Disclaimer: Los personajes del anime/manga: "InuYasha" son propiedad de Rumiko Takahashi. Yo solo los tomo prestados para hacer esta historia más interesante y entretenida. Sin ningún interés de lucro de por medio ni nada parecido.

ADV: Capítulo con casi 19.000 mil palabras, según word. Espero que sea bien largo y se demoren días leyéndolo xD Si hay algún que otro error, disculpen, recuerden que en estos momentos mi teclado no es el mejor aliado T.T


Chapter:27

El Costo de las Decisiones

Se giró y pescó la esponjosa toalla azul que había estado colgada de un perchero plateado clavado en la pared. La brotó contra su rostro, secando el exceso de agua que escurría ésta. Suspiró profundamente, devolviendo la gruesa tela al lugar en el que había estado colgada.

Se giró con intenciones de salir del cuarto de baño, deteniéndose a observar su semblante en el reflejo frente a ella… Se veía cansada y unas suaves ojeras se apreciaban bajo sus ojos. ¿Cuánto había dormido? Muy poco, supuso al encogerse de hombros.

Ni la pastilla que Sango le había dado para ayudarla a dormir había hecho el efecto suficiente en ella. Las pesadillas volvieron, aunque fueron muy distintas a las que solía tener antes y eso la asustó.

Soltó el aire contenido y se vio al espejo una vez más, obligándose a dibujar una femenina sonrisa en sus carnosos y rosados labios, convenciéndose y deseando que todo saliera bien ese día. Los finos cabellos de su nuca parecieron erizarse, causando un rico escalofrío recorrer su cuerpo ante la ansiedad de esperar el llamado del moreno. Miroku dijo que se le sería informada ante cualquier cambio, mordió su labio, ese sería su comienzo.

Abandonó el baño luego de varios minutos, buscando la ropa que vestiría. Unos obscuros leggins color plomos y una holgada blusa blanca de mangas largas diseñada de lanilla; esas sencillas prendas escogió para ese frío día, finalizándolo con unas obscuras botas sin tacón. Frotó ambas manos, intentando entrar en calor antes de abandonar ese cuarto.

Estaba ansiosa.

—Buenos días —habló la azabache al ingresar a la elegante sala de ese departamento.

—Buenos días. —saludó el afeminado muchacho sentado en la sala, leyendo el matutino periódico y bebiendo con precaución el humeante café en su mano contraria.

—¿Y Sango? —preguntó al dar un par de lentos pasos.

—Aún no se ha levantado. —respondió sin siquiera fijar su vista en ella.

—Ya veo… —soltó Kagome en un suave susurro, le resultaba incómodo estar a solas con él.

Jakotsu la miró de pie a cabeza, ¿qué tenía ella que volvía tan estúpido a su casi hermano? Sus manos se presionaron contra el papel que sostenía, Kagome había dejado de agradarle. No podía evitar no darle un grado de responsabilidad a ella por lo sucedido con Bankotsu. La egoísta chiquilla había querido desecharlo, estaba seguro de eso, y ahora estaba ahí, de pie, como una tonta, pagando el costoso precio de entrar al mundo que rodeaba al moreno.

—¿No piensas desayunar? —consultó y esta vez observó a la joven, quien luego de responder con un silencioso asentimiento se dirigió a la cocina.

Posó su mano en una de las paredes de la cocina y la otra en su pecho, eso fue realmente incómodo. Sus achocolatadas pupilas giraron por todo el limpio lugar, era una cocina muy amplia pese a estar en un departamento; nada comparada a la que ella y su familia acostumbraban cocinar.

Pescó la moderna cafetera en sus manos y la vio confundida, frunció los labios pues; nunca habían tenido una de esas en su casa. Volvió a ponerla sobre el pequeño aparato que calentaría el contenido, presionando la manilla segundos después. Estaba muy lleno, pero le restó importancia, debía de ser así, creyó.

Fijó su vista en el cielo gracias a la angosta pero larga ventana que se ubicaba en esa parte del departamento, observando el exterior. Estaba nublado, y las gruesas y obscuras nubes no parecían querer ceder.

El sonido de la puerta cerrarse la hizo dar un pequeño respingo, acompañado de un fuerte chillido de sorpresa de Jakotsu. Frunció el ceño, queriendo averiguar de quién se trataba pero el insistente sonido de la cafetera llamó su atención, para luego ver el hirviendo líquido derramarse, se preocupó.

Se dirigió por un paño el ver que el café comenzaba a manchar la blanca y bien cuidada mesa con obscuros granitos.

¡Dios! ¿Qué había hecho?

Se dirigió a toda prisa con intenciones de secar y limpiar pero una fuerte mano detuvo la suya. Su cuerpo tembló.

Alzó la vista y sus pupilas imitaron a su cuerpo, su respiración amenazó con detenerse… era él.

—¿Qué crees que haces? —le preguntó al quitarle el inútil paño de las manos —¿Pretendes quemarte?

Ella no respondió y solo tomó su propia mano al sentirla libre, tembló. Lo observó desenchufar el, ahora, peligroso aparato para luego lanzarlo con precaución al fregadero. El vapor se hizo presente.

—Ban-kotsu… —nombró y sus ojos se cristalizaron, al igual que su voz.

Bankotsu la miró y su tonto corazón latió con fuerza. Se acercó a ella, atrayendo el delgado cuerpo de la chica hacia él en un fuerte abrazo; uno realmente necesitado. La apretó con cuidado, aspirando todo el olor de su cabello.

Kagome correspondió al contacto que el moreno había iniciado. Necesitando sentirlo, deseando que fuera real.

—Estás aquí… —susurró al dejar descansar su cabeza en el pecho masculino y así oír los fuertes latidos de su corazón.

El moreno apoyó su cabeza en el cabello de ella, asintiendo en un suave movimiento. Kagome sonrió y sus ojos permanecieron cerrados.

Estuvieron así por un momento, uno en el que solo existían ellos dos. Kagome se aferró a él con la enorme necesidad de sentirlo ahí, con ella; y él, con la de no alejarse nunca más.

Bankotsu posó su mano en el mentón de la chiquilla, alzándole el rostro, buscando esa mirada; la mirada que sólo una mujer como Kagome podía brindarle a un monstruo como él.

Sus pupilas reaccionaron al perderse en la profundidad de las de él, lucían vacías.

Se veía tan solo, tan necesitado de afecto… le dolió verlo así. Sostuvo su rostro entre sus delgadas manos y poco a poco, los dedos de sus pies sostuvieron el peso de su cuerpo, logrando alcanzar los labios de Bankotsu.

El moreno cerró los ojos lentamente, por primera vez se permitió disfrutarla. Mantuvo se mano firme en la pequeña cintura de Kagome, y la otra, enredada en el largo y húmedo cabello de ella.

Kagome se aferró más a él, sintiendo la gruesa lengua del moreno comenzar a introducirse en el interior de su boca, chocando lentamente con la de ella, ¡Dios! Estaba ahí. Lo abrazó más fuerte.

El carraspeo de una nueva voz en el lugar quebrantó toda la atmósfera que ellos sin esfuerzo alguno habían formado, ambos voltearon sus cabezas ante la interrupción; eran Jakotsu y Sango de pie tras él.

Bankotsu rodó los ojos ante la inmensa desubicación de sus compañeros y Kagome se sonrojó furiosamente.

—¿Cuándo llegaste? —preguntó la castaña y el moreno deshizo el contacto que mantenía con la azabache al ver a Sango acercarse.

—Acabo de hacerlo. —respondió al recibir el corto abrazo que ella le brindó.

—¿Ah…? —dijo al achicar levemente los parpados y ver a su amiga —Con razón estaban tan calladitos.

—¡Sango! —habló Kagome realmente avergonzada, casi podía sentir su rostro arder.

Bankotsu la observó para luego sonreír de medio lado y revolver el grueso flequillo de la niña que tan loco lo ponía, para luego dirigirse a su afeminado compañero.

—Has hecho un buen trabajo. —felicitó al extender la mano al castaño, éste sonrió y la estrechó, para luego cambiarlo por un efusivo abrazo.

El moreno luchó un breve momento contra los largos y fuertes brazos de Jakotsu mientras éste solo le balbuceaba lo preocupado que estuvo por su bienestar y lo difícil que le resultó no ir en su rescate. Bankotsu bajó los brazos, cediendo ante los impulsos de su amigo y dejando que se desahogara. Suspiró hondamente, añorando paciencia.

La emoción de los cercanos al moreno se calmó, animándose todos a compartir un desayuno junto a él. Se sentaron en el amplio comedor al estar todo ya servido en la mesa, esta vez, por mano de la castaña y ayuda de Kagome.

—¿Dónde está Bankotsu…? —preguntó la azabache al ingresar al comedor y tomar asiento.

—En el baño. —respondió Jakotsu al prepararse un abundante pan.

