Capítulo 26: El final de una aventura
Heishiro había sido atado a una silla por aquella mujer que lo acusaba de haber matado a su padre.
Y lo peor es que estaba en lo cierto.
Aquel hombre al que había visitado en uno de sus viajes debía ser el padre de la que lo tenía retenido.
La visita que le hizo años atrás no fue precisamente de cortesía.
Por aquel entonces, Heishiro andaba buscando una espada que pudiera superar a las armas de fuego, en una de sus misiones para Japón.
Investigando, llegó a la casa de aquel hombre, donde por primera vez oyó hablar de Soul Edge.
Sin duda, los archivos que allí había le serían de mucha utilidad.
Pero el dueño no iba a dárselos por las buenas, así que lo desafió a un combate.
Heishiro ganó, hiriendo de muerte a su rival.
Lo que no sabía, es que una pequeña niña observaba la batalla desde debajo de una mesa, aterrorizada.
Esa niña, llamada Setsuka, se convirtiría en la mujer que ahora tenía al asesino de su padre atado a una silla.
- Así que...- inquirió la mujer, paseándose ante los ojos de Heishiro. - ...has vuelto para ver si te dejaste algún archivo por robar, ¿no?
- No lo entiendes. – exclamó Heishiro. – Es de vital importancia que...
- ¡Cállate! – ordenó Setsuka. – Nada es tan importante como para matar a un hombre inocente.
- Siento mucho lo que le hice a tu padre. – se disculpó Heishiro. – Pero estábamos combatiendo, no podía hacer otra cosa.
Mientras la distraía con la conversación, Heishiro iba deshaciendo sus ataduras poco a poco.
- ¿Ah, no? Entonces temo que yo tampoco voy a poder hacer nada más que matarte. – dijo Setsuka con tono amenazante.
- ¿Por qué no me has matado todavía? ¿No es eso lo que quieres?
- Matarte ya sería aburrido. – replicó con crueldad la mujer. – Además, lo que buscas debe ser sin duda muy valioso. ¿Qué es?
- Es...es una espada. – confesó Heishiro.
- ¿Una espada? ¿Cómo puede ser tan valiosa una simple espada?
De repente, llamaron a la puerta.
Heishiro se asustó, pues temía que su hermano cayera en la misma trampa en la que había caído él.
Setsuka, sorprendida, se dirigió a la puerta y la abrió.
Efectivamente, era Edgar.
- ¿Qué quiere? – preguntó Setsuka malhumorada.
- Verá, mi hermano entró aquí hace un rato, y la verdad es que está tardando demasiado. ¿Ha ocurrido algo?
- Ah, así que eres su hermano. – Setsuka esbozó una sonrisa. – Pasa. Estamos hablando.
Edgar pasó y Setsuka cerró la puerta.
Edgar avanzó hacia el salón, donde se encontraba atado Heishiro.
- ¡Edgar! ¡No! ¡Corre! – trató de advertirle su hermano.
Pero era demasiado tarde. Setsuka agarró a Edgar por detrás, poniéndole la espada en el cuello.
- Como te atrevas a hacerle daño...- amenazó Heishiro.
- ¿Qué harás? ¿Te chivarás a mi padre? – preguntó Setsuka con ironía. – Ah, no. Está muerto.
Al decir esas palabras, apretó con más fuerza la espada en el cuello de Edgar.
- Así no arreglarás las cosas. Déjanos ir y nunca más volveremos a molestarte. – pidió Heishiro.
- Lo siento. Ya es demasiado tarde para eso.
A partir de ese momento, todo ocurrió muy deprisa.
Heishiro terminó de deshacer el nudo que lo mantenía preso y trató de abalanzarse con rapidez hacia su espada para rescatar a su hermano.
Sin embargo, Setsuka fue más rápida. Con un único corte limpio, seccionó la yugular de Edgar.
Para cuando Heishiro alcanzó su arma, Edgar ya había caído al suelo, desangrándose.
Heishiro se abalanzó gritando hacia Setsuka, con su espada en alto, pero ella abrió la sombrilla que había ocultado su espada. Heishiro perforó la sombrilla con la suya, pero para cuando consiguió apartar la sombrilla, Setsuka ya se había ido.
Rápidamente, Heishiro corrió hacia donde se había desplomado su hermano y se arrodilló junto a él.
- ¡Edgar!
Edgar estaba todavía vivo, pero se ahogaba con su propia sangre.
- Heishiro...- susurró Edgar mientras su hermano le levantaba la cabeza.
- Edgar, tranquilo...- dijo Heishiro intentando tranquilizarlo, lo que era bastante inútil teniendo en cuenta que él mismo lloraba ya con angustia. – Todo va a salir bien. Seguro que en esta casa hay algo con lo que...
- Heishiro. – interrumpió Edgar con un hilo de voz. – Sabes tan bien como yo que en menos de diez minutos habré muerto.
Heishiro sollozó con fuerza.
- Edgar...
Heishiro intentaba convencerse a sí mismo de que había una solución, pero Edgar tenía razón.
- Heishiro, no te rindas. – murmulló Edgar con sus últimas fuerzas. – Hazlo por nuestro padre.
Su hermano, a pesar de estar sano como una rosa, tenía menos fuerza para hablar que él.
- Sigue...buscando la espada. – pidió Edgar. – Y cuando lo consigas...que estoy seguro de que lo harás...cuida mucho de nuestra madre.
Heishiro no podía contener las lágrimas.
- Y deja que ella cuide de ti.
Los hermanos rieron débilmente, intentando aplacar una tristeza que se apoderaba de ellos sin remedio.
- Cuidaré de los dos. – sollozó Heishiro, en su último intento por pensar que aquello no estaba sucediendo.
- Te quiero, hermano. –dijo Edgar con su último aliento. – Y no se me ocurre mejor final para mi aventura...que a tu lado.
- Yo también te quiero, Edgar. – susurró Heishiro con voz temblorosa.
Pero su hermano no llegó a oirlo. Las manos sudorosas y ensangrentadas de Heishiro ya no sujetaban más que una cabeza sin vida.
Con un angustioso grito de dolor, Heishiro dejó el cuerpo de su hermano en el suelo cuidadosamente y le cerró los ojos con respeto.
Al día siguiente se pondría a investigar los archivos de la casa. Pero ahora no tenía fuerzas ni para ponerse en pie. Sólo quería olvidar todo aquello y reiniciar la partida, como si se tratase de un juego de rol.
Era lo suficientemente fuerte para vencer a casi un ejército entero sólo con su espada, pero no lo bastante como para aceptar que la aventura de su mejor compañero de viaje había llegado a su fin.
