Disclaimer: Los personajes del anime/manga: "InuYasha" son propiedad de Rumiko Takahashi. Yo solo los tomo prestados para hacer esta historia más interesante y entretenida. Sin ningún interés de lucro de por medio ni nada parecido.
Aclaración: Lo que esta en cursiva serán los pensamientos o recuerdos de los personajes.
Ay ya ni recuerdo la última vez que publiqué :( y sí, es una vergüenza aparecer así de la nada xD Como sea... Siento de verdad un montón lo sucedido :/ Más aun a las chicas que esperan las actualizaciones de las historias que les gustan. En especial a mis hermanas del círculo (si es que aun me recuerdan jajajaja) ¿Me habrán echado al olvido? Nah xD no creo ;) bueno, creo que algunas no. Beshitos a ellas :*
(Este capítulo contiene más de catorce mil palabras... sí, fue muy agotador escribirlo)
Dedicación especial para: Nickole Leon H. / Yusleivis Palma / Elizabeth Quezada Hernández / Maria Guadalupe Rios Aguillon / Pauly Guerra Román.
Para ellas que vi que preguntaban sobre el fic y las actualizaciones en el grupo de FaceBook.
~sin más a leer~
Chapter:22
Un Nuevo Despertar
Los padres de Kagome llegaban apresurados al hospital público de Tokio. Habían esperado mucho por obtener esos pasajes; el más temprano que había en la agencia de la ciudad natal donde vivían.
Apenas llegaron al hospital de la capital se dirigieron al mesón de "informaciones" para saber la dirección exacta dónde era que se ubicaba su hija, una especie de desesperación los invadía internamente. Estaban angustiados y con cierto entusiasmo por saber de ella, aunque el nerviosismo se hacía notar poco a poco a través de los ojos de Naomi.
—Buenos días señorita —saludó Sohin al estar frente al mueble en el cual se ubicaba la joven recepcionista.
—Buenos días —saludó ella amablemente—. ¿En qué lo puedo ayudar?
—Miré… —suspiró al rascarse la barbilla —estoy buscando a una paciente que se internó parte de la madrugada de hoy a este hospital —habló un poco nervioso, pues las manos comenzaban a temblarle.
—Dígame el nombre de la paciente —pidió saber la joven.
—Higurashi —respondió el padre de la, hasta ese momento, incógnita muchacha—. Higurashi Kagome.
La joven mujer tecleó el nombre en la computadora en la cual trabajaba, y ésta le arrojó de inmediato la información que le pedían.
—¿Ustedes son parientes de la paciente? —preguntó al verlos de soslayo.
—Sí. —respondió el hombre y Naomi también asintió estando a su lado.
—Bueno, antes de que suban a verla el doctor que se está haciendo cargo de ella pidió verlos. —informó amablemente, pues en el hospital se rumoreaba el porqué de la internación de esa muchacha a el recinto. Llegar a altas horas de la madrugada y escoltados por una patrulla policial levantaba la curiosidad de cualquiera.
Tanto Sohin como Naomi fruncieron el ceño completamente interrogantes a lo que la joven recepcionista les informaba. La trabajadora publica les dio las indicaciones para llegar a la oficina del doctor a cargo de la paciente buscada, y una vez ambos de pie frente a la puerta de este tercero, se atrevieron a tocar.
El pomo de la puerta se giró luego de unos segundos.
—Buenos días —saludó el joven frente a ellos.
—Buenos días… —dijo Sohin al extender la mano —Somos los padres de Higurashi Kagome.
—Ah… los estaba esperando —habló el joven moreno y se presentó—. Soy el doctor Koga Kino. El profesional que recibió a la hija de ustedes.
—La chica del mesón de informaciones dijo que quería vernos —habló Naomi al extender la mano para de igual manera saludar.
Koga asintió abriendo la puerta para dejarlos entrar a la reducida oficina, invitándolos a tomar asiento. Los padres de Kagome se miraron entre ellos para luego obedecer.
—Me imagino que deben de estar muy felices de tener a su hija devuelta con ustedes —comentó Koga al mismo tiempo que tomaba asiento frente a ellos y presionaba los botones del teclado de su computadora personal.
—Claro que sí —respondió Sohin—, después de todo es nuestra única hija mujer.
—Me alegro por ambos —dijo el joven ojiazul en tono de empatía y la vista fija en la pantalla del computador.
—Doctor… —Naomi se atrevió a hablar, necesitaba saber de ella; de Kagome —¿Qué es lo que quería hablar con nosotros? —preguntó al no poder más con la incertidumbre.
Koga respiró hondo al quitarse los anteojos para prestarle atención al par de adultos. Debía informarles lo que sucedía con la chiquilla, de lo contrario, la omisión de algún detalle importante podría ser perjudicial para su buena reputación… No, definitivamente no se arriesgaría, la profesión de medicina era demasiado importante para él, de todas formas, si se perjudicaba a sí mismo, las sucias acciones de Bankotsu para beneficiarlo de alguna manera no servirían de nada.
Se sentía un poco raro el contar detalles de una paciente que, aparentemente, fue más que una chica traficada para su hermano. Sentía una especie de "traición o deslealtad" hacía el ojiazul. Sea como sea, debía hablar…
—Cuando la señorita Higurashi llegó al hospital venía muy adolorida —contó al tallarse el puente de la nariz intentado proseguir sin sentirse incómodo—. Ella cayó por las escaleras del lugar dónde la encontraron; según testimonio de los oficiales.
Naomi cubrió su boca con ambas manos, no quería imaginarlo pero acaso… ¿Kagome tendría problemas para caminar? No pudo evitarlo y sin querer los ojos comenzaron a cristalizársele. La desesperación de madre al imaginarse el peor de los escenarios la bloqueó por completo.
—¿Qué es lo que realmente nos quiere decir? —preguntó el progenitor de la azabache, observando el semblante de su nerviosa esposa. Volvió a ver al profesional —y por favor le pido que sea lo más sincero y directo posible. —Koga asintió dando un pesado suspiro.
—Su hija llegó con mucho dolor en el vientre, para la tranquilidad de ambos la examinamos completamente, no hay nada que temer —dijo viendo el angustiado rostro de Naomi—. Las examinaciones y el resultado de las pruebas que le tomamos nos indicaron una pérdida de embarazo. Dudo que haya tenido más de dos meses ya que el sangrado no era muy abundante. —los padres de Kagome oían estupefactos cada palabra que el joven doctor soltaba de los labios. Ninguno de los dos pudo evitar imaginar la amarga situación… Si Kagome tuvo una pérdida de embarazo, entonces ella había sido…
—Mi pobre Kagome… —habló con dolor Naomi al soltar delgadas lágrimas, no quería pensar en lo mucho que Kagome debió haber sufrido al ser tomada violentamente en contra de su voluntad.
Sohin la abrazó, transmitiendo apoyo.
—¿Cómo está ella? —preguntó Sohin por el estado de la azabache —¿Está enterada? —Koga negó.
—Fui a verla esta mañana para examinarla pero aún seguía dormida, no quise despertarla —respondió en un tono tranquilo al observar el reloj de su oficina—. Pero si gustan podemos ir a verla ahora mismo —ofreció al mismo tiempo que se ponía de pie.
—¿E-Es necesario que ella lo sepa? —susurró Naomi secándose las lágrimas del rostro, causando que Koga detuviera sus pasos —Kagome aún es una niña y…
Koga frunció el ceño intentado entenderlos pero… ¿serían capaces de guardar un acontecimiento tan importante como ese?
—No creo que eso sea lo más sano para la paciente —interrumpió tratando de ser lo más conciliador posible—. De alguna u otra manera reconocerá que algo extraño sucede con su cuerpo. La caída fue bastante dura. —les recordó a ambos.
—El doctor tiene razón Naomi —habló Sohin, observando el pálido rostro de la mujer a su lado—. Kagome debe volver a empezar, y a empezar bien, cerrando de una sola vez todas las heridas.
El joven profesional los miró analíticamente mientras hablaban entre ellos. La tristeza se notaba a simple vista en la mirada del par de progenitores.
—La decisión está en manos de ustedes... —Koga habló al verlos aparentemente tomar una decisión, después de todo, Kagome aún era menor de edad y los padres tenían todo el derecho sobre ella.
El matrimonio Higurashi siguió los pasos del joven profesional, nerviosos. Solo a unos pocos metros de distancia estaban de la joven.
. .. … .. . .. … .. .
Había logrado despertar hace aproximadamente media hora atrás y aún seguía acostada. No deseaba moverse. No tenía los ánimos para hacerlo.
Se encontraba en el cuarto piso y la camilla se ubicaba junto a la amplia ventana de la pequeña sala individual, eso le permitió observar los detalles del externo paisaje natural desde el enorme hospital público.
Observó como las hojas de los árboles danzaban libre y suavemente al compás de la fresca brisa matutina de ese, para ella, aún confuso día. Dio un profundo suspiro y posó fijamente las pupilas sobre varias aves que volaban de manera despreocupadas por el despejado cielo azul, deseó tanto ser una de ellas y desprenderse de todos los miedos que la invadían y mantenían confundida… pero no podía; sencillamente no podía desprenderse de todo lo que la rodeaba porque entre esas inquietudes, se encontraba la persona que más la preocupaba y no le permitía apaciguar esos sentimientos de inseguridad que la albergaban.
« ¿Por qué Bankotsu…? » seguía repitiéndose mentalmente una y otra vez sin lograr entender el repentino actuar del moreno.
Echó la cabeza hacía atrás e intentó estirarse pero un leve tirón sintió en el vientre. Tensó la mandíbula e intentó sentarse correctamente pero pudo sentir como si toda la parte baja del cuerpo se le oprimiera, causando que prácticamente se le desencajara el rostro.
« ¡Dios! Pero qué me pasa... » Se quejó al recargarse sobre el antebrazo.
No podía comprender por qué la zona baja del vientre le molestaba. Empuñó las manos tratando de contener el achaque, sin entender muy bien la razón de éste.
La joven estaba tan sumida en los propios pensamientos y sensaciones que sentía dentro de sí misma que ni siquiera oyó cuando la puerta de la pequeña habitación se abrió.
—¿Kagome…? —InuYasha la analizó con sorpresa al verla prácticamente doblada sobre la camilla médica.
Los ojos de Kagome se abrieron con desmesura debido al reconocimiento de esa voz. La piel se le comenzó a erizar y la respiración lentamente a alterar. Estaba nerviosa, entonces… ¿no había sido un sueño haberlo visto a su lado anoche? No, definitivamente no, se convenció al verlo acercarse a ella. El corazón se le detuvo por una mínima fracción de segundos al verlo de pie frente a ella. Varias sensaciones se hicieron presente en ese preciso momento, varios recuerdos, y ahora, temor, y por sobre todo confusión.
InuYasha acortó los pocos pasos que lo alejaban de ella. La tenía al frente, y no deseaba desaprovechar el tiempo. No la volvería a perder de vista.
—¿Estás bien? —preguntó al percibir el intranquilo rostro de ella. La azabache negó en silencio al fruncir su ceño, dudando un poco en hablar.
Aún no reaccionaba a la sorpresa de verlo de pie frente a ella, después de casi medio año estaba ahí, de pie frente a ella.
—¿Qué sucede? —Kagome pestañeó un par de veces un poco incómoda ante la cercanía del peliplata hacía su rostro.
