Disclaimer: Los personajes del anime/manga: "InuYasha" son propiedad de Rumiko Takahashi. Yo solo los tomo prestados para hacer esta historia más interesante y entretenida. Sin ningún interés de lucro de por medio ni nada parecido.

Aclaración: Lo que esta en cursiva serán los pensamientos, dialogo de terceros o recuerdos de los personajes.

Hola hermanas mercenarias! Bueno, primero disculparme por la desaparición, la casa de mis suegros la están construyendo entonces, el wifi esta malditamente inestable :/ otra cosa, no alcancé a mandarle el borrador a mi beta así que espero que no sean tan criticonas XD traté de hacer mi mejor esfuerzo -.-'

Desde ya disculpen la falta ortográfica :)


Chapter:19

ADMITIENDO SENTIMIENTOS

Las femeninas manos de Kagome se aferraban suavemente al aperlado y desnudo torso masculino, podía sentir como el grosor de su miembro salía y entraba cada vez más profundo y con mayor facilidad debido a sus propios fluidos. Sus pliegues eran completamente abiertos y se ajustaban deliciosamente a la hinchada masculinidad del moreno bajo ella, ahora era la azabache quién empleaba los placenteros movimientos.

Bankotsu se encontraba completamente fascinado con las femeninas y sutiles embestidas que ella le brindaba a su hombría, lo estaba embriagando en placer puro, y se sentía un imbécil al darle completo control de la situación a ella, aunque debía reconocer, lo disfrutaba de sobre manera.

—¡Ahh! —la oyó gemir al presionar su intimidad con cierta fuerza contra su miembro, hundiendo su erecta virilidad lo más que pudo en ella.

—Kag… —nombró al jalarla de la nuca para adueñarse de sus labios e irse al mismo tiempo que la joven, eso definitivamente era una experiencia nueva para él ya que nunca ninguna mujer lo había llevado al clímax.

Sintió como la sacó delicadamente sobre él, y de la misma manera la acostó a su lado, para luego cubrir la desnudez de ambos con un delgado cubrecama. Su cuerpo se tensó por completo al sentirlo aferrarse en un abrazo tras su espalda.

—Creo que es mejor que me vaya a mi habitación —mencionó luego de unos minutos, con un poco de dificultad debido a la falta de aire y el nerviosismo.

—No irás a ninguna parte —habló seguro al besar la suave y tersa piel de su espalda —esta noche la pasaras conmigo.

Kagome ya no dijo más, la verdad era que no tenía muchos ánimos de discutir, no podía creer ni mucho menos entender en qué preciso instante fue que llegó a la cama de Bankotsu, definitivamente, eso la convertía en la persona menos consecuente del mundo… o al menos, así era como se consideraba en esos momentos.

...

Muy temprano en la mañana, Miroku había ido a la brigada por Sango, necesitaba hablar con ella, que lo ayudara a aclarar las enormes dudas que lo habían albergado la larga, para él, noche de molestoso insomnio.

—¿Renkotsu Hiba? —preguntó la castaña.

—Supuestamente él es el sujeto al cual Bankotsu le arrendaba el local para usarlo de "juguetería" —contó Miroku. Sango sonrió de manera incrédula, ¿Qué planeaban ahora? Se preguntó.

—Me imagino que te enseñó algún documento que lo acreditara —mencionó al meditar las cosas cuando Miroku asintió.

—¿Tienes alguna idea de qué es lo que planean? —preguntó interesado.

—Me imagino que es una distracción, un palo blanco. —respondió pensativa y en voz baja.

—Es lo mismo que pienso yo —Miroku estaba de acuerdo en eso.

—¿Qué es lo que harás? —Sango estaba convencida que el joven oficial no se quedaría de manos cruzadas.

—No lo sé, hoy me topé con mi comisario… ha vuelto —dijo con fastidio al observar a la castaña.

—No confíes en él —pidió preocupada al tomar sus manos inconscientemente.

—¿Por qué…? —preguntó Miroku al posar sus azulinos ojos en el cálido agarre.

Ella cayó en cuenta de lo que había hecho, deshaciendo el contacto inmediatamente.

—No te lo puedo decir —dijo con su voz angustiada—, y por favor no insistas.

Miroku la vio preocupado, podía ver el temor desprender de sus avellanas ojos, sabía muy bien que ella velaba por su familia y por lo mismo no podía hablar como deseaba… y la entendía. Admiraba su valentía, aunque no le hubiera dado mucha información, consideraba que era suficiente.

—Lo haré —dijo al darle una confianzuda sonrisa.

Naraku había llegado muy temprano esa mañana, no quería ser atrapado, y alejarse solo levantaría sospechas demás. Kagura lo había mantenido al tanto de todo, y eso, lo hacía sentirse un poco amparado por la que consideraba: una fiel compañera. Se dirigió junto a sus compañeros a la sala donde tenían a las chicas desde hace unos cuantos días encerradas, tenía que informarles ciertos cambios de reglas.

—Buenos días —saludó altaneramente, analizando los rostros de las muchachas. Todas las ex-joyas se tensaron al reconocerlo—. Soy el comisario Naraku Taeda, el encargado del caso.

