Disclaimer: Los personajes del anime/manga: "InuYasha" son propiedad de Rumiko Takahashi. Yo solo los tomo prestados para hacer esta historia más interesante y entretenida. Sin ningún interés de lucro de por medio ni nada parecido.
Chapter:26
¿Un Trato?
•
•
•
Un pequeño perímetro de frío y obscuro espacio era en el que mantenían encerrado al serio y, a la vez, frustrado moreno. Se sentía como un tonto animal limitado de lo que quisiese hacer. La impotencia ardía en su interior a causa de la estúpida y patética sobre confianza que había tenido, ahora recién caía en cuenta de lo que había sucedido, cayó en un trampa, una trampa muy buena de parte del cobarde de Naraku, era astuto, lo aceptaba.
Había permanecido de brazos cruzados y sentado en la dura banca que estaba ubicada junto a una de las sucias y humedecidas paredes del lugar, se encontraba de piernas cruzadas y mecía con inquietud uno de sus pies, impaciente. Llevó su azulina mirada a cada centímetro de la pequeña celda donde lo habían dejado unos estúpidos policías minutos atrás, frunció su ceño.
Un sucio sanitario y junto a él un descuidado lavabo, nada más en ese asqueroso lugar.
Las distintas celdas que estaban en ese sótano bajo la comisaria eran apenas iluminadas por un foco ubicado sobre la puerta principal que los dividía de la zona de los oficiales, apartados como si tuviesen una de las pestes más contagiosas.
Soltó un pesado suspiro al posar su azulina y fría mirada sobre las prendas que vestía; todas manchadas con la sangre de Kagura, negó frustrado al sentirse amarrado y no poder hacer nada. Hace momentos atrás había estado con ella y ahora ya no estaba... ya no estaba ni estaría nunca más. Había perdido a una de sus mejores y más fieles aliados; a una muy apasionada y jugada por lo que quería. Empuñó ambas manos, Naraku pagaría por todo, lo prometió.
Alzó la mirada a la particular dirección en la que sus sentidos fueron alertados. Era el rechinido de la ruidosa puerta metálica al abrirse, supuso, las cuales eran emitidas gracias a las oxidadas bisagras.
Unos pasos fueron acompañados por el eco del vacío lugar, luego de una masculina voz pronunciarse.
—Está encerrado en la última celda.
El moreno sonrió de medio lado y alzó una de sus cejas cejas, interesado, mientras negaba con cierta ironía al asegurarse que a él se estaban refiriendo.
—¡Enao Bankotsu! —alzó la voz uno de los oficiales de la comisaría. Bankotsu levantó la mirada sin molestarse siquiera en moverse del sitio en el que había logrado aparentemente acomodarse.
—¿Por qué tanto grito oficial...? —preguntó con cinismo —No estoy tan lejos.
—Maldito imprudente… —dijo amenazante, con intenciones de entrar a la celda y darle una buena paliza a ese arrogante muchacho.
—Déjeme a solas con él. —interrumpió una tercera voz masculina en el lugar, deteniendo el brazo del oficial que pretendía abrir el candado que encarcelaba al moreno.
—Pero oficial Moushin… —nombró, llamando así la atención del moreno.
—Es una orden —volvió a interrumpir y el aludido no se movió del lugar—. ¿Piensa desobedecer a su superior? —preguntó según los grados lo obligaban.
—Por supuesto que no. —dijo negando con resignación y abandonando su lugar segundos después, cerrando la puerta tras él.
—¿No les da pena ridiculizar a sus colegas? —Bankotsu soltó en tono burlesco.
—Los grados anuncian un respeto —comentó al acercarse a los barrotes que los separaban.
—Pura mierda. —escupió.
—Claro que lo es para ti, si no tienes idea de lo que estoy hablando. —defendió.
—En mi mundo el respeto se consigue de otra manera —dijo sin moverse de su lugar—; no con estúpidas estampillas. —prosiguió con ánimos de hacerle ver lo insignificante que esos temas significaban para él.
—Como sea, no vine aquí a hablar de esas cosas contigo, de todas formas, es algo que jamás entenderías. —habló haciéndole ver lo poco que su opinión le importaba.
—Bien… —dijo y se encogió de hombros al ponerse de pie, acercándose a Miroku—, entonces habla. ¿A qué has venido?
Miroku lo vio fijamente, forzando su vista a grabar cada centímetro del rostro de ese, para él, sucio, bastardo y muy maldito corrupto. No lo veía muy bien debido a la poca iluminación del lugar, negó de manera interno, el muy maldito era de verdad una deshonra para la humanidad. Una especie de emoción removió su interior, por más corta que fuera, estaba preso, lo habían atrapado... ya no haría más daño pero sabía muy bien que habían asuntos más graves y pendientes.
—Hasta que por fin tengo frente a mí al mismísimo Bankotsu Enao —nombró utilizando el mismo tono de cinismo que el moreno había entonado segundos atrás.
—Y yo al empeñado oficial Miroku Moushin.
El hombre más blanco de mirada azul tensó la mandíbula al sentir que lo llamó con cierta confianza. No quería tener ninguna especie de lazo con él pero había hecho un trato con Kagura y no quería tener problemas con ella más tarde.
—¿Te dijeron tus derechos? —cuestionó con ánimos de hacerlo sentir inferior. ¡Dios! Cuánto había deseado decirle eso.
Bankotsu solo dejó que el valiente hombre frente a él disfrutara el momento, poco a poco se encargaría de borrarle esa victoriosa sonrisa con la que lo miraba.
—Como te han atrapado día viernes, pasarás el resto del fin de semana detenido en la comisaría y, el lunes recién, irás al tribunal para que te formalicen. —prosiguió al sentirse triunfante.
—Conozco mis derechos de memoria… —respondió con arrogancia y Miroku sonrió de medio lado—. Tu comisario me los enseñó muy bien. —con esto último la sonrisa de Miroku se desvaneció por completo.
—Entonces sí estaban coludidos —aceptó en voz baja.
—Hmph, no puedes ser tan estúpido —dijo al apoyar ambos brazos sobre los barrotes—, ¿acaso crees que encerrándome a mí todo esto terminará? ¡Demonios! No puedes ser tan iluso. —comentó con confianza, sin dejar abandonar la arrogancia de su mirada.
Miroku frunció el ceño.
—Me encerrarás a mí pero Naraku ayudará a mis competencias a abrir nuevos negocios —comentó con despreocupación—; los ayudará a evadir las fiscalizaciones, comprará a la policía, entre otras cosas que ni siquiera imaginas.
—Son unos malditos… —dijo presionando sus molares.
—No me ofende lo que digas, después de todo no me arrepiento de nada… —habló con desinterés al encogerse suavemente de hombros, Miroku guardó silencio, analizando cada palabra pronunciada por el de ojos azules frente a él—. ¿Y entonces… qué es lo que haces aquí? —preguntó de pronto Bankotsu al verlo directo a los ojos. Algo necesitaba, estaba casi seguro de ello, y si era así, se aprovecharía de la situación.
Miroku frunció el ceño al reconsiderar lo pactado con Kagura días atrás, lo que menos deseaba era que Bankotsu anduviera suelto por las calles pero también sabía que las palabras del inescrupuloso sujeto eran ciertas, la misma Kagura le había contado cómo eran las cosas en el mundo en el que ellos se movían. Se debatió internamente al terminar por concretar lo planeado con la mujer de mirada carmín días atrás, no pudo evitar dudar.
¿Y si era cierto y la justicia existía solo para los ricos? Deseó no estar equivocándose.
—Quiero que me ayudes… —intentó persuadir antes de que sus palabras fueran silenciadas al acercarse a los firmes barrotes y percatarse de la rojiza mancha en las prendas del moreno —¿D-De quién es esa sangre?
Bankotsu siguió la mirada hasta llegar a sus propias prendas, la mantuvo fijamente puesta en ellas por un momento, para luego mirar al hombre expectante frente a él.
—De Kagura.
Miroku retrocedió un par de pasos al comprender lo oído… ¡Demonios! Tanta era su desesperación por entrar a ver a ese sujeto que ni siquiera se detuvo a oír las circunstancias en las que lo habían atrapado. Había hecho un trato con Kagura y ahora ella... ¡Maldición! Él mismo había aceptado que fuera la carnada.
—¿Dónde está?
—Se la llevaron tus estúpidos colegas.
—¿Cómo estaba…? —preguntó y cierto temor se entonó en su voz.
—Murió. —dijo sin siquiera sonar penoso.
Miroku se apoyó en la muralla frente a la celda del moreno, ¡Dios! No podía ser cierto. Su respiración se hizo pesada y la furia al ver al tranquilo sujeto frente a él se adueñó de su mente.
—¡Maldito bastardo! —agredió con intenciones de lanzarse sobre el moreno, intentando así desatar la ira que lo hacía sentir culpable.
Bankotsu hábilmente retrocedió un par de pasos, evitando ser agredido gracias a los firmes barrotes que lo separaban de Miroku.
—¡Haré que te pudras en la cárcel, me encargaré que no vuelvas a ver la maldita luz del día! —sentenció y un par de rápidos oficiales entraron a la sección de celdas al percatarse de los alterados alegatos que Miroku lanzaba al moreno.
Los gritos de Miroku se hacían cada vez menos audibles al ser retirado por el resto de sus colegas, dejando todo nuevamente en silencio.
Bankotsu resopló frustrado al echar su cabeza ligeramente hacía atrás. ¿Qué mierda estaba pasando? Todo parecía estar jugándole en contra.
—Oye… —llamó un joven que dormía junto a la celda del moreno —¿qué pasó?
Bankotsu lo observó sin ánimos de forzar una estúpida conversación, pretendió ignorarlo. Los minutos transcurrían lentamente y la noche no parecía querer acabar. Volvió a sentarse en la posición en la que había estado anteriormente, solo quería que esa maldita noche acabara.
—¿Por qué estás aquí? —preguntó curioso el sujeto de la celda vecina —¿qué hiciste? —insistió. Lo habían despertado los gritos por culpa de ese maldito y ahora lo ignoraba —¿de quién es esa sangre? —siguió con el cuestionamiento pese al silencio del moreno —¡Oye, te estoy hablando a ti imbécil! —alzó la voz al posar ambas manos sobre los barrotes que los separaba.
El moreno se puso de pie en dirección al sujeto en cuestión, furioso, su sangre hervía y lo último que deseaba era estar lidiando con la voz de un entrometido. Pescó bruscamente la camisa del hombre.
—No estoy de ánimos para lidiar con imbéciles como tú. —fue lo único que dijo al tirarlo hacia atrás y luego jalarlo rápidamente en dirección a él, haciendo que el hombre diera de lleno su rostro contra los fríos y gruesos barrotes metálicos, azotando su boca y nariz contra los fierros, teniendo como consecuencia la caída de un par de piezas dentales.