InuYasha se había agachado levemente para verla.
—InuYasha... —susurró en voz baja, convenciéndose que lo tenía frente a ella.
El peliplata sintió como todo su ser se removió con solo oírla pronunciar su nombre, como tantas veces lo hizo en el pasado. Pasado que se prometía recuperarían.
—¿P-podrías ayudarme a sentar? —pidió para disipar la incomodidad que sentía, tratando de esquivar la mirada del ambarino. InuYasha asintió enseñando un cálido rostro.
Recordó la madrugada en que los ojos de Kagome nuevamente lo volvieron a ver, el rostro de ella lucía evidentemente desconcertado, pero no le importó, le bastaba con saberla a salvo.
Cuando la vio de nuevo cerrar los ojos, el recuerdo, o más bien duda por el no aceptarle el beso la noche anterior giró varias veces por su cabeza, y aunque él no lo entendió al comienzo, no pensaba presionarla. Kagome había pasado por algo muy crudo, y eso era suficiente para entenderla el tiempo que fuese necesario.
Ahora pedía su ayuda, se sintió extrañamente conforme con eso, por lo poco que fuera. Sostuvo las delgadas manos de Kagome para ayudarla a enderezarse. Hacer ese pequeño contacto causó que el corazón le latiera fuertemente… Él la amaba. ¡Demonios! Se sentía como un hormonal adolescente.
La joven de desordenados cabellos azabaches dudó por un momento en tocar las manos del albino, no sabía cómo reaccionaría él… o ella, se sentía temerosa. Todo pensamiento de confusión se disipó al volver hacerse latente cierta molestia en la zona baja del vientre.
—¿Qué pasa Kagome? ¿Qué te duele? —preguntó InuYasha al fortalecer el contacto de ambas manos. Esta vez la voz del albino sonaba preocupada.
—M-me duele un poco aquí. —dijo ella al sentarse correctamente, deshaciendo el contacto con el peliplata para posar una de las manos sobre su vientre.
« ¿Qué significa esta insistente molestia? » se preguntó al fruncir el ceño. Tratando de tranquilizarse a sí misma.
—Será mejor que vaya por el doctor —habló InuYasha al pararse correctamente. Kagome asintió antes de verlo salir de la habitación.
. .. … .. . .. … .. .
Sango se dirigía a la habitación donde Kagome permanecía hospitalizada, deseaba tanto verla. InuYasha le había contado en qué piso estaba y el número de habitación, no fue difícil ubicarla pero más le llamó la atención ver al peliplata abandonar apresurado el cuarto. ¿Se habían peleado?
—Permiso —dijo Sango al tocar dos veces y abrir la puerta sin esperar respuesta del interior—. ¿Kagome…? —habló al acercarse a su fiel amiga de pesadillas.
La joven azabache la observó, dedicándole una débil sonrisa.
—Sango… —nombró, llenandósele los ojos con lágrimas
—Toda ha pasado, Kag… —mencionó la joven al acariciarle el cabello.
—Lo sé, es solo que… —intentó decir pero nuevamente la molestia en el interior se le hizo presente.
—¿Te duele algo? —preguntó al pararse correctamente.
—No… no me duele nada. Es solo que tengo una extraña molestia aquí —indicó nuevamente la joven de mirada chocolate.
—Creo que lo mejor es que te recuestes —aconsejó la castaña.
—No puedo. —dijo al cerrar los ojos. Tenía recelo de volver intentar moverse. Sango no insistió.
—¿Sabes a dónde fue InuYasha? —preguntó la castaña.
—Dijo que iría por el médico. —respondió Kagome al bajar la mirada sobre las blancas sabanas. Ambas guardaron silencio.
Sango acarició cariñosamente parte de la espalda de la azabache al estar ésta un poco encorvada. Apreciaba mucho a la jovencita junto a ella.
Kagome se sentía tranquila al tener a la castaña a su lado, ¿cuántas veces deseó tener a Sango en la mansión para no sentirse sola? se sintió agradecida.
La molestia en el interior de Kagome desapareció fugazmente al ver a sus progenitores cruzar el umbral de la puerta y a Koga con ellos. Sintió como las manos comenzaron a sudarle y cierto calor invadir parte de su cuerpo y cabeza. Logró ver el rostro de su madre acercarse a ella, sintió el cuerpo extremadamente pesado, y todo se puso de color negro.
—¡Kagome! —gritó con cierta desesperación al ver a su hija caer bajo inconsciencia.
—¿Está respirando? —preguntó Sohin con cierto temor en su semblante.
Koga pidió por espacio para poder examinar a la chiquilla. Solo era un desmayo.
—¿Qué fue lo que pasó? —preguntó Koga al observar de soslayo a la castaña.
—No lo sé, sólo dijo que le sentía una molestia es el estómago… algo así. —respondió Sango completamente desconcertada por el accionar de su amiga.
Los minutos pasaron con incertidumbre y al cabo que estos trascurrían Kagome recuperó el conocimiento, aun luciendo un poco mareada. La enfermera que asistía a Koga había pedido a los presentes abandonar la habitación pero Naomi se negó rotundamente a hacerlo, solo los varones y Sango lo hicieron, esperando fuera de la puerta de la habitación que los separaba de la joven de cabellos azabache.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Koga al deslizar hacia abajo la parte inferior del ojo e iluminarlo con una linterna.
—Bien —respondió Kagome.
—¿Qué fue lo que te pasó? —volvió a preguntar.
—S-Siento una molestia en ésta parte. —indicó Kagome al bajar la mano a la zona afectada.
—¿Te duele si presionó aquí? —preguntó al posar ambas manos en la parte baja de la piel de ella. ¿Cómo decirle que el dolor que sentía era normal sin darle justificación del mismo?
—S-Sí. —respondió Kagome al asentir
—¿Es un dolor o solo una molestia? —volvió a cuestionar al hacer un poco más de presión.
—Es solo una molestia… ¿Por qué siento eso? ¿Es por la caída que tuve? —preguntó al recordar lo sucedido antes de que se desmayara al ser seguida por los oficiales.
Koga miró de medio lado a Naomi, quién se acercó lentamente hacia donde permanecía su hija. Kagome no la había notado, pues había estado concentrada solo en las palabras del médico.
—¿M-Mamá? —dudó en que ella estuviera ahí, de pie frente a ella, observándola y deseando contenerla.
Naomi se había mantenido alejada de la camilla, dándole espacio suficiente para que Koga examinara a la joven.
—Kagome —nombró Naomi y sin dudarlo se acercó a ella, abrazándola protectoramente como en tantos meses añoró hacerlo —estoy aquí hija, junto a ti.
La joven ex colegiala se abrazó con anheló al cuerpo de su progenitora, aspirando el agradable olor maternal que emanaba de ésta. Se aferró con mayor necesidad al sollozar.
—Todo está bien, hija —habló Naomi intentando contenerla.
—Te extrañaba tanto… —dijo al secar las lágrimas que se le habían derramado por las mejillas —no sabes lo mucho que lo he hecho mamá. —reconoció y toda la soledad vivida pesó en ese momento.
—Ya estás aquí mi querida Kagome, ya nada nos volverá a separar… —Naomi se sentía de igual manera, solo quería llorar y decirle lo mucho que extrañaba verle el rostro, pero no podía, ella debía contenerla por sobre todas las cosas.
Koga y la enfermera presente fueron testigos del maravilloso reencuentro madre e hija. La protección que Naomi demostraba en ese sencillo abrazo y la necesidad de Kagome por sentirse resguardada por su madre era enriquecedora. Nunca antes había visto tal sinceridad de sentimientos y necesidad por demostrarlos. Era fascinante.
Volvieron a pasar los minutos, y la hora de la verdad se acercaba. Naomi había decidido oír las palabras de Sohin y terminar contando todo, para que de esa manera, Kagome pudiera volver a empezar. Había que marcar un ciclo, y de todas maneras borrar y cerrar lo vivido por la joven chiquilla.
Naomi se sentó al lado de su hija, mientras que Kagome observaba con atención el rostro de Koga.
—Kagome tú… —dudó al tratar de buscar la manera más delicada de decírselo, viéndola directamente a los ojos —al caer por las escaleras… tuviste una pérdida —Kagome frunció el ceño al no entender del todo—; una pérdida de embarazo. —específico suavemente Koga.
El corazón de la azabache se oprimió fuertemente en su interior al oír la noticia salida de los labios de médico. Perdió el hijo de Bankotsu sin siquiera saberlo, sin siquiera darse cuenta de la existencia del pequeño fruto en su interior.
—E-Eso… es imposible… —musitó en voz baja al cubrir su rostro con ambas temblorosas manos. Era más de lo que ya podía soportar.
—Tranquila —dijo Naomi, temiendo que cayera nuevamente en inconsciencia producto del shock. Eran demasiadas emociones para un solo día.
—No puede ser verdad… —susurró Kagome, sintiendo poco a poco como la garganta comenzaba a arderle.
La dolida joven volvió a aferrarse fuertemente a su madre. Ambas se abrazaron con necesidad… y lloraron con dolor; cada una con sus respectivos motivos. Naomi enrolló a la delgada joven en sus brazos, como cuando era solo una niña, haciéndola sentir protegida.
—Todo quedará en el pasado Kagome, nadie volverá a hacerte daño. —prometió, creyendo que las lágrimas que Kagome derramaba eran por decepción al ser vulnerada como mujer, siendo los sentimientos de ésta totalmente lo contrario. Kagome lloraba por no saber de Bankotsu y enterarse de esa dolorosa noticia para ella, sin que nadie la entendiera verdaderamente.
Koga indicó a la enfermera administrarle a la confundida chica ciertos medicamentos para los nervios y otros para la molestia que sentía. Abandonó la habitación.
—¿Cómo se encuentra? —preguntó el albino apenas vio salir a Koga.
—Está bien —respondió ante la impaciencia en el rostro del chico—, ya ha despertado.
—¿Cuánto tiempo estará así de adolorida? —preguntó el padre de la joven.
—Un par de días, no más que eso. —respondió el profesional.
InuYasha observó el rostro de ambos hombres frente a él, ¿Por qué sentía que había algo más?
—¿Qué es lo que sucede? —preguntó enteramente intrigado.
—Kagome… —dijo Sohin al posar la mirada en su joven yerno. No había caso seguir ocultando aquél acontecimiento, después de todo tarde o temprano el joven terminaría enterándose —ella… tuvo una pérdida de embarazo. Lo perdió con la caída que tuvo.
Sango se cubrió la boca con ambas manos. Quedó sorprendida.
Los ojos del peliplata se entrecerraron con duda « ¿Embarazada? » creyó haber oído mal, meditó lentamente las palabras de Sohin, posando una de sus manos sobre la frente, comprendiendo los vocablos del maduro hombre a su lado, entonces recordó lo que Sango comentó sobre el maldito de Bankotsu y el vago interés especial que la castaña notaba de él hacia la joven azabache, eso lo hizo despertar cierta desconfianza. Empuñó sus manos furiosamente.
—¡Todo esto es culpa del cobarde de tu maldito hermano! —se atrevió a acusar el ambarino al posar las manos sobre la blanca bata de Koga, azotando a éste fuertemente contra la muralla del estrecho corredor.
Sango se acercó rápidamente al conflictivo joven, intentando separarlos.
—¡No InuYasha! —pidió al sujetar el hombro del peliplata —Koga no tiene nada que ver con lo que pasó. —defendió pero InuYasha estaba empeñado en herir de alguna manera al moreno doctor.