Varias chicas bajaron la mirada, mientras otras pocas lo observaban con cierto temor, a excepción de la castaña que había sido de mucha ayuda para Miroku.

—Ya han pasado varios días desde que nosotros —se señaló dándose créditos a sí mismo —las rescatamos —tomó asiento en una de las duras sillas junto al comedor—, de verdad siento mucho darles esta noticia pero… —habló con lamento fingido —si no tienen de qué hablar, contar o… delatar —las miró a todas severamente, mirada que pasó desapercibida para Miroku al estar un metro tras él —serán deportadas, y las chicas del país serán devueltas a sus familias, no las podemos seguir protegiendo —mencionó como si de verdad le interesara.

Todas guardaron silencio dándose cómplices miradas entre ellas, no tenían mucho de qué hablar. No lo harían, por resguardo a sus seres queridos.

—Si hay algo que quieran decir, es mejor que lo digan ahora —aconsejó amablemente Miroku.

—Deja ya de presionarlas, si no quieren hablar es mejor que no lo hagan —interrumpió Kagura al hablar en voz baja, solo para ella y su insistente compañero. Miroku la vio frunciendo el ceño.

—Bueno, si ninguna quiere hablar será mejor iniciar con los trámites de deportación para las extranjeras —decidió al dar un suspiro de manera aliviada pues, así era como se sentía.

Sango solo se limitó a rodar los ojos con molestia, quizás, en algún momento se decidiría a hablar, pero no ahora. Observó la triunfante y poco disimulada sonrisa de Naraku y se frustró por ello, estaba decidido, lo haría cuando la balanza estuviera de parte de alguien más.

Llegada la tarde se contactarían con las familias de las muchachas prostituidas, ya no había caso mantenerlas encerradas si no serían de ayuda para la investigación. Todas serían liberadas, sin excepción.

...

El joven de ojos ámbar se encontraba sentado en el largo sofá del departamento de su fiel amigo. Se había despertado hace poco rato, y el sueño aún pesaba en sus ojos, se sentía impotente e inútil al no poder hacer nada. Ya se habían cumplido seis meses desde la desaparición de su amada prometida, y eso lo inquietaba. Se sentó y posó sus codos sobre sus rodillas, enredando sus dedos en su plateada cabellera, la impotencia lo estaba carcomiendo por dentro, y sentía que ya no podía más.

...

Frunció su ceño al sentir la claridad de la luz natural golpear sutilmente sobre sus parpados, abrió sus ojos al suspirar hondo, bajó la mirada y se encontró con el grueso brazo de Bankotsu recargado sobre su cintura, sonrió derrotada. Un extraño estremecimiento en su estómago recobró vida, el actuar así le estaba comenzando a asustar, desconociéndose a sí misma. Cuando se dijo que no volvería a cometer el mismo error, se refería precisamente a lo que había pasado hace unas cuantas horas atrás. Sintió al moreno tras ella moverse levemente, se limitó a cerrar los ojos rápidamente para fingir estar dormida, no quería verlo, mucho menos hablarlo ya que la vergüenza que sentía era demasiada.

Al despertar lo primero que sintió fue el agradable aroma del ondulado cabello de la azabache a su lado, se acomodó mejor y se sintió el ser más patético del mundo al sentirse cómodo en esa posición ¿Qué demonios estaba pasando con él? Apreció su perfecto perfil por un breve momento al recargarse sobre su antebrazo… hasta que oyó el sonido de su móvil, se sentó correctamente al sostenerlo en su mano para contestar.

—Bueno… —dijo al dar un bostezo. Kagome abrió suavemente los ojos al sentirlo incorporarse, poniendo completa atención a la conversación que tenía con la incógnita persona tras la llamada.

Estoy de regreso —dijo Naraku al creer que esa noticia sería grata para Bankotsu.

—¿Y eso a mí qué? —preguntó en un tono cortante. Naraku carraspeó su garganta ante el incómodo recibimiento.

Tengo algo que contarte… —informó para cambiar de tema.

—¿Qué esperas? —preguntó cansado al desordenar su flequillo.

Todas tus joyas serán liberadas, y las extrajeras deportadas —dijo con cierto entusiasmo.

—¿Acaso eso solucionará mis problemas? —preguntó fríamente al fruncir su ceño.

Bueno, Bankotsu… es un comienzo —explicó tratando de que viera las cosas de otra manera.

—¿Comienzo? ¿Comienzo de qué…? —preguntó al entender que lo que Naraku decía no tenía sentido. No le servía de nada —Si aún no puedo abrir la maldita mansión para a hacer trabajar a todas las perras que mantengo encerradas —volteó a ver a Kagome de medio lado—. Ya no me importa nada Naraku, si todo se tiene que ir a la misma mierda —se encogió de hombros —que se vaya. —finalizó seguro.

¿Pretendes tirar todo a la basura? —preguntó consternado.

—Eso no es de tu incumbencia —respondió cortante—. Nos mantendremos en contacto —dijo al cortar la llamada.

Naraku quedó sin habla al oír las seguras y frías palabras de Bankotsu ¿Por qué cambiaría todos sus años de trabajo? quizás, tenía un nuevo proyecto en mano, quiso convencerse de ello.