—¿Te sirvo Kagome? —ofreció Sango al sostener el mango de la caliente tetera en sus manos. La cafetera terminó quemándose ante el recalentamiento que tuvo gracias a la distraída jovencita.

—Sí, gracias. —asintió y luego giró su cabeza hacia atrás al sentir una mano en su hombro.

Presionó con suavidad el delgado hombro de Kagome, el saberla ahí era extraño pero lo hacía feliz. Se sintió tan bobo ante ese pensamiento, parecía un niño. Negó internamente antes de sentarse a su lado.

—¿Y qué tienes en mente? —preguntó Sango.

—Aun nada. —dijo al encogerse de hombros y ver cómo el humeante liquido llenaba su taza.

—Pero tiene algo que ver con Naraku, ¿no? —preguntó ahora Jakotsu.

—Por supuesto. —dijo y le dio una mordida a la tostada que había sacado de la panera. Kagome lo observó, ¿cómo podía lucir tan tranquilo?

—No creo que sea tan fácil dar con él, sabes que es bueno escondiéndose. —añadió la castaña. Bankotsu soltó un pesado suspiro.

—No es mi prioridad en estos momentos. —confesó y la piel de Kagome se tensó.

La mirada de la avergonzada chiquilla viajó hacia el cálido contacto que él brindó en su mano; una suave caricia, para luego entrelazar sus dedos y mantenerlas unidas sobre el comedor, exponiéndolas.

Las mariposas revolotearon inquietamente en el estómago de Kagome, lucía avergonzada.

Jakotsu sonrió pícaro y Sango se sintió feliz por la azabache.

Kagome mordió el interior de su mejilla, nerviosa. La extraña relación que había mantenido con el moreno era solo de ellos y ahora… se estaban exponiendo ante dos personas importante para ambos. ¿Eso significaba avanzar? Suspiró conforme y sonrió a sus adentros.

La hora del desayuno fue breve, se conversó vagamente de los distintos tipos planes que el moreno barajaba pero él evitó profundizar demasiado en el tema, a veces solía ser muy reservado. Además, de alguna manera deseaba no involucrar demasiado a Kagome.

La pelinegra agradeció el alimento al retirarse del comedor en dirección a la habitación a la que se había alojado la noche anterior, y una vez en ésta, mordió suavemente su pulgar al encontrar dos llamadas perdidas de casa en su celular.

Se había prometido no volver a mentirles pero después de lo sucedido con InuYasha la noche anterior temió la reacción de todos, en especial la de su padre, que bien sabía, terminaría totalmente decepcionado de ella.

Dio un pequeño respingo al sentir el aparato vibrar, anunciando nuevamente una llamada de su hogar.

"No puedo…" Se dijo de manera mental al presionar el botón que enmudecería el aparato.

—¿Por qué no contestas? —giró su cuerpo al sentirlo tras ella, había estado tan sumida en sus pensamientos y culpabilidad que ni siquiera lo sintió cuando llegó a su lado.

—Bankotsu… yo… —intentó responder pero las palabras no salieron de su boca.

—Hazlo. —dijo Bankotsu y Kagome pretendió ignorar esa orden al desviar su mirada y morder el interior de su labio inferior.

El moreno la miró fijamente y por impulso acarició la mejilla de la chica frente a él, secando la delgada lágrima que había descendido de uno de sus hermosos ojos.

—¿Por qué lloras? —preguntó al posar ahora también su otra mano en el rostro de ella, obligándola a mirarlo. El pensar que se estaba arrepintiendo de las palabras dichas el día anterior lo hacían dudar.

—Yo… —pronunció cortante debido al duro y grueso nudo que comenzaba a formarse en el centro de su garganta.

—No tienes por qué ocultarte de ellos. Diles que estás conmigo. Diles que has tomado tu decisión. —dijo al probar de los labios de la confundida chiquilla.

Los ojos de Kagome poco a poco comenzaron a cerrarse al dejarse llevar por la adicción de ese beso. Abrió los brazos para luego rodear la ancha espalda masculina, aceptando todo de él, todo lo que viniera de parte de Bankotsu… ella aceptaría. No lo dejaría, estaría siempre a su lado, tal cual se había prometido, entonces… ¿Por qué esa sensación de sentir su corazón incompleto?

Hundió su lengua en el interior de la boca de Kagome, frotándose contra la de ella mientras posaba sus dedos en el cierre de esa chaqueta que la abrigaba, deshaciéndose de ella hábilmente.

Kagome mantenía los ojos cerrados y el ceño ligeramente fruncido, la imagen decepcionante de sus padres la atormentaba desde la tarde en que salió de su ciudad natal, y ahora, Bankotsu la estaba haciendo olvidarse de todo lo que la rodeaba, lo agradecía y también temió; Tuvo miedo que el amor que solía tener por ese moreno se transformara en algo enfermizo, uno en el que solo ellos se entendieran; uno en el que fueran ellos dos y nadie más.

Botó el móvil al desabotonar la camisa cuadrille que él usaba y sus ojos parecieron nublarse ante el perfecto pecho masculino frente a ella, alzó sus pies en puntillas y besó los labios del moreno, necesitando más de ese beso.

—Te amo. —soltó en un gemido al ser guiada por él hasta la cama.

—También lo hago Kagome. —confesó seguro al recostarla con cuidado, para luego posarse sobre ella, dejándola completamente vulnerable a los instintos que había mantenido resguardados.

Intentaba contenerse, quería ser delicado, cuidadoso, sentir calmadamente cada parte del cuerpo de mujer en ese rostro de niña que tanto lo enloquecía.

Un par de apasionados besos y pervertidas caricias más terminaron con deshacerse de todas las prendas que habían vestido anteriormente, cuidándose del frío, el cual parecía haber desaparecido de ambos cuerpos.

—¡Maldición! eres exquisita. —confesó y quejó el moreno al sentir la hinchada erección en medio de sus piernas. Llevaba tanto tiempo deseándola que hasta se había vuelto doloroso.

Posó su dedo índice y pulgar en el rosado pezón de Kagome, estimulándolo. Frotándolos en una desenfrenada pasión con movimientos circulares.

—¡Dios! —gimió Kagome e inconscientemente alzó sus caderas para sentir mejor la masculinidad del moreno sobre ella. Lo quería en su interior.

Bankotsu con su boca se adueñó de uno de los redondos senos de Kagome, succionándolo de modo hambriento, golpeando el tenso pezón con su inquieta lengua. ¡Diablos! Estaba hambriento de ella.

—Ah… —gimió y su cuerpo tembló al aferrarse a la masculina espalda, abrió las piernas con necesidad, esperando por él.

Banktotsu cerró los ojos al seguir mamando de la perfección de los senos de Kagome, mientras que su otra mano descendía por el plano vientre de ella hasta llegar a aquella zona prohibida para cualquier otro imbécil. Masajeó lenta y en delicados movimientos circulares aquel botón que sabía la haría enloquecer, y la sintió vibrar.

Mordió con la punta de sus dientes el erecto pero a la vez suave pezón de ella, haciéndola gemir más fuerte.

—¡Oh Bank! —dijo al enredar sus finos dedos en el largo cabello del ojiazul al ser penetrada con dos de sus dedos, profunda y certeramente en su apretado interior.

Ingresó en el interior de Kagome y cerró los ojos al sentir la calidez y estrechez de su interior, ¡demonios! Era tan exquisita. Los sacó solamente para volverlos a hundir, enterrándolos hasta donde su propia mano se lo permitió. Había deseado tanto tiempo estar así, de esa manera con ella. Por primera vez había guardado toda su fidelidad a una mujer, buscó tantas veces satisfacerse con otras y no lo logró, ninguna mujer lograba calentarlo como ella lo hacía; como su Kagome lo hacía.

—¡Oh! —Kagome también cerró sus ojos, avergonzada, podía sentir sus fluidos humedecer el resto de su intimidad. Su piel se erizó completamente al sentir el miembro de Bankotsu detenido en su entrada, mordió su labio inferior, ansiosa de lo que se vendría en su cuerpo.

Con su mano sostuvo su ya, delicada masculinidad, deteniéndola firmemente en la femineidad de Kagome, rozando la apretada entrada de ella mientras masajeaba sus pliegues con suaves movimientos, jugando con ella, humedeciendo la cabeza de su tenso pene con los exquisitos fluidos de la chiquilla, ¡mierda! ¿Cómo podía gustarle tanto?

Introdujo lentamente su hinchada masculinidad en ella, echando su cabeza hacía atrás al sentir su miembro ser deliciosamente apretado por las estrechas paredes del interior de Kagome, podía sentir su miembro arder. Sólo la calidad de ese interior lo calmaba, haciéndolo sentir completamente parte de ella.

—¡Ahh…! —Kagome gimió fuertemente al sentirlo retirarse de su intimidad para solo volver a hundirse en ella.

