Capítulo 41: Siguiendo el rastro del pirata

Ivy estuvo buscando durante días información de Cervantes.

En la biblioteca de la ciudad, preguntando a la gente e incluso volviendo a inspeccionar la mansión de la anciana asesinada.

Averiguó que era un pirata español, y los más viejos del lugar aseguraban que hacía años se había pasado por allí.

Ahora nadie sabía dónde podía encontrarse, pero era probable que hubiera muerto.

Ivy decidió que lo único que podía hacer para descubrir más del pirata era viajar a España, donde seguro que sabían más de él.

Con la fortuna que tenía (a pesar de la que se había perdido en el incendio, aún le quedaba mucha), y arriesgándose a que la pillaran las autoridades, no le costó convencer a un capitán de barco para que aceptara llevarla hasta tierras hispánicas.

En poco menos de un mes, el viaje finalizó.

...

Ivy había atracado en un puerto gallego. Allí nadie parecía saber casi nada sobre Cervantes. Pero un historiador al que conoció le dijo que Cervantes había vivido la mayor parte de su vida en Valencia, antes de hacerse a la mar.

Desafortunadamente, Valencia estaba casi en la otra punta del país. Así que, resignada, Ivy tuvo que volver a hacer uso de su dinero para alquilar un carruaje que la llevara hasta allí.

Tras diez días de trayecto, Ivy llegó a la ciudad natal del pirata.

...

Allí la cosa era muy diferente. Todo el mundo había oído hablar de Cervantes alguna vez. Algunos sólo sabían que se había convertido en un temido pirata. Otros decían que se había trasladado a Inglaterra, de donde Ivy venía. Sin embargo, la inmensa mayoría creía que había muerto.

Finalmente, un marinero que vivía al lado de la costa, le aseguró que un barco similar al que usaba Cervantes atracaba una vez al mes en la playa, y luego zarpaba para pasar otro mes en el océano.

No sabía cómo, pero nunca había sido capaz de ver a nadie de aquel barco. Nunca, excepto una vez.

La última vez que el barco había llegado, hacía dos semanas, había logrado ver a un hombre grande y fuerte salir del navío, y lo había visto conversar con un encapuchado. Recordaba bien a aquel hombre porque, colgado al cuello, tenía un amuleto en forma de cruz de madera.

Ivy quedó intrigada con lo que aquel hombre contaba, y decidió que debía permanecer dos semanas en el lugar, hasta que aquella misteriosa nave volviera a aparecer por allí.