Bankotsu volvió a recostarse junto a Kagome, se abrazó nuevamente a su espalda, y esta vez, olió profundamente su cabello, respiración que se detuvo abruptamente al oír la voz de ella.

—¿Cómo es eso que dejaras todo? —tuvo el valor de preguntar.

—¿Tu mamá nunca te enseñó que no era debido escuchar las conversaciones ajenas? —preguntó con burla al morder de manera sutil el lóbulo de su oreja. Kagome se estremeció pero quería… más bien, necesitaba saber qué era lo que estaba tramando.

—¿Qué planeas hacer? —preguntó más directa al girar su rostro para verlo directo a los ojos. Nunca se había cohibido con él, y ese momento no sería la excepción.

—Kagome… —la nombró al observarla fijamente —es mucho mejor que no sepas tanto —aconsejó al posar una mano en su mejilla, a modo de caricia.

—¿Qué pasará con las demás chicas? —preguntó preocupada por ellas, ya que llevaban tiempo encerradas sin salir de la torre en la que se ubicaban sus dormitorios. Bankotsu observó detalladamente su fino rostro, negando en silencio para luego volver a adueñarse de sus labios.

—Lo único que te debe importar… —dijo observando sus carnoso labios —es que de ahora en adelante serás mi mujer, y nadie que no sea yo… podrá tocarte. —dijo con seguridad, sin siquiera preguntar el opinión de ella.

Los ojos de Kagome despidieron un brilloso destello al sentir un agradable hormigueo invadir su estómago, abrazándose al desnudo torso de Bankotsu al verlo subirse nuevamente sobre ella, acomodándose en medio de sus piernas.

Tres semanas después…

Bankotsu había informado de un inesperado viaje, saldría de Tokio y ya todos sabían muy bien las reglas. No era necesario recordarlas.

—Saldré del país —informó al salir de la ducha, secando su largo cabello con una blanca toalla.

—¿Y cuándo volverás? —preguntó la azabache sentada a los pies de la cama, con un extraño rostro lleno de incógnitas y un deje de preocupación.

Bankotsu se acercó a ella al notar su angustiado semblante, hincándose a los pies de ella.

—¿Qué es lo que realmente te preocupa? —preguntó al sonreírle de medio lado. Kagome se ruborizó por completo.

—N-nada… —respondió restándole toda importancia que pudiese haber en esa sencilla pregunta.

—Entonces quita esa cara de tonta. —habló con sorna al ponerse de pies y sostener su mentón con una de sus manos, para luego darle un fugaz beso en los labios.

Kagome suspiró hondo al verlo buscar ropa en su closet. Llevaban aproximadamente una semana acostándose, semana en la que Kagome había cedido a él sin poner reclamo alguno… y Bankotsu había sido un poco más delicado con ella. ¿Por qué sentía que había algo que le preocupaba?

—Es muy rápido para decidirlo —opinó Suikotsu.

—Yo creo que es una mala idea —interrumpió tajante Jakotsu al cruzarse de brazos.

—Solo será para ayudar a Bankotsu —corrigió Hakudoshi.

—Hmph… ayudar —bufó Jakotsu en voz baja al rodar sus ojos.

—Lo que más odia Bankotsu, es que tomen decisiones pisoteando las de él —mencionó Kikyō, quién también estaba sentada en la sala junto a sus demás compañeros.

—Pero él no está aquí —les recordó Naraku—. Nadie sabe de manera certera si volverá, han pasado ya dos semanas —dijo al hacer un gesto con sus dedos. Todos se miraron un poco preocupados ya que Naraku les había comentado sobre su fugaz conversación con Bankotsu hace tres semanas atrás, quién inesperadamente le dejó demasiadas interrogantes. Además no contestaba las llamadas y tampoco se había molestado en hacerlas, causando que dudaran de su regreso, de verdad los tenía intrigados, no sabían nada de su paradero, ni qué era lo que planeaba.

—Él jamás nos fallaría —defendió Jakotsu—, puede que sea un abusivo desalmado pero… es un hombre muy leal a sus compañeros —dijo al observar de manera desafiante a Naraku, y al resto de sus compañeros.

—¿Alguien ha tenido noticias de él? —preguntó Naraku observando los confusos rostros —ya van dos semanas y… ¿han sabido algo de él? —preguntó nuevamente el hombre de ojos carmines.

—No… —se atrevió a responder Suikotsu —se fue y no nos dijo donde iría, mucho menos cuando volvería.

—Les contaré que las cosas en la brigada se están complicando para Bankotsu —prosiguió nuevamente Naraku —si yo fuera él, probablemente, haría lo mismo y salvaría mi propio pellejo… la decisión está en sus manos.

—Pero no eres él. —debatió Jakotsu.

—Eso lo tengo más que claro… —discutió el corrupto comisario —es por eso que creo que deberíamos de arriesgarnos en esto, después de tener el dinero nos lo repartimos y cada uno salva su trasero como mejor se le ocurra.

