Capítulo 28: Un descubrimiento accidental
Ivy necesitó casi una hora para convencer a las autoridades de que era inocente.
De todos modos, le dijeron que no se fuera muy lejos por si tenían que volver a hablar con ella y tuvo que pagar una multa por allanar la casa de la anciana.
Así que Ivy volvió malhumorada a su mansión, para buscar información sobre Cervantes.
Pero cuando llegó, vio que salía humo del interior de la casa.
Rápidamente, entró en la mansión y se dirigió al foco de la humareda.
Era la biblioteca. Estaba en llamas.
El fuego ya estaba muy extendido. La biblioteca debía llevar un rato incendiada.
Sin duda, ya no había modo de apagar las llamas.
Cerró la puerta en un intento de ralentizar la marcha del fuego y se dispuso a recoger rápidamente todo lo de aquella casa que quisiera salvar.
Recogió comida, la espada que había creado y sus apuntes sobre alquimia. Además, también logró salvar unos pocos libros que había estado leyendo el día anterior y aún no había devuelto a la biblioteca.
Lo metió todo en una bolsa y salió corriendo.
Una vez fuera de la mansión, miró el que había sido su hogar de toda la vida arder sin remedio.
Obviamente, había alguien interesado en que ella no investigara Soul Edge.
Ese alguien, seguramente, había asesinado a la anciana. También debía ser el supuesto testigo que dijo a las autoridades que la había visto hablando con ella. Y ahora, había provocado un incendio en su biblioteca, el mejor lugar para investigar.
La verdad era que aquella persona no había hecho mal las cosas. Ivy ya no tenía ninguna pista a partir de la cual seguir investigando.
O eso creía ella hasta que decidió sacar todo lo que había salvado de la bolsa.
Al hacerlo, se dio cuenta de que, con las prisas, no había cogido una bolsa.
En su lugar, había metido todo en un viejo portabebés, que debió haber usado su madre años atrás para sujetarla a ella.
Pero el descubrimiento más sorprendente no fue, ni mucho menos, el que se hubiera equivocado al guardar las cosas.
Al vaciar el portabebés se dio cuenta de dónde había visto el nombre de Cervantes. No había sido en los archivos de su padre.
En la tela del portabebés, bordado en hilo dorado, ponía: "Propiedad de Cervantes de León."
