Capítulo 30: La sirvienta de la espada

Casi un mes estuvo Raphael siguiendo a aquel cuervo.

Es bastante improbable que una persona en condiciones normales hubiera podido seguir al animal, pero Raphael tenía la Semilla Maligna en su interior, y esto incrementaba su rapidez, resistencia, vista y sentido de la orientación.

Gracias a todo ello, Raphael podía subsistir perfectamente comiendo una pieza de fruta al día y descansando solo un par de horas por la noche.

Al fin, el cuervo, tras detenerse en decenas de sitios sin importancia, llegó a un enorme castillo en ruinas. Raphael sintió algo al llegar allí. Una fuerza maligna que conectaba con la que él tenía dentro de sí.

Merece la pena destacar que el cuervo había sacado a Raphael de Francia, y ahora se encontraban en la zona más occidental de Alemania.

El ave se perdió entre las torres del castillo y Raphael decidió entrar en él para explorar.

Pero antes tenía que superar un foso bastante grueso, lleno de agua, que separaba la puerta del edificio de donde se encontraba él.

Inspeccionó durante unos minutos el foso y no le pareció que hubiera nada peligroso en él, así que decidió cruzarlo a nado.

No se equivocó, y llegó hasta el portón de entrada sano y salvo.

Decidió llamar, pero nadie abrió.

Raphael sabía que el poder de la Semilla Maligna también había incrementado su fuerza, así que con una fuerte patada derribó el portón, provocando un estruendo que hizo que varios cuervos se alejaran volando del castillo.

Raphael entró en el oscuro lugar sigilosamente, con el estoque en alto.

Nunca había visto un sitio tan siniestro.

El castillo apenas tenía ventanas. La tenue luz que entraba por ellas le daba un aspecto sobrecogedor a los pasillos y salas abandonadas.

No había nada en buen estado por allí.

Los muebles estaban tirados por los suelos, astillados.

Una de las cosas más escalofriantes eran las cadenas oxidadas que colgaban de algunas paredes. En éstas también había antorchas, pero estaban todas apagadas.

Raphael llegó, tras pasar por un estrecho pasillo, a la sala que probablemente mejor se conservaba.

Tenía una mesa amplia y larga en el centro. Y, en la pared del fondo, un cuadro enorme.

En él aparecía un guerrero altísimo, vestido con una armadura con pinta de ser muy resistente.

Su largo pelo rubio indicaba que debía ser germánico, nativo de la zona.

Tenía una cicatriz que cruzaba de arriba abajo su azul ojo derecho.

Y portaba una gran espada...con un ojo en el centro de su gruesa hoja negra.

Raphael se dio cuenta de que era Soul Edge. Pero inmediatamente después de que ese pensamiento llegara a su cabeza, recibió un tremendo golpe que lo dejó inconsciente.

...

Cuando despertó, creyó que estaba soñando. Y no era para menos.

Estaba atado por unas cadenas en una sala del castillo que aún no había visto.

Cerca de él, había una mujer con aspecto estrafalario acariciando y hablando con un cuervo.

¿Mujer? Raphael se fijó bien en su aspecto y se dio cuenta de que apenas tendría 18 años.

Por todo el suelo había desperdigados lo que parecían pedazos de una armadura.

Pero, sin duda, lo que más le hizo creer que se encontraba en un sueño, fue lo que vio en la otra punta de la sala.

Metida dentro de un largo arcón transparente, y despidiendo un brillo oscuro de maldad, se encontraba la mismísima Soul Edge.

En un determinado momento, el ojo de la espada miró directamente a los de Raphael, y en ese instante, él sintió una tremenda ola de ira en su interior. Nunca había deseado con tanta fuerza matar a alguien.

El ojo apartó la mirada de Raphael y éste se recuperó un poco.

Sin embargo, parecía que la chica que cuidaba del cuervo no sufría los efectos de la espada.

