Disclaimer: Los personajes del anime/manga: "InuYasha" son propiedad de Rumiko Takahashi. Yo solo los tomo prestados para hacer esta historia más interesante y entretenida. Sin ningún interés de lucro de por medio ni nada parecido.
Bueno le cambie el nombre a "Hoyo" jajaja como yo lo tenia, averigüé porque tenia la confusión de como escribir el nombre :/ en algunos fic's había leído "Houyo" así que entre en la duda, y según: "InuYasha Wiki" el nombre vendría siendo Hojo. Ya ni sé -.-' pero tome la ultima opción ;)
Aclaración: Lo que esta en cursiva serán los pensamientos, dialogo de terceros o recuerdos de los personajes.
Desde ya disculpen la falta ortográfica :)
Chapter:15
*Una Caída & Una Inesperada Libertad*
Bankotsu estaba sentado sobre su cama con ambos pies sobre la pequeña y suave alfombra que estaba tendida sobre el frío piso cerámico, tenía los ojos cerrados y ambos brazos doblados sobre sus rodillas con las palmas al aire y la cabeza baja; había tenido una muy mala noche por el dolor que sentía en su ojo, y aunque se tomó unas cuantas píldoras para calmar el punzante dolor y desinflamar la hinchazón… no fueron de mucha ayuda. Se puso de pie para ir al baño a darse una ducha como era de costumbre, pues tenía que hablar un tema muy importante con Kikyo.
Salió de la ducha y se vistió con ropa casual: unos jeans azules, una polera del mismo color con corte en Vajustada a su cuerpoy sus cómodas botas café oscuras estilo militar a medio abrochar. Se vio al espejo y se frustró al ver su ojo más pequeño que el día anterior, rodó los ojos fastidiado, restándole importancia. Bajó las escaleras a la segunda planta para despejar las dudas que se le habían pasado por la cabeza la temprana mañana en la que se despertó. Entró a la habitación sin siquiera molestarse en tocar, mucho menos en anunciarse.
—Despierta —ordenó en voz alta al mismo tiempo que le daba una patada al cómodo colchón de la alta cama donde dormía la pálida pelinegra que inquietaba sus dudas.
Desde la noche anterior que no había visto a Renkotsu y eso la atormentaba demasiado, no sabía o más bien no imaginaba lo que había pasado con él… y la verdad, era que tampoco quería hacer mucho esfuerzo en pensarlo. Se quedó dormida parte de la madrugada y cuando se sentía plácidamente cómoda en su cama sintió un fuerte remezón que la despertó acompañado de una autoritaria voz ya conocida a la perfección por ella.
—B-Bankotsu… —nombró sorprendida al ver su rostro e inflamado ojo al mismo tiempo que trataba de acomodar su revoloteado cabello— ¿En qué te puedo ayudar? —preguntó al mirarlo con cierto recelo y notar mejor la lesión que tenía… algo muy malo debió de haber pasado para que luciera así.
El moreno solo se limitaba a observarla analíticamente, como si tratase de descifrar algún rastro de falsedad en ese rostro de temor contenido.
— ¿Ayudarme tú? — La señaló al adornar su rostro con una cínica sonrisa; Kikyo solo desvió la mirada— ¿De verdad crees que vendría a tu habitación a pedirte ayuda precisamente a ti? —cuestionó con ironía al tomar asiento a los pies de la cama.
Kikyo lo observó por un par de segundos para luego bajar la mirada, sóloguardó silencio ¿Qué le podía decir a él? Ni siquiera tenía el valor para verlo fijamente.
— ¿Hay algo que quieras contarme? ¿Confesar? —cuestionó al apoyar ambos brazos sobre la cama, le daría la oportunidad de sincerarse por ella misma y así probaría dónde era que estaba realmente su lealtad.
— ¿Contar? ¿Confesar? —Cayó en cuenta a qué se refería— Bankotsu si te refieres a lo sucedido con Renkotsu… juro que yo no sabía nada de los negocios que él estaba haciendo por fuera —aseguró un tanto dudosa que no le creyera pues él la miraba fijamente.
— ¿Hace cuánto que estaba haciendo sus fraudulentos negocios aparte?
—Un par de días después que volviste a Hong Kong —respondió según entendía le había dicho el difunto calvo.
— ¿Tienes idea de los nombres de los clientes que lo llamaban? —Kikyo negó en silencio.
—Dijo que eran otros clientes… ninguno de los que venían a la mansión.
Bankotsu respiró hondo y se puso de pie con la intención de salir de la habitación; al juzgar por su nerviosa facción en el rostro sabía que no mentía.
—Bankotsu espera… —pidió antes de que se marchara; el moreno se detuvo con su mano en la perilla de la puerta y volteó a verla de medio lado.