Sentía como los ajustados pliegues de su vagina hacían presión contra la enorme y gruesa virilidad del moreno, gozó. Sus manos se apretaron a las sábanas, las embestidas del moreno comenzaban a volverse más agresivas, gustó de ello.

Apoyó ambos antebrazos a los costados de la cabeza de Kagome, recargando el peso total de su cuerpo en ellos, permitiéndose dar mayor impulso y así penetrarla de manera más profunda y certera. Jadeó en el oído de Kagome, pronunciando en varias ocasiones su nombre, haciéndola estremecer ante el aroma de los labios masculinos, de la calidez de su aliento chocar contra su oído, como si se tratase de una suave y casta caricia.

« Kagome… »

Los enormes y redondos senos de Kagome eran mecidos al compás de cada penetración que él imponía, se avergonzó por eso. Presionó sus piernas contra las caderas masculinas, alzando su cabeza y ocultándola en el pecho del moreno, al mismo tiempo que enterraba sus uñas contra la masculina espalda. Se aferró a él.

—¡Dios! —gimió al dejar su cuerpo caer pesadamente contra el blando colchón y arquear su espalda al sentir como su cuerpo era recorrido por la familiar sensación que él le había brindado tiempo atrás; una vibración que viajó por todo su cuerpo, extendiéndose hasta las puntas de sus femeninos dedos.

Ya la había llevado hasta la cúspide más alta y pronto se encontraría con ella, posó una de sus grandes manos en la cadera de Kagome mientras que su otro antebrazo se llevaba el peso de su cuerpo. Bajó su azulina mirada hacia la conexión que unía ambos cuerpos, haciéndolo fruncir el ceño, cerró los ojos, su miembro amenazaba con derramarse por completo en la calidez que lo abrigaba. Un par de fuertes embestidas más y botaría su espesa esperma en ella.

—¡Ogh! —jadeó él al bajar su rostro y morder suavemente parte del mentón de Kagome, dando un par más de fuertes embestidas, haciendo resonar fuertemente el chocante sonido de sus caderas en ese amplio dormitorio.

Se quedaron quietos en la posición que mantenían, ninguno de los dos se había molestado en separarse, se sentían cómodos, completos. Bankotsu bajó su frente, posándola sobre la de su joven amante, mientras ambos regularizaban sus respiraciones. Kagome abrió sus ojos, encontrándose con la mirada azulina de él puesta fijamente en ella.

La timidez se asomó en las mejillas de ella.

—¿P-Por qué me miras…? —cuestionó al verlo.

—Porque eres muy hermosa. —respondió al posar dos de sus dedos en el mentón de Kagome, alzando su rostro para solo besar sus labios.

—No quiero que nada malo te pase —pidió al apenas tener libre sus labios, abrazándose al trabajado torso del moreno.

—Nada malo pasará. —dijo con confianza.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó al fruncir ligeramente el ceño, viéndolo a los ojos.

—Porque confío en mis instintos —debatió sonriendo de medio lado.

—Sueles abusar de ellos —le discutió al desviar su mirada. Nada le había dolido más que saberlo en prisión.

—Kagome… —llamó al obligarla a verlo, volteando su cabeza con una de sus manos—, no pasará nada malo.

—Pero…

—Dije que estaría contigo, ¿no?

—Sí.

—Sé que debo cuidarme. Sé que debo estar bien. Porque tengo un compromiso contigo; uno que quiero cumplir. —añadió sin dejar de mirarla. ¡Dios! Su varonil y sería voz sonaba tan segura.

Los ojos de Kagome se cristalizaron ante las palabras confesadas por Bankotsu, nunca lo había oído hablar tan decidido, su corazón latió rápidamente mientras su piel era recorrida por la rica sensación del escalofrío.

Lo abrazó fuertemente, mientras él acomodaba su cabeza en medio de sus desnudos senos.

—¿Vas a estar conmigo? —preguntó con el deseo de oír una eterna promesa de los labios de ella, aspirando de igual manera el aroma de la blanca piel de Kagome. Ella asintió lentamente.

—Es donde pertenezco, Bankotsu. —prometió, recargando su mentón en la cabellera de él. Una pequeña sonrisa se asomó en sus labios y un par de finas y rebeldes lágrimas se deslizaron por sus sonrojadas mejillas.

Él alzó su cabeza, solo para adueñarse de los carnosos labios de Kagome una vez más, enredando sus dedos en el cabello azabache de ella.

« Es donde pertenezco… » Resonó en su cabeza con la hermosa voz de ella, quedando marcado en su memoria.

Intensificó el beso, presionando sus dedos contra la ancha cadera de la joven, no la dejaría, él también estaría siempre a su lado; debía cuidarse si quería que ese deseo se cumpliera. Quería una vida con ella, por primera vez en mucho tiempo, deseaba hacer las cosas bien.

Intentó abrir sus ojos pero la luz de ese lugar no se lo permitió; aunque no constaba de mucha claridad. Posó su antebrazo sobre su frente, ocultando también parte de sus ambarinos ojos. Soltó un pesado suspiro.

Se destapó torpemente de las mantas que lo apresaban, sentándose segundos después.

¡Demonios!

Sintió como si todo su cerebro se azotara contra la dura protección que le brindaba su cráneo, haciéndolo sentir realmente adolorido. Escupió la escasa y amarga saliva que comenzaba a acumularse en su boca, frustrado. Logró acomodarse correctamente sobre esa cama individual, posando su codo sobre la rodilla, dejando descansar así su frente en la palma de su mano. Mientras la otra, la dejaba caer de manera despreocupada.

¿Cómo pudo ser tan ciego?

—Maldición, Kagome —mencionó con irritación al recordar las palabras de ella la noche anterior. Negó y una sonrisa irónica se asomó superficialmente sobre sus labios.

Arrastró su sudado flequillo para luego alzar la mirada hacia un punto infinito en ese cuarto, perdiéndose, dejando a ambos antebrazos descansar sobre sus rodillas, sintiéndose un completo imbécil.

Había estado ahorrando dinero desde antes que toda esa pesadilla comenzara, buscando en algún momento cumplir ese sueño de hacerla su esposa y darle todo lo que nunca tuvo… o necesitó.

Sonrió al darse cuenta que estaba solo, la había perdido y era lo que más mal lo tenía, porque sabía bien, ahora no habría marcha atrás. Kagome se lo había dicho a la cara, sin ver rastro de duda en rostro ni palabras utilizadas la noche anterior.

Sus pupilas detallaron ese pequeño cuarto en el que Miroku lo había dejado; antes de caer inconsciente debido a los litros de alcohol que ingirió. Las botellas estaban esparcidas por el suelo, al igual que pequeñas latas individuales; todas de distintas etiquetas pero con el mismo contenido en su interior a fin de cuentas. Alcohol.

—¿Qué mierda estás haciendo? —se preguntó refiriéndose a la situación de Kagome.

Se puso de pie y pescó la toalla que, probablemente, Miroku había dejado en los pies de la cama antes de irse, ya que apenas recordaba que se había despedido.

Ingresó al baño de ese departamento en el que lo había hospedado su amigo y, cansado, abrió la llave para luego regularla y sentir la calidez del agua salir de ella. Comenzó a desnudarse e ingresó a la regadera, intentando relajarse.

—Espero que se pudra en la cárcel. —deseó, dejando asomar esa parte obscura que pocas veces se permitía.

Apoyó ambas manos en los azulejos de esa pequeña zona, echando su cabeza hacia atrás y dejando que el agua golpeara su rostro. Cerró los ojos, pidiendo las fuerzas suficientes para dejarla y dejar todo atrás, sería su prueba más difícil.

—Estoy seguro que tarde o temprano te arrepentirás Kagome. —se dijo al salir del agua y enrollar la toalla en su cuerpo, dejando su torso completamente desnudo y abandonar el lugar.

Negó en silencio, comería algo y luego saldría, necesitaba aire fresco y olvidarse de toda esa estupidez, por mínimo el tiempo que fuera.

Alzó la mano al verla ingresar por la puerta de cristal y marco de madera del hogareño local.

Ella sonrió al reconocerlo y fue enseguida en dirección a él.

—¿Cómo estás? —preguntó al brindarle un beso en la mejilla.

—Bien. —dijo la castaña al sentarse en la silla que él había abierto para ella.

El joven garzón del local se acercó carismáticamente a ellos, entregándoles un par de tarjetas para luego ofrecerles la especialidad que tendrían para esa tarde. Sango y Miroku seleccionaron lo que comerían y una vez anotado en la pequeña tablilla que el joven portaba, se retiró del lugar, dejándolos solos.

Miroku preguntó sobre el estado de la azabache y cómo había pasado la noche después de cerrar cierto ciclo con su amigo. Tenía cierto interés por el bienestar de ambos, no quería que volvieran a pasarla mal, en especial Kagome que comenzaba recién a vivir.