Todos murmuraron, había una posibilidad de que lo que Naraku contaba fuera verdad, entonces… trabajar para recabar dinero y fugarse o… arriesgarse a esperar la llegada de su jefe, obedeciendo sus reglas y ser atrapados en cualquier momento, dos opciones eran las que estaban en sus manos, Jakotsu fue el primero en ponerse de pie.

—¿Estás de acuerdo? — Naraku preguntó sorprendido pues, sabía muy bien lo fiel que era Jakotsu al moreno.

—Hmph… no bromees —mencionó con sorna al cruzarse de brazos—, no cuenten conmigo para esta estupidez —dijo cortante al encaminarse hacia las escaleras.

—Bueno, creo que cuento con ustedes, ¿no? —todos asintieron, era mejor intentarlo.

...

Casi caía la noche, dio un suave suspiro y tocó suavemente la puerta del departamento del oficial que tanto la cuidó cuando estuvo en la brigada. Había sido regresada a su hogar en Yokohama junto a su padre y su pequeño hermano, se sentía plenamente feliz al volver al lado de sus seres queridos, pero con el recorrer de los días esa felicidad se fue apagando puesto que, no podía vivir en paz sabiendo la pesadilla que pudiesen estar pasando sus demás compañeras, sobre todo, la joven azabache en quién encontró una fiel y verdadera amiga.

—¡Sango! —saludó animado Miroku al darle un fuerte abrazo.

—Veo que me extrañaste —bromeó al recibir gustosa el abrazo de quién consideraba un buen amigo.

—Adelante, pasa —invitó al extender la puerta para que ella entrará.

Sango entró y fue guiada por Miroku hasta la pequeña sala del departamento.

—¿Tienes sed? ¿Te sirvo algo? —ofreció amablemente.

—Está bien, un vaso de agua bien helada te agradecería mucho —respondió sonriente, se sentía incomprensiblemente nerviosa y sus manos sudaban sin razón—. Gracias —agradeció al recibir el vaso que Miroku le entregaba al sentarse a su lado.

—¿Tuviste muchos problemas para llegar? —cuestionó observándola de manera detallada ¿siempre había sido tan linda?

—Para llegar no —respondió su pregunta—. El verdadero problema fue cuando le conté a mi padre que vendría a Tokio, se puso de muy mal humor —dijo al dejar el vaso sobre la mesa de centro frente al largo sofá.

—Cuando me llamaste para avisarme que vendrías, me sorprendí mucho —dijo sonriente—. ¿Qué te trajo de vuelta?

Los ojos de Sango bajaron al cristalino vaso de agua, respiró hondo, ya había tomado una decisión, ahora solo quedaba ser valiente y mantenerse firme.

—Vengo a contarte todo… —lo vio fijamente —ya basta de omitir información, yo te contaré todo lo que sé acerca de las casas de prostitución y el crudo negocio.

El rostro de Miroku quedó bañado en sorpresa, no podía creer lo que Sango le decía, se sentía impactado ante su valiente decisión; impacto que fue disipado al sentir el fuerte ruido de la puerta al cerrarse.

—¿A qué hora comenzaras? —oyó la seria voz de InuYasha tras el sofá— Porque también me interesaría saber.

Sango giró sus ojos hacia la desconocida voz tras ellos, no lo conocía, volvió a posar sus avellanas ojos en el rostro de Miroku, quién posó un codo sobre su rodilla y con la mano, cubrió su rostro, ¿Qué estaba pasando? Se preguntó sin comprender pues, cada vez que creía estar listo para desenmascarar todo, algo… o alguien causaba que las cosas se complicaran.

...

Las joyas se encontraban limpiando, ordenando y adornando toda la mansión para la reapertura, la cual prometía, sería una "fiesta" inolvidable.

—Todas se darán un buen baño, deben lucir radiantes esta noche —pidió Suikotsu con una extraña angustia en su pecho, no se encontraba del todo convencido.

—Sin errores… —continuó Naraku, quién parecía estar tomando completo control de la mansión.

Se encontraban en la amplia sala de la mansión, recordándoles a las joyas como es que ahora se manejaban las cosas. Suikotsu había decidido apoyar la decisión de Naraku y Hakudoshi, puesto que después de esa noche huiría lo más lejos posible. Kikyō había aceptado las reglas al igual que Suikotsu pero con el debido cuidado de no inmiscuirse más de la cuenta, se había mantenido en silencio.

Oyó los débiles golpes tocar su puerta, se puso de pies de mala gana a atender a la persona que creía iría a tratar de convencerlo nuevamente de integrarse al trabajo.

—¡Ya les dije que no participaría en su maldita…! —se silenció abruptamente a si mismo al ver a la desconcertada azabache entrecerrar los ojos, debido a los agudos gritos —ay querida Kagome —dijo tranquilamente Jakotsu —adelante, pasa —invitó al abrir la puerta para que ella lo hiciera.

—G-gracias… —habló al entrar.

—¿En qué te puedo ayudar? —preguntó al pescar el control remoto y apagar la televisión.

—¿Qué está pasando, Jakotsu? —preguntó al tomar asiento a los pies de la cama.

—Ah, lo dices por lo que están haciendo allá abajo… —dijo para luego dar un suspiro —van a desobedecer las reglas de Bankotsu.

—¿Por qué lo están haciendo? —preguntó intrigada.