—Está muerto —respondió sabiendo la pregunta que le haría.
La respiración de Kikyo se sobre exigió levemente al oír lo que Bankotsu decía, confirmando así, la duda que se negaba a aceptar. Posó su fría mirada sobre el celeste cubrecama que cubría su delgado cuerpo.
—Y si no quieres que al bastardo que cargas le pase lo mismo… —amenazo al caminar hacia ella— obedecerás todo lo que ordene —dijo al sostenerla del mentón para obligarla a verlo—, porque créeme, no me temblara la mano para enterrar mi daga sobre este cuello tan marfilado y perfecto que tienes —concluyó al pasar su dedo pulgar por su blanca piel.
Kikyo tragó duro al oír la fría y segura voz con la que Bankotsu la amenazaba, y no solo a ella… sino que ahora también a su hijo.
— ¿Estás de acuerdo? —cuestionó antes de salir, pues no necesitaba respuesta.
La delgada pelinegra se dejó caer pesadamente sobre la cama en posición fetal y sin derramar ni una sola lágrima se abrazó a sus piernas. Ahora estaba sola y debía ser lo bastante inteligente como para poder cuidar de sí misma.
Eran cerca de las nueve de la mañana y Kagome ya estaba en la cocina preparando el desayuno, ya que cuando Bankotsu estaba en la mansión las cosas solían funcionar más estrictas que cuando estaba Renkotsu a cargo. Llevó todos los alimentos en el carrito de cuatro ruedas donde los acomodaba, entró a la amplia sala donde estaba ubicado el comedor y grande fue su sorpresa al ver al moreno sentado solo en la cabecera de la larga mesa de vidrio.
—Mph… ¿Por qué tanta demora? —cuestionó con sus serios ojos azules concentrados en el periódico que leía.
Kagome se quedó en silencio por un momento al ver lo pequeño y morado que lucía su ojo; Bankotsu alzó la vista obviando que lo observaba, la azabache desvió rápidamente la mirada.
—T-tu ojo… está peor que ayer —dijo mientras acomodaba los alimentos en la mesa.
— ¿Y qué hay con eso? —se encogió de hombros al restarle importancia.
—Que si no tomas algo se pondrá peor, podría entrarte una infección y quizás… —dijo mientras le servía una taza con café.
— ¿No me digas que estás preocupada por mí? —preguntó al sonreír de medio lado mientras sostenía su femenina muñeca.
— ¿P-por qué dices eso? —preguntó nerviosa con su mirada fija en el agarre.
—No sé, Kagome —dudó al dejar el periódico en la mesa, sin soltar el agarre en ella—. Pero tu nerviosismo no es para nada normal —elevó su vista ya que él seguía sentado—, mucho menos tu sonrojado rostro.
—P-pero que cosas dices —trató de mantener su voz lo más serena posible para no dejar notar su nerviosismo.
—Como digas —dijo soltando el agarre, sin dejar de verla—. Pero si fuera tú… pensaría muy bien las cosas antes de casarme, suelo confundir a muchas chicas —sonrió de medio lado al guiñarle su ojo no lesionado.
Kagome se ruborizó por completo, Bankotsu podía hacer que su corazón latiera acelerado con tan sólo darle una sonrisa, sin importar cuáles fueran las palabras que utilizara. Sabía que eso estaba mal pero no podía controlar el nerviosismo que sentía cuando estaba a solas con él. Iba a debatirle con alguna frase pero escuchó la chillona voz de Jakotsu al entrar al comedor.
— ¡¿Pero qué le pasó a tu ojo?! —Cuestionó sorprendido.
—Jakotsu… por favor —posó su codo en el comedor y su mano en la sien—tengo un molestoso dolor de cabeza y tu voz no es la más agradable de oír —dijo al rodar los ojos.
—Bien —tomó asiento—. Buenos días, Kag hermosa —saludó sonriente, ignorando al malhumorado mercenario.
—Buenos días Jakotsu —saludó Kagome amablemente— ¿Quieres té, leche, café… o jugo natural? —ofreció.
—Ay quiero… —parecía indeciso observando la variedad de alimentos— ¡de todo! —no pudo decidir.
Kagome sonrió y comenzó a servirle una taza con cada líquido y un alto vaso con jugo, pidió permiso a Bankotsu para retirarse y el moreno con asentimiento le dio el pase para que lo hiciera. Bankotsu observaba asqueado como Jakotsu se metía alimento tras alimento a su amplia boca.
— ¿Qué no vas a comer? —preguntó con la boca llena.
—No, se me quitó el hambre —dijo al ponerse de pie para retirarse del comedor; Jakotsu lo observó con medio pan en la boca, se encogió de hombros y siguió comiendo.