Luego de unos cuantos minutos de charla el garzón hizo nuevamente acto de presencia, esta vez, con los pedidos señalados anteriormente.

—¿Cómo quedó InuYasha después de lo de Kagome? —preguntó Sango al sacar sus brazos de la circular mesa para que el joven muchacho pusiera el par de platos a disposición de sus jóvenes clientes.

—Gracias —habló Miroku antes de que el chiquillo hiciera una pequeña reverencia y volviera a retirarse—. Bebió durante toda la noche. —contó al comenzar a usar el utensilio metálico dentro del plato hondo en el que le habían servido, para luego echarse una amplia porción a la boca.

—No creí que se lo tomaría tan mal. —comentó la castaña al imitar el gesto del blanco ojiazul.

—La ama. —le recordó al apoyar sus codos en la madera y entrelazar sus dedos a la altura de sus labios.

—¿La ama? —repitió y cubrió sus labios con la servilleta para luego terminar de tragar lo que había estado masticando —No lo creo. —corrigió con sarcasmo al alzar ambas cejas, con su vista puesta en él.

—¿Por qué dices eso? —preguntó sin dejar de mirarla.

—Porque creo que está lo suficientemente decepcionado de la relación que mantenían, la cual, desde que sacaron a Kagome de la mansión nunca pareció tener sentido… —dijo al negar en varias ocasiones con su cabeza, para luego continuar —¿Amarla? No lo creo.

—Pues ayer se veía bastante mal, bebió mucho. Nunca lo había visto así. —contó aun sorprendido de los fundamentos dados por la castaña.

—No lo sé. Pero creo que InuYasha, muy en el fondo, es un sujeto al que no le gusta perder —prosiguió—. Espero estar equivocada, pero es mi percepción.

—InuYasha no habla mucho de éstos temas pero he de imaginar que ustedes las mujeres lo hacen con frecuencia. —habló para ya dar por finalizada esa conversación. Pues, no servía de nada involucrarse en una relación que, aparentemente, ya había acabado.

Continuaron comiendo el alimento servido, charlando y riendo de eventos de sus vidas. Sin darse cuenta comenzaban a contar cosas de las mismas, profundizando en temas normales, pero importantes.

—Así que a tu madre nunca le gustó la idea de que fueras policía —concluyó según la anterior historia narrada por el blanco ojiazul.

—No. Ella sigue pensando que ser policía es un caso perdido. —aceptó y una leve sonrisa adornó sus labios.

—Pues creo que está equivocada —comentó con seguridad, atrayendo la mirada de Miroku—. Creo que hay oficiales que realmente valen la pena, como tú, por ejemplo.

Miroku alzó ambas cejas y una nueva sonrisa se asomó en sus labios, conforme de oír las palabras que con seguridad mencionaba la castaña. ¿Ella estaba coqueteando con él? un escalofrío visitó toda su tensa espalda.

¡Guarda tu maldita naturaleza pervertida en donde la encerraste hace años atrás!

Una vez más el joven garzón se acercó a ellos con una amplia bandeja en mano, para retirar los platos desocupados y utensilios utilizados. Ofreció los postres que tenían a disposición y luego les mencionó el aperitivo que corría por cuenta de la casa, para luego retirarse.

—Y Miroku… ¿a qué fue que me llamaste? —preguntó una vez que estuvieron solos.

—Quería hablar de algo contigo. —respondió mirando con desconfianza hacia los alrededores.

—¿Sobre qué…? —preguntó, imitando los gestos del joven frente a ella.

—Bankotsu. —dijo al hacerle una seña para que callara al ver al joven trabajador dirigirse a ellos otra vez.

El chico dejó los nuevos platos servidos y volvió a retirarse.

—¿Bankotsu? —repitió en voz baja y él asintió —¿Qué es lo que te preocupa?

—Aún no lo sé realmente pero… —comentó dudoso—, creo que hay algo más aparte de la salida tan fácil que tuvo tu amigo.

—Pero si hay un trato, un acuerdo en común ¿no? —consultó.

—Lo hay.

—¿Entonces…? No entiendo a lo que quieres llegar.

—Mira… —se puso de pie y acercó su silla a ella, quedando a escasos centímetros de distancia.

Sango se avergonzó e intentó disimularlo.

—Miōga habló con un viejo amigo, y él no estuvo para nada de acuerdo en soltar a Enao así como así, ni siquiera le interesó el trato que le planteamos. —comentó.

—¿Entonces... cómo salió?

—Con una aprobación legal de otro juez.

Sango abrió poco a poco su boca, percatándose de lo que eso significaba.

—¿Tú crees que el juez que aprobó la libertad condicional de Bankotsu… es corrupto, un aliado a Naraku? —preguntó casi en un susurro.

Miroku asintió. Sango frunció el ceño, desentendida.

—Espera… Si sueltan a Bank, y saben que intentará entregarles a Naraku, ¿qué ganan ellos?

—Que se maten entre ambos y el sucio negocio en el que trabajan prosiga. Que se reinvente con nuevas reglas. Querrán deshacerse de todo aquel que busque exponerlos. —contó sin mucha seguridad la hipótesis que había barajado en su cabeza.

Sango asintió en repetidas ocasiones, erizándosele la piel ante el sucio mundo que los rodeaba.

Bankotsu era uno de los líderes de explotación sexual más jóvenes, y había logrado formar un imperio tanto en Tokio como fuera del mismo, claramente, podría ser una fuerte competencia para cualquier otro hombre poderoso que quisiese profundizar en el sucio rubro.

Por otra parte, Naraku había resultado ser un fenómeno sumamente extraño, era ambicioso, pero nunca estaba completamente satisfecho con lo que tenía, y era ahí el verdadero peligro, porque... en cualquier momento podría lanzar su fuerte veneno, intoxicando a cada ser que lo rodeaba, estaban todos seguros, los haría caer.

La prioridad de los sucios: "que el monopolio perdure".

—¿Crees que Bankotsu esté en peligro? —preguntó sin demostrar la preocupación que eso le resultaba.

—Sí —asintió—. Deberías alertarlo, decirle que las cosas, al parecer, no serán tan sencillas como se ven. —recomendó. Sabía bien que ese sujeto abusaba de la confianza que tenía.

—¿Te estás preocupando por él? —bromeó.

—No realmente —dijo para luego tomar la mano que Sango mantenía sobre la mesa—. Me preocupas tú. —confesó.

El rubor en las mejillas de la castaña comenzó a tornarse cada vez más notable frente a la mirada analizadora que le brindaba Miroku. El corazón de Sango latió fuerte contra su pecho, y el nerviosismo amenazaba en todo su interior.

—¿P-Por qué dices eso…? —preguntó al evadir su mirada, sin quitar su mano de la de él, de alguna forma, ese cálido contacto la reconfortó.

—Porque no quiero que te arriesgues en algo innecesario. —pidió dando un suave apretón en aquel agarre.

—N-No me pasará nada malo. —aseguró mirándolo avergonzadamente.

—Eso espero porque, Sango, si algo te llegara a suceder yo-… —dijo al acercarse lentamente al rostro de la concentrada chica. Deseaba besarla. La atracción que en un primer instante se transformó en lealtad y compañerismo había cambiado, ahora se daba cuenta, de verdad, ahora quería algo más que la amistad de esa valiente, pero muy en el fondo, tímida chiquilla.

Las respiración de sus narices chocaban las unas a las otras, ¿cuánto anhelaban ese sincero beso?

Sango cerró los ojos al sentir el sutil roce de los labios de Miroku; y él, con sus parpados a medio cerrar, la observó.

De verdad era hermosa.

Abrió los labios y vio los de ella abrirse esperando el contacto. Miroku preparó su húmeda lengua, deseando frotarse contra la de ella. Su ceño se frunció molesto.

—¿Les traigo la cuenta? —la voz del fastidioso garzón terminó por quebrar la rica atmósfera que se había formado entre ellos.

Sango quitó la mano de las de Miroku, desviando su rostro y fijando sus pupilas en el punto más lejano que encontró, si antes estaba avergonzada, en ese momento sólo deseaba que la tierra se la tragara y la escupiera al otro lado del hemisferio.

—Por favor… —respondió secamente, dándole una pesada mirada al joven quien sonrió nervioso mientras rascaba su cabeza.

¡Maldición! estuvo a punto de besarla si no fuera por ese…

Observó a Sango una vez más, pero no hubo caso, ella ya no volvió a corresponder, ni siquiera a su mirada.

El agua escurría por ambos cuerpos desnudos, mientras que sus manos se entrelazaban firmemente. Ella permanecía con los ojos cerrados, y él, aspirando la humedad del azabache cabello.

—Te amo Kagome —susurró en el oído de la chica que no dejaba de disfrutar las penetraciones que él imponía. Había pasado tanto tiempo… ¿en qué momento se volvió tan adicta a él?