—Porque tarde o temprano la mansión caerá, Kagome —respondió al posar ambas manos tras su nuca.

—¿Caerá? ¿O sea que seremos libres? —preguntó con cierta emoción.

—Libertad para ustedes, las joyas… —aclaró —pero para nosotros, eso significa encierro seguro. Aunque cabe la pequeña posibilidad que nuestra condena no sea tan alta por ser considerados como: "cómplices" —dijo haciéndole comillas a la palabra —pero para Bankotsu —volteó a ver a Kagome—, significara la muerte en vida, sin mencionar las atroces cosas que pueda pasar en la cárcel.

El semblante de Kagome se ensombreció por completo, ¿Por qué se sentía tan triste? Había pensado solo en volver a ver a su familia, ni siquiera InuYasha se le había cruzado por la mente, y ahora que Jakotsu le decía que Bankotsu podría caer tras las rejas y ya nunca más vivir la libertad, sin entenderlo… le afectó, sintió un doloroso desgarro en su pecho… en su corazón.

—Te importa, ¿verdad? —preguntó Jakotsu al ver el cambio en su rostro.

—¿Qué cosa…? —ignoró su pregunta tratando de hacerse la desentendida.

—Lo que pueda pasar con él —completó, más bien asegurando su anterior pregunta.

El corazón de Kagome comenzó a golpear fuertemente contra su pecho, entonces entendió que sentía algo mucho más grande que una simple atracción por el moreno.

—Sea como sea, estoy seguro de que Bankotsu volverá —siguió hablando, no necesitaba respuesta, el modo de actuar de Kagome ya le había respondido por sí solo.

—¿Cómo estás tan seguro? —preguntó con cierta angustia en su voz.

—Porque lo conozco —respondió al darle una confianzuda sonrisa.

Kagome se sentía preocupada, si la mansión era allanada y Bankotsu era atrapado, eso significaba que no lo volvería a ver más, sus manos comenzaron a sudar y su cuerpo a temblar debido a la inmensa preocupación que comenzaba a invadirla de manera interna.

...

Miroku estaba en silencio, olvido por completo que le había entregado llaves del departamento a su amigo. Observó a InuYasha sentarse con confianza en el sofá frente a ellos, esperando que la conversación prosiguiera.

—¿Quién eres tú? —preguntó Sango al verlo con desconfianza.

—Me llamo InuYasha, InuYasha Taisho —se presentó al ponerse de pies para saludar al tenderle la mano.

—No hablaré frente a alguien que no conozco —dijo tajante al observarlo, sin estrechar su mano.

—Está bien, Sango —interrumpió Miroku al posar su mano sobre el delgado hombro de ella—. Él es mi mejor amigo, más bien es como mi hermano.

Sango siguió viéndolo con desconfianza, se sentía un poco incomoda al estar hablando frente a alguien a quién no conocía, entonces oyó las palabras de Miroku…

—Es el prometido de Kagome —los ojos de Sango se abrieron de manera desmesurada.

—¿K-Kagome…? —preguntó sin creerlo. Miroku asintió.

—¿Qué tiene que ver Kagome en todo esto? —preguntó un confundido InuYasha.

—Kagome, tu Kagome estuvo… —tragó duro al ver el rostro del albino —estuvo conmigo antes de que yo fuera enviada a esa juguetería que fue allanada.

Los ojos de InuYasha se abrieron con sorpresa, su piel se erizó y sintió una conmovedora sensación recorrer por todo su cuerpo. No podía creer que tenía frente a él a la única persona que sabía sobre el verdadero paradero de su amada azabache.

—¿Sabes de ella? ¿Dónde está? ¿Cómo está? —preguntó con desesperación, albergado por la angustia.

—No puedo responder a todas esas preguntas —respondió rápidamente tajante al ponerse de pies.

—¡¿Cómo que no puedes responder?! —preguntó alzando la voz molesto al ponerse de pies.

—InuYasha, tranquilízate —ordenó Miroku al pararse y poner a Sango tras él.

—¿Qué me tranquilice? —preguntó completamente indignado— ¡¿Cómo me puedes pedir que me tranquilice?! —se alteró nuevamente.

—No hablaré si él sigue actuando de esa manera tan agresiva —dijo fastidiada al posar sus ojos en un confundido Miroku.

—¡¿Cómo que no hablaras?! —insistió nuevamente InuYasha.

—¡InuYasha, basta… —exigió Miroku al dar un paso frente a él —si sigues comportándote así solo me obligaras a echarte!

—¿Echarme? —repitió al sonreír con sorna —Antes de que te atrevas a echarme de tu casa… —señaló a Miroku —la demandaré, ¡la demandaré por ocultarle información a la policía! —amenazó furioso.

—¿A si? —preguntó Sango al encontrarse tan o más temperamental que él —¡En el preciso momento que lo hagas estarás poniéndole una soga en el cuello a Kagome! —gritó realmente molesta— ¡La brigada está llena de malditos corruptos!

InuYasha y Miroku la quedaron viendo sorprendidos «¡la brigada está llena de corruptos! » sencillamente, eso cambiaba todas, absolutamente todas las cosas.