—InuYasha… —interfirió rápidamente Sohin, apoyando las manos sobre los antebrazos de éste.
—¡Tú sabes dónde se oculta ese maldito bastardo! —acusó, pues se encontraba totalmente enfurecido.
—¿Pero qué está pasando aquí? —irrumpió repentinamente la matrona encargado del piso.
—Ayame... llama a seguridad. —ordenó Koga a la joven mujer que intentó auxiliarlo. El joven profesional batalló con las firmes manos del peliplata, logrando quitárselo bruscamente de encima.
—¡InuYasha detente! —exigió Sohin al retenerlo ya que había intentado lanzarle un golpe.
—¿Cómo pretende que me detenga? —preguntó él con indignación —Éste maldito es el hermano menor del sucio bastardo que tráfico a Kagome.
Los ojos oscuros de Sohin se abrieron con desmesura.
—¿Eso es cierto? —preguntó con cierta preocupación al ver al seguro profesional frente a él. Koga asintió, él no tenía nada que temer. Jamás había cometido en crimen.
—¿Qué es lo que está pasando aquí? —cuestionó uno de los guardias de seguridad que habían llegado a asistir al joven médico.
—Nada Hakaku —dijo Koga al acomodarse la bata—. El joven aquí… —habló al señalar al peliplata de manera despectiva —está un poco nervioso por el estado de salud de su novia, que por lo demás —aclaró al verlo fijamente—, se encuentra en óptimas condiciones como para que se la lleve lejos de aquí. —finalizó al meter ambas manos en los bolsillos de su pantalón y alejarse del lugar, sin antes darle una mirada al padre de Kagome.
—Maldito… —musitó InuYasha al empuñar una vez más las manos.
—¿Ese joven… —cuestionó el padre de la azabache al ver a los guardias de seguridad marcharse —tiene algo que ver con el secuestro de Kagome? —estaba desconcertado, pues Koga parecía un sujeto correcto. InuYasha negó lentamente.
—No —respondió con la mandíbula tensada—. Al menos eso dice Miroku, de igual manera no lo quiero cerca de Kagome. —dijo al encogerse de hombros.
Mientras tanto Sohin y Sango trataban de apaciguar la ira de InuYasha, Naomi calmaba a Kagome, siéndola sentir apoyada.
La enfermera había inyectado una dosis de calmante en la delgada manguera plástica de suero, y también le había dado unas píldoras para el leve dolor.
—Todo estará bien hija —consoló al mismo tiempo que acariciaba la mejilla de la joven—. Olvidarás esta fea pesadilla y volverás a comenzar. Nadie volverá a hacerte daño, cielo. —Naomi dijo.
—Nadie me ha hecho daño. —musitó Kagome en voz baja, prácticamente solo para ella, mientras sentía un agudo dolor en su seca garganta. Naomi frunció ligeramente el ceño al oírla musitar ciertas palabras, "incoherencias" pensó y negó disimuladamente, ignorándolas.
—Volveremos a casa muy pronto. —volvió a decir. Convenciendo de esa manera a la chiquilla.
Esa misma tarde Koga ya no pudo acercarse a la habitación de Kagome, debido a la orden que presentó Miroku. La puerta de la azabache era custodiada por dos oficiales a cargo de la seguridad de Kagome. Ya habían perdido a una testigo meses atrás, no volvería a arriesgarse. Houyo era de confianza para él.
Miroku presentía que Kagome tenía más información del sujeto buscado que cualquiera de las otras chicas en cuestión; las cuales aún permanecían resguardadas en la brigada policial.
Esperaría un par de días para interrogarla.
. .. … .. . .. … .. .
Llegó muy cansado a su amplio departamento de soltero, ese día había sido una jornada muy agotadora para él, lo estaban catalogando mal por algo que él ni siquiera aceptaba. Sentía las sospechosas miradas de sus colegas hacía él, no les bastaba con los prejuicios que algunos sostenían, sino que además lo habían suspendido de sus funciones laborales por tener a una "importante" testigo, como ordenó la fiscalía. Bufó molesto. Decidió quitar la molestia de su ser al respirar profundamente antes de entrar a su hogar, intentando calmarse a sí mismo, después de todo, todo lo que era hoy en día era gracias a las sucias manos de su hermano mayor.
Metió la llave lentamente en la ranura de la puerta y le llamó demasiado la atención ver la televisión apagada, ya que él siempre la dejada encendida antes de salir. Una muy mala costumbre que tenía de hace un par de años; Pues cada vez que debía salir y dejar sola a su madre encendía el televisor para que ella se sintiera algo acompañada… Una patética táctica que utilizaba si se ponía a pensarlo detenidamente.
Colgó el saco en el pequeño closet junto a la puerta de entrada, aún extrañado. Cerró la pequeña puerta del mueble y no pudo controlar el pequeño brinco causa de los inesperados vocablos.
—¿Hasta qué hora piensas hacerte esperar? —cuestionaron con un deje de molestia en el tono de voz. Koga frunció el ceño al reconocer la obscura silueta en la parte trasera de su departamento. Se acercó al interruptor de luz para ver mejor a la persona, sabiendo ya de quién se trataba.
—¿Qué haces aquí? —preguntó en un tono cansado —Media brigada policial de la ciudad anda tras tus pasos. —le recordó.
—Hmph… eso es lo que menos me preocupa. —respondió desinteresado. Koga se encogió de hombros. ¿Por qué su hermano tenía que abusar de la confianza que tenía de sí mismo?... Jamás lo entendería.
—¿Quieres un café? —ofreció al dirigirse a la angosta pero larga cocina del lugar.
—¿Acaso crees que me arriesgue en venir a tu casa por una estúpida taza de café? —preguntó indignado y una sonrisa se dibujó en los labios de Koga. Bankotsu a veces podía salirse de quicio con cosas tan sencillas.
—¿Qué tal por un trago? —bromeó al ofrecer nuevamente, sacando una botella de whisky de uno de los muebles de la cocina. El mayor de los ojiazules rodó los mismos con fastidio, no le quedaba de otra que aceptar. Tomó el vaso al botar pesadamente la respiración.
Ambos hermanos se dirigieron a la sala del hogar. Bankotsu tomó asiento con su trago en mano y Koga con su taza de café. El último encendió el televisor para no estar en silencio, lo cual le resultaba realmente incómodo.
—Supuse que vendrías… —comentó Koga, ganándose la atención de su hermano —Pero no creí que sería tan luego. Todo está muy reciente —comentó al dejar la pequeña taza de café sobre la mesa de centro frente a él—. ¿Tanto te importa esa niña?
Koga sabía que la pregunta estaba demás, pero deseaba oírlo de la boca del moreno.
—¿Cuándo me he molestado en responder tus preguntas? —bufó Bankotsu en un tono serio.
—Después de varias insistencias. —Sonrió de medio lado, y su hermano solo dibujó una mueca. Ambos guardaron silencio por un breve momento, hasta que el ojiazul sintió la necesidad de cuestionar. Por eso estaba ahí.
—¿Cómo está? —preguntó con sequedad.
—No muy bien. —la respuesta de Koga fue precisa.
Bankotsu empuñó una de sus manos, sabía que un grado de responsabilidad había en él tras esa sencilla afirmación. La maldijo por metérsele en la cabeza sin poderlo evitar.
—Se pondrá bien. —aseguró al ponerse de pie. Era mejor no seguir oyendo los probables detalles que seguramente Koga le daría.
—Hay algo que no sabes —acertó al oírlo y ver a su hermano imitarlo.
—No me interesa. —respondió tajante el ojiazul al tomar el obscuro y largo abrigo que había dejado sobre los altos taburetes de la cocina. La noche se ponía cada vez más fría.
—Pero es importante —insistió nuevamente el menor de ellos.
—Basta Koga, te lo estoy advirtiendo. —habló en un tono amenazante, poniéndose el abrigo antes de salir.
—Se trata de Kagome… —discutió al alzar levemente la voz.
—¡Ya es suficiente! —el ojiazul se alteró fastidiado ante la insistencia de su hermano —Kagome se pondrá bien. Ella es fuerte y superará todo lo que se cruce en su camino. —aseguró al tomar el pomo de la puerta.
—¡¿Tan sencillo crees que es superar la pérdida de un hijo?! —cuestionó e informó frustrado al ser ignorado por su hermano. Odiaba cuando Bankotsu se comportaba como un niño que solo quería oír lo que deseaba.
La mano del ojiazul se presionó fuertemente contra el pomo de la puerta, hubiese deseado haber oído mal pero la postura de Koga demostraba lo contrario. Abrió los ojos con suma sorpresa y el corazón extrañamente se le oprimió, una sensación completamente desconocida para él. Presionó los molares de su boca al mismo tiempo que fruncía el ceño. Kagome había perdido a un hijo de él… de los dos.
—Eso la tiene muy mal Bankotsu —prosiguió Koga al estar parado un par de pasos tras él—. Le han administrado algunos antibióticos y ciertos medicamentos para los nervios. Luce decaída y está muy pálida. Creo que ella de verdad deseaba la vida de ese hijo, su cara prácticamente se desfiguró cuando se enteró de la pérdida que tuvo.
Bankotsu no se molestó en mirarlo, solo oía en silencio las palabras que Koga decía, pensaba en como las cosas se le estaban escapando de las manos, y eso comenzaba a molestarle.
Al escuchar los últimos vocablos de Koga se atrevió a hablar.
—Kagome es una niña… —habló seriamente el ojiazul —solo tiene diecisiete años —contó y se recordó a sí mismo de lo joven que ella era aún—. Tarde o temprano recuperará su vida y superará todo esto. —finalizó al salir cautelosamente del departamento de su hermano. Koga exhaló cansado, Bankotsu al parecer jamás se tomaría algo en serio.
Cerró la puerta tras él para dirigirse rápidamente hacia las escaleras auxiliares, estas lo llevarían hasta los estacionamientos donde ya lo esperaban. Se detuvo de manera abrupta al sostener fuertemente uno de los pasamanos metálicos de las escaleras, posando la otra mano sobre su frente al meditar las palabras de Koga. « Eso la tiene muy mal Bankotsu. Le han administrado algunos antibióticos y ciertos medicamentos para los nervios. Luce decaída y está muy pálida. Creo que ella de verdad deseaba la vida de ese hijo, su cara prácticamente se desfiguró cuando se enteró de la pérdida que tuvo. » Esas palabras se habían clavado en la cabeza del moreno, ¿Qué diablos estaba pasando?
—¡Maldición! —gritó con frustración al dar un fuerte golpe en una de las murallas de grueso concreto. Dolió pero no le importó. Estaba completamente frustrado. ¿Qué se suponía que debía hacer? se preguntó al posar ambas manos sobre la cintura y echar la cabeza ligeramente hacia atrás, tenía la respiración agotada.
Si él hubiese sabido de lo de Kagome, ¿habría tomado otra decisión y se la hubiese llevado con él? Exhaló molesto, no era momento de hacerse interrogantes que no venían al caso, después de todo, ya de nada servirían.
Retomó su camino con las manos empuñadas. Odiaba el maldito escenario en el que se encontraba. Abrió la puerta y la cerró molesto al subirse al polarizado jeep.