—¡Ay! ¡Ay! —gritó de dolor al estar ya tirado sobre el húmedo suelo.
Bankotsu vio con lástima al hombre quien se retorcía de dolor y pena por la caída de dos de sus dientes, maldiciéndolo alteradamente. Él moreno dio media vuelta para seguir sumido en sus pensamientos… no deseaba interrupciones.
—Maldición Kagome… —susurró entre dientes al imaginarse al maldito de Naraku tocándole uno solo de sus cabellos.
Podía ser que su peor castigo fuera saberla herida, no, eso era a lo que más miedo le tenía, si a ella le sucedía algo, entonces significaba que de nada le sirvió el haberla mantenido alejada de toda esa guerra, que sabía bien, pronto acabaría. Solo esperaba que Jakotsu fuera lo suficientemente inteligente como para mantenerla alejada lo más posible de todo el mundo que lo rodeaba a él.
•
•
•
Se sentó sobre el sofá de aquella pequeña habitación que utilizaban como sala, buscó el control remoto para encender el televisor localizándolo segundos más tardes. Presionó el pequeño y circular botón rojo con el que se encendería la televisión, buscando apenas ésta se prendió, el noticiero matutino que a esas horas ya estaría por transmitirse.
Subió las piernas al mueble en el que estaba sentada, abrazándolas, impaciente mientras las coloridas propagandas de anuncios publicitarios iluminaban la habitación.
Rascó uno de sus ojos y un bostezo se escapó de sus labios, estaba agotada, tanto mental como físicamente y, ahora, después de mucho tiempo era consciente de aquellas dormidas emociones. Todo se presentó de golpe.
No había logrado conciliar el sueño desde que Sango le contó lo sucedido con aquel moreno; no podía y tampoco quería hacerlo. Su interior estaba inquieto, necesitaba saber qué había sucedido realmente, aunque pensar en las múltiples situaciones en la que lo pudiesen haber atrapado le erizaba la piel.
—Te dije que era mejor que descansaras, ¿no? —regañó la castaña al entrar a la habitación con una pequeña taza en sus manos —Te estás quedando dormida ahí sentada.
—Estoy bien —corrigió y un pesado suspiro se escapó de sus labios.
—Como tú digas… —rodó los ojos ante la testarudez de la chiquilla —Toma.
Kagome posó sus ojos sobre el humeante contenido en aquella taza de color beige que Sango le ofrecía, sonrió, aunque esa sonrisa no fue del todo sincera, se había esforzado.
—Gracias —dijo al recibirla.
—Veamos si te sirve para mantenerte despierta —mencionó al sentarse a un lado de su amiga.
Ambas se acomodaron mejor al ver que las noticias comenzaban, los anuncios de lo que pronto verían se harían presentes y ambas cubrirían sus labios ante la sorpresa de encontrarse con un serio Bankotsu esposado.
Los conductores de aquel canal saludaron a los espectadores que estarían viéndolos a esas horas, anunciando a todo el país del arresto de un peligroso sujeto después de mucho tiempo de búsqueda que había trabajado la policía.
« Es un peligroso hombre que lideraba una de las bandas más grandes del país dedicada al tráfico humano… »
« Las condiciones en la que lo capturaron aún son un completo misterio para la prensa pero seguiremos esperando la declaración que nos dé alguno de los oficiales… »
« Solo esperamos que pague por todos los actos cometidos… »
Esas eran unas de las tantas frases que reportaba la periodista desde la comisaría en la que supuestamente estaría apresado el moreno.
Una vez más transmitieron las imágenes de Bankotsu bajando de un carro policial, esposado y con su mirada bien en alto. Un completo sinvergüenza. Las cámaras de los canales televisivos parecían írseles encimas ya que el rostro del moreno se veía muy cercano. Observó sin pestañear esa hermosa y profunda mirada azul, y por un instante, su respiración se detuvo al sentir que la miraba a ella.
Mordió su labio inferior ante la ansiedad por lo sucedido, no había informe exacto, eso era lo que más nerviosa la ponía.
—¿Crees que haya asesinado a alguien? —preguntó de pronto, atrayendo así la atención de la castaña.
—Espero que no… —fue lo único que pudo responder, no quería que Kagome terminara decepcionada. No pudo negarlo, conocía poco al moreno pero sabía bien de lo capaz que podía ser.
—¿Miroku no te ha vuelto a llamar?
—No —respondió—. Dijo que estaríamos en contacto pero no quiero molestarlo, debe estar ocupado. —mintió, no quería llamarlo ya que ella también temía saber qué era lo que realmente había pasado.
Kagome escondió su rostro entre sus flexionadas piernas, intentando pensar algo que la ayudara a comprender lo sucedido, pero era inútil. ¿Qué pasó realmente?
El reloj colgado de una de la paredes de la sala resonó fuertemente, anunciando la nueva hora que acababa de llegar; siete de la mañana. Los padres de la joven azabache seguían dormidos, al igual que el pequeño Sōta.
Nuevamente el par de pupilas de ambas amigas viajaron juntas, esta vez, hacia la puerta principal de la casa; habían oído dos suaves toques en ella, anunciando la llegada de un nuevo individuo.
« Oh no, InuYasha… » Su cuerpo se tensó levemente al recordar que ese día habían quedado en juntarse, no acordaron hora, pero con lo entusiasmado que éste había estado la noche antepasada, probablemente, se habría adelantado ante todo horario prudente.
Se puso de pie y mordiendo suavemente su labio inferior, llegó a la puerta, posando su delgada y poca confiable mano sobre el pomo de ésta, abriéndola segundos antes de soltar el aire contenido.
Sango observaba en silencio desde el mueble en el que ambas habían estado sentadas. Los ojos de Kagome se abrieron con desmesura al fijar su vista en el alto hombre frente a ella, sus labios se abrieron pero las palabras no salieron de ellos, definitivamente, tener a esa visita en las afueras de su casa era lo último que se imaginó.
—¿No me invitarás a pasar? —preguntó y su voz sonó apagada y Kagome lo notó.
Extendió la puerta sin decir ni una sola palabra, dejándolo entrar. Sango se puso de pie al verlo y ante cualquier cuestionamiento, lo primero que su cuerpo hizo fue dirigirse ante el sujeto de pie a escasos metros de ella.
—Creí que no te volvería a ver —mencionó él al recibir aquel contacto que la castaña le brindaba.
—Igual yo —dijo ella.
Kagome cerró la puerta tras ella, sin antes asegurarse que nadie lo hubiese seguido. Lo que menos deseaba era terminar con un escándalo en casa.
Los observó abrazarse y, extrañamente, se sintió una intrusa en su propia casa. Ambos se veían tan cariñosos que le causaban una especie de envidia, se sentía sola, comenzaba a caer en cuenta de muchas cosas que se había empeñado en mantener ocultas… o solo pausadas.
—Así que ya se enteraron —dijo y ella alzó la vista hacia el joven que la veía fijamente.
—Jakotsu… —nombró Kagome y su garganta dolió.
El joven de alborotados cabellos chocolates deshizo el contacto con Sango, para luego acercarse a Kagome, posando una mano sobre el femenino hombro de ella. Pese a estar molesto sabía que la situación del moreno era dolorosa para ella.
—No es culpa de nadie —intentó contener pero los ojos de la chica ya estaban humedecidos.
—¿Él…? —no logró pronunciar la frase, su pecho dolió tanto como el inicio en el que él la dejó. Jakotsu asintió.
—No lo sé Kagome, no tengo idea de qué fue lo que sucedió, pero no te abandonó; él me dejó aquí, cuidando de ti —confesó.
Kagome cerró los ojos y dos lágrimas se deslizaron por sus blancas mejillas, era tan doloroso. Caminó lentamente hasta llegar al sofá en el que permaneció minutos atrás, bajó la mirada y casi pudo sentir sus pupilas temblar. Él se había asegurado de cuidar su integridad mientras ella solo se convencía en dejarlo atrás, era una tonta; pero mucho más lo era él al irse sin decirle absolutamente nada. Empuñó ambas manos contra la costura inferior de esa camisa de pijama que vestía, se sentía tan inútil.
—¿Qué crees que haya pasado? —preguntó Sango al ubicarse nuevamente junto a su amiga, brindándole un abrazo, intentando contenerla.
—No lo sé —resopló frustrado al dejarse caer de igual manera junto a Kagome.
La joven azabache hizo presión en sus molares al oír a un Jakotsu aparentemente desinteresado, ¿acaso no era su amigo?
—¿Cómo no vas a saber nada? —inquirió Kagome, observándolo con su ceño duramente fruncido, certera señal de su profunda confusión y molestia —Te mantenías en contacto con él, ¿no? algo debes de saber —acusó y tras ella una preocupada Sango los observaba.
Jakotsu rascó incómodamente su cabeza ante las acusaciones que Kagome le estaba haciendo, pensando, si otra mujer lo hubiese acusado de esa manera tan segura como ella lo estaba haciendo en ese preciso momento, lo más probable es que de una fuerte bofetada le haya corregido el tono con el que se dirigía a él… pero con ella no podía, sencillamente, porque ella era importante para el sujeto que quería y respetaba más que a su propia vida, aun así… ¿acaso ella pensaba responsabilizarlo? No se lo permitiría.
—Ayer hablamos… —habló para luego detenerse y fijar su vista en la joven que lo acusaba—, le conté que todo parecía ir de maravilla entre tu ex y tú —los ojos de Kagome se abrieron sorpresivos—; si es que se puede seguir llamando ex a alguien con quien sales, abrazas y te besas en público. —añadió. No podía golpearla, lo sabía, así que buscó algo lo suficientemente fuerte como para que se sintiera culpable y herida… tal cual él lo estaba sintiendo. Sonrió.
Kagome sintió como si su mandíbula se desencajara totalmente gracias a la presión que sus dientes forzaban los unos a los otros, la había estado vigilando, él no tenía el derecho de hacer algo cómo eso. ¿Quién se creía que era? Su sangre hirvió y su mano ardió.
Sango abrió los ojos al mismo tiempo que ahogaba un suspiro de sorpresa al percatarse del golpe que su amiga le había dado a Jakotsu, quien giró su mirada lentamente a ella.
Jakotsu intentó abrir la boca para decir algo, un fuerte insulto acompañado de hirientes palabras hacia la azabache, pero sus palabras fueron silenciadas por las de la castaña quien veía la guerra de miradas con las que ésos dos se dañaban.
—No vale la pena seguir con esta estupidez. —cortó.
—¿Estupidez? —preguntó Kagome y su rostro parecía indignarse.
—Sí —respondió tajante—. ¿Por qué en vez de acusarse entre ustedes mejor no planeamos qué es lo que haremos para ayudar a Bank?
Kagome y Jakotsu se miraron una vez más, ambos con sus ceños fruncidos, la molestia era evidente en cada uno de ellos, todos de diferentes maneras pero con un mismo interés en común.
