Capítulo 44: El hombre que desafió a los dioses
El encapuchado llevó al pequeño búho, Olcadan, a un claro del bosque. Una vez allí, lo depositó en el suelo, se sentó a su lado y esperó.
Cuando se hizo de noche, la luz de la luna inundó el claro, y algo mágico ocurrió.
Las pequeñas patas del animal empezaron a crecer y se transformaron en piernas humanas. Las alas se tornaron en brazos y el pequeño cuerpo del ave se convirtió en una potente musculatura de hombre.
Sin embargo, la cabeza, aunque sí creció, no cambió de aspecto.
El resultado fue un hombre con cabeza de búho, que tenía una herida en el brazo, donde el búho la tenía en el ala.
- Olcadan, viejo amigo. – susurró el encapuchado.
Los dos se abrazaron, pero sin demasiada efusividad.
- ¿Qué te ha ocurrido? – preguntó, señalándole el brazo.
- Una maldita rama. – se quejó Olcadan, con una voz que parecía un ululato. – Seré un poderoso guerrero, pero como ave soy un desastre.
- Veo que la maldición de los dioses aún no te ha sido retirada.
- No está tan mal. – dijo el hombre-búho. – A la luz del sol, un búho que pasa desapercibido a mis enemigos. A la de la luna, un poderoso guerrero capaz de atacar en la oscuridad. Es la maldición más cutre que he visto jamás.
- Aún así, no debiste desafiar a los dioses.
- Sabes tan bien como yo que no me maldijeron por desafiarlos, sino por derrotarlos en el desafío.
Olcadan era un orgulloso guerrero. Llegó a creerse mejor luchador que los dioses.
Se decía que un dios se transformó en humano durante un tiempo para combatir a Olcadan en una batalla a espada...y Olcadan había vencido. Luego, el dios se enojó y lo transformó en el ser que ahora era. Un búho por el día y un hombre por la noche (con cabeza de ave, aún así).
- Por cierto, Olcadan... – inquirió el encapuchado. - ¿Qué ha sido de la espada con la que ganaste?
- ¿Te refieres a Soul Calibur?
El encapuchado asintió.
- No tengo ni idea. – admitió Olcadan. - Es eso por lo que me has recogido, ¿verdad? Sigues empeñado en buscar las espadas.
- Sabes que es el único medio para...
- Lo sé. Pero creo que estás demasiado obsesionado.
- Si estuvieras en mi situación, también lo estarías.
- Si tanto te interesa la espada, ese maldito dios debió esconderla en alguna parte. Prueba a preguntarle a él. – dijo burlonamente el hombre-búho.
- ¿Cómo podría hacerlo?
- Ve a la colina en la que lo derroté y llámalo. Hiere su orgullo y seguro que eso lo provoca.
- Eso haré. – accedió el otro.
Los dos hombres quedaron en silencio unos instantes.
- Bueno, he de continuar mi viaje. – dijo el encapuchado.
- Sí, yo tengo que encontrar algo decente para comer antes de volver a convertirme en animal.
- Un placer volver a verte.
- Hasta la próxima.
Se dieron un apretón de manos y cada uno se fue en una dirección.