—¡Dios! —gimió arqueando casi involuntaria su espalda, recargando su cabeza en el hombro de él.

Se hundió en el cuerpo de ella cuántas veces se le vinieron las ganas de hacerlo, deseando recuperar todo ese tiempo perdido, ese tiempo alejado de ella y de su perfecto cuerpo. Dejó sus manos para luego posarlas en las anchas caderas de ella, penetrándola con poca delicadeza. Ya había sido lo suficientemente cuidadoso anteriormente, y, aunque lo intentaba, sus salvajes instintos lo obligaban a ser rudo, a ser brusco… a reclamarla como su mujer.

Las palmas de Kagome se posaron en los obscuros azulejos del baño, sintiendo el agua deslizarse por su espalda y las fuertes embestidas del moreno mecer su cuerpo, mordió su labio inferior, intentando inútilmente callar los gemidos que él lograba sacar.

—Kagome… —mencionó con voz ronca, sacando su erecto miembro del cálido y apretado interior de ella.

La joven giró su cabeza, intentando verlo de medio lado al sentirlo abandonar su interior.

—Déjame… —pidió y su voz ronca sonó ahora casi suplicante al deslizar la punta de su miembro por aquel agujero tan prohibido de ella.

Kagome mordió su labio inferior con mayor fuerza al verlo en ese estado, uno suplicante; le resultó aún más excitante verlo así y lentamente aceptó los deseos del moreno.

—Bank…

—Seré cuidadoso, lo prometo —aclaró al acariciar el hermoso hundimiento que se hacía en la femenina espalda de ella.

Pescó su masculinidad entre sus dedos, rozándolo contra los fluidos de la vagina de Kagome, buscando lubricarlo para que a ella no le resultara doloroso. Kagome estaba sumamente húmeda. Acomodó la punta de su grueso miembro en aquella pequeña entrada, buscado liberar sus instintos más carnales. Se agachó levemente, besando parte de la blanca espalda de ella, intentando transmitirle tranquilidad.

Kagome cerró fuertemente los parpados, respirando profundamente y esperando por él. Una nueva experiencia para ella. Mordió su labio inferior, pidiendo darse calma así misma mientras los besos de Bankotsu la relajaban.

—¡Kagome! —jadeó el moreno al sentir su miembro ser apresado por esa zona tan exquisita y ajustada de ella, mientras el cuero de su masculinidad era deslizado en dirección contraria a donde se dirigía, haciendo la delgadas venas de su miembro más visible. Cerró los ojos y de sus labios se escapó un suave suspiro de clama, disfrutó esa sensación.

—¡Ugh! —las manos de Kagome se presionaron aún más contra la pared que la mantenía a merced del moreno. Mientras que él presionaba su cadera con una de sus manos.

—Ya está adentro —le informó jadeante, brindándole algo de tranquilidad. Kagome asintió y Bankotsu acarició su espalda, hombros y parte de su cabello.

Se deslizó aún más en el interior de ella y su miembro era cada vez más presionado por ese ajustado agujero del que la azabache era portadora. ¡Demonios! Era sencillamente delicioso.

Posó ambas manos en las caderas de ella, dándose mayor impulso para terminar por hundirse completamente en el interior de Kagome, lo intentó, pero no aguantó más. Su sed por ella era más fuerte que cualquier acto de conciencia que intentara tener. La amaba demasiado, casi enfermo de ella.

—¡Ahh! —gritó Kagome al levantar su espalda, chocando con el pecho de Bankotsu.

—Shh, tranquila. —dijo al enredar una mano en el plano vientre de la joven, y la otra, cubriendo sus labios.

Kagome cerró los ojos al sentir que Bankotsu besaba su cuello, dándole espacio, dejando su piel a disposición del hambriento y posesivo moreno.

La sintió relajarse y comenzó a embestirla suave y cuidadosamente, sin dejar de besar su cuello y parte de su hombro. No sacó la mano de sus labios, pues, le resultaba aún más excitante saberla presa de sus garras, de él, completamente suya. Su necesidad de sentirse completamente dominante sobre ella insistían en reclamarla, más de lo que ella ya demostraba pertenecerle.

—¡Mmm! —intentó gemir fuertemente al sentir el ancho pene de Bankotsu deslizarse por su pequeño ano, salir de su interior para solo volver a hundirse en ella, reclamándola como su mujer, y lo era, ella siempre había sido de él desde el primer instante en que él la tocó… siempre lo supo, y ahora, estando ahí, haciendo el amor con él era que lo aceptaba completa y seguramente.

—¡Agh! —jadeó en el oído de Kagome al apretarla aún más contra su pecho, observando como la enorme carne de los senos que Kagome tenía era mecida por las rudas y necesitadas embestidas que daba contra ese delgado y bien formado cuerpo.

—¡Te amo! —declaró apenas el moreno liberó sus labios, deseaba oírla gemir.

—Igual yo… —confesó jadeante—, mía. —le susurró en el oído, haciendo que la chica se estremeciera ante esa posesiva confesión.

Hundió el grosor de su miembro en el cuerpo de ella tanto como su propio cuerpo le exigió. Su virilidad ser deliciosamente presionada por el ano de Kagome era sencillamente exquisito. Deseó no ser brusco pero no puedo controlarse y la penetró rudamente, saliendo de ese pequeño agujero solo para hundirse cuantas su cuerpo le exigió.

Amaba a Kagome como nunca había amado a nadie y sabía bien lo enfermizo que se estaba comportando con ella. pero en ese momento no le importó, solo la quería para él.

—¡Bank! —gritó la azabache al sentir las embestidas del moreno volverse más bruscas. Agachó su torso, posando sus manos nuevamente en los cerámicos azulejos.

Bankotsi posó su mano nuevamente en la cadera de la joven, enterrando con deseo sus masculinos dedos en la blanca piel de ella, la dejaría marcada, lo sabía, pero aun así no logró contenerse. Su otro brazo lo mantuvo posado en la espalda de Kagome, presionando parte de su cuello desde la nuca femenina, dejándolo completamente dominante en el acto. ¡Demonios!

—¡Agh! —también jadeó al sentir como su miembro comenzaba a derramarse en esa nueva zona, botando cada gota de su blanquecino semen en ella, dejándola marcada.

La respiración de ambos estaba completamente agitada.

Bajó su torso pegándose a la espalda de ella, entrelazando sus dedos a los femeninos que ella mantenía puestos en la pared, presionándolos. Besó su espalda.

—¿Estás bien? —le preguntó al besar ahora parte de la mejilla de la agotada joven.

—Sí. —dijo en voz baja.

Él la observó silenciosamente, detallando con su azulina mirada el perfecto perfil de Kagome; sus largas pestañas y sus carnosos labios. ¡Maldición! Estaba enamorado de esa niña, estaba loco por ella, lo admitía. Kagome era como una obsesión para él, una muy silenciosa y controlada obsesión.

No debía perder la cordura, lo sabía.

—Ah… —se quejó la chiquilla al sentirlo retirarse de su interior.

Ambos se pararon correctamente bajo la tibia agua que se escapaba de la regadera, permitiendo que se deslizara por sus desnudos cuerpos. Kagome posó ambos manos en sus senos, cubriéndolos de modo inconsciente, y al percatarse, Bankotsu la atrajo a él en un protector abrazo, para luego adueñarse de los carnosos y rosados labios de Kagome.

—Te amo Kagome. —volvió a declararle el mantener sus dedos en el femenino mentón de ella.

—Te amo. —repitió ella al enredar la ancha espalda del moreno con sus delgados brazos, besándose mientras el agua descendía por sus cuerpos y rostro, y aun así, no fue impedimento para acortar ese beso; un beso lleno de sentimiento.

Sentimientos blancos, verdaderos y completamente sanos, y por otro lado, tal vez, unos negros, enfermizos y completamente obsesivos.

Introdujo la llave en la cerradura que abriría la puerta de ese elegante departamento; llave que Jakotsu le había dado minutos antes de dejarla en aquel restaurant en el que se encontraría con Miroku.

Ninguno de los dos pronunció palabra en el transcurso al hogar del moreno, el silencio se tornó incómodo y ambos se sentían extraños, como si no se conociesen.

Sango bajó del sencillo vehículo de Miroku sin siquiera despedirse, sorprendiéndose en silencio al percatarse que éste la imitaría segundos después. Se dirigieron al ascensor y la castaña se molestó en presionar aquel botón de esa metálica tablilla, ordenando el piso a detenerse.

Sango lo observó de soslayo al sentirlo detenerse junto a ella. Mientras que con disimulo buscaba en su bolso la llave que abriría esa puerta frente a la que estaba de pie.

—Sango… —mencionó Miroku al verla introducir la llave en la pequeña cerradura. ¿Estaba molesta?

Ella detuvo su acción sin alzar la mirada a él.

—¿Qué sucede…? —preguntó y su voz se volvió dulce ante el suave tono en el que habló.