Bankotsu salió del comedor cansado, no quería lidiar con nadie ese día; vio a Sango bajar las escaleras, quien se acercó rápidamente a él.
— ¿Qué le paso a tu ojo? —preguntó con asombro.
— ¿Por qué siempre preguntan lo mismo? —murmuró cansado mientras rodaba los ojos con cierto fastidio.
—Porque tú nunca luces así —respondió al estar de pie frente a él.
— ¿Así cómo? —preguntó desinteresado.
—Como si te hubieran dado una buena paliza —Bankotsu solo sonrió de medio lado y negó en silencio, pues si supiera con quién peleo o más bien quién salió perdiendo su comentario seguramente sería omitido.
—Hoy irás a la juguetería —informó metiendo ambas manos a los bolsillos del jeans.
— ¿A la juguetería? —preguntó extrañada.
— ¿Acaso tienes otros planes? —preguntó sonriendo con burla.
—Claro que no… —respondió tranquila, pues conocía muy bien el extraño sentido del humor que tenía el moreno— es solo que es extraño que me mandes allá. Hace mucho tiempo que no voy.
—Están escasos de masajistas —dijo—. Además eres la mejor en eso, así que quién mejor que tú para que hagas el trabajo.
—Está bien —dijo al verlo con intención de seguir su camino— ¿A qué hora parto?
—En una hora, Hakudoshi vendrá por ti —respondió al retomar su camino; Sango asintió y fue al comedor, donde si no se daba prisa, probablemente, Jakotsu acabaría con todo.
Se apoyó en el marco de la puerta y la observó lavar toda la losa que se había acumulado el día anterior. Oía como Kagome tarareaba algo parecido a una canción, en un tono muy bajo; eso le causó cierta gracia.
—Oye… —Kagome dio un pequeño brinco al oír su voz.
— ¿Q-qué pasa? —preguntó avergonzada de que la hubiese escuchado.
—Deja lo que haces y sígueme —dijo al dar media vuelta.
—Pero estoy limpiando —dijo al señalar la cantidad de elementos sucios.
—Solo ven —ordenó haciendo una seña con su cabeza. La azabache ya no dijo más y obedeció.
La invitó a tomar asiento en la cómoda silla tras su escritorio y prendió la computadora frente a ella. Kagome estaba quieta y en completo silencio.
—Hoy te explicaré algo sobre las planillas —indicó mientras abría un archivo.
—Bien… —dijo un poco incómoda; Bankotsu solo la observó de reojo.
—Mph… dijiste que querías aprender, ¿no? —preguntó con sus ojos fijos en la brillante pantalla.
—S-sí, y es lo que haré —respondió rápidamente.
—Bien… espero que esta vez no te equivoques —la miró fijamente y Kagome se incomodó por ello, desviando así su mirada hacia la pantalla—. Si no ya sabes el costo —dijo también volviendo su mirada al computador.
Al cabo de varios minutos Kagome parecía entender como era que tenía que ingresar cada de cifra de dinero y también como descontar los distintos gastos que hacían en cada una de las casas ligadas a Bankotsu.
—Vaya no eres tan tonta después de todo —mencionó con burla al encender un habano a una distancia prudente de ella.
—Aprendo rápido cuando está en juego lo más importante que tengo en la vida —respondió inconscientemente. Bankotsu solo rodó los ojos al botar el humo por su boca.
—Nadie depende de nadie —dijo al tomar asiento en la parte contraria del escritorio donde estaba ubicada la azabache, quedando frente a ella.
—Eso que nadie depende de nadie es un poco inconsecuente viniendo de tu parte —dijo con su vista fija en lo que hacía, no notó que Bankotsu la observaba fijamente.
— ¿Absurdo? —preguntó al soltar una burlesca carcajada.
—Sí, absurdo. —recalcó al observarlo de soslayo.
— ¿Y eso por qué? —cuestionó prestando más interés a la conversación.
—Porque tú dependes de todas las chicas que hay aquí… —él quería una respuesta y ella se la daría completa— hasta de mí —dijo lo último alzando ambas cejas sin importar que él se burlara de ella.
— ¿De ti? — Cuestionó con sarcasmo— No niña… —sonrió de medio lado— yo no dependo de ninguna de ustedes, ustedes… dependen de mí —corrigió.
— ¿Nosotras dependemos de ti? —preguntó en un tono indignado.
—Sí —recalcó—. De una u otra forma, las únicas que pierden… son ustedes —sonrió victorioso al ver el fastidio en el rostro de la azabache.
—No me importa —discutió mientras volvía su vista al computador—, de alguna u otra manera la justicia terminará atrapándote, y así, pagarás todo lo que has hecho.
— ¿La justicia? — Preguntó con sorna— La justicia la tengo yo en mis manos —aseguró—. Y a decir verdad, creo que hay más corruptos que policías que de verdad trabajen por vocación, pues mostrándoles unos cuantos ceros de papelitos verdes (dinero) son capaces de vender hasta su madre.