—¿Llena de corruptos? —preguntó Miroku al tomar sus hombros. Sango asintió.

—Pero no hablaré si él sigue aquí —dijo al mirar a InuYasha con su ceño completamente fruncido, de verdad se encontraba molesta. Miroku ordenó a InuYasha con una mirada a disculparse.

—Sango… —dijo InuYasha al rascar su brazo un poco incómodo —lo siento, no debí actuar de esa manera.

Sango lo observó por un breve momento, respiró hondo y dejó de fruncir su ceño, comprendía muy bien su comportamiento pues, su pequeño hermano solía contarle como actuaba su padre al no saber nada de ella.

—Entiendo que estés preocupado y alterado pero… —tragó duro —debes entenderme a mí también —se señaló con su dedo pulgar—, tú no te imaginas a todas las amenazas que somos sometidas a diario en ese repulsivo lugar —contó molesta—. Mi familia también corre peligro al estar yo aquí.

InuYasha cayó en cuenta de lo que ella decía, entonces entendió que no todo era tan sencillo como él lo imaginaba. Tomaron asiento una vez las aguas mal calmadas, Sango contaría todo, se arriesgaría a abrir su boca ya que su conciencia no estaba del todo tranquila al saber a sus demás compañeras aun encerradas, siendo insultadas, golpeadas y ultrajadas.

...

—Es mejor que hagas lo que Hakudosi y Naraku te pedirán —aconsejó Kikyō.

Kagome salía de la habitación de Jakotsu con la intención de encerrarse en la de ella, pero antes de tomar el pomo de la puerta se encontró con la pálida pelinegra en el largo y alfombrado corredor.

—¿Q-quieren que me acueste con alguno de esos hombres? —preguntó espantada.

—No creo que te hagan a hacer eso… —dudó Kikyō —pero de todas maneras no pongas resistencia a sus órdenes —pidió tranquilamente —de lo contrario solo tu pagarás las consecuencias… o tu familia —le recordó con lástima al ver el rostro de Kagome bajar entristecido, ella no quería hacerla sentir mal, quizás, era producto del embarazo o cierta empatía que sentía por la azabache, pero que no quería que le pasara algo malo… solo quiso aconsejarla.

—Está bien… —habló con nerviosismo —haré lo que ellos me pidan.

—Justo te andaba buscando —dijo Naraku al subir las escaleras y encontrarse con ambas mujeres en el corredor.

—¿A mí? —preguntó Kikyō.

—No… —respondió Naraku al posar sus rojizos ojos en Kagome —a ella.

—¿Y para qué la necesitas? —preguntó Kikyō al verlo fijamente.

—Necesito que se ponga esto… —le lanzó unas pequeñas prendas de encajes, muy similares a las que usó cuando conoció a Bankotsu —la vida de la cenicienta se acabó. —dijo al sonreír torcidamente al ver el descolocado rostro de Kagome, quién no pudo articular ni una sola palabra.

Kikyō posó una mano sobre el hombro de la azabache a modo de abrazo, la chica estaba petrificada con la orden que ese asqueroso hombro le daba.

—Yo la ayudaré a vestirse… —dijo Kikyō —es mejor que bajes. —pidió al pasar por su lado junto a Kagome.

Naraku se encogió de hombros restándole importancia al bajar las escaleras, ya se estaba acabando el tiempo para finalizar y mandar todo a la mismísima mierda.

La noche llegó, y las joyas ya esperaban en la elegante sala de la mansión, lucían hermosas, y estaban temblando como si fuera la primera vez que eran sometidas a esa situación. Se podía apreciar perfectamente por el amplio ventanal de la sala como distintos y lujosos autos comenzaban a acomodarse en el enorme estacionamiento, y de ellos se bajaban pudientes hombres de costosos trajes y maletines en manos que se dedicaban a pagar por sexo, sexo contra la voluntad de las muchachas.

—¿Kagome…? —susurró el bajo albino al observarla anonadado bajar las escaleras. Se veía sencillamente hermosa, perfecta y por sobre todo… sexy.

Los clientes comenzaron a entrar, tendiendo la mano de los anfitriones de esa acalorada noche, la cual, estaban seguros disfrutarían de sobre manera.

—Muy buenas noches —saludó un joven rubio.

—Yukito, estabas muy desaparecido —dijo Naraku al tender la mano.

—Digamos que me tenían congelado —contó mostrando sus perfectos dientes blancos al sonreír—, debo admitir que me sorprendí con la invitación, ya que Bankotsu estaba un poco molesto conmigo.

—Pero Bankotsu no está… —corrigió Naraku al adornar su rostro con una sonrisa maliciosa.

—Entonces… —su piel se erizó de entusiasmo— ¿puedo pedir a quién yo quiera?

—Siempre y cuando pagues —dijo al cruzarse de brazos.

—Pagaré lo que sea por la mujer que llevo tiempo deseando —sonrió socarronamente.

—¿Kagome, qué haces aquí abajo? —preguntó desconcertado Suikotsu al verla de pies a cabeza, vestida de una manera tan provocadora.

—Naraku me mandó… —dijo cabizbaja —prefiero obedecer sus órdenes antes de que mi familia pague por mis errores.