—Sobre lo de hace un rato… —intentó justificar, más bien disculparse. Creyó haberla lastimado.

—Fue un error, ¿no? —interrumpió, creyendo que solo fue una equivocación, un error que ambos se arrepentirían. Se sintió tan tonta al notarlo, él tenía sus propios problemas y no debería cargar con ella; con protegerla.

Él guardó silencio y ella presionó su mano contra la circular perilla, tensando su mandíbula ante la estupidez que había sucedido. ¡Dios! Gustaba tanto de Miroku, ¿por qué ahora se sentía tan confundida?

Miroku observó con detalle los gestos articulados por la castaña, mirándola fijamente notó lo linda y tierna que podía ser, tan ruda y valiente… tan fuerte. Había intentado mantener engañadas esas sensaciones que amenazaban con adueñarse de él y no se permitía; no hasta tener ese problema en que trabajaba totalmente resuelto, pero no pudo, gustaba más de la cuenta de ella.

Sintió la fuerte mano del joven a su lado en uno de sus brazos, obligándola a girar para luego sentir una suave calidez tocar sus labios, la había besado, una vez más. Se sorprendió por el actuar del ojiazul, pero aun así correspondió ese beso, enredando sus brazos en el cuello del protector hombre frente a ella.

Posó una mano en la mejilla y la otra en la espalda de la castaña, profundizando el beso que le había dado, que había deseado.

La mantuvo apresada entre su cuerpo y la clara pared junto a la puerta, posó una de sus manos en el rostro de la castaña profundizando ese beso, que sin saberlo, tanto tiempo añoraba secretamente. Frunció el ceño al sentir a Sango pegarse a él, y ya no pudo contra su naturaleza. Subió la mano que anteriormente había tenido posada en la pequeña espalda de la chica, hasta ubicarla en el pequeño pero redondo pecho de ella, presionándola suavemente.

Los ojos avellanas de Sango se abrieron de golpe al sentir la suave caricia que el de mirada azul le había dado, deshaciendo inmediatamente todo contacto con él.

—S-Sango… —nombró al alzar sus manos a modo de disculpas, mientras sonreía nerviosamente y buscaba las palabras adecuadas para disculparse.

Ella no dijo nada, todo vocabulario fue dicho con aquel fuerte golpe que dio en la mejilla de Miroku.

—¡Pervertido! —apodó para luego abrir la puerta del hogar del moreno e internarse en el interior. Azotando la puerta fuertemente.

—Demonios… —maldijo en un susurro.

Rascó su cabeza incómodo y confundido por lo que había sucedido, estaba realmente apenado. Se había comportado como hace mucho no lo hacía. Se puso de pie frente a esa blanca puerta cerrada y alzo la mano deseando golpear y disculparse por su anterior actuar, pero desertó su intención. Pervertido.

—Nunca cambiarás del todo Miroku. —se dijo mientras se marchaba.

La castaña mordió su labio inferior y dejó de hacerlo al verlo retirarse por el acusador agujero que se ubicaba en el centro de la puerta. Volteó su cuerpo y un cálido suspiro escapó de sus labios al recargar su cabeza donde permanecía apoyada, avergonzada de lo que había sentido, más aún, como había reaccionado. Observó su mano y negó en silencio al recordar el firme golpe que le dio y a los pocos segundos después, sonrió. Acarició su mano y la sonrisa se extendió en su rostro, al igual que el rosado rubor que comenzaba a mostrarse en sus mejillas.

—Que tonta. —se dijo negando lentamente.

En una vieja casa ubicada a las afueras de la ciudad se encontraba Naraku, golpeando sus dedos con impaciencia contra la mesa de madera en la que había estado comiendo momentos antes que una llamada interrumpiera su cometido.

—Maldito viejo decrepito. —insultó al recibir las noticias telefónicas que le informaban.

Según escuché, es como un intercambio —continuó uno de los corruptos a los que le trabaja al de ojos carmín—, la cabeza de Enao por la tuya.

—Un atractivo trato para varias personas. —comentó al ponerse de pie.

Eso es lo que ellos creen. —prosiguió el colega de Naraku, refiriéndose al viejo Miōga a Miroku y los todos inútiles que estuvieran aliados a ellos.

—¡Pero que estúpidos son! —alteró el tono de su voz al exclamar una fuerte y malvada risa —¿Ellos juran que con eliminarme del negocio todo esto pasará? pero que par de perdedores. Deberían abrir sus ojos y darse cuenta que la delincuencia se apodera cada vez más del mundo. —escupió.

Delincuentes que visten corbatas. —apoyó el otro tras la línea.

—Como sea, gracias por tu información. Te compensaré muy bien por este favor. —dijo antes de finalizar la llamada.

Dejó escapar un pesado suspiro de irritación de sus labios, estaba harto del mal nacido de Bankotsu, debió eliminarlo cuando tuvo la oportunidad. Apoyó sus codos sobre el escritorio en el que permanecía sentado, entrelazando sus dedos, apoyando su nariz débilmente entre estos.

Dos fuertes pero cortos toques en la puerta interrumpieron su concentración, alzó su rojiza mirada, e invitó pasar a quien fuera de mala gana.

—Vieron a Moushin salir del departamento de Bankotsu.

—Ah… o sea que ahora son amigos. —dedujo al sonreír y asentir en repetidas ocasiones.

—¿Qué piensa hacer?

—Vamos hacerle una visita a nuestro muy estimado ex socio Bankotsu. Vamos a terminar de una vez por todas con toda esta basura. —informó y su mirada se tornó profunda, sus mal intenciones harían que el moreno pagara por todo, nunca debió meterse en su camino, mucho menos escogerlo como un enemigo.

Naraku gustaba de jugar sucio, y Bankotsu muy pronto lo sabría. Pagaría cada una de las consecuencias de su estúpido y patético actuar.

Si las cosas salían mal, probablemente, él solo debería ir a prisión y pagar por las traiciones y corrupciones cometidas en el peor de los casos. Pero Bankotsu viviría sufriendo toda la vida, lo sabía.

Lo dañaría donde estaba seguro… más le dolería.

Se sentó en la pequeña banca de madera ubicada bajo el amplio árbol de la casa, sintiendo el fresco aire golpear su rostro. Abrió los ojos y la tristeza pareció apoderarse de ellos.

« Kagome… »

Aspiró pausadamente el limpio aire que la rodeaba, observando las grises nubes del cielo. Bajó la mirada, posándola en el móvil que mantenía entre sus manos. Había intentado todo lo posible en comunicarse con su hija y, tal vez, por razones de destino no logró hacerlo. Una sensación de cierta tranquilidad se instaló en su pecho. Kagome se había ido, había escogido.

—¿Lograste llamarla? —la masculina voz de su marido la hizo voltear a verlo. Ella guardó silencio y Sohin frunció el ceño, preocupado, sentándose junto a su mujer.

Un nuevo suspiro escapó de los finos labios de Naomi.

—Ella se fue Sohin… —confesó lo que su instinto maternal le indicaba—. Kagome está con él.

—¿Ella te lo dijo? —Naomi negó lentamente pero su rostro lucía sereno.

El hombre de obscuros cabellos se puso de pie las palabras de su mujer.

—¿Cómo se te ocurre que Kagome podría elegir a un sujeto como ese, mujer?

—Lo ama. —aceptó, comprendiendo las palabras entre cortadas que tantas veces su hija mencionó.

—Es imposible.

—No querido.

—¿Cómo lo sabes?

—Kag intentó decírmelo muchas veces pero… deseé no escucharla, quise hacerla negar ese sentimiento pero ella estaba empeñaba en que él no era un mal sujeto y entonces… —ocultó su rostro entre sus femeninas manos.

—Es una locura… —musitó por lo bajo el padre de la azabache.

—Casi decidí por ella —habló Naomi y su garganta dolió—. La convencí de lo equivocada que estaba.

—¿Entonces InuYasha también está en Tokio? —preguntó al ubicar sus manos en su cintura. Naomi alzó ambas cejas, suponiendo que así sería —¡Dios! —se alteró con una sínica sonrisa en sus labios. ¿Acaso el único ciego era él?

—Quizás Kagome sólo necesita tiempo. Ese viaje puede servirle para abrir los ojos y ver qué es lo que realmente quiere para su vida. —dijo intentando convencer a su alterado marido. Él negó en silencio, mirándola seriamente.

—No. Si Kagome quiere estar con un sucio animal como el de las noticias, puede comenzar a olvidarse que tiene familia aquí en Sendai. —sentenció al girarse rápidamente, cerrando de un fuerte golpe la puerta tras él.

Naomi dio un pequeño respingo ante la prepotencia de su marido, entristeciéndose por las cosas sucedidas, suspiró profundamente. Esta vez estaba decidida a apoyar a su hija… como antes no había hecho.