—Vaya, creí que ya no volverías… —dijo Jakotsu al suspirar con alivio. Bankotsu no dijo nada, lucía pensativo—. ¿Sucede algo malo? —el moreno solo negó para luego darle nuevas órdenes.
—Conduce hacia el hospital público. —ordenó con la mirada fija al frente.
—Pero Bankotsu, la policía… —intentó replicar pero sus vocablos fueron interrumpidos por la seria voz del moreno junto a él.
—Solo hazlo. —ordenó nuevamente, esta vez observándolo de manera severa. Jakotsu solo se limitó a hacer una leve mueca.
—Si tú lo dices… —obedeció resignado el joven de obscuro cabello castaño al encogerse de hombros.
Salieron de aquél lugar.
La mirada de Bankotsu iba hipnotizada sobre la pavimentada huella que guiaba al vehículo. Era la primera vez que experimentaba el sentimiento de preocupación después de la enfermedad de su madre, Kagome había aparecido en su vida solo para voltear todo de cabeza. « No. » Se corrigió mentalmente. Él sin darse cuenta la había atraído a la suya. Debía reconocer que apenas la conoció lo cautivó físicamente, y después de conocer el mal genio y valor que tenía, ese interés aumentó. ¡Diablos! estaba jodido por una mocosa de diecisiete años. Se quiso golpear mentalmente.
—Aquí estamos —la atención del moreno fue atraída por la voz de Jakotsu al estacionarse frente al enorme hospital público de la ciudad. Había estado tan sumergido en sus propios pensamientos que ni siquiera notó cuando llegaron—. ¿Cómo pretendes entrar? —preguntó intuyendo las intenciones de su, para él, aún líder.
—De alguna manera lo haré… —dijo Bankotsu con la mirada fija al frente —después de todo no será la primera vez que me infiltre en ese hospital. —contestó al bajar del jeep. Jakotsu se alejó preocupado al dejarlo en ese lugar… solo.
Acomodó con cierta insistencia el abrigo que lo cubría para luego ocultar su negra y larga cabellera bajo un obscuro gorro.
Conocía perfectamente las entradas auxiliares del recinto, así que no le fue difícil escabullirse en el establecimiento. Cerró la puerta de uno de esos pequeños cuartos al entrar y sacar atuendos médicos para ocultar su identidad.
Salió del corredor de entrada restringida al estar aparentemente cubierto. Se paseó con toda confianza por el concurrido lugar, y actuando de manera segura logró ubicar la habitación en la que Kagome estaba internada.
¡Diablos! Se frustró al encontrarse con un maldito oficial.
—¿Si? —preguntó el Houyo al ver al médico con la intención de abrir la puerta. Bankotsu lo miró de manera molesta.
—Vengo a ver el estado de la paciente. —dijo haciendo todo su esfuerzo por no sonar agresivo. Fingir no era un desafío para él.
—¿Su nombre? —preguntó el oficial que custodiaba la puerta de la habitación de Kagome. Bankotsu bajó disimuladamente la azulina mirada hacia la blanca bata que vestía.
—Ushi Saim. —respondió al levantar la mirada. ¡Demonios! Los patéticos anteojos que había tomado le estorbaban la mirada. Golpeó con impaciencia la suela del zapato contra el piso mientras observaba como el oficial se tomaba el tiempo de anotar el nombre que había dado.
—Bien… —dijo el oficial al asentir —Pase. —Bankotsu rodó los azules ojos con fastidio al pasar por el lado del policía y cerrar la puerta tras él.
Sintió como los vellos de los brazos se le erizaron levemente al observar el dormido cuerpo de Kagome, los ojos del moreno se detuvieron en los diferentes rasmillones marcados en el marfilado rostro de ella. Algo se conmovió en el rudo interior de Bankotsu. Algo experimentado muy pocas veces por él… era angustia, y lástima.
Se acercó a pasos lentos hacia la, probablemente, sedada chica, y una rabia lo invadió al verla en ese decadente estado. Empuñó fuertemente las manos, se sentía responsable, por primera vez en tanto tiempo se sintió mal en dañar a alguien que supuestamente le importaba. La atención de Bankotsu fue llamada al oír un leve gemido provenir de los carnosos labios de Kagome, los labios de los que en innumerables ocasiones se adueñó sin siquiera esperar consentimiento de ella. Ahora eso le pesaba.
El rostro de Kagome demostraba tristeza y el ceño lo fruncía cada cierto tiempo, probablemente, estaba siendo sometida en otra de las tantas pesadillas que la envolvían en los solitarios momentos que dormía en el hospital.
El moreno apoyó ambas manos sobre los blancos cubrecamas que abrigaban a Kagome. El rostro de Bankotsu se desconcertó levemente al oír un débil intento de sollozo salir de los labios de ella. El deseo por despertarla y sacarla de los brazos de la probable pesadilla comenzaban a invadirlo, presionó las manos contra las mantas, no quería que lo viera.
Se tomó el tiempo de apreciar detenidamente el rostro de Kagome, guardando en su memoria cada pequeño rasgo de ella. Dudó un par de veces en posar una de las manos en la pálida mejilla de la azabache, y no pudo contra ello. Lo hizo. La acarició. Acarició sutilmente una de sus mejillas, experimentando un incontrolable sentimiento de culpabilidad en el interior, lucía pálida, tal cual Koga lo había descrito. Deslizó lentamente su mano, acariciando con el pulgar el labio inferior de la sedada azabache. Ahora tenía la certeza de que sedada estaba, pues de lo contrario con ese débil tacto que le había dado ella ya hubiese despertado.
« Patético…» Se dijo refiriéndose a su actual estado. ¡Maldición! Esos estúpidos sentimientos lo estaban volviendo débil, y no podía dejarse vencer por ellos, para él el amor era tan innecesario como la compañía, pues solo traía problemas y cargas innecesarias a la vida. Debía seguir solo, tal cual había permanecido por años.
Quitó de golpe la mano que había estado acariciando el labio de Kagome, debía reaccionar, tenía que hacerlo y quitarse de encima el espacio que ella comenzaba a ocupar en su vida; vida que si lo analizaba pausadamente ni siquiera tenía. No tenía nada. Debía quitarla de todas maneras, por más que le costara la haría a un lado… por el propio bien de ella, y seguramente, el de él mismo.
—Superarás todo lo que se cruce por tu camino Kagome… —susurró al alejarse de la camilla hospitalaria —incluyéndome. —sentenció al observarla una vez más antes de salir. Kagome era fuerte, lo tenía más que claro.
Respiró con cierta frustración al ponerse nuevamente el abrigo, le había resultado más sencillo de lo que esperaba el entrar y salir del recinto. Abrigó sus manos con el cálido vapor de su boca y las fregó una a la otra de manera insistente, calentándolas. Caminó unos cuantos metros, alejándose cada vez más del público perímetro.
—Por la mierda Jakotsu… ¿por qué demoras tanto? —susurró, viendo a varios autos andar frente a él.
—¿Cómo lograste infiltrarte en las instalaciones… —preguntó con cierta altanería —no sabes lo peligroso que es todo esto para ti? —le fue imposible desconocerlo en el interior del anterior lugar —Toda la policía e investigaciones andan tras tu rastro. —continuó.
Bankotsu rodó los ojos con fastidio al reconocer esa voz, más aun por el tono altanero y con cierta seguridad con la que ella lo empleaba al dirigirse a él.
—Y me doy cuenta que tú también lo haces —dijo el moreno al girarse a verla.
—Te vi cuando saliste por la puerta de los funcionarios. Esa larga trenza te delata —dijo haciendo una mueca con los labios—, debiste ocultarla mejor bajo el abrigo. —sugirió y sonrió de medio lado al cruzarse de brazos. Bankotsu sonrió de la misma manera. Había olvidado ponerse el gorro nuevamente.
—¿Qué has sabido sobre la investigación? —preguntó observando sigilosamente los alrededores.
—Hoy solo se dedicaron a hacer pericias —contó. De cierta forma agradecía sentirse un poco de ayuda para él—. La idea de incendiar la mansión no fue lo que me esperaba pero debo reconocer que fue bastante inteligente de tu parte.
—Sólo fue para ganar tiempo —corrigió Bankotsu—. Tarde o temprano encontraran algo que me acuse directamente, está más que claro. —añadió al cruzarse de brazos.
El moreno posó los azulinos ojos por las obscuras calles que sólo eran iluminadas por los distintos vehículos que pasaban a cada cierto rato con las luces encendidas, esperando a que uno de esos fuera Jakotsu.
No pudo evitar detener el hormigueo que se adueñó de su estómago. A pesar de la situación, Bankotsu se veía aparentemente seguro, aunque sabía muy bien que ella ni nadie podrían tener la capacidad para encontrar algo de sinceridad en el interior de ese frío moreno. Cuando lo reconoció en el hospital no pudo evitar seguir sus pasos. No fue nada complicado deducir el porqué de su presencia en aquél lugar, de todas maneras… quería oírlo de los labios de él.
—¿La viste? —preguntó al no poder contener más la curiosidad —Porque después de todo a eso viniste, ¿no? A ver como ella se encuentra.
—Kagura… —Bankotsu la nombró cansado al rascarse la respingada nariz con el dorso de la mano —¿Cuántas veces te he dicho que no te metas en mis asuntos?
—Bastantes… —reconoció Kagura frunciendo el ceño al responder —Pero aun no te das cuenta los riesgos que corres por esa mocosa —dijo con fastidio—. ¿Por qué lo haces? —Bankotsu exhaló pesadamente.
—Y otra vez con lo mismo. —habló lentamente y con cansancio, metiendo ambas manos en los abrigados bolsillos de su obscuro abrigo.
—¿La amas? —se atrevió a preguntar la madura mujer de ojos carmín, aun contra su propia seguridad y ego de mujer.
—¿Amar? —el ojiazul repitió con sorna al alzar una de sus cejas y sonreír de medio lado —Hmph… no tengo tiempo para esas estupideces. —respondió con una voz más firme.
—¿Entonces a qué viniste? —volvió a insistir sin obtener más que silencio de parte de los labios del moreno —Estás perdiendo la cabeza por esa niña. Te estás arriesgando demasiado y ni siquiera lo notas… —dijo con un dolor punzante en el pecho, pues desconocía el nuevo comportamiento del hombre que amaba —Creo que deberías comenzar a abrir los ojos y darte cuenta que tú —señaló al moreno frente a ella, tragando dolorosamente la saliva contenida en la garganta —y esa niña no tienen absolutamente nada que hacer juntos.
—No fastidies Kagura. —cortó de manera tajante Bankotsu al darse media vuelta, pues no quería continuar con la conversación.
—Tú eres un delincuente buscado por casi toda la ciudad —continuó, esta vez, alzando levemente la voz—. Si es que de verdad te interesa en algo esa tonta niña déjala en paz… —aconsejó —y no vuelvas a joderle la vida… otra vez.
Quizás lo hacía por Bankotsu, para que no volviera a arriesgarse en ese tipo de estupideces. Quizás lo hacía por la lástima que sintió al ver el estado de Kagome. Pero lo más probable, era que lo estuviera haciendo por ella misma. Kagura amaba a Bankotsu, y haría lo que estuviese a su alcance para mantenerlo a salvo, arriesgando incluso su propio pellejo, pues podía llegar hacer muy apasionada cuando de algo, o más bien alguien que le importaba se trataba.
Bankotsu detuvo sus pasos al reconocer el vehículo detenerse frente a él. Abrió rápidamente la puerta de copiloto para luego subir con confianza.