—Hoy partiré a Tokio —informó.
—Entonces puedes llevarnos contigo —propuso Sango.
—Yo no tengo problema… —dijo y se cruzó de brazos al recargarse en ese suave mueble —¿Y tú Kagome? —alzó una de sus cejas.
La joven dejó escapar un pesado suspiro de sus labios, sabiendo a la perfección a qué se refería… ¿pensaba seguir fastidiándola?
—No tengo ni un solo problema, Jakotsu.
—Bueno… yo lo decía por tu novio, no vaya hacer que se termine enterando y eche todo a perder —comentó, dibujando una maliciosa sonrisa.
—Eso no viene al caso en estos momentos Jakotsu —defendió Sango.
—Como sea —le restó importancia al ponerse de pie, no quería seguir pasando más tiempo en esa casa—. ¿Qué hora es?
—Siete treinta. —respondió la castaña ya que su amiga parecía ignorarlo.
—Las estaré esperando a las dos de la tarde en la plaza pública del centro —habló al mismo tiempo que se dirigía a la puerta principal—. Si no llegan a tiempo me iré solo —dijo al detenerse en la puerta una vez abierta. Posó su vista en Kagome—, después de todo, yo no tengo nada ni a nadie que me detenga.
Kagome no le prestó atención, desvió la mirada para luego solo oír la puerta cerrarse.
—¿Qué diablos le pasa conmigo? —preguntó con fastidio al ver a su amiga.
—Él solo está herido —intentó justificar.
—Pues ese no es mi problema. —negó con la cabeza.
—Ellos son muy amigos. Jakotsu ve a Bank como a un hermano mayor, aunque Bankotsu sea más joven —quiso hacerle comprender—. Aunque no lo creas, Bankotsu aprecia y confía mucho en Jakotsu. —comentó nostálgicamente, recuerdos de su pasado como una de las joyas se cruzaron por su cabeza. Un escalofrío recorrió su piel.
—¿Ahora qué haré, Sango?
—¿Sobre qué…?
—Bankotsu sabe todo… —su rostro denotaba nerviosismo—; lo mío con InuYasha. No querrá verme más.
—Eso lo veremos una vez estemos allá —dijo al acariciarle el cabello, intentando así calmarla.
Kagome se recargó sobre el hombro de la castaña.
—¿Qué le diré a mis padres? —eso era lo que más le angustiaba.
—Algo se nos ocurrirá. —le susurró, intentando contenerla en algo. Ya pensarían qué hacer.
Kagome tendría que volver a abrir heridas, y no solo en ella, sino también en sus seres más queridos. ¿Hacia lo correcto? Ni ella misma sabía la respuesta.
Sango acarició de manera protectora el obscuro cabello de su amiga, mientras que por su mente barajaba en cómo enfrentar una situación tan confusa como la que Kagome estaba a punto de vivir. Las cosas se estaban complicando demasiado para su joven amiga.
Las horas transcurrieron con lentitud y el ruido comenzó a adueñarse del silencioso anterior lugar.
Ambas misteriosas amigas se sentaron en las sillas junto al comedor que compartirían con el resto de la familia Higurashi, agradeciendo por el delicioso desayuno que al cabo de unos minutos estaría completamente servido sobre la mesa gracias a Naomi. Todos juntaron ambas manos, agradeciendo por el desayuno entregado ese día.
—Esto está delicioso —dijo animadamente Sōta.
—No es para tanto hijo —excusó Naomi.
—Es en serio querida, el desayuno está muy rico —Sohin apoyó lo dicho por su pequeño hijo.
Naomi sonrió avergonzada al oír las palabras de agradecimiento que Sango pronunciaba, y al otro lado, sentada en un rincón y sintiéndose completamente ajena a lo que sucedía, se encontraba Kagome, observando. Las voces de los presentes enmudecieron y solo los gestos de sonrisa y tranquilidad eran visibles ante sus ojos.
Observó la suave y femenina sonrisa dibujada por los labios de su cálida y amorosa madre. Las facciones duras y serias de su padre, quien a pesar de su seriedad sabía la protegería y cuidaría cada vez lo necesitasen. Sōta, su pequeño hermanito de nueve años, un inocente que no entendía con claridad lo que realmente pasaba.
Por un momento la culpabilidad se posó en su pecho, haciéndola sentir triste, se iría, los dejaría. Se sintió una egoísta.
« Kagome… » Como si estuviese a una considerable distancia, logró oír su nombre ser pronunciado por la maternal voz de su madre pero no prestó atención hasta sentir la calidez del contacto sobre su mano.
—¿Ah…? —musitó distraída al encontrar la mirada de ella.
—Le contábamos a Sango de la primera vez que fuiste a la escuela, ¿no estabas oyendo? —preguntó al notar el confundido estado de su hija. ¿Qué estaría pasando por su cabeza?
—He… —rascó incómoda su nuca y sus ojos se encontraron ahora con los de la castaña—. Lo siento mamá —dijo para luego mirar a Naomi—, no estaba prestando atención.
—Kagome casi siempre anda distraída —se burló el pequeño y su hermana solo se limitó a observarlo, para luego regalarle una suave sonrisa.
Naomi la observó extrañada, en alguna que otra situación similar Kagome le hubiese dado un coscorrón o sacado la lengua para hacerlo rabiar, pero esta vez parecía estar demasiado serena.
Finalizaron el desayuno y todos se pusieron de pie para ordenar y lavar los utensilios utilizados.
—Gracias por todo señora Higurashi —dijo Sango al retirarse de la pequeña cocina y dirigirse a la habitación de Kagome.
Entró al cuarto de la joven buscándola con la mirada al no encontrarla. Cerró la puerta tras ella. Fijó su mirada en la pequeña maleta sobre la cama con prendas ya en su interior, todo tenía que ser rápido, lo sabía. Su mirada viajó a la puerta al oírla abrirse, era Kagome envuelta en una toalla.
—¿Vas a darte un baño? —preguntó la joven al comenzar a secarse el cabello.
—Sí —dijo al buscar en su maleta las cosas que usaría para el baño—. ¿Estás segura que quieres ir? —preguntó al detener sus pasos frente a la puerta.
Kagome botó un pesado suspiro de sus labios al sostener entre sus manos el cepillo con el que peinaría su largo cabello.
—¿Tú no?
—No es eso Kag… Pero creo que él estará molesto, después de todo lo conozco un poco. —la joven mordió su labio inferior, ella también lo estaría en sus zapatos pero… no podía culparla.
—No me importa —dijo al voltear a verla—. Solo quiero verlo.
Sango ya no dijo más y solo asintió antes de abandonar el cuarto de su amiga y así, dirigirse al baño.
Terminaron de ordenar todo lo que llevarían a Tokio, la hora se acercaba y Jakotsu las estaría esperando pero debían ser puntuales, de lo contrario las dejaría, les advirtió antes de irse.
Cerca del mediodía los padres de la chica avisarían que irían por los alimentos para el almuerzo a un almacén cercano, Kagome les pidió permiso para ir al centro comercial junto a Sango y aviso que no la esperaran a comer, pues comerían algo allá, se sintió culpable al mentirles, aún más, al recibir el dinero que Naomi le entregaba.
Abrazó con fuerzas a su madre y le dijo lo mucho que la amaba, Naomi hizo lo mismo, despidiéndose de ella y Sango segundos después. Sōta iría con ellos.
—¿En marcha? —preguntó con poca seguridad ante el rostro de Kagome, el que parecía en serio conflicto mental.
—Vamos. —aceptó al dirigirse a su habitación por las maletas.
Esta vez no dejaría carta, enfrentaría la realidad de frente y no apagaría su celular, si querían saber su paradero se los diría pero ya no les volvería a mentir. La verdad era lo mejor, aunque doliera.
. .. … .. . .. … .. .
Bajaron corriendo a toda prisa los dos peldaños del transporte público, para luego continuar con la cansada maratón hasta la dirección indicada por el afeminado muchacho. Estaban aproximadamente a cinco cuadras del punto acordado, iban atrasadas.
—¡Date prisa Kagome! —pidió la castaña al darse cuenta que su amiga se quedaba poco a poco más atrás, además la pesada maleta que cargaba entorpecía sus pasos. Pescó firmemente la mano de la distraída joven, intentando así, ayudarla con la corrida.
Kagome presionó la mano de Sango, fortaleciendo así el confiable agarre, sonrió internamente. Agradecía tanto tenerla a su lado.
. .. … .. . .. … .. .
Presionó sus manos contra el grueso volante de cuero de ese amplio jeep en el que estaba sentado, esperando impacientemente. Soltó el aire detenido y, cansado, una vez más, volvió a ver la hora en su móvil. Las muy irresponsables ya llevaban quince minutos de retraso. Les advirtió que se iría a penas pasara el primer minuto, y aún sí, no pudo hacerlo. Golpeteó ambos dedos índices contra el volante, buscado así contener su impaciencia.
Suspiró con cierto alivio al alzar su mirada hacia el retrovisor central ubicado dentro del jeep, habían llegado.
—Siento mucho la tardanza —la primera en hablar fue Sango.
—Ya suban de una vez —ordenó con fastidio.
Ambas asintieron para luego obedecer la orden del afeminado chico. Jakotsu encendió el vehículo al apenas oír el chocante ruido de las puertas cerrarse. Partió a toda velocidad.
—Gracias por esperar —agradeció Kagome al haber recobrado toda su respiración.
—No fue nada. —dijo al observarla de manera fugaz. La joven desvió la mirada, pues había estado mirándolo por el retrovisor al haber tomado asiento tras él; en los asientos traseros de ese costoso jeep.
Una incomodidad se ubicó en el centro del pecho de la joven, ¿seguiría para siempre molesto con ella? Porque no era el momento para pelear ni discutir. Posó su mirada hacia el exterior, viendo las casas que poco a poco comenzaban a desaparecer, dándole la bienvenida a la fría carretera. Los últimos besos con el albino se presentaron en su mente, el compañerismo regalado y las caricias que le había permitido un par de días atrás. El rostro decepcionado de InuYasha se presentó y la vergüenza y descaro surgió en su interior… ¿Qué se suponía estaba haciendo?
Los minutos pasaron y la conversación era muy vaga y casi sin sentido. Jakotsu sólo hablaba con Sango, y estaba ignorando a Kagome. Los únicos momentos en los que la joven se permitió abrir los labios era cuando la castaña hacía preguntas que iban directamente dirigidas a ella. Se sintió una extraña.
El silencio se adueñó completamente de la carretera. Jakotsu mantenía su mirada fija en la huella que lo llevaría a su destino. Sango se acomodó como pudo en el asiento de copiloto, quedándose dormida. Mientras que Kagome miraba la desértica carretera, acompañada por la poca neblina que se aparecía a ciertos momentos.