Kagome solo resopló fastidiada, era como si cada palabra que saliera de los labios del ojiazul fuera con cierta burla dirigida hacia ella; con Bankotsu no había manera de ganarle en una discusión, pues solía tener ya una respuesta preparada con qué ganar o finalizar la conversación… era una persona con una astucia muy avanzada, quizás, por los años que llevaba en ese oscuro negocio.
La atención de ambos fue llamada al oír un par de golpes en la puerta.
—Pasa —dijo Bankotsu al suponer quién sería.
—Permiso Bankotsu —dijo Sango al entrar—, Hakudoshi ya está afuera —informó la castaña.
—Bien… sabes las reglas —la castaña asintió.
Kagome quien miraba en silencio la conversación, no aguantó más la duda y se motivó a preguntar lo que comenzaba a entender.
—Sango… ¿te vas? —preguntó mientras sus pupilas temblaban débilmente, el tan solo imaginarse sola en ese lugar hacía que sus pelos se pusieran de punta.
—Si Kagome, pero será solo por unos cuantos días —dijo Sango regalándole una sonrisa para que Kagome quitara ese rostro de preocupación.
— ¿Estás segura? —preguntó al ponerse de pie en dirección a la castaña.
—Claro Kag —aseguró al darle un abrazo—, verás como los días se pasarán volando… ni siquiera notarás mi ausencia.
Kagome se apegó aún más a ese cálido abrazo que le brindaba la única persona que sentía realmente a su lado, pese a las duras circunstancias. Bankotsu seguía sentado, esta vez, con ambos codos en los posa brazos de la silla, entrelazando sus dedos y observando aburrido lo que consideraba una patética escena de "despedida".
—Se hace tarde —interrumpió con un poco de fastidio en su tono de hablar.
Sango sabía que tenía que partir luego, ella estaba tranquila porque solo se iría por un par de días, varias veces antes había ido a la "juguetería" pero lo que verdaderamente le preocupaba esta vez… era la chica que se aferraba cada vez más fuerte a ella. Apretó a Kagome de manera protectora, permitiéndose así, un completo acceso a su oído.
—No hagas nada que cause problemas —le susurró.
Kagome se alejó levemente para verle el rostro a Sango y pudo notar un deje de preocupación y casi súplica en el pedido que le hacía su única amiga en el espantoso sitio. Ella solo asintió.
—Lo prometo —dijo al regalarle una sonrisa.
—Bien —dijo la castaña al voltearse a ver a Bankotsu—, nos vemos. —se despidió con un gesto de cejas y salió del despacho del moreno.
Kagome la vio salir y volvió a sentarse donde había pasado prácticamente casi toda la mañana. Secó con el puño de su mano sus cristalinos ojos antes de que las lágrimas cayeran de éstos, no quería que el ojiazul la viera llorar, no quería que la viera débil.
El móvil de Bankotsu comenzó a sonar anunciando un llamado. Respiró cansado al reconocer el número en la brillante pantalla antes de contestar.
— ¿Qué pasa ahora? —preguntó posando una mano en su sien. Kagome dirigió su vista al monitor del computador prestando atención a lo que hablaba el moreno.
—Ya tengo la dirección donde Renkotsu había llevado a la chica.
—Ahh… y, ¿dónde es? —cuestionó sin darle mucha importancia.
—En la zona más baja de Tokio.
—Mph… no puedo creer lo bajo que cayó Renkotsu como para ir a buscar clientela allá —mencionó al adornar su rostro con una sonrisa torcida.
— ¿Te interesa ir a revisar qué fue lo que pasó realmente?
—Ya averigüé algunas cosas —respondió—. Pero igual quisiera ir, tengo algunas dudas, nos vemos en media hora… donde siempre. —informó al finalizar la llamada.
Kagome seguía ingresando los distintos valores al computador sin dejar de oír lo que Bankotsu tanto hablaba por teléfono. Lo observó de soslayo al escuchar el ruido de la silla arrastrarse por el piso cerámico. Él se había puesto de pie.
— ¿Te vas? —preguntó sin siquiera darse cuenta.
—Mph… ¿Por qué? —cuestionó con media sonrisa.
—S-solo preguntaba —titubeó levemente al verlo acercarse a ella.
—No será… —giró la silla en la que Kagome estaba sentada, posando así ambas manos a los costados de ella, acorralándola— que me extrañarás—susurró en su oído en un tono arrogante.
La piel de la azabache se erizó por completo al tenerlo tan cerca, su estómago se removió inconscientemente al poder oler a la perfección el exquisito perfume masculino que emanaba de todo su torso. Sintió la mirada del ojiazul cargada en ella.