La piel de Kagura se estremeció por completo al tener la seria mirada azulina del moreno puesta en ella.
—Nos mantendremos en contacto. —dijo el ojiazul al terminar por cerrar la puerta del jeep. La mujer de ojos carmín solo asintió antes de verlo partir.
Las palabras no salieron de los rojizos labios de ella.
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Llegó muy temprano esa mañana, debía hablar con ella y hacerla declarar, debía ganar tiempo, pero la joven parecía no querer poner de su parte, y la paciencia de Miroku no era eterna.
Llevaba alrededor de treinta minutos tratando de sacar alguna declaración de Kagome, y el fastidio en él ya se veía venir, estaba completamente seguro que ella podía responder a todas las preguntas si así lo quisiera.
—¿Cómo no va a tener nada de qué declarar? —preguntó con frustración contenida.
—No sé qué es lo que espera que le responda —dijo la azabache al sostener la mirada del oficial.
—Señorita Kagome, usted sabe perfectamente de quién es que estamos hablando. —la mirada de Miroku se tornó analítica sobre el rostro de la interrogada muchacha.
—Creo que no lo estoy entendiendo, además, no me siento muy bien —dijo sosteniendo firmemente el papel de desentendida.
—De Enao… Enao Bankotsu —respondió—. ¿Aún desconoce la razón por la que estoy aquí? —preguntó con un deje de sarcasmo al notar la sorpresa en el rostro de la testigo.
Kagome desvió la mirada al no poder sostenerla sobre el seguro joven frente a ella.
—Bueno si no sabe de quién hablamos déjeme hacerle un pequeño resumen de este personaje —ofreció Miroku ante el silencio de la joven, abriendo la carpeta donde mantenía archivado copias de los datos del moreno—: Bankotsu es un sujeto eventualmente acusado de tráfico humano, entre ellos… abusos sexuales, robos, sobornos, asesinatos, tráfico humano y un sin número de violaciones a los derechos humanos —respondió en un tono serio, guardando silencio ante el cambio de actitud de la joven frente a él—. ¿Aun no sabe a quién me refiero?
Kagome empuñó las manos contra los dobles de las blancas sabanas hospitalarias. No podía delatarlo, ella no era ninguna traidora, y aunque las inseguridades de abandono por parte del moreno la atormentaban, no podía hacerlo…
—No tengo nada que decir —volvió a responder en un tono bajo, esta vez con malestar en su interior.
—Bueno… no puedo hacer más si usted no pone de su parte. —finalizó Miroku al guardar los distintos papeles y fotografías que había estado enseñándole.
Kagome hizo su mayor esfuerzo en intentar ignorar todo sentimiento de remordimiento al oír tales crueldades que Bankotsu había hecho. Su pecho dolió.
—Sólo le pido que medite su actuar, y por sobre todo, piense mucho en las cientos de jovencitas desaparecidas viviendo la misma… o peor situación que usted vivió. —pidió antes de despedirse y cerrar lentamente la puerta tras él.
Kagome posó la mirada sobre el exterior de la ventana junto a la cama en la que permanecía sentada. El cielo se veía tranquilo y pasivamente al ser manchado de manera sutil por las distintas nubes que lo adornaban.
—¿Qué se supone que deba hacer? —susurró solo para ella, posando una mano sobre su frente.
La conciencia remordía su interior.
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Ya habían pasado tres días desde el allanamiento a la mansión y en la brigada aún seguían arduamente trabajando, cada vez con mayor esfuerzo. El incendio con el que encontraron acompañada la mansión les había complicado muchísimo el panorama, pues aseguraban poder encontrar las pruebas suficientes para encerrar al tal buscado sujeto durante décadas si les era posible.
—¡No puede ser que no tengamos algo lo suficientemente concreto! —exclamó agotado Miroku a uno de los oficiales que se dedicaba a las pericias de las cosas rescatadas en aquél incendio. No había encontrado identidades algunas sobre los colaboradores del moreno, tener solo una de ellas sería más que suficiente para dar con el paradero de Bankotsu.
—Es lo único que hemos podido encontrar —dijo el hombre al ponerse de pie—. Ese incendio fue intencional. La propiedad estaba construida de material muy resistente. En el piso de madera era notoria la marca de algún líquido inflamable esparcido sobre ella. —añadió un poco nervioso.
Todos los muebles fueron fácilmente abrigados por las llamas de aquél incendio, no quedó nada, ni siquiera un documento que acreditara algo que les fuera de ayuda.
—¿El fiscal está al tanto de todo? —preguntó levantando la mirada.
—Por supuesto. —respondió el hombre al darle varios asentimientos.
—Bien. —dijo Miroku resoplando fuertemente.
Miroku cada cierto tiempo se quedaba observando a su superior. ¿Cómo culparlo? Se preguntaba desde hace unos cuantos días atrás. Podría encararlo y decirle todo lo que hace un tiempo pensaba pero y qué más… no tenía ningún fundamento que lo respaldara sin poner a Sango en exposición.
Las cosas se estaban complicando.
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El matrimonio Higurashi había estado alojando en casa de Miroku, ahorrándose los gastos de pagar alguna estadía en un hostal o algún tipo de hotel económico. Se sentían apenados al haberse quedado en el hogar de un desconocido.
—Nos quedaremos sólo por dos días más —dijo Naomi al dejar la taza de café sobre el platillo de loza.
—No tiene de qué preocuparse señora Higurashi. —excusó Miroku al limpiarse los finos labios con una servilleta. Era de noche y lucía con un rostro cansado.
—Hoy le dan de alta a Kagome, de todas formas queríamos agradecerle por la enorme hospitalidad que ha tenido con nosotros, joven Miroku. —dijo agradecidamente Sohin.
—No tienen nada qué agradecer, insisto. —volvió a decir Miroku.
—Entonces… —la castaña se integró a la conversación —¿el viernes se van de regreso a Sendai? —dijo con el rostro pensativo. Los padres de la joven azabache asintieron.
—Es lo más sano para Kagome. —interrumpió el albino y todos estuvieron de acuerdo.
Sango observó a los presentes en silencio. No dijo más.
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El estado anímico de Kagome lucía tranquilo, había logrado tranquilizarse durante los días que permaneció internada en el hospital público de Tokio. Aparentemente se veía bien.
La achocolatada mirada de la distraída azabache se posó sobre la puerta de la habitación al sentirla abrirse.
—Así que hoy te vas… —mencionó Kagura al cerrar la puerta tras ella, tomando completamente por sorpresa a la chiquilla.
—Como vuelan las noticias en este hospital —Kagome dijo con desgano al mirarla fugazmente y volver a poner la vista sobre el exterior.
Kagura avanzó un par de pasos hacia la delgada chiquilla, analizándola. Kagome era linda, sí, lo admitía. Pero también reconocía que aún era una niña y no tenía el suficiente atractivo para retener a un hombre como Bankotsu a su lado. Kagome sólo era una entretención para el moreno, no más que eso. Se convenció a sí misma de que así era.
—Como sea… —prosiguió la mujer de ojos carmín al cruzarse de brazos —Gracias. —dijo de la nada.
Kagome frunció el ceño al no entender la última palabra de la madura mujer frente a ella.
—"Gracias" —repitió —¿y eso a qué se debe?
—A que no delataste a Bankotsu. —respondió cortante y con el semblante lleno de seguridad que siempre la caracterizaba.
—No lo hice por ti. —corrigió Kagome al cruzarse de brazos también. No volvería a sentirse intimidada por Kagura ni por nadie… nunca más.
—De todas formas… —insistió nuevamente —no imagine que tendrías esa clase de coraje.
—No soy ninguna traidora. —Kagome se defendió tajantemente.
Ambas guardaron silencio, transformándose una atmósfera realmente incómoda en la pequeña habitación.
—Solo espero que puedas retomar tu vida desde antes de conocer a Bankotsu. —deseó la corrupta oficial antes de dejar la pequeña habitación. En verdad deseaba que Kagome desapareciera por completo de la vida del ojiazul y del mundo que ellos compartían.
La joven de cabellos azabache soltó la pesada respiración que había contenido y solo rodó los ojos con fastidio, no perdería más palabras hablando con aquella mujer.
Las horas pasaron y Kagome parecía estar nerviosa por abandonar el hospital, estaba inquieta. Sabía muy bien que dejando aquél establecimiento marcaría un antes y después en su joven vida. Temía retomar su vida desde el punto en el que la alejaron de todo. Suspiró nerviosa, entonces pensó en la historia que sin querer había marcado más de lo que ella hubiese querido.
Naomi y Sohin se encontraban firmando los papeles que eran necesarios antes de que su hija abandonara el lugar. Mientras que Kagome e InuYasha esperaban sentados en la sala de espera.
—¿Cómo te sientes? —preguntó el albino. Se incomodaba ante el silencio de Kagome.
—Bien. —respondió ella al observarlo de manera fugaz. InuYasha exhaló cansado, ¿por qué le hablaba tan cortante?
Ella notó el cambio en el semblante del albino, quiso remediarlo.
—InuYasha, lo siento… La verdad todo esto ha sido muy duro para mí. —rogó por la comprensión del joven.
—Tranquila, lo entiendo. —dijo con el rostro sereno al revolver el largo flequillo azabache.
Naomi y Sohin se acercaron a la joven pareja anunciándoles que ya estaban listos para abandonar el recinto que cuido de Kagome. Lucían emocionados, pues abandonando el lugar volverían a hacer una familia.
—Vamos. —dijo InuYasha al ponerse de pie y ofrecer la mano en dirección a Kagome, quien aún no se ponía de pie.
Ella dudó por un momento en hacer contacto con la mano del peliplata, y luego de ver los sonrientes rostros de sus progenitores, aceptó, ganando una amplia sonrisa del ambarino, quien fortaleció el agarre.
Tomaron el primer taxi que se les cruzó. Todos se subieron y Kagome no pudo evitar ver con lástima aquella construcción. ¿Se había terminado todo?
. .. … .. . .. … .. .
Sango y Miroku se habían quedado en el pequeño departamento acomodando ciertas cosas para la llegada de Kagome.
—Lo bueno es que sabes separar las cosas —habló la castaña.
—Que ella haya guardado silencio no voy a negar que me molestó demasiado—admitió al acomodar unos cojines sobre el largo sofá—, pero esto lo hago por InuYasha. No insistiré por el momento con la declaración, al menos, hasta que las cosas estén más calmadas. —dijo tranquilamente para luego tomar asiento junto a la delgada castaña.
Sango suspiró conforme ante la madura respuesta del oficial. Se sentía orgullosa de tener a alguien de buen corazón como él a su lado; aunque fuese como un amigo.
La atención de ambos fue atraída por el metálico sonido de unas llaves en el exterior, se pusieron de pie al ver como la puerta se abría lentamente. Habían llegado.
—Kagome… —nombró Sango al acercarse a ella y darle un fuerte abrazo.
—Hola Sango —saludó la azabache al corresponder fuertemente el contacto.
Las miradas de Kagome y Miroku se cruzaron por un momento y eso se tornó incómodo para ambos, la joven desvió la mirada.
—¿Van a almorzar? —preguntó el chico de pequeña coleta, observando a Kagome.
—Por supuesto, ¿crees que no tenemos hambre? —se quejó el albino al cruzarse de brazos. Naomi y Sohin soltaron una pequeña risita ante su reacción.