El fuerte sonido de uno de los móviles se hizo protagonista del momento, atrayendo así, la atención de Jakotsu tanto como la de Kagome, quienes dieron con las pantallas de sus celulares. No era ninguno de lo de ellos.
Jakotsu lanzó con descuido su móvil hacia el tablero del auto, mientras que la piel de Kagome se fue destensando poco a poco, el nerviosismo la invadió por un breve momento al tan solo imaginar que podrían ser sus padres, o peor aún, el albino con el que había prometido reiniciar. ¿Qué pensaría InuYasha de ella ahora? No la perdonaría jamás, estaba segura.
—¡Sango! —la alzada voz de Jakotsu atrajo su atención para luego posar su mirada en la dormida castaña.
—¿Eh…? —despertó alterada al oír su nombre ya que había estado relajada durmiendo —¡¿Por qué demonios me despiertas de esa manera?! —rugió.
—Contesta tu estúpido celular —pidió también un poco alterado.
Sango pescó el pequeño bolsón que había dejado junto a sus pies en el pequeño espacio que se hacía entre el asiento y el tablero, para luego saca el ruidoso objeto tecnológico y mantenerlo entre sus manos, guardó silencio. La mirada de Kagome tanto como la de Jakotsu se posaron en la castaña al percatarse que el sonido de ese móvil no se había detenido.
—Es Miroku —les dijo sin sacar su mirada del aparato.
—No contestes. —pidió, o más bien, ordenó el chiquillo de alborotados cabellos al poner su mirada nuevamente en la pista.
Sango miró a Kagome quien también la veía, esperando le dijera algo.
—Es mejor que no lo hagas, que no se entere que vamos para allá. —aconsejó. La preocupaba mucho que InuYasha se enterara y llamara a Miroku sabiendo muy bien que éste le contaría todo, tarde o temprano InuYasha se enteraría de todo pero no quería pensar en eso ahora.
—Bien. —aceptó Sango al soltar un suave suspiro, presionando el pequeño botón al costado del aparato, el cual haría que se silenciara.
•
•
•
Se arregló lo más que pudo antes de salir, quería lucir guapo para cuando ella lo viera, y, si iban a recomenzar, quería que fuera de la mejor de las maneras. Tenía todo listo para ese día.
—¡InuYasha! —exclamó una sonriente Naomi al verlo de pie frente a ella.
—Hola… —dijo y se sintió tonto al verse tímido —¿se encuentra Kagome? —preguntó.
—Salió con Sango —dijo y el albino frunció el ceño, extrañado—. Pero puedes esperarla —invitó al extender la puerta para que entrara.
—Muchas gracias. —agradeció al internarse al interior de esa humilde y sencilla pero acogedora casa.
—¡InuYasha! —nombró animado el más pequeño de los Higurashi.
—Sōta —dijo de igual manera el ambarino al desordenar el lacio cabello del niño.
—Toma asiento —dijo Naomi e InuYasha obedeció—, ¿quieres algo de beber? —ofreció.
—No, gracias —se negó al acomodarse junto al hablador niño.
—Bien, estaré en la cocina si se les ofrece algo —avisó antes de retirarse. InuYasha asintió.
Sōta le comentaba inquietamente sobre el infantil programa de televisión que había sintonizado, el cual sería una maratón. InuYasha rascó la parte baja de su barbilla, ¿acaso Kagome había olvidado que iría por ella?
—¿Hace cuánto que se fue tu hermana? —preguntó al niño que parecía hipnotizado en el televisor.
—Como hace una hora.
—¿Y no sabes a qué fue?
—No en realidad, pero creo que deben ser cosas de mujeres; ya sabes, comprar, reír y hablar mucho.
InuYasha parpadeó desconcertado, ése niño a veces podía ganarle considerablemente en madurez. Sonrió al verlo.
Sacó el móvil del bolsillo de su pantalón… ¿debería llamarla? Negó en silencio, quizás, necesitaba tiempo para hablar a solas con Sango. Volvió a guardarlo, ya llegaría, y apenas lo hiciera, se la llevaría con él.
•
•
•
Una vez en Tokio Jakotsu avanzó por las calles de la zona más acomodada de la ciudad, deteniéndose en un lujoso edificio.
—Buenas tardes —saludó uno de los conserjes que se ubicaban en la entrada al edificio, el cual estaba rodeado por amplias y limpias áreas verdes, y estas mismas, por enormes y gruesos barrotes metálicos. Un lugar extremadamente seguro.
Una vez ya en el interior del lugar, Jakotsu buscó entre sus cosas, sacando de ellas una pequeña tarjeta color azul, la misma que deslizaría en una máquina y alzaría uno de las tantas cortinas metálicas en la zona baja del edificio, descendiendo por la particular huella diseñada llevándolo a internarse en un semi-obscuro terreno, estacionándose segundos después.
—Saquen sus cosas —dijo al presionar un botón que abriría el maletero del jeep.
—¿A dónde vamos? —preguntó Sango al comenzar a sacar sus cosas junto a la azabache.
—Nos quedáremos aquí por unos días. —informó al comenzar a caminar hacia la zona de los ascensores.
Los tres entraron al frío lugar y una vez en el interior, Jakotsu presionó el número once de ese tablero semi-iluminado con suaves luces amarillas.
—Por aquí —indicó al abandonar de los primeros el reducido lugar.
Volvió a buscar entre sus cosas, sacando de ahí una llave aferrada a un particular llavero con la inicial "M". Abrió la puerta.
—Entren. —pidió y ellas obedecieron.
Una amplia sala adornada con modernos muebles, un largo y, aparentemente, cómodo sillón de grueso cuero obscuro en forma de letra "L" se ubicaba en la sala, junto a él dos elegantes sitiales del mismo material pero con patas y respaldo de cuidada madera tallada. Una circular mesa de centro y sobre ella, en el techo, una hermosa lámpara de cristal. Más al interior un amplio comedor cuadrado de ocho sillas. Libreros, floreros con vivas plantas y lindos cuadros adornaban el lugar, haciéndolo sentir acogedor a pesar de lo grande que era.
—Pueden ponerse cómodas, hay dos habitaciones más por allá —Jakotsu indicó con su dedo hacia el corredor que las llevaría. Él se había dirigido a la cocina por algo de comer.
—¿De quién es este departamento? —se atrevió a preguntar la azabache.
—De Bankotsu. —contestó llamando la atención de ambas féminas. Sabían bien que el moreno constaba de varias propiedades pero el departamento en el que estaban parecía como si estuviese habitado, muy cuidado.
—¿Y quién vive acá? —preguntó Sango al percatarse de la frescura que demostraban aquellas plantas que vivían en ese lugar.
—El viejo encargado del recinto se hace cargo del departamento. —comentó al restarle importancia. La castaña se paró correctamente.
—¿Entonces… Bankotsu nunca lo habitó? —cuestionó curiosa.
—No —respondió al dirigirse al mueble pegado en una de las paredes de la cocina—. Éste departamento fue el primero que Bankotsu logró comprar —contó y su mirada se posó en la de la azabache—, era para su madre.
La piel de la joven se erizó tontamente al percatarse de la situación. Bankotsu había mantenido ese lugar con la ilusión de que algún día su madre viviera cómodamente ahí, se equivocó, pero la pregunta era… ¿por qué no se desprendía de él? Su madre ya estaba muerta, de qué le servía seguir torturándose de esa manera, ¿tan mal se sentía? ¿cómo lo hacía para no demostrarlo? Negó en silencio, no lo conocía para nada.
•
•
•
—Creo que debe ver esto —pidió uno de los oficiales.
Miroku frunció el ceño al ver el diminuto objeto color piel resguardado en una bolsa plástica, sabía bien qué era ¿acaso…?
—Tiene un audio que le interesará —volvió a hablar el hombre que había trabajado en la autopsia de Kagura.
Miroku tomó asiento mientras que el sujeto le entregaba unos blancos guantes quirúrgicos para no dejar marcas o contraer algún tipo de infección, evitando así cualquier tipo de evento.
—¿Usted…? —preguntó y el hombre asintió.
—Al parecer la joven tenía todo preparado —añadió.
Miroku insertó el diminuto objeto en la zona superior de su oído y poco a poco sus ojos comenzaron a abrirse en sorpresa. Bankotsu era inocente de la muerte de su colega.
•
•
•
Ingresó al baño y humedeció su rostro.
—Se está haciendo tarde —comentó el albino al fijar su mirada en la hora establecida en el reloj de su celular.
Posó ambas manos en el borde del lavabo y una extraña sensación recorrió su espina dorsal, una de preocupación.
—Kagome… —mencionó al observar su reflejo en el espejo.
•
•
•
El móvil de la castaña volvió a sonar y Kagome la observó atentamente.
—Es miroku. —dijo y la piel de la joven se tensó.
—Contesta. —pidió.
La castaña tragó la saliva contenida, poniéndose de pie para permitir la llamada entrar.
—¿B-Bueno…? —su voz le jugó una mala pasada.
—Sango, llevo rato tratando dar contigo, ¿dónde estás? —preguntó.
—E-Estoy en Tokio. —informó al posar su mirada en la joven de orbes chocolates.
—¿Cómo que estás en Tokio, qué haces aquí?
—Ya debes imaginarlo.
—¿Vienes por él?
—Sí.
—¿Dónde estás? Necesitamos hablar. —pidió.
—Te mandaré la dirección por mensaje, ¿de acuerdo? —ofreció.
—Bien. —agradeció antes de cortar la llamada.
Sango escribió rápidamente la dirección acordada, y luego de enviar el mensaje, dejó el móvil sobre la circular mesa de centro para ir y sentarse junto a Kagome.
—¿Qué pasó? —preguntó curiosa.
—Viene para acá —contó y la joven temió—, no creo que sean malas noticias, de lo contrario, me lo hubiese dicho por teléfono. —dijo intentando darle ánimos.
Luego de unos minutos el teléfono que conectaba con la garita del conserje en las afueras del edificio llamó, Miroku había llegado pero necesitaba la aprobación de los presentes en el interior del departamento para ingresar, y luego de eso, el timbre sonó en la puerta principal de ese amplio departamento.
—Es él —dijo casi en un susurro al ver por el pequeño agujero acusador y dirigir su mirada hacia Kagome.
La azabache tragó la espesa saliva contenido debido al nerviosismo que experimentaba.
—Hola —la femenina voz de Sango se oyó.
—Hola —habló Miroku al acercarse y besar parte de su mejilla.
—Adelante —invitó a pasar y Miroku obedeció.
—¿Qué haces a-…? —quiso preguntar pero su voz se pausó al reconocer a la novia de su amigo de pie frente a él.
—Ho-hola —dijo ella con vergüenza. Miroku desvió su mirada hacia la castaña, era obvio que estaban juntas.
—¿Qué haces aquí? —preguntó al mirarla fijamente. Quería saber de sus labios sus intenciones.