—T-te equivocas —dijo tratando de contener con cierta dificultad un suspiro, probablemente si lo hacía, él se burlaría de ella.
—Entonces… —la sostuvo del mentón casi rosando sus labios mientras sus ojos azules miraban detalladamente los nerviosos gestos que Kagome hacía con sus ojos y labios— quita esa cara de idiota. —bromeó soltándola al incorporarse correctamente y sonreírle de medio lado. Vio sus mejillas ruborizadas por última vez y salió hacia su encuentro con Naraku.
Kagome oyó el sonido de la puerta al cerrarse y pestañeó un par de veces desconcertada al haber perdido la noción de ese pequeño tiempo, apretó sus ojos al pensar lo tonta que se debió ver al haberse quedado quieta. Se frustró por ello.
El dueño de un viejo bar llamó a la brigada de Tokio haciendo una denuncia, más que nada, por sospecha, pues le llamaba demasiado la atención que precisamente "hombres" entraran más a una juguetería para niños que a su bar, lo consideró realmente extraño ya que con tantas jovencitas desaparecidas no podía evitar pensar mal, así que decidió que no perdía nada con hacer la llamada. Miroku le avisó a Hojo y a Kagura quienes salieron de improviso, pues de tal manera fue la llamada.
— ¿Ese es el viejo que hizo la denuncia? —preguntó Hojo quien ya se había integrado al caso.
—Dice que le llama la atención que hombres entren más a una juguetería que a su bar —releyó el detalle Kagura con un deje de molestia—. Yo creo que este señor debe de estar envidioso por perder ganancias, además, hoy en día hay muy buenos padres… no le veo nada de malo.
— ¿En serio Kagura? —Miroku preguntó un poco molesto del pesimismo de su compañera— Que solo entren hombres a una juguetería para niños sin sus mujeres… o por último sus hijos ¿No te dice nada? ¿No te parece curioso?... O ¿No te importa?
—No es eso… —se cruzó de brazos al recargarse completamente en el asiento trasero del jeep—… es que, encuentro que no deberíamos haber venido sin el comisario. Es más, creo que se molestará mucho cuando se entere que salimos sin avisarle a nadie.
—Bueno es una lástima… —dijo regalándole una amplia sonrisa— porque tengo una orden para allanar esa juguetería precisamente ahora —Kagura abrió desmesuradamente sus ojos carmines.
—Las patrullas ya vienen en camino —informó Hojo.
"Oficial Moushin en posición para allanar, sólo de la orden" —le informaron por radio.
Luego de unas cuantas indicaciones y coordinar movimientos, Miroku se bajó del jeep y se juntó rápidamente con todos sus demás compañeros en posición, al cabo de un par de señas se prepararon para allanar el local. Las supuestas vendedoras de la tienda cubrían sus bocas sorprendidas al ver a varios policías entrar. Kagura tenía que hacer su trabajo sin replicar nada para no levantar sospechas, así que actuó como una profesional más.
Una cortina de tiras de piedrecillas cubría el marco de una puerta en la parte trasera del extraño establecimiento, los oficiales entraron.
— ¡Al sótano! —Ordenó Miroku— ¡Otros revisen arriba!
Varios oficiales se dividieron para revisar completamente el lugar, apenas bajaron al sótano pudieron ver como dos sujetos salieron corriendo desesperadamente al percatarse de la presencia policial en el sitio, definitivamente, esa forma de actuar los convertía en sospechosos.
Corrieron a más no poder para lograr atraparlos, pero el desconocido lugar para los oficiales les jugaba en contra, pues los sospechosos lo conocían perfectamente.
Miroku quedó sorprendido al ver la cantidad de mujeres que habían en el descuidado prostíbulo, ahora le quedaba más que claro que eso era, pues tenían apenas unas viejas literas que eran cubiertas por unas cuantas frazadas sucias y desgastadas… el estado en el que se encontraban las muchachas daba lástima.
Miroku sonrió respirando hondo, se sentía satisfecho, aunque sabía que le faltaba mucho más en ese largo camino.
Esa tarde rescataron alrededor de trece mujeres, pues si no hubiese sido por el padre de Miroku quien era íntimo amigo del juez… la orden hubiese tardado días, quizás semanas.
Bankotsu y Naraku no habían descubierto más de lo que Kikyo le había contado al moreno esa mañana. Iban de regreso cuando el celular de Bankotsu comenzó a sonar. Sus facciones faciales se comenzaron a volver duras y su semblante se ensombreció por completo al oír lo que le informaban del otro lado de la línea, no dijo nada y al apretar rudamente su móvil finalizó la llamada.
— ¿Qué ha pasado? —preguntó Naraku al ver la angustiada y molesta cara del moreno al finalizar la anterior llamada.
