitad furiosa y mitad agradecida. Todos alguna vez fingieron preocupación por ella para agradar a Renée, sin saber que eso le enoja aún más. Es primera vez que alguien lucha realmente por su bienestar, pero sus ideas de ayudarla la dejarían peor que seguir viviendo con Renée.
—Prometiste que no llamarías a las autoridades —le reclama ella caminando hasta su cama y recostándose en ella hacia el rincón.
—Nunca prometí eso —refuta él—. Solo te dije que si cooperabas no lo haría y querer largarte de aquí enferma como estás a cargo de una mujer que claramente no está bien de la cabeza, no es cooperar precisamente.
—No hables así de Renée —le reta sin voltearse.
—No mientas, Isabella. Por tu cara sé que piensas lo mismo de ella.
Se queda en silencio. Está demasiado enojada y demasiado agradecida y ambas cosas no pueden ser compatibles a la hora de discutir con él. Edward tampoco dice nada, pero sabe que ha comenzado a desempacar y a guardar sus cosas por el sonido de las puertas del closet.
De pronto, todo se queda en silencio y eso la tienta a voltearse, aunque no lo hace.
—De nada —murmura Edward más cerca de lo que ella creía y le da un beso en la sien, alejándose luego.
Contrariada y agitada, voltea la cabeza y lo encuentra a los pies de la cama con el papel que ella había escrito en la mano.
Quiere decirle muchas cosas, pero vuelve su vista al rincón una vez más y calla, solo calla. Escucha su respiración frustrada, pero él tampoco habla, de hecho lo escucha salir de la habitación.
Mira hacia la puerta y le ve de un lado a otro ordenando el desastre que ha dejado Renée en la sala. Se pregunta si de verdad lo hará por lástima o si siente un cariño especial hacia a ella... sabe que soñar con algo romántico es absurdo, pero quizás es verdad que él la quiere como una amiga porque ve a través de ella el niño que él fue. Quiere confiar en eso... cree que puede soportar tenerlo como amigo, al menos el tiempo que Renée esté dispuesta a fingir un cambio antes de querer partir otra vez.
—Seguirás haciéndome la ley del hielo —pregunta Edward divertido desde la puerta.
No responde porque no quiere sonar ni resentida ni desagradecida, pero tampoco decir cosas que puedan dejar entrever la atracción que siente por él.
—Deberías llorar, desahogarte —recomienda él sentándose tras ella en la cama, pero sin tocarla—. Noto el esfuerzo que haces por no hacerlo, pero te haría bien... y yo no se lo diré a nadie. Puedo salir si quieres...
—No —le interrumpe porque si él la deja ya no habrá nada que le impida abandonarse al llanto —. Llorar no cambiará en nada mi situación. Nunca alguien me verá débil y no soy una damisela en apuros que espera ser salvada... yo me salvo sola y cada día lo hago.
—Nadie es débil solo porque llora; llorar y reír son acciones para canalizar emociones y desde que te conozco nunca te he visto practicar ninguna de las dos.
—No tengo motivos para reír... ya te has dado cuenta de como es mi vida y no vale la pena fingir que nada sucede —se justifica no estando segura de lo que dice—; y no voy a llorar si con eso no se va a solucionar mi vida.
—Eres muy dura contigo misma... quisiera entenderte, pero aún no comprendo cómo puedes permitirle a tu madre tener tanto poder sobre ti y como puedes lidiar con todo esto siendo una niña.
—Hace mucho que dejé de ser una niña, Edward... ese es el punto.
Solo después de ello se da cuenta que ha hablado demás y se lamenta por exponerse de esa forma con él, sobretodo cuando ve en su mirada eso que tanto odia provocar, lástima. Pero antes de decir algo más, él vuelve a sonreír como ayer y se acerca a ella tomando su mano fraternalmente.
—No quiero hacerte sentir mal, Isabella —murmura—. Sólo quiero que entiendas que ya no estas sola y si me permites velar por ti, no lo estarás más.
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*Judy is a punk es el tercer tema del álbum homónimo de la banda Ramones (1976)
Gracias de antemano, ahora creo que estaré en casa unos días para trabajar en el siguiente... espero tenerlo para antes del lunes.
Nos leemos en el review.