—Y-Yo… —intentó decir al fijar su mirada en su amiga quien había cerrado la puerta tras ellos.
—Viniste por él —quiso cuestionar pero su tono sonó más certero de lo que deseó, la atmósfera pareció volverse tensa.
—S-Sí. —aceptó.
—¿InuYasha lo sabe? —habló creyendo saber ya la respuesta.
—No —la voz de Sango quebrantó el tenso ambiente—. Y creo que Kagome no tiene por qué darle explicaciones. —defendió sin sonar agresiva.
—Bien… —dijo al encogerse de brazos—. Si crees que es lo correcto. —le restó importancia al pasar por su lado.
—Toma asiento —invitó Sango al llamar con la mirada a la azabache para que de igual manera lo hiciera. Los tres se sentaron en la elegante sala.
El carraspeo de una garganta media masculino se hizo presente en el lugar, llamando la atención de los presentes en esa amplia sala. Los tres voltearon a ver a un Jakotsu debidamente peinado, pues una vez que su pelo se secara volvería a tener sus desordenados cabellos.
—Buenas tardes —saludó al alzar una de sus cejas.
—Buenas tardes. —saludó el joven de azulina mirada.
—Jakotsu… —nombró Sango—, él es Miroku Moushin —comentó para luego hacer una pausa—. Es un detective de la brigada policial.
—¿Qué…? —preguntó con serio desconcierto.
—Pero no tiene nada que ver con Naraku —corrigió los pensamientos que su amigo debería de tener.
—¿Eres uno de los que atrapó a Bankotsu?
—No tuve el placer de hacerlo. —sonrió de medio lado.
—¿Y qué haces aquí? —preguntó al tomar asiento junto a Kagome.
—Quiero hacer un trato con él. —contó Miroku.
—¿Y por qué no vas con él? —continuó debatiendo el chico.
—Porque le han añadido otro crimen —dijo y todos miraron con interés.
—¿Qué cosa…? —preguntó apenas audible la joven azabache.
—El asesinato de una oficial. —dijo al juntar sus manos al apoyarlas en sus rodillas.
—¿De quién…? —preguntó ahora Sango.
—Mi colega, Kagura —respondió y los presentes parecieron ser bañados en sorpresa. El rostro de la castaña pareció desfigurarse ante la respuesta de Miroku.
—Eso es imposible —debatió Sango.
—¡Por supuesto que lo es! —alzó la voz un indignado Jakotsu —Bankotsu pudo haber asesinado a cualquier otro estúpido policía pero no a ella. —defendió fielmente.
Arrastró sus manos con fastidio por su rostro, agotado, irritado y confundido. Su hermano estaba siendo culpado por tráfico humano y ahora... ¿asesinato de un oficial? ¡Cielos, hablaban de Kagura! Su pecho dolió, no eran mejores amigos pero habían compartido varios años conviviendo.
¿A Bankotsu le podría ir peor?
Kagome mordió el interior de su mejilla contendiendo los celos de las palabras dichas por Jakotsu, ¿por qué hablaba como si ellos tuvieran algo?
—Jakotsu sería incapaz de dañar a Kagura —escupió tajante lo último.
—Lo sé, lo sé muy bien porque la oficial Kagura hizo un trato conmigo. —aceptó las defensas que el joven le daba.
—¿Qué tipo de trato? —consultó la castaña.
—Ella me ayudaría a atrapar Naraku a cambio de la libertad de Bankotsu.
—Un trato justo. —dijo Jakotsu.
—No justo para Kagura. —debatió Miroku al mirarlo fijamente.
—Y ahora que ella no está… —la atención de todos fue llamda por la voz de Kagome, quien se había mantenido en completo silencio— ¿ayudarás a Bankotsu?
—Me temo que mantenerlo en libertad será la única manera en que me ayude a atrapar a Naraku. —afirmó y una leve sonrisa se posó en los labios de Kagome, su corazón golpeteó con emoción.
Sango se alegró por su amiga, y al verla, sabía lo emocionada que estaba. Kagome merecía ser feliz.
—¿Puede verlo? —preguntó de pronto y Miroku pareció desentendido.
—¿Qué cosa?
—Que si Kagome puede ver a Bankotsu, quizás si la ve, puede que quiera ayudarte sin pedir mucho a cambio. —intercedió buscando persuadirlo.
—No creo que sea posible pero… —hizo una breve pausa para luego verla a ella, a Kagome —puedo intentarlo.
—Te lo agradecería mucho —habló la joven de obscuros cabellos.
—Déjame hacer mis averiguaciones y te mantendré informada. Si queremos que Bankotsu salga libre, tiene que ser antes del fin de semana; antes de que sea formalizado en el tribunal. —añadió. Kagome asintió, esperanzada de que la suerte esa vez estuviese de su lado.
Un par de horas más pasaron y el móvil de la joven no sonaba, no había tenido noticias de Miroku para nada. ¡Dijo que la mantendría informada! Cielo… ¿Qué esperaba?
Se sentó a los pies de esa amplia cama estilo "king" que dominaba en el cuarto, sonrió al sentir inquietas mariposas en su interior. Suspiró agotada, tenía tantas ganas de verlo que no siquiera se había acordado de lo que había dejado inconcluso en Sendai. Amaba a Bankotsu, nunca había dejado de hacerlo… ahora lo aceptaba y no le daba pena demostrarlo a quien fuese.
El sonido musical de su móvil quebrantó todo pensamiento de la cabeza de la azabache, se acercó rápidamente a él y sonrió al ver el nombre de Miroku en la pantalla.
—Miroku —nombró con seguridad.
—¿Tienes un papel para anotar? —preguntó y la joven buscó como una completa intrusa en los cajones de los muebles junto a la cama, dando con lo que buscaba.
—Sí. —dijo para luego anotar la dirección dada por el joven de azulina mirada.
—Te estaré esperando a esa hora en la dirección indicada —dijo para rogar por su puntualidad.
—¿No te meterás en problemas? —preguntó al preocuparse por él.
—No. La persona que me ayudará es un fiel amigo, a esa hora estará de turno, es por eso que te pido no llegues tarde. —agregó una vez más.
—Muchas gracias Miroku.
—Es por mero interés en común —corrigió, haciendo que la chica sonriera del otro lado de la línea.
—Gracias de todas formas.
Luego de eso finalizó la llamada y siguió sonriendo tontamente, vería a Bankotsu, después de varias semanas volvería a verlo. El móvil de la chica nuevamente anunció una llamada y Kagome sonrió, ¿había olvidado decirle algo?
—¿Dónde estás? —la seria voz hizo que todo su cuerpo se tensara y su corazón se pausara brevemente. ¡Dios! Era InuYasha.
¿Qué debía decirle?
—Kagome —nombró haciendo que la chica volviera a la realidad.
—Inu-Yasha —intentó sonar calmada pero sus cuerdas vocales no acompañaron sus intenciones.
—¿Dónde estás? —volvió a cuestionar al no recibir anterior respuesta —¿Tienes idea de cuánto tiempo llevo esperando en tu casa? —la sorpresa se posó en el rostro de la joven —Pronto anochecerá, es peligroso que andes en las calles a estas horas. Te iré a buscar ahora mismo. —añadió.
—No InuYasha —detuvo las claras intenciones del albino.
—¿Qué demonios Kagome? —dijo con fastidio.
—N-No puedes ir por mí. —negó y sintió cierta presión instalarse en su pecho.
—¿Por qué…? —preguntó y la impaciencia empezaba a adueñarse de él —¿A qué hora pretendes llegar?
Kagome suspiró hondamente, intentando darse el suficiente valor para encarar esa inesperada llamada, entonces pensó que, quizás, si hubiese visto el nombre anunciado en la pantalla de su celular lo hubiese ignorado. No estaba preparada como ella creía.
—¿Dónde estás? —volvió a preguntar y esta vez su voz sonó dura.
—No estoy en Sendai. —respondió.
—¿Pero qué mierda…? —mencionó y la garganta de Kagome se secó
—Lo siento mucho InuYasha…
—¿Fuiste con él…? —la encaró.
Ella guardó silencio, avergonzada de lo que estaba causando.
—¿Fuiste a verlo a él?
—No sigas por favor.
—Está preso Kagome, no es un buen tipo —le recordó intentando hacerla entrar en razón.
—No me importa. —lo defendió haciendo despertar los celos que el albino había mantenido dormidos.
—Es un maldito bastardo, no puedes estar con alguien como él.
—Basta InuYasha…
—¡¿Basta…?! —cuestionó eufórico y Kagome apretó sus ojos nerviosa al oír su alzado tono de voz —¡Maldición Kagome! Ni tú eres tan estúpida como para saber que él no es para ti.
—Lo siento… —fue lo único que escapó de sus labios al presionar el pequeño botón que terminaría finalizando su conversación con el albino.
Se sentó pesadamente junto a la cama en la que había estado de pie. ¿Se estaba equivocando?
Las lágrimas comenzaron a adueñarse de sus ojos y al primer pestañeo estas descendieron por sus mejillas… estaba asustada.
•
•
•
—¿Y hace cuánto tiempo qué fuiste transferido a ésta comisaria? —preguntó Miroku al sentarse en la silla de una de las oficinas.
—Después que a usted lo suspendieron. —dijo Hōyo.
—Con razón no te vi en mi regreso.
—Supongo que Naraku quería deshacerse de todo lo que obstaculizara su paso, ¿no?
—Es lo más probable.
Hōyo había sido transferido a esa comisaria por recomendación de su superior; Naraku Ikeda. Pero jamás contó con que el moreno llegaría a esa brigada, donde Miroku contaba con un fiel aliado.
—¿A qué hora llegarán?
—Supongo que deben estar por hacerlo —respondió al mirar el reloj de su muñeca.
El móvil de Miroku sonó, respondiendo así una llamada de parte de la castaña, quien le contaba que ya estaban en el exterior del lugar.
—Las estaré esperando una cuadra más allá —indicó Jakotsu al verlas bajar del jeep.
—Bien. —dijo Sango al cerrar una de las puertas.
Jakotsu asintió antes de dirigirle una mirada de aprobación a Kagome, el deseo por ver a su casi hermano era enorme pero sabía bien que él preferiría mil veces verla a ella.
—¿Estás lista? —preguntó Sango.
—Nerviosa. —dijo la joven.
Ambas caminaron hacia la entrada de la comisaria hasta atravesar las amplias puertas. Miroku ya estaba de pie esperándolas.
—La visita debe ser bien precisa, dile lo necesario y sal pronto. —explicó al sostener su mano sobre el hombro de ella.
—¿Hay más delincuentes en el interior? —preguntó nerviosa.
—No. Él es el único sujeto buscado al que tendremos que formalizar el lunes así que… es el único en esas celdas. —dijo refiriéndose al sótano en el que resguardaban a los sujetos más peligrosos.
Kagome asintió, y luego de despedirse de Sango, siguió los pasos del oficial a cargo esa noche.