—Han allanado la juguetería —respondió al mirarlo molesto.
—Fue un error el confiar en Kagura —dijo Naraku al voltear su vista al frente—. Siempre ha sido una buena para nada —mencionó, restándole importancia para calmar la tensión en el reducido espacio.
— ¡Cierra la maldita boca! —gritó enojado—. Llama a Onigumo —ordenó molesto al lanzar su móvil contra el tablero del vehículo.
Naraku presionó sus manos contra el volante sin mostrarse asustado ante la situación, pues solo esperaba que ninguna de las malditas putas con las que lidiaban a diario abrieran sus bocas, porque de lo contrario… él también sería uno de los tantos perjudicados.
Miroku y sus demás compañeros tenían a las chicas retenidas para corroborar información y disipar así las tantas dudas que invadían al joven oficial de brigada, las acomodarían en un lugar donde se sintieran un poco más cómodas para poder ganar así, un poco de la confianza de ellas ya que se veían bastante asustadas e intimidadas.
Alrededor de un par de horas después de haber allanado el anterior local, se presentó en la brigada un abogado diciendo estar ahí para sacar a las chicas que han sido detenidas contra su voluntad y sin ningún antecedente de por medio.
—Él es el abogado —dijo Hojo al llamar a Miroku quien estaba a cargo ya que Naraku aún no se presentaba.
—Buenas tardes, soy el oficial Moushin —saludó Miroku al tender la mano del hombre de oscuro cabello castaño.
—Buenos tardes, oficial. Soy el abogado Onigumo Musso —saludó y se presentó.
— ¿Y… qué lo trae por aquí abogado? —cuestionó al cruzarse de brazos.
—Supe que tienen a unas chicas detenidas sin tener mayores antecedentes —informó sin rodeos.
— ¿Y eso, cómo lo sabe usted? —volvió a cuestionar Miroku.
—Tengo mis fuentes —respondió tratando de mantenerse lo más seguro y profesional posible.
— ¿Fuentes? —siguió cuestionando, pues no creía nada de lo que decía. Ambos se miraron desafiantes mientras Hojo solo observaba en silencio.
—Bueno… —hizo una leve mueca con sus labios al sentirse incómodo— vengo a sacar a todas las chicas que están encerradas "aquí"… —señaló el lugar— contra su voluntad.
—Es extraño sabe… —dijo Miroku al dar un suspiro— porque ninguna de las chicas ha pedido un abogado, mucho menos han hablado —contó al encogerse de hombros— no entiendo su actitud de tan buen samaritano al venir al lugar sin pedir nada a cambio. Casi ni un abogado trabaja por caridad en estos días.
Onigumo tragó saliva un poco complicado en qué responderle al joven y astuto oficial a cargo; si Naraku estuviese ahí todo sería más sencillo, pero el muy cobarde no quería dar la cara para no levantar mayores sospechas.
—Volveré con la orden de un juez —dijo al pescar su maletín para salir del lugar.
—Lo estaré esperando —finalizó Miroku al verlo salir.
Hojo se puso de pie junto a Miroku y ambos observaron al hombre salir apresurado de la brigada.
—Hay algo que no me gusta en ese hombre —comentó Hojo.
—A mí tampoco —concordó al ponerse una chaqueta y un gorro de civil.
— ¿Dónde vas? —preguntó su joven compañero al verlo caminar hacia la puerta de salida.
—Enseguida vuelvo —respondió al salir rápidamente sin darle detalles.
Miroku siguió al sospechoso abogado, algo extraño había en él que no dejaba de llamarle la atención. Lo vio entrar a un lujoso bar y Miroku también lo hizo, acomodó su gorra mejor para no ser reconocido; se sentó en un alto taburete frente la barra que para su suerte tenía un amplio espejo y le permitía observar bien donde estaba el abogado que seguía, grande fue su sorpresa al ver al mencionado sentarse junto a un misterioso hombre, pues su larga trenza parecía haberla visto en algún lado, quizás, reconocería su rostro si no fuese porque estaba de espalda y además por las oscuras y anchas gafas que lo cubrían.
— ¿Cómo te fue Onigumo? —preguntó serio Bankotsu al tenderle la mano.
—Todo estará bien —respondió al recibir el saludo y tomar asiento—, solo deme unos cuantos días y tendré todo solucionado.
Bankotsu no soltó el agarre y aun ambos sentados apretó a más no poder la mano de su temeroso abogado, pues su respuesta no le resulto tan satisfactoria como lo esperaba.
—Me lastima —dijo adolorido el joven hombre.
—Bien, porque necesito que me soluciones el problema ahora mismo… te daré tres días y si no lo haces, te buscaré y encontraré, y créeme, el dolor será muy diferente… mucho más intenso —amenazó molesto y en voz baja, pues no quería que nadie notara la tensa conversación.