—Muchas gracias pero yo no voy a almorzar —se excusó Kagome.
—¿Comiste algo en el hospital? —preguntó la madre de ésta al apoyar la mano en el huesudo hombro de su hija. La delgadez en ella era notoria ante los ojos de Naomi.
—No, pero no tengo apetito todavía. —justificó.
—Bueno… —habló Miroku, atrayendo la atención de Kagome hacia él —puedes ir a descansar a la habitación. Sango, llévala ¿sí? —ofreció y fijó su mirada ahora en la castaña, quien luego de un asentimiento se llevó a Kagome con ella.
La joven agradeció internamente el gesto del ojiazul.
Sango guío a Kagome hacía la habitación que Miroku había puesto a disposición de ella misma para que se quedara; esa noche la compartiría con la joven de mirada chocolate.
Kagome se sentó pesadamente en el blando colchón de Miroku, dando un oyente suspiro y apoyando las manos sobre el mismo, para presionarlas segundos después.
—Kagome… —dijo Sango al sentarse junto a la azabache —¿qué pasa contigo? —preguntó al notar los movimientos de las manos de ella.
¿Qué la tenía tan mal?... pues absolutamente todo, pensó internamente.
—Ya todo se acabó Kag. —dijo la castaña al acariciar la obscura cabellera de su amiga. Imaginaba muy bien las cosas que debían de estar cruzándose por la cabeza de la joven a su lado, pues el rostro de ella reflejaba una clara angustia.
—Lo tengo más que claro. —dijo Kagome al verla a los ojos. Ella, muy en su interior, no quería que todo acabara de esa manera tan abrupta. ¿Cómo se suponía que todo acabara así?... sin siquiera una despedida.
Sango frunció el ceño.
—Kagome… —nombró Sango, atrayendo la atención de Kagome hacía ella —Él estará bien, créeme lo que te digo —dijo con el rostro tranquilo, sabiendo lo que a su amiga inquietaba. Kagome ya no pudo contra las ganas de llorar, y se abrazó a hacerlo contra el delgado torso de su amiga—. Tranquila. —consoló nuevamente al acariciar el largo cabello de Kagome.
Permaneció así, acogiéndola hasta que la sintió más tranquila, para luego dejarla sola en la habitación al verla dormir.
InuYasha levantó la mirada al oír la puerta de la habitación de Miroku.
—¿Está durmiendo? —preguntó el peliplata al ver a Sango salir de la habitación. Ésta asintió al dar un vago bostezo.
—Y creo que es mejor dejarla descansar. —meditó la chica al cruzar los brazos y caminar hacia la sala por el estrecho corredor —¿Y los padres de Kagome? —preguntó al tomar asiento junto a Miroku.
—Fueron a la farmacia por unos medicamentos que faltaban. —respondió Miroku.
—¿Se van mañana? —preguntó Sango, e InuYasha sólo le dio un asentimiento como respuesta.
—Entonces Kagome no declarará. —meditó la castaña.
El semblante de Miroku lucía tenso, pues había pensado que siendo amable ganaría un poco de la confianza de la chica, y de esa manera obtendría respuestas de parte de ella.
—El malnacido de Bankotsu está siendo buscado por las autoridades y nadie tiene idea de su paradero —contó afligido—. El maldito es más astuto de lo que pensé… —escupió —Si tan solo Kagome pusiera un poco más de su parte, todo sería más sencillo. —dijo posando la mirada sobre su amigo.
—¿Crees que yo no deseo que lo haga? —preguntó InuYasha de la misma manera —Mira en el estado en el que la ha dejado ese maldito. ¿Cómo crees que me siento yo? —preguntó con indignación.
—InuYasha, Kagome está descansando. —recordó Sango para que bajara el tono de voz pero el peliplata la ignoró.
—Notó que se incómoda cuando la miro mucho. Se cohíbe si me acerco más de la cuenta. Casi no me dirige la palabra —reconoció dolido—. ¿Y el molesto eres tú? —cuestionó con ironía.
Miroku y Sango guardaron silencio, no podían siquiera imaginar lo frustrante que la situación era para InuYasha. Él la había buscado desesperado por meses, y ahora solo recibía rechazo de la persona a quién tanto anheló.
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Los parpados de Kagome se arrugaban debido a la pesadilla que la mantenía prisionera. Veía a Bankotsu correr rápidamente, llevándola de la mano, estaba con él, y se sentía bien. Las respiraciones de ambos eran agitadas y el cansancio en los pies comenzaba a jugarles en contra. Podía observar unas linternas tras ellos y los agudos ruidos de las sirenas policiales cada vez más fuerte… se acercaban. Lo último que vio fueron las balas disparadas de los oficiales perforar directamente el pecho del moreno, tumbándolo rudamente al suelo…
« ¡Bankotsu…! » gritó Kagome al sentarse correctamente sobre el blando colchón. Respiró hondo, presionando la suave cobija con la que Sango la había abrigado « era un sueño. » se dijo tranquila al darse cuenta de eso. Posó la mirada sobre el ventanal que la alejaba del exterior, ya había obscurecido. « Él está bien. Es astuto e inteligente, aunque un poco confiado, sé que de alguna u otra manera él estará bien. » Susurró al despejar el ya largo y sudado flequillo de su frente. Era mejor convencerse a sí misma de que así fuera.
Se puso de pie y observó el obscuro anochecer, no había luna y las nubes eran espesas, ¿por cuánto había dormido?
Le restó importancia al dirigirse al pequeño cuarto de baño, necesitaba una ducha para enfriar la cabeza.
Se quitó el holgado pantalón de tela y la delgada blusa que vestía al cerrar la puerta del baño, quedando solo en ropa interior. Se observó en el espejo de cuerpo entero y una débil y dolida sonrisa se dibujó en su rostro. Se desconocía a sí misma, ¿qué era todo eso que estaba sintiendo? Antes podía pasar horas con InuYasha y desear que el tiempo no se detuviera para poder guardar recuerdos de los dos. ¿Y ahora? Ahora deseaba que el tiempo se detuviera para no olvidar los momentos con Bankotsu. Estaba realmente confundida.
El semblante de Kagome se entristeció al bajar la mirada y posar las manos en la pancita que meses después pudo haber tenido. « Si no lo hubiese perdido, y te hubieras enterado que cargaba un hijo tuyo, ¿habrías vuelto por mí? » a diario se atormentaba con esa pregunta. Pregunta de la cual, quizás, jamás tendría respuesta.
Estuvo tan sumergida en sus suposiciones que se sorprendió de sobre manera al levantar la mirada y encontrar la seria mirada de InuYasha puesta en ella.
Las facciones faciales del peliplata se endurecieron al notar la delgadez de Kagome, las costillas se le notaban mucho más de lo que lo recordaba, y los huesos de sus hombros y clavículas eran evidentemente notorios. Pero lo que más le molestó fue verla tocar su vientre, con el rostro bañado en cuestionamientos. Odiaba a Bankotsu. Lo odiaba por meterse con lo más preciado para él.
—I-Inu… Yasha —nombró nerviosa al tomar rápidamente la toalla junto a ella para cubrirse.
—¿Qué es lo que tanto piensas Kagome? —preguntó al cerrar silenciosamente la puerta tras él.
Kagome lo observó avergonzada, no quería seguir mintiéndole pero tampoco podía decirle la verdad… eso solo lo heriría.
—Necesito darme un baño —pidió pero no miró el rostro del albino, quien aún permanecía de pie junto a la puerta.
—Nosotros tenemos que hablar —informó al hacer una mueca con los labios.
—No creo que éste sea precisamente el mejor momento —dijo Kagome refiriéndose a dónde era que estaban.
—Lo sé pero… —replicó él —no sé en qué momento quieres que hablemos si sigues evitándome —la joven bajó la mirada. Él tenía razón.
Los nervios la invadieron al verlo acercarse a ella, no supo cuál fue la razón pero sus piernas temblaron, estaba asustada.
El peliplata empuñó con disimulo una de sus manos. Todavía se podían notar levemente los moretones en el cuerpo de Kagome; producto de la peligrosa caída que había tenido. Frunció los labios al pensar que ella hubiese aceptado estar con Bankotsu, después de la pérdida de embarazo que había tenido la desconfianza lo hacía dudar.
Los ojos de Kagome se abrieron con sorpresa al sentir las manos de InuYasha abrazarla fuertemente contra su pecho, él sólo deseaba protegerla. Acercó la nariz a la negra cabellera de Kagome, aspirando el olor que tantas veces detestó, ahora deseaba inhalarlo, pero no era el mismo. El aroma de Kagome era diferente.
InuYasha suspiro hondo.
—¿Por qué Kagome? —preguntó con pesar el ambarino al recargar la frente contra la de ella— ¿Por qué no hiciste lo que te pedí? "No hagas nada imprudente". —repitió… y dolió.
—Inu… Yasha… —susurró Kagome, sintiéndose mal.
—Sé que lo que viviste fue una pesadilla terrible… —susurró al enredar los brazos con mayor insistencia sobre el delgado cuerpo de la joven —pero ya estás fuera de ese lugar, debes despertar Kagome. —pidió en un tono suplicante.
Había pasado casi una semana desde que la volvió a ver y aún podía sentir el rechazo de ella hacía él. « Paciencia. » intentaba convencerse cada día.
Kagome pudo sentir vivamente como algo en el interior se le quebrantó, no podía decirle a él que se equivocaba, que para ella no fue una pesadilla del todo, que no quería despertar jamás, y por sobre todo… no quería decirle que creía ya no amarlo, pues sabía que eso lo destrozaría.
—Por favor… —pidió un poco incómoda, tratando de deshacer el contacto.
—No quiero que te vuelvas a alejar de mi lado —susurró para él—. No tienes idea cuanto tiempo llevo esperando este momento, el de que por fin estuvieras conmigo, con tu familia. —dijo al mirarla fijamente.
Kagome bajó la mirada, lo que menos quería era terminar dañando a InuYasha.
—Ni siquiera imaginas cuanto te he extrañado. —volvió a decir, esta vez, sobre la mejilla de ella. Deseaba tanto besarla.
Kagome soportó con cierta dificultad la cercanía del ambarino. No quería alejarlo, sabía que eso solo complicaría aún más las cosas.
—InuYasha… —dijo con voz baja.
—Solo dilo… di que volverás a empezar —pidió sin dejar de mirarla.
—Pero… —intentó decir pero los vocablos del peliplata la callaron.
—Por favor, Kagome. —insistió haciéndola sentir presionada.
—N-No puedo. —reconoció ella con un dolor en la garganta. InuYasha tragó duro, no esperaba que Kagome dijera eso. Deshizo el contacto al botar pesadamente la respiración.
—Bien —dijo y nuevamente la voz le sonó llena de pesar—. Pero no voy a permitir que te alejes de mí, otra vez, no lo soportaría. —reconoció al besar delicadamente la mejilla de ella, para luego salir del cuarto de baño, quizás, si seguía insistiendo terminaría oyendo algo que definitivamente no quería.
¿Qué podía hacer? Sentía culpabilidad al ver al joven con el que tanto añoró compartir la vida en ese estado, ella pensando en Bankotsu mientras InuYasha intentaba retomar su vida junto a ella. Era una egoísta. Lo que menos deseaba en el mundo era hacer sentir mal al peliplata, ¿lo quería? por supuesto que sí, pero ya no lo amaba, ya no era lo mismo. ¿Qué sería lo mejor en un momento así? se preguntaba ella al verse sola en ese pequeño cuarto. Mentir, al parecer, era la única salida por el momento, solo así ningún cercano a ella saldría herido.