Bajó las largas escaleras que la llevarían hacia el moreno, la puerta era amplia y el rechinido de las bisagras era molestoso, observó la humedad en el lugar y una extraña sensación recorrió su piel, lástima, tal vez.
—Está en la última celda. —dijo al señalar el interior. Kagome asintió al de un paso al frente y luego mirarlo.
—Muchas gracias —observó el apellido del joven a un costado de esa camisa policial para luego internarse en el interior.
Su mirada se posó en la puerta que poco a poco comenzaba a cerrarse, dejando ver un lúgubre lugar. Sus pasos fueron calmos y al acortarse cada vez más la distancia, sus manos comenzaron a tiritar, al igual que sus piernas.
Su corazón se detuvo al verlo sentado y con su cabeza ligeramente recargada en la pared, ¿estaba durmiendo? Posó ambas manos sobre los barrotes que la separaban de ese anhelado ser, quiso tocarlo.
—B-Bankotsu. —nombró y su labio inferior tembló con ganas de quebrarse.
Sabía bien que algún estúpido oficial iría nuevamente a fastidiarlo y recriminarle todo lo causado. Lo ignoraría completamente pero se extrañó al no oír alguna voz masculina y levemente autoritaria.
« Bankotsu… » Sus ojos se abrieron abruptamente y su corazón amenazó con detenerse, ¡maldición! ¿Acaso deseaba tanto tenerla junto a él que hasta estaba imaginando su voz? Se sintió un completo idiota al tener tanta debilidad por esa chiquilla.
« Bankotsu… » Una vez más la voz de la joven se oyó en su cabeza pero, esta vez, se sintió más fuerte que la anterior. Alzó su cabeza, sin importar lo estúpido que pareciera.
Las manos de Kagome hicieron presión contra los barrotes de la celda, pensando que la estaba ignorando. Lo vio alzar la cabeza y en ese preciso momento sus miradas hicieron pleno contacto.
Se sentó correctamente apenas la vio, estaba ahí, frente a él pronunciando su nombre. Se puso de pie y se acercó a ella. Kagome no se movió de su lugar.
Alzó sus pupilas en dirección al moreno debido a las diferencias de estaturas, lo miró detalladamente mientras que él parecía serio. Kagome tragó duro.
—¿C-Cómo es-…? —deseó preguntar pero la sequedad de él la detuvo.
—¿Qué haces aquí? —interrumpió. La piel de la joven se tensó al oír el frío tono que él empleo.
—Vine a verte —dijo con cierto nerviosismo.
—Yo lo hiciste, ahora lárgate. —escupió al hacer un movimiento con su cabeza en dirección a la salida.
Kagome sintió como si su corazón fuese estrujado por miles de demonios al mismo tiempo; demonios de enormes, largas y filosas garras siendo enterradas. ¿Por qué estaba actuando así? mordió el interior de su mejilla, haciendo su mayor esfuerzo en contener las enormes ganas que tenia de llorar. Su garganta dolió y su mirada poco a poco se distorsionó.
—No. —dijo segura pero en voz baja, con su mirada oculta bajo ese grueso flequillo.
Bankotsu posó ambas manos sobre los mismos barrotes en los que ella afirmaba pero a una altura considerable, lejos de hacer contacto con las manos de ella.
Observó detallada y fijamente el inocente ser frente a él y su estúpido corazón se agitó inquietamente, nuevamente volvía a sentir esa necesidad casi desesperante de tenerla a su lado… sólo para él. Tenía tantas ganas de besarla y decirle lo mucho que la extrañaba y deseaba pero… ella había rearmado su vida, una vida con aquel imbécil, echándolo a él al obscuro abismo del olvido como si fuese cualquier vaga escoria. Hizo presión contra los gruesos barrotes en sus manos, frustrado. Quizás, hasta el otro patético sujeto estaba afuera, aguardando por ella, eso lo molestó aún más.
—No iré a ninguna parte. No volverás a alejarme de ti. —volvió a susurrar en voz baja y la piel del moreno se erizó al oírla y sentirla firme de su decisión.
Se maldijo internamente al dejar su cuerpo ser influenciado por las palabras de la chiquilla frente a él… ¡Maldición! Se sentía como un mocoso en plena pubertad frente a ella y eso lo irritaba de sobre manera. ¿En qué preciso momento ese sentimiento se instaló en él?... No tenía idea.
—¿Qué demonios haces aquí? —preguntó al soltar la pesada respiración anteriormente contenida.
—Vine a verte. —repitió, esta vez, mirándolo con seriamente a los ojos.
—Ya lo hiciste. —una vez más contradijo sus sentimientos, al mismo tiempo que tensaba la mandíbula y alzaba una de sus cejas.
La joven se dio por vencida y desvió su mirada, ¿qué estaba pasando? No pensó que el verlo nuevamente sería así… tan frío.
—¿Tú novio sabe que estás aquí? —una punzada se clavó en el pecho de ambos ante aquel cuestionamiento, ambos dolidos de distintas maneras.
—Eso no viene al caso. —Kagome respondió sin alzar la mirada.
—Te hice una pregunta —insistió al posar su mano en la zona baja de la mandíbula de la azabache, obligándola a verlo—, responde.
Los ojos de Kagome se cristalizaron al mismo tiempo que su garganta comenzaba a secarse.
—Suéltame…
—No hasta que respondas mi pregunta.
—Suéltame.
—¿Lo metiste en tu cama? —cuestionó y la rabia a una positiva respuesta se posó en sus molares.
—Bankotsu —nombró. Comenzaba a sentirse realmente herida ante las palabras del de mirada azulina.
—¡Maldición Kagome! —alzó la voz al mismo tiempo que la soltaba con poca delicadeza y se volteaba, no deseaba verla.
La joven retrocedió un par de pasos, chocando con la muralla tras ella, posando ambas manos en la zona en el que él había hecho cierta presión; no la lastimó pero verlo así dolió más que cualquier otra cosa.
Lo vio alejarse de ella y temió que no la quisiese ver jamás. La prisión, la soledad y los malos pensamientos pudiesen que le estuvieran jugando una mala pesada, haciéndola quedar como la antagonista de aquella situación. Negó en silencio, no permitiría que él se llevara una imagen errónea de ella.
—Bankotsu… escúchame, por favor. —pidió al acercarse una vez más al moreno.
—¿Tienes idea de lo preocupado que estaba por ti? —le cuestionó al girarse a verla —Vine a Tokio para acabar con todo y empezar una vida contigo… y mira donde estoy. —habló dolido al alzar ambas manos enseñándole el reducido lugar.
Ella bajó la mirada, sintiéndose mal por las palabras del moreno.
—L-Lo siento —dijo al apoyar su cabeza contra uno de los fríos barrotes y él se acercó. ¡Demonios! Era tan débil frente a ella, aunque jamás lo demostraría.
Acortó la distancia entre ambos, apoyando su cabeza de la misma manera en la que ella la tenía, soltando un pesado suspiro, estaba cansado.
—Esto no debería ser así —comentó sin levantar su cabeza.
—Quizás esto nunca debió pasar… —ella alzó la mirada, desentendida, ante lo soltado por los labios de moreno—; esta mierda entre tú y yo.
—Eres un maldito —habló negando con su cabeza y sin quitarle la mirada de encima.
—En eso estamos de acuerdo —aceptó sonriendo de medio lado.
Kagome lo oyó sorprendida, ¿tanto esfuerzo para qué… para que la tratara de esa manera? Empuñó ambas manos al mirarlo claramente decepcionada, dolida.
—Eres tan estúpido —se quejó con intenciones de largarse y rescatar la poca dignidad que a esas alturas todavía le quedaba, pero el ágil movimiento de mano de Bankotsu la detuvo. Ella posó sus ojos en la firme mano de él en la delgadez de su brazo.
—Y tú eres patética. —¡maldición! nuevamente se estaba comportando como un pendejo en plena pubertad sin saber bien por qué lo hacía, quizás los celos lo estaban cegando y haciendo comportar de una manera bochornosa e infantil.
—Suéltame —exigió al intentar deshacer el contacto con él.
—¿Te molesta que te toque? —preguntó y su interior volvió a doler.
—¿Pero qué cosas dices…? —cuestionó indignada.
—¿Y si fuera tu novio, te quejarías? —sin darse cuenta presionó sus dedos contra el delgado brazo de la chica.
—Me estás lastimando —dijo y su voz se quebró, no supo si fue por el agarre o el modo en el que le hablaba.
Bankotsu cayó en cuenta de lo que había causado, arrepintiéndose rápidamente. ¡Joder! Deshizo lentamente el firma agarre, maldiciéndose por lo bestia que a veces podía comportarse, él no era digno de ella, lo sabía bien, solo la dañaría pero… mierda, no podía dejarla.
—Kagome… diablos, lo siento —pronunció aquella palabra casi desconocida para sus labios.
Ella sobó con delicadeza aquella extremidad antes dañada, y aun así, no se movió del lado del moreno.
—Kagome… —nombró y la desesperación al ser ignorado por ella comenzaba a preocuparlo —Kagome…
—Dejé todo en Sendai para venir a verte, ¿sabes lo que eso significa? —dijo en voz baja.
El moreno respiró profundamente, sí dejó todo, eso significaba que lo prefería a él, ¿no? se encontró como el ser más egoísta del mundo al darse cuenta de saberla sola, sola para él.
—Kagome… —se acercó y posó una de sus manos en aquella blanca mejilla de ella.
La joven se dejó influenciar por el suave contacto que Bankotsu brindaba contra su mejilla, cerró los parpados y un par de rebeldes lágrimas descendieron de sus ojos. Había deseado tanto sentirse así con él.
—Tienes que salir de aquí —rogó y la piel del moreno tembló ante el pedido que ella le hacía.
—No es tan sencillo. —dijo con intenciones de hacerle ver lo complicado que eso era.
—Hay una posibilidad —mencionó y la atención del moreno se posó en ella.
—¿Cuál?
—Un trato.
Bankotsu la miró fijamente, posando ambas manos en las mejillas de la joven, atrayéndola hacia él. Esos malditos barrotes no le impedirían besarla.
Las lágrimas de Kagome volvieron a hacerse participe de la situación al sentir el cálido contacto de los labios del moreno en los suyos, deseaba tanto estar así con él, que en ese momento, solo eso le bastó. Abrió los labios, permitiendo que la lengua del joven de ojos azules visitara el interior de su húmeda y cálida boca.
El moreno hundió toda su lengua en la boca de Kagome, rozándose contra la de ella con desesperación, tenía preguntas que deseaba hacerle pero las dejaría para después, quería disfrutar ese momento con ella, por más mínimo que ese fuera.
Sintió su miembro dar un tirón y ambas respiraciones, tanto la de Bankotsu como la de Kagome, se hicieron pesadas, golpeando cada uno parte del rostro del otro. Como pudo la atrajo hacia él, apegando su dura virilidad contra la plana pelvis de ella… ¡diablos! La necesitaba tanto.