Onigumo al oír esa dura amenaza, no le dieron ganas de quedarse junto al par que lo había citado.
—Prometo solucionarlo —dijo al ponerse de pie.
—Más te vale —recalcó la amenaza con esa pequeña palabra.
Miroku observó a Onigumo ponerse de pie y con mucho cuidado se atrevió a sacar un par de fotografías, lo vio pescar su maletín y pasar rápidamente por su lado al salir del costoso lugar. Miroku observó de soslayo por última vez la negra cabellera trenzada del sujeto que había estado con su sospecho, apretó sus manos al no poder reconocerle el rostro y salió tras el abogado nuevamente.
Naraku respiró aliviado al salir por fin del baño pues habían estado ocupados toda la mañana junto a Bankotsu.
—Jefe —habló Naraku una vez que se sentó frente al moreno— ¿Aún no llega Onigumo?
—Ya vino —informó al tomar un sorbo de su trago.
— ¿Y cómo le fue?—preguntó realmente interesado.
—El muy bastardo no sirvió de mucho —dijo apretando los dientes. Naraku respiró hondo.
—Creo que salir de está será un poco más difícil de lo que pensábamos —Bankotsu lo miró serio, pues lo que menos quería era que le dijeran lo obvio de la situación.
—Por la mierda… —arrastró su flequillo frustrado— más les vale a ninguna de esas putas ponerse a abrir sus bocas —susurró poniendo ambos codos sobre la mesa, entrelazando sus dedos a la altura de su labio superior y nariz—. Encárgate de esto, de ellas, de todo —ordenó frunciendo el ceño.
—Bankotsu esta vez no será tan fácil —volvió a recordarle el difícil escenario.
— ¡Me importa un carajo! —dijo entre dientes—. Abogados, jueces, fiscales… todos son iguales… cómprate a uno —ordenó más enojado, ya que estaba harto de la situación, pues era la primera vez que se sentía acorralado y ya odiaba la maldita sensación.
—Lo haré —dijo tratando de sonar seguro.
— ¿Y qué esperas?—preguntó al observarlo.
— ¿T-te refieres ahora?
—Mph… —se puso de pie al lanzar unos cuantos billetes a la mesa— Ahora. —asintió antes de salir del lujoso bar.
Mientras tanto en la brigada, las cosas ya comenzaban a tomar su curso. Miroku respiró agotado al no ver ya nada sospechoso en el particular abogado ¿Acaso no podía confiar en nadie? Decidió dejar de espiarlo y volver a su lugar de trabajo. Entró y se dirigió a la sala de declaración donde su compañera ya comenzaba a interrogar a las distintas chicas que habían rescatado ese mediodía.
— ¿Los reconoces? —interrogó a la quinta testigo que se rehusaba a hablar, al igual que las demás.
—No… —negó en silencio, pues reconocía muy bien a la mujer de ojos carmín quien ahora disfrazaba de policía.
—Pues dicen que uno de estos tantos sujetos las tenían secuestradas a todas ustedes —le enseñó la variedad de rostros en las distintas fotografías —. Dime, ¿hay uno de estos que reconozcas? —cuestionó frunciendo el ceño.
—N-no… no conozco a ninguno de estos hombres —dijo con voz temblorosa.
—Bien… —se encogió de hombros con una mueca en sus labios que pasó desapercibida por sus superiores quienes observaban el interrogatorio tras un oscuro cristal.
Los distintos oficiales y el fiscal a cargo observaban muy atentos el interrogatorio del cual Kagura se hacía cargo, con la esperanza de que alguna de ellas tuviera el valor de hablar.
—Toma asiento —mencionó, haciendo una seña con su cabeza.
—No tomaré asiento, por qué no hablaré contigo —dijo una desafiante joven.
Kagura frunció el ceño y empuño sus manos conteniéndose de las ganas que tenía de darle una fuerte bofetada y cambiarle así, esa altanera actitud; pero sabía muy bien que todos la observaban atentamente.
— ¿Y con quién quieres hablar? —preguntó conteniendo su molestia al fruncir levemente el ceño.
—Con el oficial que nos rescató de la mierda en la que estábamos —pidió sin dejar cohibirse por la evidente molestia en la mirada de la mujer de ojos carmín.
Todos los presentes tras el cristal voltearon a ver a Miroku, quien recién aparecía en el lugar.
— ¿Qué es lo que pasa? —preguntó un poco incómodo de que todos lo estuviesen viendo.
—La… la chica quiere hablar —dijo Hojo.
—Ese es un avance muy bueno —dijo Miroku al acercarse al vidrio.
—No hablará… —dijo el fiscal— si no lo hace contigo.
