Capítulo 46: Un rayo de esperanza

Desde que se había convertido en zombi, Rock lloraba (a pesar de sus intentos por contenerse) todas las noches en la cama.

Sabía que si quería culminar su venganza, tendría que morir en el intento. Y si olvidara la venganza y volviera con su gente, ya no lo aceptarían, pues no era humano.

Probablemente nunca más volvería a ver a Bangoo. Sus ansias de venganza habían podido más que su razón, y ahora lo estaba pagando.

Lo único que quería era que la espada fuera destruida cuanto antes, y que tanto él como su mayor enemigo murieran de una vez por todas.

...

Una noche, uno de los siervos de Cervantes escuchó a Rock gimotear en la cama.

Se acercó a él y le preguntó:

- ¿Qué te ocurre, camarada?

- No te importa. – refunfuñó Rock dándole la espalda, tumbado, fingiendo que no lloraba.

- Vamos...puedes contármelo. No se lo diré a nadie. Soy una tumba. – dijo el otro. – Literalmente además.

El pirata rió. Rock también esbozó una sonrisa, pero el otro no pudo verla.

- Venga, anímate. – pidió el tripulante, que no tenía el carácter que normalmente le atribuiríamos a un zombi. – Piensa que no todo el mundo tiene una oportunidad después de la muerte, como tú y como yo.

- ¿Una oportunidad? – gruñó Rock, sin darse la vuelta. – La comida me sabe a ceniza. El agua no me refresca. El viento me arde en la piel. Y vivo fregando suelos y asesinando a otros hombres. ¿De veras es otra oportunidad?

- Oh, vaya. – murmuró su compañero. – Se supone que tengo que animarte yo, no desanimarme tú.

Apoyó una mano en el hombro de Rock, en señal de compañerismo.

- Me llamo Alan, por cierto. – se presentó sin dejar de sonreír, aunque Rock no le viera. – Y llevo siete años en este barco.

- ¿Siete? – preguntó Rock con incredulidad. - ¿Y cómo lo soportas?

Al fin, Rock se incorporó en la cama, quedándose sentado, y miró a la cara a Alan.

- ¿No has oído que la esperanza es lo último que se pierde?

- ¿Esperanza? Vamos a pasar el resto de nuestra existencia esclavizados aquí. La única manera de escapar sería que Cervantes muriera y para eso tenemos que morir también nosotros.

- Eso no es del todo cierto. – corrigió Alan con una sonrisa, mostrando sus sucios y amarillentos dientes. - ¿Has oído hablar de Soul Calibur?

Rock negó con la cabeza.

- Es una espada antagónica a Soul Edge. Todo el mal que Soul Edge hace, puede ser reparado por Soul Calibur.

- ¿Qué quieres decir?

- Que puede ser que...Soul Calibur pueda devolvernos a nuestra forma...humana. – sugirió Alan.

- Pero...lo que ha hecho Soul Edge con nosotros ha sido resucitarnos. Si Soul Calibur lo deshiciera, quedaríamos muertos. ¿No es así?

- No necesariamente. Los dos hemos sido asesinados por Cervantes, así como el resto de la tripulación. Cervantes es el único del barco que murió sin que Soul Edge interviniera en su muerte. – el rostro de Alan se iluminó mientras hablaba. – Tal vez si destruimos Soul Edge usando Soul Calibur para ello...Cervantes muera y el resto de nosotros volvamos a ser humanos.

Rock miró a los ojos a su colega, con un brillo en ellos que había desaparecido al convertirse en zombi. El brillo de la esperanza.