Kagome se dejó llevar por la atmósfera que él había creado, haciendo que de sus labios se escapara un gemido, muriendo dentro de los labios de Bankotsu.
El de ojos azules se alejó poco a poco, para así verle el ruborizado rostro, le encantaba. Sus manos seguían puestas en las mejillas de la azabache y la de ella sobre la de él.
—Te amo. —susurró Kagome al apegar su cabeza contra uno de los barrotes.
—Yo también lo hago. —aceptó sin vergüenza alguna.
Pronto Kagome le explicaría todo el plan que conversado con la gente en el exterior, disiparía las dudas del moreno y le rogaría por mantener su palabra de no volver a ensuciar sus manos.
Bankotsu aceptó cada pedido de su fiel azabache.
—Será mi segunda noche en este lugar —dijo sin sacarle los ojos de encima.
—Esperemos que sea la última —dijo tranquila pero deseaba ser optimista.
—Mantente cerca de Jakotsu, no quiero que andes sola.
—Lo haré.
—Si todo sale bien, y el plan sigue su marcha, mañana saldré y nos iremos lejos; solos tú y yo. —dijo sonriendo de medio lado y la piel de Kagome fue recorrida por una agradable sensación.
—Es lo único que quiero. —aceptó ignorando tontamente las explicaciones que aun debía.
El tiempo de visita terminó y Kagome tuvo que despedirse del moreno, sin antes volver a recordarle el pronto trato pactado.
Bankotsu sonrió de medio lado, si todo salía bien podría reivindicarse y comenzar de cero con ella, darle una vida digna sin mentiras ni sufrimientos, algo limpio y real.
•
•
•
Llegaron al departamento y Kagome seguía pensando en lo sucedido, ¡Dios! No podía creer que volverían a estar juntos y ya nada ni nadie los separaría nunca más.
Ya era tarde, le dio las buenas noches a Sango y a Jakotsu e iría a dormir, estaba realmente agotada tanto de manera física como mental. Se acostaría y pronto se dejaría llevar por los poderosos poderes del Dios de sueño, abandonando la realidad.
. .. … .. . .. … .. .
—¿Pero quién será a estas horas? —reclamó Jakotsu al ver a Sango observar por el agujero puesto en la puerta.
—No veo bien —dijo casi en un susurro.
—Pues abre entonces. —se acercó y abrió la puerta con seguridad.
—No pude detenerlo —dijo Miroku apenas se abrió la puerta.
—¿InuYasha? —nombró una sorprendida Sango.
—¿Dónde está? —entró caso eufórico al interior de ese departamento.
Estaba molesto con todos, en especial con el traidor de Miroku que había querido ocultarle información. Tuvo que amenazarlo con que lo acusaría a la institución por su sucio pasado como un completo pervertido, algo muy bajo para un oficial tan prudente como lo era Moushin.
—¡Oye! —se quejó Jakotsu al verlo ingresar con demasiado confianza.
—¡¿Dónde mierda está?! —alzó la voz y esta vez sonó alterado.
—¿Qué demonios pretendes? —inquirió la castaña.
—No es tu maldito asunto. —discutió.
—Claro que lo es.
—Sólo dime dónde está, quiero hablar con ella.
—Porque no le dices dónde está para que se quede tranquilo —habló Miroku ganándose una retadora mirada de parte de la castaña—; él no haría nada que la dañara.
—Última puerta a la izquierda —dijo Jakotsu al cruzarse de brazos y rodar los ojos.
InuYasha soltó el aire y se encaminó a la dirección indicada, tenía que verla.
—Ya hasta se me espantó el sueño. —se quejó al dirigirse a la cocina por algo de comer.
. .. … .. . .. … .. .
Abrió lentamente la puerta cerrando de la misma manera tras él, esta vez, con seguro, no quería interrupciones, estaba cansado de juegos; de los estúpidos juegos en lo que Kagome lo hacía participar, haciéndolo quedar como un completo idiota.
Se acercó a la cama y empuñó ambas manos al verla dormir tan pasiva y tranquila, como si estuviese feliz; una felicidad en la que, al parecer, él no era protagonista.
Se sentó en la cama junto a ella e intentó encararla, se abstuvo, se encorvó levemente y recargo sus antebrazos sobre sus rodillas, dejando caer las palmas de aquellas extremidades al aire. Su mirada descendió al sentirse estúpido, ella lo estaba haciendo quedar así.
Imágenes de ella y Bankotsu besándose se cruzaron por su mente, él recorriendo descaradamente su cuerpo y ella disfrutando de sus atrevidas caricias. La rabia comenzó a hervir en su interior y el hecho de pensar que Kagome podía ser de otra persona despertó su posesividad, aquella que era como la de un perro rabioso que cuidaba y protegía su territorio.
No pudo más contra eso.
Abrió rápidamente las frazadas con las que Kagome había conseguido abrigarse, lanzándose de manera ágil sobre ella. Los ojos de la azabache se abrieron de repente y su sorpresa se extendió al ver a InuYasha sobre ella, intentó removerse pero solo consiguió que el albino se deslizara entre sus piernas, satisfaciendo de manera artificial la necesidad que sentía de ella.
—¿Pero qu-…? —exigió al removerse bajo el cuerpo de InuYasha.
Él cubrió los labios al verla pretender alterarse.
—¿A qué demonios estás jugando? —preguntó y su ceño frunció ligeramente. Ella hizo lo mismo, completamente desentendida.
¿A qué se refería?
—Maldición Kagome… —dijo al cerrar los ojos, sin dejar de fruncir el ceño—, dijiste que recomenzaríamos, que lo harías conmigo; que estarías conmigo.
La joven intentaba abrir los labios bajo la fuerte presión de la palma de la mano del ambarino, quería hablarle, hacerle entender lo que sentía, quizás, podía entenderla. Nuevamente se removió bajo el imponente cuerpo de InuYasha, logrando solo excitarlo con el exquisito roce que la pelvis de ella le brindaba al ya tenso miembro del albino.
InuYasha bajó su cabeza en dirección al delgado cuello femenino, besándolo hambriento, deseando de ella. de cierta forma, le resultaba demasiado excitante tener su mano cubriendo los quejidos de Kagome, y con la otra, presionando ambas muñecas de ella, dejándola completamente vulnerable ante sus garras y salvajes deseos.
Kagome intentó de todas las maneras posibles liberarse del firme agarre de InuYasha, se sentía impotente al ser sometida ante esa violencia que él estaba empleando contra ella. Las lágrimas una vez más ese día se hacían presentes y se deslizaban por sus mejillas. Maldijo la situación, maldijo a todos por no ir por ella, maldijo a InuYasha, y por sobre todo, maldijo a su cuerpo por comenzar a reaccionar ante la posesión que el ambarino daba contra el mismo.
Los erectos pezones de Kagome se comenzaban a traslucir bajo esa holgada y delgada camisa de dormir, no soportó más y descendió hacia una de ellos, mordiéndolo con poca sutileza, dejando aquella prenda humedecida por toda su saliva, haciendo que el hermoso y femenino pezón de la joven se notara aún más.
—Nunca fuiste de él —le susurró en el oído—. Tu cuerpo me sigue perteneciendo, ¿cómo no lo ves? —le cuestionó mirándola fijamente a los ojos.
Su semblante lucía bañado en molestia, aunque las lágrimas se deslizaran de sus ojos. ¿Qué estaba pasando por la cabeza de InuYasha?
Poco a poco fue sacando su mano sobre los carnosos labios de la chica, deseaba tanto probarlos. Fue acortando la distancia entre los labios de ella y los de él hasta unirlos completamente. Intentó hundir su lengua en ella pero ésta no se lo permitió. ¿Hasta cuándo lo rechazaría? Presionó bruscamente uno de los redondos senos de ella con la mano que le había quedado libre, haciéndola gemir, y en esa oportunidad, hundir su lengua en ella.
—¡Mierda! —se quejó al sentir el amargo sabor de la sangre en su boca.
Kagome había logrado morder su lengua y así, empujarlo para luego liberarse completamente de las garras del perro de InuYasha.
—¿Qué pasa contigo? —preguntó una vez de pie al otro costado de esa amplia cama.
—¿Qué pasa conmigo? —repitió completamente indignado.
Kagome no se movió ni un solo centímetro del lugar en el que permanecía en pie, necesitaba saber el motivo de esa reacción. InuYasha no era agresivo a menos que tuviera sus motivos pero… ¿tratarla así, a ella?
—Dijiste que recomenzaríamos —le recordó.
—¿Y ésta es tu manera de recomenzar? —preguntó dolida.
—¿Y es la tuya? —debatió de igual manera.
Kagome guardó silencio aun de pie del ese lado de la cama.
—Debí haberte explicado bien la situación y quizás…
—Cállate —interrumpió tajante—. No tienes ni una sola justificación.
Se paró correctamente al lado contrario de la cama a donde ella estaba, caía en cuenta de lo que había hecho pero no se disculparía; él también tenía su orgullo, por más pisoteado que éste estuviera.
—El maldito día en que te pregunté si estabas segura para que nos diéramos una segunda oportunidad me dijiste: "lo estoy". —repitió y algo en su interior dolió al verse como un completo imbécil.
—Lo siento… —dijo al caer en cuenta de que se había equivocado —debí haber sido más clara…
—Por supuesto que debiste haberlo sido.
—Jamás fue mi intención dañarte InuYasha pero —intentó justificarse e hizo una pausa, debía ser honesta, por fuerte que eso fuera para él—, yo… yo lo amo.
El albino alzó su mirada directo a ella, encontrándose con la de una Kagome temblorosa y nerviosa. Estaba siendo sincera, lo sabía.
—Nunca fue ese estúpido síndrome —escupió—. Siempre supiste lo que sentías y no dijiste nada. Dejaste que hiciera el ridículo mientras amabas a otro.
La delgada chica de obscuros cabellos solo se limitó a morder el interior de su mejilla, a la vez que se cruzaba de brazos, ocultando así parte del pezón que InuYasha le había mordido anteriormente.
—Perdón… —musitó en voz baja.
—¿Perdón…? —interrumpió con notable sarcasmo, ¿se estaba burlando? —¿Eso es lo único que dirás?
—No puedo hacer nada más. —respondió cayendo en cuenta de lo duro, frío y calculador que eso sonó.
InuYasha desvió su mirada y una triste sonrisa se dibujó en su blanco rostro, había perdido lo que más le importaba, con quien se veía en algún cercano futuro, a quien creía había nacido para estar juntos.
—Él no es para ti. —fue lo único que escapó de sus labios al darle una última mirada.
Kagome suspiró al cerrar sus ojos y fruncir ligeramente el ceño. Caminó hacia su maleta y sacó un nuevo camisón para dormir antes de meterse al baño y cambiarse el humedecido por las salivas de InuYasha.