—Está bien, ¿Quiere que entre ahora? —preguntó un tanto entusiasmado.
—Por favor —dijo con un asentimiento de aprobación.
Kagura observaba molesta a la delgada chiquilla sentada frente a ella, y la muchacha no se dejaba intimidar, pues no era la primera vez que lidiaba con Kagura y su estúpida actitud. Ambas posaron su vista en la puerta que se abrió, dejando ver al varonil y joven oficial.
—Buenas tardes oficial Kino —saludó Miroku al entrar.
—Buenas tardes —saludó fingiendo amabilidad, pues si no hubiese sido por Miroku, no estarían en esa tensa situación.
—Buenas tardes —saludó a la joven quien no despegaba sus ojos de Kagura. Ella solo lo miró— Soy el oficial Miroku Moushin —se presentó tendiendo su mano para ser cortés.
—Buenas tardes —saludó por educación, pero sin tenderle la mano.
—Dijeron que quería hablar conmigo, así que aquí estoy —dijo Miroku al tomar asiento.
—No hablaré frente a ella —dijo al desviar sus ojos hacia Kagura.
—Está bien — posó sus ojos en su compañera—. Oficial Kagura, por favor —pidió al señalarle la puerta para que saliera. Kagura rodó los ojos con fastidio.
—Como no —dijo al cruzarse de brazos y salir, sin antes darle una última mirada de advertencia a la segura muchacha.
—Bien señorita, ahora que estamos solos pue… —trató de decir pero fue interrumpido por la joven.
— ¿Usted cree que yo soy idiota? —cuestionó molesta.
—No, por supuesto que no —respondió rápidamente—. ¿Por qué dice eso?
—Porque hay gente escuchando todo lo que diré —dijo al señalar el cristal tras ella.
—Hablando es la única manera en la que le podemos ayudar… —dijo comprensivo Miroku, tratando de hacerla entender— a usted y todas sus compañeras.
—Basta, no me haga reír —debatió con sorna— ¿Cree que quiero contar los detalles de mi humillación? —Dijo alterándose un poco— ¿Cree que quiero contar todas las veces que fui violada, abusada o golpeada por negarme en innumerable ocasiones? ¿Cree que si hablo las cosas se solucionarán? ¿Cree que es muy grato recordar todos esos años? —su voz se quebró levemente, pero seguía siendo firme.
—Hey —dijo Miroku con intención de acariciar su mano, demostrándole su apoyo pero ella lo alejó rápidamente.
—No necesito tu compasión… ni la de ustedes —dijo al ponerse de pie y golpear al cristal.
—Dime, qué es lo que realmente quieres y lo haré—pidió Miroku una vez de pie frente a ella. La chica trató de respirar hondo y asintió.
—Quiero que le pongan protección policial a mi familia… sobre todo a mi hermano pequeño.
—Está bien… sólo dame los datos, sus direcciones y de inmediato enviaremos a una patrulla a custodiar su casa… su familia —dijo seguro para entrar en confianza.
—No quiero hablar acá —pidió nuevamente—. Hablaré con usted, contaré todo lo que sé, pero no quiero hablar en este lugar —dijo volteando a ver nuevamente el oscuro vidrio.
—Está bien, donde usted quiera —Miroku sacó una agenda—. Solo… necesito que me dé sus datos —puso el lápiz en posición para escribir—, su nombre.
La chica guardó silencio por un momento, y cerró sus ojos al sentirse confundida. Ya estaba libre, ya no había vuelta atrás, y su familia era lo primero.
— Sango… —dijo un poco nerviosa al pronunciar su nombre— Sango Taiji.
Miroku anotó los datos de Sango, y rápidamente llamó por radio a una de las estaciones de policía donde solía vivir la chica. Sango sintió una alegría que hace mucho no experimentaba, que creía olvidada, se sintió extraña… se sintió feliz pero con un cierto temor que no la dejaba tranquila ¿se estaba equivocando?
…
Bueno esta vez quiero mega-agradecer a una amiga muy especial para mi, pues ella no es "beta" porque no le gusta escribir :/ pero desde ahora será mi beta y consejera personal :) su nombre es Joss y es una de nuestras hermanas mercenarias en el circulo. La amo, es una amiga muy especial e importante para mi... tú sabes :) Chile/Costa Rica, amigas apesar de la inmensa distancia que nos separa. Aunque el whatsapp nos mantiene muy unidas hablando a veces tonteras de nuestros países y muriendo de la risa jajajajaja Te Quiero Mucho Nena! Si necesitan a alguien que de vez en cuando corrijan sus escritos, cuenten con ella, que es una niña hermosa.
Muchas gracias por leer
¡CIRCULO MERCENARIO!
Saludos y bendiciones a todas X'D en especial a mis hermanas mercenarias que andan por aquí.