—Pero si Bankotsu se entera que estuviste con otro hom… —intentó decir pero la voz de Naraku los interrumpió.

—Señorita Amorís… —la nombró de manera lasciva al ver lo bien que le acentuaba el pequeño conjunto —el cliente aquí a pagado por tus servicios.

La respiración de Kagome se tensó al observar al sujeto y reconocer su rostro, ese hombre era la misma persona que se quiso propasar con ella la primera vez que llegó a la mansión.

—Primero quiero que me dé un placentero masaje —exigió al ver detalladamente el cuerpo de la azabache—, siento que mis músculos comienzan a endurecerse —dijo al sonreírle de manera pervertida. Kagome lo miró asqueada.

—Será un costo extra —dijo Naraku.

—Dije que pagaría lo que fuera por ella —mencionó al abrir su maletín y entregarle todos los fajos de dinero que habían en el.

—Bien, puedes llevártela —dijo Naraku al dar un paso al lado y tomar el dinero con ambición. Kagome le dio una última mirada casi suplicante a Suikotsu, antes de ser alejada por la demandante mano del rubio.

—A Bankotsu no le gustará para nada esto —habló al observar la puerta de la habitación en la que entró Kagome cerrarse.

—Bankotsu no volverá, por algo no ha contestado las llamadas. —Naraku fue tajante en recordarle que hace un tiempo no daba señales de vida.

Suikotsu dio un largo suspiro, omitiendo todo pensamiento con un abrupto silencio… solo era una noche, una noche y se largaría lo más lejos posible de Tokio y de todos a los que en algún momento consideró amigos.

Entró y su nerviosismo aumentó considerablemente al observar que el cuarto solo era iluminado con pequeñas velas aromáticas que rodeaban la reducida habitación. Kagome cerró los ojos y tragó duro al comprender que ya no habría marcha atrás. Desvió su mirada al verlo sacarse el saco, la costosa camisa de seda y rápidamente los pantalones, quedando solamente con unos bóxer color gris.

—¿Piensas quedarte de pies toda la noche? —preguntó al mirarla a los ojos. Kagome estaba prácticamente apoyada en la pared de la pequeña habitación, solo los separaba la acolchada camilla en el medio, la que utilizaría para recostarse y recibir los placenteros y eróticos masajes.

—Re-recuéstate —pidió un poco nerviosa ante la fija mirada de él. El rubio lo hizo.

Logró ver como la piel de Yukito se erizó al aplicarle delicadamente un suave aceite que había en una esquinada repisa.

—Esta frio… —dijo con voz ronca.

Kagome rodó los ojos e hizo una mueca con asco al deslizar sus manos por la musculosa espalda del rubio.

—Tus manos son tan suaves —pronunció relajado. Kagome siguió masajeándolo, ignorándolo por completo.

Deslizó sus manos hacia arriba y abajo, presionando sutilmente su tersa piel, podía oír su respiración agitarse ya que los movimientos en su espalda eran cada vez más elevados, acaso él… ¿se estaba excitando? No dimensionó en que momento fue que se volteó tan rápido y la jaló sobre él, sus ojos se abrieron con sorpresa al sentir una mano de él posarse en su nuca y la otra sobre su trasero, presionándolo fuertemente.

—¡Suéltame! —exigió al posar sus manos en sus marcados pectorales, tratando de alejarlo de ella.

—No puedo… —dijo con voz jadeante al acercar sus labios a los de ella, atrayéndola fácilmente al enredar sus dedos en su cabello.

Kagome se sentía sucia al besar sus labios, no quería ser besada mucho menos tocada por ese repulsivo hombre. Abrió sus ojos y vio los cerrados de él, desvió su mirada hacia la cristalina botellita de aceite que anteriormente había tenido en sus manos, estiró su brazo y sin pensarlo dos veces la estrelló contra su sien. Se puso de pies rápidamente al sentir aflojar el agarre.

Yukito cerró con fuerzas sus ojos y con sus mano libres limpió el aceite que se había derramado sobre sus pestañas. Se puso de pies rápidamente al oír los apresurados ruidos de los tacones de Kagome pretender dirigirse a la puerta.

—¿A dónde demonios crees que vas? —preguntó con su rostro rojo en molestia, apretando fuertemente sus manos en los delgados brazos de ella.

—Por favor… —pidió adolorida.

—Lo siento… —dijo al hacerla retroceder unos cuantos pasos —pero con esa altanera actitud, solo has logrado despertar a la bestia.

Los ojos de Kagome se abrieron con temor al encontrarse acorralada entre la esquina de la habitación y el imponente cuerpo de Yukito. Su nerviosismo aumentó al sentir la boca del rubio sobre su cuello, succionándolo rudamente, se revolvió tanto como pudo pero, obviamente, la fuerza de él era superior.

La negación de ella solo lograba excitarlo aún más, veía hipnotizado los enormes senos de Kagome gracias al ajustado corsé que portaba. Succionó cada vez con más fuerza distintas partes de su cuello, dejando notorias marcas en el al abrazarse a su cintura y con su otra mano, apresar ambas muñecas de ella, dejándola completamente vulnerable.

