Capítulo 50: El dios derrotado
El encapuchado caminaba en la oscuridad de la noche, por una colina desierta.
La colina estaba cubierta de hierba, y estaba débilmente iluminada por la luz de la luna.
Era una imagen tranquila y bella, pero la presencia del encapuchado le daba un toque siniestro.
Éste subió con paso decidido la colina hasta llegar a su punto más alto.
Una vez allí, gritó:
- Es aquí donde fuiste derrotado.
El encapuchado sonrió con sorna.
- ¿No es así...Hefestos?
Cualquiera que hubiera visto en aquel momento al encapuchado, hubiera pensado que estaba loco. Hablaba solo y no obtenía respuesta de ningún tipo.
Al menos, no hasta que dijo:
- Seguro que yo también podría hacerlo.
En ese momento, un trueno se escuchó a lo lejos y empezó a llover intensamente.
De repente, hubo un cegador destello de luz y, cuando desapareció, un hombre de aspecto muy poderoso estaba ante el encapuchado.
- ¿De verdad crees que puedes vencerme? – dijo en voz muy alta.
- No. – confesó el encapuchado. – Y la verdad es que tampoco me interesa. No me gustan mucho los animales.
Rió de una manera que hizo estremecer al dios con forma humana.
- Entonces...¿por qué me has llamado?
Hefestos estaba empezando a enfadarse, lo que provocaba que la tormenta se hiciera más fuerte.
- ¿Te suena el nombre...Soul Calibur? – preguntó el encapuchado, que ya conocía la respuesta.
Lo único que trataba era de debilitar psicológicamente a Hefestos.
Los dioses son muy poderosos, pero también muy orgullosos, y el encapuchado estaba hiriendo a Hefestos donde más le dolía.
- Ah...claro que te suena. – rió. – Es la espada con la que un mero mortal te derrotó.
La paciencia de Hefestos se acabó.
Frunció el entrecejo y gritó con fuerza. Al hacerlo, provocó que un rayo impactara directamente en el encapuchado, que gimió de dolor y cayó al suelo.
Hefestos sonrió con satisfacción mientras contemplaba el cadáver del encapuchado.
Pero, cuando estaba a punto de marcharse, escuchó una risa proveniente del cuerpo. Una risa horriblemente familiar.
De repente, lo que Hefestos pensaba que era un cuerpo sin vida, se levantó como si tan solo se hubiese tropezado y, riendo, dijo:
- Supongo que ahora que sabes mi secreto, me dirás dónde escondiste Soul Calibur.
- ¿Pa...para qué la quieres? – inquirió Hefestos, sintiendo algo impropio en un dios: Miedo.
El encapuchado levantó la cabeza y sonrió, dejando ver un diente de oro que brillaba en la oscuridad.
- Para poder morir.