. .. … .. . .. … .. .
Pasó una semana desde que InuYasha, Kagome y los padres de ésta habían vuelto a Sendai. Los ojos de Kagome se cristalizaron por completo al ver a Souta correr hacia ella, una sensación inigualable experimentó en esos momentos. El único momento donde volvió a sentirse feliz como hace tiempo no lo sentía.
Los días siguieron avanzando y seguía sintiéndose un poco incómoda al estar de vuelta en su casa, había estado lejos de ella y su familia por un poco más de medio año. Se sentía una extraña. Al parecer ya nada sería como antes.
Las dos primeras semanas trascurrieron lentamente y Kagome sentía como la ausencia del moreno también comenzaba a pesar, cada vez lo extrañaba más y los sueños que trataban de él eran cada vez más extraños… ¿se estaba volviendo loca?; pensaba. Lo más probable era que así fuera, se respondía internamente en las solitarias tardes cuando quedaba sola en casa.
El año escolar lo había dado por perdido.
—Hermana… —oyó la suave voz de Souta esa temprana mañana.
—¿Qué sucede? —preguntó aun entre dormida.
—Ya me voy a la escuela. —avisó el pequeño. Kagome se sentó correctamente al ver a sus padres entrar.
—También nos vamos Kag —informó el padre de la azabache.
—Está bien —dijo la azabache al ver a Naomi acercarse a ella.
—Cerraremos bien las puertas para que te sientas más segura. No salgas por favor. —pidió como todos los días.
—Lo sé. —dijo Kagome dando un asentimiento, sabía que esa era la única manera de mantener a sus padres tranquilos.
Los tres partieron, dejando a la joven azabache en la jaula que prácticamente se había vuelto su hogar.
Y así era como pasaba los días Kagome, encerrada en su casa, manteniéndose ocupada para distraerse, y durmiendo para no pensar. Pero llegando el anochecer el temor comenzaba a invadirla.
—¿Vendrás conmigo o te quedarás con tu familia y tu patético novio? —lo oyó proponerle.
Observó los alrededores y todo era obscuro. Las achocolatadas pupilas buscaban con desesperación la presencia dueña de aquella masculina voz. ¿Elegir? ¿Elegir… por qué?
—Tu eres la que decide Kagome —volvió a oír, esta vez, cerca del oído. Volteó hábilmente y pudo sentir a viva piel como ésta misma se erizó al reencontrarse con esa azulina mirada. Era él…
—B-Bankotsu… —nombró en un hilo de voz, sintiendo como el corazón comenzaba a palpitarle cada vez más fuerte.
—¿Qué dices? —lo oyó preguntar nuevamente, extendiendo la mano en dirección a ella. ¿Aceptaría?
—¿Qué dices Kagome? —otra voz demasiado familiar se oyó a un costado de ella. Era la voz de su padre. Éste estaba de pie junto a Naomi, Souta e incluso InuYasha.
El corazón de Kagome bombeó sangre de manera agresiva, casi podía sentir el sonido de las palpitaciones por todos el lugar. Y ahí estaba ella, de pie, en medio de la obscuridad, con dos propuestas, un sí… y un no.
Observó a su familia y el pecho le dolió. Observó al moreno y el corazón se le oprimió. Eran sentimientos muy diferentes.
—No puedes alejarte de nosotros nuevamente, Kagome —ahora la voz maternal tuvo toda la atención de la azabache. Los ojos de ésta se tornaron cristalinos.
—Tú eres la que toma la decisión final Kag. —la conocida voz del peliplata fue la que recordó de quién era la responsabilidad del vacío que ella dejara.
Kagome bajó la mirada, empuñó las manos presionando los molares, no quería dañar nuevamente a su familia pero tampoco quería dejar ir al moreno. Era demasiada presión sentimental y psicológica.
—N-No puedo… —dijo al caer de rodillas al suelo.
Los rasgos faciales de los cercanos a ella se relajaron levemente pero los del moreno fueron todo lo contrario, y eso la asustó. Entendió que con él era todo… o nada. Al no decidirse había escogido.
—Bankotsu… —dijo en un susurro para luego verlo dar media vuelta y alejarse de ella, perdiéndose en la espesa obscuridad.
Los ojos de la azabache se abrieron con desmesura al oír varios ecos de disparos. Intentó correr tras él pero era imposible verlo… lo había perdido.
« ¡No, no, no! » gritó con desesperación al despertar agresivamente de la pesadilla que la tenía atrapada. Tenía la respiración agitada y la blusa de dormir levemente sudada. Posó la mano a la altura de su corazón al sentirlo latir tan fuerte contra su pecho. Miró el pequeño reloj junto a la cama. Seis treinta y cinco marcaba. Deslizó tras su oreja en rebelde mechón que se había colado sobre su rostro. « Todo fue una pesadilla… Él está bien. »
¿Por qué estaba teniendo esas extrañas sueños?
Levantó la mirada al oír el sonido de la puerta de su habitación abrirse, era su madre. Dio un relajado suspiro al verla entrar y cerrar la puerta tras ella, para luego sentarse en la cama. Cerró los ojos al sentir el cálido contacto de su progenitora sobre su mano, y ya no pudo evitarlo, las lágrimas se le deslizaron de los ojos sin previo aviso.
—¿Qué te está pasando Kagome? —preguntó Naomi al estrecharla contra su cuerpo.
Las lágrimas y las penas que había estado conteniendo se dejaron ver en ese momento.
Naomi se preocupó al oírla llorar de esa manera, no se había dado el tiempo de hablar sinceramente con ella, tal vez por temor. Temor a lo que Kagome pudiera Recordar. Temor a lo que pudiera sentir. Temor a lo que pudiera decir…
—Kagome… —dijo la mujer al alejarla de ella para verle el rostro —soy tu madre… —habló al posar ambas manos sobre las mejillas de ésta— y puedes tener toda la confianza del mundo conmigo.
Las pupilas de la casi repuesta joven temblaron.
—N-no puedo más… —reconoció la quebrada azabache al presionar los dientes —Ya no puedo más con todo esto mamá, con todo esto de retomar mi vida, con ustedes… con InuYasha. —Naomi prestó más atención en las palabras de Kagome.
—¿Esto… esto tiene que ver con lo que pasó en Tokio? —preguntó con cierta angustia y el rostro de Naomi se tornó sorpresivo al recibir un asentimiento.
—Yo… —intentó decir pero los nervios la invadieron.
—La pérdida de ese bebé fue lo mejor para ti Kag… —dijo Naomi suponiendo lo que Kagome diría —Tienes diecisiete años, ¿qué harías con una criatura a esta edad si ni siquiera has terminado tus estudios? —mencionó a modo de pregunta.
—Yo… yo lo sé… es solo que… —Kagome divagó en voz baja.
—¿Tiene que ver con ese sujeto? —preguntó Naomi aun contra sus verdaderas intenciones de saber más de la cuenta.
—Él no es malo mamá… al menos conmigo no lo fue. —contó con los ojos rojos de tanto derramar lágrimas.
—Él es un mal sujeto hija. —intentó convencer Naomi pero la terquedad de la joven era impenetrable.
—No lo es. —corrigió tajante. La progenitora de ésta dio un pesado suspiro, intentando mantener toda serenidad en ella.
—Él no es para ti Kagome —habló Naomi, intentando recobrar compostura en la joven—. Te tráfico, te vulneró, te denigró como mujer, abusó de ti y engendró un bebé que no alcanzó a nacer, me imagino, que sin siquiera preguntar tu consentimiento. Si a ese maldito sujeto le hubieses importado algo, lo más mínimo, no te hubiese hecho todo el daño que estás pasando en estos momentos. —persuadió sin perder el tono pasivo de su voz.
Kagome desvió la mirada hacia una de las murallas de la habitación, si bien no compartía las palabras de su madre, podía entender su desprecio hacia el moreno. Era su madre y Bankotsu frente a los ojos de ella era la maldita bestia que destruyó y le manchó la vida para siempre.
—Hija… —habló Naomi —¿Qué te parece si vamos a ver un psicólogo?... estoy segura de que así volverás a hacer la misma de antes. —propuso, acariciándole la mejilla.
—No es necesario —Kagome se negó.
—Créeme que es lo más sano —habló nuevamente.
—Pero mamá… —dijo con la voz quebrada y toda atención de Naomi se posó en ella —yo… yo…
—¿Tú qué Kagome? —insistió pasivamente.
—Y-Yo… lo quiero… yo quiero a Bankotsu. —confesó, debía ser honesta. Naomi le había pedido sinceridad y eso le daría.
Los ojos de la mujer se abrieron con sorpresa, Kagome debía de estar equivocada. No podía ser cierto. Estaba confundida, no podía amar a su agresor.
—E-eso no puede ser… —dijo completamente desconcertada, cubriéndose la boca con una de sus manos. Definitivamente eso no se lo esperaba. No era normal. Kagome estaba desvariando.
—Lo es mamá… —la joven insistió en su postura —él no me ha dañado.
Naomi negó en silencio, no podía aceptar las palabras de Kagome, ella había sido vulnerada, debía aceptarlo. Ese sujeto había manipulado a la joven a su propio antojo, de estaba más que segura. La alejó más de seis meses de ellos, tiempo suficiente para hacerle creer una realidad muy diferente a la verdad.
—Hablaremos de esto después Kagome… —dijo al ponerse de pie —y por favor, no comentes esto con nadie. —pidió al inclinarse levemente para darle un beso en la frente.
Kagome quedó confundida, observando a su madre salir de la habitación y volvió a recostarse, intentando volver a dormir… deseando esta vez no ser presa de más pesadilla.
Al cerrar la puerta se quedó meditando cada una de las palabras pronunciadas por su joven hija. Kagome no estaba pensando bien las cosas, y eso comenzaba a preocuparla. Le daría un poco más de tiempo, al menos, hasta que la viera lucir un poco más normal.
. .. … .. . .. … .. .
Pasaron aproximadamente quince días desde la conversación entre Naomi y la joven azabache. Kagome tenía recelo de tocar nuevamente el tema y Naomi parecía haberlo olvidado… o al menos eso creía Kagome.
—Oye… —habló el ambarino, atrayendo la mirada achocolatada de Kagome —estás un poco distraída.
—Lo siento —se disculpó —estaba pensando en… —se detuvo al ver que InuYasha esperaba que prosiguiera.
—¿En qué? —preguntó curioso. Kagome se tensó.
—En nada serio en realidad —respondió al rascarse la cabeza.
—Bueno, te decía que esta mañana me encontré con Eri y dijo que vendría a verte hoy. —contó animado, pues pensaba que eso sería de gran ayuda para Kagome.
—Eso… eso es una buena noticia —dijo tratando de forjar una sonrisa en su rostro —muy buena —susurró con la mirada perdida.
Las horas pasaron y al terminar de almorzar, sonó la puerta desde el exterior. Eran las amigas de Kagome.
—¡Kagome! —saludaron las tres jóvenes al entrar al interior del hogar.
—Eri, Yuka… Ayumi —nombró al mismo tiempo que se abrazaban en grupo.