Los ojos de Kagome se volvieron cristalinos al sentir como Yukito rompía con facilidad su delgada braga de encajes y rápidamente hundió dos de sus dedos en su interior.

—Eres muy estrecha —reconoció al entrar en ella—, con razón Bankotsu te tenía tan escondida —dijo con su voz cargada en excitación.

—¡Basta! —gritó para luego morder con rabia parte del musculoso pecho del rubio, con intención de que detuviera los bruscos movimientos con los que la estaba penetrando.

Los ojos de Kagome se abrieron con desmesura al hacer elevada. Yukito estaba listo para penetrarla con su erecta masculinidad. Ella se revolvió entre sus brazos, una muy mala idea pues, ese movimiento causo que ambos cayeran al suelo, Yukito en el medio, y Kagome aun arrinconada en la esquina, ahora, con ambas piernas abiertas sobre él. Se sentía completamente humillada, no podía entender porque su intimidad se humedecía tanto, aún contra su propia voluntad.

La música en la sala de la mansión era fuerte y el espeso humo de los cigarrillos le daban un grato ambiente de confianza, varios clientes ya estaban ebrios, algunos más que otros. Estaban completamente cautivados por las joyas, esa noche no importaba nada, estaban dispuestos a pagar hasta con su propia alma por el servicio de cada una de ellas. La lujuria mezclada con el alcohol era superior que sus propios sentidos comunes.

La atención de todos, absolutamente todos los presentes fue atraída hacia la persona responsable que había detenido la música, matando rápidamente el fogoso ambiente. Los ojos de Naraku se abrieron desmesuradamente, tanto como los de Hakudoshi. Suikotsu se quedó petrificado con la botella de licor entre las manos y Kikyō solo se limitó a desviar la mirada pues, se había mantenido lo más que pudo al margen de toda la situación.

—¿Alguien tiene algo que explicarme? —preguntó sintiendo como toda la sangre de su cuerpo hervía. Nadie respondió —Hmph, volveré a repetir la pregunta de otra manera, para ver si sus malditas neuronas trabajan algo en responderme… —habló tan tranquilo que causaba temor en sus compañeros —¿De quién fue esta estúpida idea?

Todos se observaron el uno al otro, no tenían el suficiente valor de enfrentarlo. Hakudoshi se puso de pies.

—Bankotsu, nosotros creímos que tú… —intentó decir al acercarse a él, pero sus palabras fueron interrumpidas al sentir un punzante dolor en la parte inferior de su costilla.

—¿Qué no volvería? —completó a modo de pregunta al enterrar su fiel daga en la costilla del que alguna vez consideró un buen compañero, ahora, un vil traidor más.

Todos quedaron impactados, Bankotsu estaba realmente furioso al actuar de esa manera.

Jakotsu, quién había estado encerrado en su habitación, se levantó rápidamente al oír el retumbante silencio venir de la sala. Sus ojos se abrieron con sorpresa al ver a Bankotsu, y más aún, al ver el herido cuerpo de Hakudoshi en el suelo.

—¡Lárguense! —exigió al guardar su daga nuevamente en su funda.

Todos los clientes comenzaron a salir rápidamente de la mansión, completamente despavoridos, olvidando parte de sus ropas y maletines con dinero.

—Tú no te mueves de aquí —ordenó Bankotsu al señalar a Naraku.

—Amorís… —mencionó Kikyō al verlo fríamente —está en la habitación con Yukito.

La rabia de Bankotsu aumentó al oír lo que Kikyō le contaba. Empuñó sus manos y se dirigió rápidamente a la zona donde estaban las habitaciones, abriendo fuertemente cada puerta por el largo corredor por el que pasaba.

En el pequeño cuarto solo se oían las dolorosas quejas de Kagome. Los ojos de Yukito permanecían cerrados al frotar deliciosamente su hinchado miembro contra la húmeda intimidad de Kagome, deliró de excitación al sentir los fluidos de la azabache bañar frescamente su miembro. Con su mano detuvo su hombría en la posición necesaria en la cual la invadiría y con la otra la elevó desde la cintura… ya no aguantaba más.

Kagome apretó fuertemente sus ojos al sentir como sus pliegues comenzaban a abrirse al hacer extendidos por la hinchada punta de la erecta hombría de Yukito. No entendió del todo por qué en esos momentos era la imagen del rostro de Bankotsu quién se cruzaba por su cabeza, sintiendo como gruesas lágrimas se comenzaban a deslizar de sus ojos, humedeciendo sus mejillas, entonces, en esos momentos, todo tomó otro rumbo…

« Lo único que te debe importar… es que de ahora en adelante serás mi mujer, y nadie que no sea yo… podrá tocarte. » —Kagome recordó, y entonces comprendió… que se estaba enamorando de Bankotsu.

« ¿Qué es lo que realmente te preocupa? » la sencilla respuesta para esa pregunta era: «Perderte…».


Bueno, espero que les haya gustado el capítulo doble de hoy, nos seguimos leyendo. Ya saben, estoy sin internet entonces... hasta pronto!

¡CIRCULO MERCENARIO!

Saludos y bendiciones a todas X'D en especial a mis hermanas mercenarias que andan por aquí.