Si Kagome había ido tras ese sujeto pese a todos los factores mencionados y vividos en carne propia, lo más probable era que aquel muchacho algo bueno debiese de tener; Kagome siempre veía cosas buenas hasta en las personas más incomprendidas, y ese chico, tal vez, no era la excepción. Estaba segura, confiaba en la intuición de su hija.

Terminó de colocarse las botas que anteriormente habían quedado tiradas en el suelo de esa habitación. Posó su mirada en la desordenada cama al ponerse de pie y un escalofrío recorrió su piel al recordar la necesitada entrega. Levantó una de sus manos, ubicándolas en el centro de su pecho, sintiendo los fuertes latidos de su corazón, sonrió.

¿Por qué se sentía tan bien tenerlo cerca?

Un escalofrío recorrió su piel al oír la masculina voz.

—¿Qué te parece tan gracioso? —preguntó el moreno al salir del baño.

Ella volteó a verlo, mordiendo parte de su labio interior. Bankotsu de verdad era guapo, y era de ella… Se avergonzó tontamente al percatarse de sus controladores pensamientos.

Regresó abruptamente a la realidad al percatarse que estaba a la altura de ella, analizándola con la mirada al haberse inclinado.

—¿Vamos a dar un paseo? —preguntó la azabache y por impulso se abrazó a ese cuello de él.

—¿Un paseo? —repitió al enarcar una ceja. Ella sintió.

—Me gustaría que saliéramos juntos, que no nos importe nada. —justificó. Bankotsu sonrió de medio lado al estrecharla contra su cuerpo al pararse correctamente.

—Un paseo entonces.

Salieron de la habitación, curiosos de no ver a nadie presente. ¿Cuánto tiempo pasaron encerrados en ese cuarto?

—Quizás metimos mucho ruido. —bromeó al mirar a Kagome de reojo. Casi podría apostar que la chica se enrojecería en vergüenza.

—Eres un grosero de lo peor. —se quejó al seguir los pasos del moreno hacia la habitación de Jakotsu.

—No está. —dijo sin mayor interés.

—¿Por qué no nos habrán dicho que se iban?

—Quizás lo hicieron pero con tus gemidos terminaste por espantarlos —la estrechó contra su cuerpo, presionando cada redondo glúteo de la joven entre sus manos.

—¿Tú… de verdad crees que ellos m-?

La fuerte risa del moreno resonó por toda esa habitación al analizar el ruborizado rostro de Kagome. Le resultaba tan inocente para algunas cosas. Acercó sus labios a los de ella, besándolos lentamente.

Una pequeña dosis de medicina para el veneno de su ansiedad por ella.

—Ve a ver si Sango está en su cuarto. —pidió cuando sus labios abandonaron los de ella. Kagome obedeció.

Bankotsu observó hacia el exterior por la amplia ventana ubicada en una de las paredes del cuarto, extrañado de que su compañero no estuviera en casa. ¿Dónde se había metido? Jakotsu no solía salir sin antes dar explicaciones.

Su mirada se tornó dudosa, quizás solo quisieron darles unas horas libres.

—Bankotsu… —llamó la azabache desde la sala. El ojiazul se encogió de hombros, restándole importancia a la poca información de su fiel compañero.

—Sango se está dando un baño.

—¿Y sabe algo de Jakotu?

—Dijo que no volvió a verlo desde que se despidieron en el centro. —contó lo que alcanzó oír de la boca de la castaña, pues el agua del baño interrumpía la comunicación.

—Bien, ¿le avisaste que vamos de salida? —preguntó al sacar el abrigo de la joven del pequeño clóset junto a la puerta.

—Sí. —respondió sonriente al extender los brazos mientras él la vestía.

—Entonces vamos. —pidió la mano de Kagome y ella encantada se la dio. Bankotsu sacó su abrigo y salieron tomados de las manos, como cualquier otra pareja.

Presionó el botón que lo llevaría hasta el estacionamiento del edificio y Kagome posó su achocolatada mirada en él, se veía tan tranquilo, sereno y confiado, un Bankotsu que ella desconocía totalmente. ¿Sería que de verdad se estaba mostrando como realmente era? mordió el interior de su mejilla, intentando que sus labios no dibujaran la sonrisa que deseaban. Se sentía tan completa junto a él que hasta se sentía tonta.

—Vamos. —reaccionó al ser jalada por la mano del ojiazul.

—Pero si Jakotsu debe andar en tu jeep… —recordó la joven.

—¿Qué te pasa? ¿Crees que tengo un solo auto? —cuestionó con fingida indignación. Dirigiéndose a un obscuro deportivo.

—Hiciste buenas inversiones. —dijo la chiquilla al alzar ambas cejas. Él sonrió de medio lado.

—Hmph, ya no volveré a hacer esa mierda. Entra. —ordenó al presionar el pequeño botón que liberaría al vehículo. Ella obedeció.

Abandonaron el lugar rápidamente, mientras conversaban de cosas sin sentido, los dos reían y una que otra caricia se regalaban, la vergüenza y los miedos desaparecieron en ese momento, solo eran él y ella. Nunca habían estado de ese modo, ambos se estaban mostrando el interior de su alma, sabiendo lo peligroso que eso sería.

La realidad era el peor enemigo del cuento de hadas.

Bankotsu la invitó a comer a un reservado restaurant, lejos de todo aquel extraño que los pudiese fastidiar.

Había salido en el noticiero el día anterior y, aunque varias miradas se posaban en él, ninguno de los portadores de aquellos curiosos ojos se daba el valor de encararlo.

La incomodidad de Kagome fue visible ante los ojos del moreno, quien pidió un sector privado sólo para ellos, donde ella estuviera tranquila.

—Será así por un buen tiempo. —mencionó Bankotsu atrayendo la mirada distraída de Kagome.

—Lo sé. —aceptó al asentir lentamente.

—Kagome… —llamó al no verla muy convencida.

—Estoy bien Bankotsu, no me sucede nada. —añadió, acomodándose junto a él y dejando descansar su cabeza sobre el hombro del moreno.

Bankotsu bajó su mirada observando las largas y obscuras pestañas de ella y no siguió insistiendo. Creía en sus palabras, tenía que hacerlo, después de todo… la había escogido a ella, el cambio de su vida. Debía aprender a confiar en una palabra, ya no había dinero ni tratos de por medio… sólo eran ella y él.

El tiempo de espera terminó y la comida anteriormente pedida llegó.

—El rastreador de tu pie… —habló la joven y el moreno alzo ambas cejas invitándola a proseguir —¿será para siempre?

—Supongo.

—¿Cómo puedes estar tan tranquilo? Te quitarán parte de tu libertad. —dijo casi molesta ante la poca seriedad de Bankotsu. Él sonrió.

—Niña tonta —ofendió y su sonrisa no se borró de su rostro—, está más que claro que será por un tiempo, de lo contrario… ¿para qué demonios me molestaría en hacer un trato con ellos? —comentó con arrogancia.

Kagome negó en silencio al revolver los ojos intentando mantenerse seria, pero no lo logró, una inocente sonrisa se dibujó en sus labios y el moreno la finalizó con un nuevo beso.

Terminaron de comer los pedidos realizados. Bankotsu cancelaría lo consumido por ambos, acompañado de una buena propina para el par de chicos de los atendió. Agradecieron el servicio y salieron del lugar.

—¿A la playa? —preguntó Bankotsu al voltear a ver a la chica. Ella asintió.

—Hace mucho que no voy…

—Kagome el clima no nos acompaña. —le debatió al ver como las nubes se habían adueñado de cada pedazo de cielo.

—Pero será la primera vez que haremos algo juntos, fuera de la mansión, tu departamento y todo lo que nos mantenga encerrados. —también discutió al cruzarse de brazos, su ceño se frunció ligeramente.

Bankotsu dejó escapar un pesado suspiro al fijar su mirada al frente, meditando las palabras pronunciadas por su acompañante. Sabía bien que la especie de relación que mantenía solo la vivían ellos dos y, al parecer, eso tenía que empezar a cambiar. Nunca había tenido una relación con ninguna mujer, no una seria como la que quería formar con Kagome, solo que, para él, toda esa situación era nueva. No sabía cómo las cosas debían funcionar de manera correcta, mucho menos cómo debía comportarse para hacerla sentir bien. No sabía cómo tratarla… no sabía nada y por primera vez, luego de mucho tiempo, sintió un sentimiento muy desconocido… llamado: "inseguridad".

Permanecía con sus brazos cruzados y recargada totalmente en ese cómodo asiento de cuero obscuro en el que estaba sentada. No estaba molesta, mucho menos enojada, era solo que temía fracasar. Había arriesgado tanto por estar junto a él que deseaba vivir y aprovechar cada momento, se avergonzó como una tonta niña mimada ante su anterior actitud. Volteó a verlo con disimulo, pensando que el semblante de él estaría duro en molestia; pero no fue así. Se ceño comenzó a suavizarse al percatarse del lugar al que se dirigían.