—¿Y no piensas saludarnos a nosotras? —Kagome frunció el ceño al no reconocer la voz femenina. Deshizo el contacto con las tres chicas y los ojos se le abrieron con desmesura al ver a aquellas jóvenes.
—¿Hitomiko, Tsubaki? —preguntó al sonreír con sorpresa, hace años que no sabía de ellas.
—Nosotras mismas —dijo Tsubaki al acercarse a Kagome y darle un fuerte abrazo.
Las cinco chicas pasaron la tarde juntas sentadas en el pequeño comedor junto a la sala. Mientras que InuYasha permanecía sentado en el sofá junto a Souta viendo una película.
Todos giraron hacía la puerta al oírla abrirse. Eran los padres de Kagome que llegaban recién de una larga jornada laboral de trabajo.
—Pero que sorpresa —dijo Naomi con una amplia sonrisa. El ver a Kagome acompañada con sus amigas de infancia la hacía lucir tranquila… al menos superficialmente.
—Señora Higurashi, estábamos pensando en invitar a Kagome a salir con nosotras —contó Tsubaki al mismo tiempo que Naomi se acercaba a ellas.
—Me parece una buena idea —dijo Naomi al posar la mirada en Kagome —¿Qué dices?
—Y-Yo no lo sé… —Kagome dudó al rascar parte de su brazo.
—Puede que salir de casa te haga bien —apoyó Sohin no muy convencido, pero temía que el encierro terminara por destruir a su joven hija.
—Bien… —dijo Kagome ante la insistencia de sus progenitores.
—Pero no lleguen tarde, y espero que estén haciéndose compañía entre ustedes. —pidió Naomi.
Las cinco chicas rieron con entusiasmo, a excepción de Kagome, quien aún temía salir.
. .. … .. . .. … .. .
Las primeras salidas de las jóvenes habían sido muy tranquilas. Kagome no llegaba pasada la media noche, pues no quería preocupar a sus padres. Ellos intentaban todo lo posible por hacer que ella se volviera a acomodar a su antigua vida, y eso la entristecía.
Precisamente esa noche las cosas cambiarían, Kagome había salido solo con Hitomiko y Tsubaki, las cuales no aportaban pizca de confianza ante el ambarino.
—¿A qué hora llegará Kagome? —preguntó al dejar la lata de cerveza que había estado bebiendo con su suegro.
—Hay que darle un poco de espacio InuYasha —dijo Sohin al levantarse del sofá—, recuerda todo el tiempo que estuvo encerrada. Necesita salir.
InuYasha no se tranquilizó con las palabras del hombre.
—¿Te quedarás a dormir? —preguntó al ponerse de pie.
—No, esperaré a Kagome —respondió al beber una vez más esa lata de cerveza—. Puede ir a acostarse si quiere.
—Gracias InuYasha —dijo tranquilamente al dar un suave bostezo y dirigirse a las escaleras. Confiaba en el peliplata.
Los minutos pasaban e InuYasha movía el pie insistentemente de arriba abajo, observando el reloj de su muñeca cada cinco minutos. Una cuarenta y cinco delataba. Permanecía sentado en el sofá de la pequeña sala, necesitaba esperar a que Kagome llegara.
Oyó débiles risas en el exterior de la casa y se apresuró a salir a la puerta.
—¿Qué demonios le dieron? —preguntó un alterado peliplata.
—Ay InuYasha… —dijo en un tono pasivo Hitomiko —Kagome hoy bebió su primer trago.
—Yo creo que bebió más que un poco. —corrigió entre risas Tsubaki.
—Mentira —se defendió Kagome—, solo bebí una botella y quizás… un poquito más —dijo al soltar una pequeña sonrisa.
InuYasha la observó con nostalgia el sonriente rostro de Kagome, y se molestó, se molestó al ver que la sonrisa que tenía en el rostro era producto de esas chicas, y no de él, ni de su familia.
—Son unas amigas de lo peor —dijo InuYasha al jalar a Kagome hacia él.
—No es para tanto InuYasha —la joven azabache habló lentamente.
—Si claro… —musitó el peliplata al ver de manera fulminante al par de chiquillas.
—Bueno… —dijo Hitomiko un tanto incómoda —Estamos en contacto.
—No se atrevan a volver a buscarla. —amenazó el peliplata.
—¿Y quién eres tú para decidir eso? —alzó la voz la delgada mujer de larga y negra cabellera.
—Tsubaki… —susurró Hitomiko al pescarla del brazo.
—Crees que por qué Kagome sigue a tu lado es tuya, ¿de tu propiedad? —bufó con sorna al cruzarse de brazos.
InuYasha tensó la mandíbula, pues intentaba darle espacio a Kagome para que recuperara su vida pero verla mareada era más de lo que podía soportar. La paciencia se le comenzaba a agotar poco a poco.
—¡Lárguense! —exigió al llevar a Kagome hacia la puerta de entrada.
El par de chicas se tensaron al verlo tan molesto. Articularon unas rápidas palabras con Kagome para luego irse y bajar los largos escalones hacia la avenida.
—¿Cuál es tu problema? —reclamó la azabache al deshacer el agarre que él mantenía en su brazo.
—Ven aquí Kagome —exigió al seguir sus pasos; aun no entraban a la casa.
—No quiero seguir hablando contigo InuYasha. —cortó la joven.
—Que vengas estoy diciendo —insistió nuevamente al acortar la distancia entre sus pasos y los de ella.
—Vete, no quiero seguir hablando. —dijo la joven viéndolo de medio lado con la intención de entrar a la casa.
—¿Pretendes que tus padres te vean llegar en ese estado? —cuestionó molesto al señalarla, poniéndose de pie frente a ella.
—¿Qué quieres? —Kagome preguntó con fastidio. La insistencia del albino comenzaba a cansarla.
—¿Qué que quiero? —repitió con indignación el peliplata —¿Qué demonios sucede contigo?
—Basta InuYasha… —dijo Kagome al posar una de sus manos en su frente —No me siento bien.
—No me vengas con eso ahora —discutió el peliplata al posar una de sus manos en la delgada muñeca de ella, jalándola de esa manera hacia él, apegando ambos cuerpos. Kagome frunció el ceño.
—No… —se quejó en voz baja, sin intenciones de despertar a sus padres —Suéltame.
—Paremos con esto Kagome —volvió a insistir al pegar su pelvis con cierta presión al vientre de ella. Verla en ese estado comenzaba a excitarlo —¿Cómo no te das cuenta?
Kagome frunció el ceño.
—Basta InuYasha. —pidió tratando de quitar las manos que él había posado sobre su cintura.
—¿Por qué Kagome? —pregunto con voz ronca. La piel de la joven se erizó involuntariamente. ¿Debía ser sincera?... era lo más probable, pero no quería, no podía.
—P-Porque no puedo… —intentó justificar pero la indignación comenzaba a adueñarse de aquel cercano ambarino.
—¿Acaso es por él? —preguntó con molestia al verla con el ceño notablemente fruncido— ¿Seguirás ignorándome por ese maldito y sucio bastardo? —los ojos de Kagome se abrieron con desmesura. ¿InuYasha lo sabía?
El peliplata quitó con brusquedad las manos que anteriormente habían estado sobre la cintura de Kagome, para luego posarla sobre las muñecas de ésta.
—¿De qué estás hablando? —preguntó al fruncir el ceño ante la fuerza del ambarino en sus manos, fingiendo estar completamente desentendida. Ni él ni ella estaban preparados para esa conversación, no todavía.
—De Bankotsu. —escupió enfurecido, ya había tenido demasiado. Más de un mes de fingir que todo iba bien.
—Estás hablando tonterías. —habló molesta al intentar jalarse.
—¿Todo es por ese maldito? —preguntó con el rostro duro —¿Tanto te gustaba encamarte con él? —escupió nuevamente, estaba frustrado.
Kagome sintió como todos los músculos del cuerpo se le tensaron… Había estado tratando todo lo posible por aparentar ser normal, pero InuYasha la conocía lo suficiente como para no caer en aquella patética escena en la que ella se empeñaba en montar.
—¿No piensas responder…? —volvió a hablar —¿Tan estúpido me crees? ¿Crees que no he notado todo lo que me evitas? ¿Lo mucho que te incómoda que me acerque a ti? Ni un ridículo beso en la mejilla eres capaz de recibirme —reconoció dolido, ¿esperarla tanto para eso?… ¿para nada?
—No es el momento de hablar de esto —recomendó la joven —tú no estás en tus cabales y yo tampoco.
InuYasha frunció los labios, deseaba tanto darle una bofetada y hacerla reaccionar y que entendiera quién era él que estaba frente a ella, pero no lo haría, no era capaz de poner un dedo encima de Kagome.
Soltó bruscamente las muñecas de ella, empujándola levemente contra la puerta de entrada de la casa. Estaba molesto, frustrado… dolido.
Kagome cerró los ojos al verlo desaparecer al bajar las largas escaleras. Negó en silencio al apoyar la cabeza sobre la puerta de madera. Estaba haciendo mal las cosas… muy mal.
. .. … .. . .. … .. .
Observó desde la lejanía suficiente para que nadie lo notara. No podía perderla de vista. Tres semanas habían sido más que suficiente para tomar el primer tren a Sendai y ver cómo estaba ella. Había jurado alejarse y obligarla a superar y olvidar todo… pero no pudo, extrañamente nunca había sentido eso, la necesidad de tener a alguien que lo quisiera por sobre todas las barbaridades que había hecho.
Empuñó las manos al ver la cercanía de ambos, y sonrió de medio lado al notar el rechazo de ella hacía él. Se sintió satisfecho al verlo alejarse derrotado del lugar… No lo quería cerca de ella.
Posó una vez más su profunda mirada ante la silueta de la joven y respiró al verla desaparecer al entrar a la casa.
« Obsesión… » Bufó malhumorado al recordar la palabra con la que lo calificó su afeminado amigo.
No le importaba en lo más mínimo el opinión de él, si era necesario, se convertiría en la nueva sombra de Kagome. No perdería su rastro… no otra vez.
…
Notita: Sé que con la demora muchas lectoras le pierden el hilo a la historia pero buaaano :/ ya está.
En total desde la caída de la mansión al actual momento de Kagome han pasado alrededor de dos meses -para dejarlo claro- Ella se ha sentido sola y muy confundida. No quiere dañar a nadie pero toda esa presión por volver a ser la de antes terminara hiriéndola a ella misma.
Las cosas irán cambiando en Kagome, levemente. No tendrá un cambio fatal pero si actuara irresponsablemente. InuYasha también tendrá un fuerte cambio, donde mostrara su parte más agresiva.
Éste capítulo contiene un poco más de 14.000 palabras y quise añadir varias cosas, también una razón de la demora -además de temas personales- Si hay algo que no comprendieron me avisan para aclararlo ;)
Mis agradecimientos esta vez son para:
Rogue85 / Hedon / Ljubi-Sama / Sery 7Seven / Valquiria26 / Linithamonre77 / Angel Obscuro / Yuli / Nina Shichinintai / Sasunaka Doki / Luimma.
Ésta vez no saludo individualmente a cada una porque éste capítulo es el más largo que jamás he escrito, entonces :/ no sé cuantas palabras se aceptan por capítulo.
Pero agradezco infinitamente los comentarios :) Muito-Muito xD
...
Espero que el capítulo les haya gustado :) Abrazos peligrosamente mercenarios para todas :D
¡CIRCULO MERCENARIO!