Había cerrado una etapa del libro de su vida, ¿por qué dolía?
. .. … .. . .. … .. .
—¡Hey InuYasha! —alzó la voz Miroku al ver salir a su amiga en dirección a la puerta de salido, ignorando a todas las personas presente.
—Algo malo debió haber pasado —dijo Sango al ver a Miroku que se ponía su chaqueta.
—O le dijeron algo que no esperaba oír. —comentó desde la sala Jakotsu.
—Mañana te cuento de lo sucedido con Bankotsu, está todo hablado con el fiscal Miōga y el resto del tribunal, solo nos falta la orden judicial para liberar a tu amiguito. Si las cosas salen bien, el tribunal le conseguirá una amnistía, tenemos pruebas suficientes para apresar a Naraku.
—Espero que sea así —dijo al dejarlo en la puerta del departamento.
—Así será… —dijo al acercarse a ella y depositar un casto beso en su frente.
Las mejillas de Sango se ruborizaron intensamente ante el gesto que Miroku había hecho, avergonzándola abruptamente.
—Nos vemos mañana. —dijo al alejarse y ya no esperar respuesta de los labios de la castaña.
Sango cerró la puerta tras ella, apoyando la cabeza sobre la misma, posando una de sus manos en la humedad del suave beso que Miorku había dejado en su frente.
—¡Oh! parece que a todos los está visitando cupido menos a mí —se quejó Jakotsu al meterse otra cuchara más del pote de helado sabor chocolate entre sus brazos.
—Intruso. —dijo al irse corriendo a la habitación en la que dormía su amiga, necesitaba saber qué había pasado como para que InuYasha se fuera de esa forma.
. .. … .. . .. … .. .
—¡Ah! —gritó impotente al dar un par de fuertes puñetazos contra la pared de las escaleras de emergencia por las que había bajado.
Se sintió un perdedor.
Se había encargado de avisarle a Naomi lo sucedido y que no temiera, prometió la llevaría de regreso con él y ahora ella se rehusaba. ¿Qué demonio estaba pasando por su cabeza?
¡Maldición! estuvo a punto de dañarla irremediablemente, las ganas que tuvo de quitarle todas sus ropas y penetrarla como nunca antes lo hicieron arder, estuvo a punto de herirla, agradeció tener aquel fuerte control de no seguir insistiendo, la quería demasiado, sabía que podía perder el control pero lo que menos deseaba era herirla, forzarla.
Patético. Débil. Perdedor.
. .. … .. . .. … .. .
Dio dos suaves toques contra la puerta y al no recibir respuesta, entró sin más. Observó la cama toda desordenada, como si hubiese habido algún tipo de guerra y luego el sonido del agua en el baño… pensó lo peor.
Se sentó en los pies de la cama a esperar por Kagome, algo había pasado, estaba segura, pero no quería suponer hasta no tener la respuesta de los labios de ella.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Kagome al verla sentada sobre la cama.
—¿Qué pasó…? —preguntó al percatarse de los rojizos ojos de la azabache —InuYasha salió furioso y… ¿estabas llorando?
—No —Mintió—. Me acaba de caer shampoo en los ojos.
—¿Y por qué te estabas bañando, creí que estabas demasiado agotada?
—No era para tanto en realidad —dijo forzando una sonrisa, evadiendo la analizadora mirada de Sango.
—¿Hablaste con InuYasha?
—Solo aclaramos un par de cosas.
—Creo que no comparte la misma opinión que tú.
—Eso es lo de menos, no tengo tiempo para sus críticas, después de todo, lo único que me interesa en estos momentos es que Bankotsu salga luego en libertad y deje de meterse en estupideces. —comentó y algo de su anterior mal genio se mezcló con lo sucedido anteriormente con el albino.
—Bien, entonces… ¿está todo claro?
—Sí. —dijo y esta vez la miró a los ojos al asentir.
—¿Quieres que le pida una píldora a Jakotsu?
—¿De esas que tomaba para dormir en la mansión? —ambas sonrieron ante las noches en las que las tomaba y solían hacerle una que otra broma, instantes en los que se permitían comportar como unas niñas.
—Las mismas —dijo al caminar hacia la puerta.
—Bien, pídele una. —aceptó.
Una vez la puerta cerrada y sola en ese amplio dormitorio, se permitió suspirar y deshacerse de todas las sensaciones de molestia que estaba sintiendo. Se sentó en la elegante silla frente a un tallado tocador de madera con espejo en el centro y miró su reflejo, y tras ella, la desordenada cama en la que casi… Negó rápidamente, disipando los sucios pensamientos que quisieron atormentar su mente.
—Deja todo atrás, las cosas cambiarán pronto, tomaste una decisión… hazte responsable. —se dijo al terminar de cepillar su largo y semi ondeado cabello. La consciencia la carcomía por el anterior encuentro entre ella y el albino, debía dejarlo ir pues estando a su lado, ninguno de los dos terminaría por ser feliz.
Momento después y ya lista para continuar con el sueño interrumpido, Sango entró a la habitación con una pequeña píldora y un vaso de agua, se los dio a su amiga y ésta agradeció el gesto de la castaña, para luego despedirse y darle las buenas noches.
Apoyó su cabeza contra el suave y esponjoso almohadón, acomodándose en posición fetal y cubriendo su cuerpo entero.
. .. … .. . .. … .. .
Las fuertes manos de Bankotsu recorriendo la perfección del plano vientre de Kagome. La calidez de la respiración del moreno golpear contra su oído la hicieron excitarse aún más.
Hicieron que toda la piel de la muchacha se erizara.
—¡Dios! —gimió al sentir dos de sus dedos hundirse rudamente en su interior, penetrándola con agresividad. Abrió sus piernas tanto como pudo, rogando por más de él.
—¿Estás segura? —sintió su corazón pausar y sus ojos fueron atraídos por el plateado cabello pegado en la sudosa espalda del sujeto sobre ella.
¿InuYasha?
—Te dije que tu cuerpo me sigue respondiendo. —le susurró sobre sus labios.
Intentó removerse tanto como pudo y un fuerte grito se escapó de sus labios al sentirla penetrarla.
Sus lágrimas cayeron intensamente mientras sus piernas se movían intentando quitarlo de su interior.
¡Bankotsu!
Sus ojos se abrieron enormemente y su respiración permaneció agitada, al igual que su corazón. Se sentó correctamente y secó el sudor de su frente, arrastrando con él su grueso flequillo.
"Solo fue una pesadilla…"
•
•
•
—Solo espero que la oportunidad que se te da la aproveches. —comentó el pequeño viejo de cabeza calva en el centro y poco cabello a los costados.
El moreno sonrió de medio lado.
—Debes firmar estos documentos —indicó Miroku al enseñarle un par de papeles.
Bankotsu tomó asiento en la silla tras el escritorio en el que éstos dos lo observaban, se dio el tiempo de leer lenta y detalladamente la información entregada. Si todo salía bien y cumplía con el compromiso, podría salir absuelto de todo.
—¿Cuál es la trampa? —preguntó antes de pescar el lapicero entre sus masculinos dedos.
—No hay ninguna trampa. —convenció el más viejo de los presentes.
—¿Qué es lo que no te convence? —preguntó ahora un serio Miroku.
—No creo en los cuentos de hadas… —escupió—. Creo que todo parece muy sencillo.
—¿Crees que atrapar a Naraku será sencillo?
—Más de lo que debería. —dijo con arrogancia, otra vez la sobre confianza se apoderaba de su semblante.
—Entonces no tienes nada que perder, tráenos a Naraku y ganarás tu libertad. —dijo Miōga.
—Bien. —aceptó al encogerse de hombros, firmando la parte baja de aquella blanquecina hoja en sus manos.
—Estaremos en contacto. —dijo Miōga al presionar un pequeño botón que activaría el tecnológico rastreador aferrado al tobillo del moreno, necesitaban monitorear su camino.
—Como digas viejo —se despidió el moreno al hacer una seña y abandonar la vieja oficina en la que lo habían tenido encerrado, instalándole ese patético objeto en su pie.
El costo de una pronta libertad.
Sonrió de medio lado al sentir fresco aire golpear su rostro, estaba afuera, momentáneamente libre, iría por ella, necesitaba de ella.
. .. … .. . .. … …
—¿Crees que podamos confiar en él? —preguntó el viejo fiscal al observar por el ventanal al moreno marcharse
—Tiene mucho que perder. —dijo al leer una vez más los papeles y asegurarse que el moreno haya firmado cada uno de ellos.
—Eso espero, de lo contrario lo primero que harán será darle un certero tiro en la cabeza. —comentó con las manos cruzadas tras su espalda.
La atención de Miroku fue llamada por su superior, ¿qué había dicho?
—Él nos estregará a Naraku y obtendrá su libertad, ese era el trato o me equivoco. —consultó al hombre frente a él.
—Es la idea pero… —dudó en continuar.
—¿Pero qué…? —insistió.
—Creo que hay algo más…
—¿Algo como qué?
—Creo que quieren a éste muchacho muerto. Creo que quieren acabar con Naraku… y también con él.
Miroku abrió sus ojos, desconcertado ante la conclusión de su superior. Si era así, entonces se haría una especie de guerra entre la justicia y la corrupción. ¿Quiénes podrían estar tras esto? ¿Quiénes querrían verlos destruirse uno al otro?
Suspiró pensativo, era verdad, la justicia estaba de parte de los poderosos y, quizás, otros igual a Bankotsu y Naraku pedían las cabezas de ambos.
…
Notita:Okey! Siento mucho la demora pero ya va faltando poquito como pueden ver :') A dos capítulos más para ser exacta. Bankotsu está libre y volverá al lado de su amada Kagome, las cosas se complicarán pero ya no los volveré a separar así que tranquilas.
Me está costando un poquito la historia ya que desde el momento en el que se cruzó la idea de este fanfic por mi cabeza le tenía destinado final, pero las cosas han cambiado :/ Así que tengo que re-acomodar ciertas piezas para intentar cerrar bien la historia.
Si hay algo que no se entienda me avisan, pues subí una foto en el "círculo" de las condiciones en las que se encuentra mi compu... da lástima xD pero cumplí. Me resulta difícil escribir con la pantalla en el estado en el que se encuentra, ya que no solo afecta lo visual sino que el teclado también está jodido D:
Agradezco comentarios esta vez a:
V Hamada. Sery 7Seven, Yuli, Rogue 85, Kagome Wolf, Verónica Ramirez, Joss Hdez, Angeel O, Shady Linak (te mande un mensaje privado), Iblwe, TheNativeFlower.
Desde ya comienzo a dar las gracias a cada una de las que han seguido el fanfic, ha sido complicado pero aún seguimos intentando.
~Nos Seguimos Leyendo~
¡Círculo Mercenario!