Entonces, Raphael recordó las palabras del encapuchado: "El estar poseído por la Semilla Maligna no te hará más resistente al poder de Soul Edge. Al contrario, te hará más vulnerable."

Raphael se dio cuenta de que, con la fuerza que le proporcionaba la Semilla, quizá pudiera romper las cadenas.

Lo intentó sin éxito. Lo único que consiguió fue llamar la atención de la chica.

- ¡Oh! Mira, Blacky. – dijo la chica al cuervo, con tono cariñoso. – Parece que nuestro invitado se ha despertado.

La joven tenía en la cara una sonrisa que en cualquier otra niña hubiera parecido inocente, pero en ella inspiraba incluso miedo.

- ¿Quién eres? – preguntó Raphael.

- Es guapo y fuerte. – continuó diciéndole la chica al cuervo, ignorando a Raphael. – Podría ser un buen cuerpo.

La chica se acercó a Raphael y le acarició el pecho por encima de la ropa. Su mano se desplazaba suavemente por encima de la tela, como si temiera dañar lo que estaba tocando.

Raphael estaba petrificado. No sabía qué hacer.

La joven subió la mano hasta la barbilla de Raphael y le levantó la cabeza para mirarlo a los ojos.

- Y ya hay algo de la espada en su interior. – susurró la chica con satisfacción.

La chica no fue la única que vio el brillo característico de la Semilla Maligna en los ojos del otro. Raphael se fijó en que ella también estaba poseída.

- ¿Por qué a ti no te hace efecto? – gritó Raphael, señalando la espada con un movimiento de cabeza.

La chica siguió sin hacerle caso.

Le susurró algo al cuervo y lo mandó al cielo a través de una ventana, como si fuera una paloma mensajera.

Entonces, hizo algo que sorprendió a Raphael aún más.

- ¡Jefe! ¡Tengo un posible cuerpo!

De repente, algo muy extraño ocurrió.

El arcón que contenía Soul Edge se abrió. Las piezas de armadura que había por el suelo empezaron a temblar, y poco a poco se fueron uniendo unas a otras, hasta formar una armadura completa.

Finalmente, la espada salió del arcón, flotando por el aire, como si la estuvieran moviendo unos hilos invisibles.

La armadura se movió como si una persona estuviera en su interior y cogió la espada.

La chica se arrodilló ante la armadura.

- ¿Estás segura? – preguntó una voz grave que parecía salir del casco.

- No lo sé, señor. – dijo la chica sin levantar la mirada. – Parece fuerte, pero no sé si será digno de la espada.

- Veamos...

La armadura se movió con total soltura hacia Raphael.

Con un rápido movimiento, puso Soul Edge cerca del cuello del francés, pero sin que la hoja de la espada llegara a tocar su piel.

A pesar de que la espada no lo rozaba, Raphael empezó a gritar de dolor.

La armadura hizo durar la tortura unos minutos y finalmente apartó la espada.

- No sirve. – gruñó.

- Mis disculpas, señor. ¿Qué hago con él?

- Mátalo.

- ¿Puedo...divertirme? – preguntó la chica con una fingida sonrisa inocente.

- Haz lo que quieras. Pero como se escape te juro que serás pasto de los cuervos.

La espada se alejó flotando de la mano de la armadura y se metió en su arcón, que se cerró mágicamente.

La armadura se desplomó y sus piezas volvieron a separarse por culpa del impacto.

La chica miró a Raphael a los ojos con una sonrisa maléfica.

Se acercó a él y le mordió el labio superior con suavidad.

- Enseguida vuelvo, guapetón. – susurró con un tono que hizo estremecer a Raphael.

La joven se marchó de la sala trotando, con la alegría de una niña volviendo del colegio.

Raphael se quedó solo con la espada y los restos de la armadura. Su estoque no estaba por ninguna parte.

Tenía que hacer algo. ¿Pero qué?