—Bankotsu… —nombró al apoyar ambas manos en el tablero del auto, sorprendiéndose por el vacío lugar.

Él se detuvo y acomodó el deportivo vehículo en uno de los aparcaderos del limitado lugar, volteando a ver a la chica una vez el auto acomodado. Quitó la llave y alzó ambas cejas.

—¿Feliz? —preguntó al sonreír sínicamente.

—Eres un engreído. —respondió ella al posar ambas manos en las mejillas del moreno y acercar sus labios a los de él.

Bankotsu hundió su lengua en la boca de la chica, frotándose con hambre a la de ella. Posó una mano en la nuca de Kagome, atrayéndola a él y con su otra mano comenzar ya a masajear uno de los enormes y redondos senos de ella. Nunca se saciaría lo suficiente de Kagome, estaba seguro.

Luego de un par de largas caricias la azabache insistió en salir a tomar el aire del mar que tanto le gustaba. Bankotsu obedeció a regañadientes, ¿por qué no se quedaban en el auto acariciándose hasta aburrirse?

La vio lanzar su pequeña cartera a los asientos traseros para luego abandonar rápidamente del auto, soltó un pesado suspiró al ir tras ella.

—Hace mucho frío —dijo la chiquilla al abrazarse a sí misma.

—Quizás llueva. —comentó al observar el cielo completamente gris y luego cubrirle la cabeza con el gorro del grueso abrigo.

—No me importa si llueve… —habló al alzar su mirada y verlo—, estamos juntos después de todo, ¿no? —le recordó y una sonrisa se dibujó en sus labios. Él la abrazó desde la espalda, transmitiéndole un poco de calor.

Kagome se separó del moreno y lo obligó a caminar junto a ella de la mano por la humedad del agua que era absorbida por la fina arena y él, muy a su pesar, lo hizo, disimulando demasiado bien lo mucho que odiaba ése tipo de cosas. ¡Maldición! casi rodeaba los treinta y ella lo hacía comportarse como un quinceañero cualquiera.

—¿No te molesta eso…? —cuestionó y él alzó una ceja al no oírla continuar. Siguió la dirección de las achocolatadas pupilas, las cuales descansaban en la parte inferior del tobillo, el cual era cubierto por unas botas cafés, y dentro de las mismas, unos obscuros jeans.

—¿El rastreador? —ella asintió —Es como tener una gruesa y ajustada tobillera. —respondió al encogerse de hombros.

—¿Qué pasará su traspasas el límite permitido?

—Emitirá un molestoso sonido y varias patrullas vendrán por mí al rastrear mi paradero.

Kagome desvió la mirada, sintiéndose mal por el estado del moreno. ¿Qué pasaría con Bankotsu si Naraku nunca era atrapado? Mordió su labio inferior, el solo pensar saberlo sin libertad era doloroso.

—Oye… —sus pasos fueron detenidos por la firme mano de él en su brazo. Observó los azules ojos que la veían fija y seriamente —No volveré a dejarte. —pronunció lo que estaba seguro, ella quería oír.

La garganta de Kagome dolió y en un impulso se lanzó a los brazos del desprevenido moreno, tirándolo a la húmeda arena tras ellos.

—Pero que tonta eres —ofendió al abrazarla fuertemente, cuidando que las prendas de ella no se humedecieran.

Kagome ocultó su rostro en el cuello de Bankotsu, dando varios y cortos besos en él.

—¿Qué te tiene tan contenta? —preguntó al mirarla a los ojos.

—Hoy es un día muy importante para mí. —comentó y su sonrisa se extendió.

—¿Piensas contármelo? —preguntó y no pudo más contra el deseo de volver a probar de los labios de la chica. ¡Demonios! Se estaba convirtiendo en un adicto; en uno muy influenciado y débil.

Las mejillas de Kagome se tornaron de un rojo furioso al sentir una de las atrevidas manos de Bankotsu presionar uno de sus redondos glúteos.

—Eres un pervertido de lo peor —ofendió al revolverse entre sus brazos para intentar pararse.

—¿Por qué te haces la ofendida? —cuestionó con cinismo al sonreír de medio lado y apretar aún más parte de ese perfecto trasero —Sé que te encanta que te toque. —le susurró en el oído al atraerla a él.

Kagome pestañeó un par de veces ante las atrevidas palabras del moreno y su piel no pudo no estremecerse ante esa confesión, que por lo demás, era bastante real a lo que su cuerpo le dictaba. Sus delgados brazos rodearon el cuello de ese hermoso moreno bajo ella, susurrándole un suave "te amo" en su oído. Unió sus carnosos labios a los de él.

El fuerte sonido de las olas del mar se hizo presente, reventando literalmente en el cuerpo de ambos. Kagome se puso de pie rápidamente y el ojiazul la imitó apenas ella estuvo de pie. La maldita ola además de haberles arruinado el momento terminó con mojarlos por completo.

—¡Dios! —se quejó la chiquilla al castañear sus dientes en repetidas ocasiones gracias a la frialdad que su cuerpo sintió.

Bankotsu río ante el estado de la chica que estaba toda empapada frente a él. El rubor de las mejillas que anteriormente había tenido Kagome se había esfumado abruptamente y el sonido de sus dientes era todo lo que resonaba en ese lugar. Le causó gracia verla así.

—T-Tonto… —dijo molesta al verlo acercarse una vez ya acortada toda la burlesca risa.

—Pero si pareces un pequeño pollo mojado —su afán por burlarse de ella no parecía desaparecer al mismo tiempo que deslizaba el cierre de ese largo y grueso abrigo del que destilaba agua salada.

—N-No… n-no es gracioso —su mirada viajó hacia el cometido del moreno.

—Bien, bien, como digas —dijo una vez parado correctamente—. Debo sacarte esto, de lo contrario sentirás más frío. —convenció al quitarle el gorro que aún estaba en la cabeza de la chica, besando su frente al verla temblando.

Y aunque el más mojado fuese él, se preocupó por ella primero y eso ya era un gran avance para la naturaleza de Bankotsu.

. .. … .. . .. … .. .

Se dejó caer pesadamente sobre la blanquecina arena, dejando a un lado el par de cervezas individuales que hace pocos minutos había comprado en un mini-mercado cercano a las costas. Posó sus secos labios en la boca de la botella de vidrio, absorbiendo ampliamente el tenuemente amargo y amarillento líquido. Sonrió falsamente, sintiéndose el perdedor más grande del mundo. Lo habían botado, y para empeorar su ego, por alguien que no valía ni la mísera mitad de él. Y dolía.

Lanzó a una distancia prudente el, ahora, vacío envase. Flexionó sus rodillas y dejó que sus antebrazos descansaran en ellas al mismo tiempo que empuñaba las palmas de sus manos, aspirando profundamente el fresco aire del lugar.

Sus ambarinas pupilas viajaron hacia el horizonte, el cual estaba tan apagado como él, negó solitariamente. Echó su cabeza hacia atrás, rogándole a todos los Dioses olvidar lo sucedido, pero, muy en el fondo, su mayor anhelo era que nada de lo que estaba viviendo fuera realidad. Quería que todo fuera sólo un mal sueño.

Su pecho se contrajo, ¿cuánto podía llegar a doler el engaño de una persona a la que se le quiere tanto?

Su sentó correctamente y se sintió solo en ese inmenso lugar, una madre con su pequeña hija se veían a una prudente lejanía. Un pequeño grupo de amigos; alrededor de cinco adolescentes que entrenaban lo que parecía ser al animado deporte de cheerleaders. Sus pupilas volvieron a viajar hacia el horizonte y una leve sonrisa se dibujó en sus labios al ver a una cariñosa pareja caer a la arena, ella sobre él y él abrazándola con mucha protección. Sonrió ampliamente al ver como el chico acariciaba a la chiquilla sobre él y ella quejarse para luego volver a aferrarse a él, pero su sonrisa fue borrada rápidamente al ver una gran ola casi cubrirlos, se puso de pie, por si necesitaban ayuda… su respiración pareció pausarse.

Sus manos se empuñaron fuertemente mientras su mandíbula parecía desencajarse de su lugar y sus ojos se abrían ampliamente al reconocer la identidad de quiénes se trataba.

Bendito sean los Dioses que entrelazan por casualidad los destinos.

. .. … .. . .. … .. .

La abrazo fuertemente mientras retomaban el camino hacia el lugar donde el moreno había dejado el vehículo estacionado. El viento estaba soplando más fuerte y el cuerpo de Kagome temblaba al ser golpeado por la suave corriente que se formaba en el lugar. Bajó la mirada ante lo pequeña que se veía junto a él, aspirando el olor de su cabellera; y aunque esta vez oliera diferente no le importó, después de todo, era ella. Kagome iba firmemente abrazada a su pecho, sus dientes aun chocaban unos contra los otros, le gustó aún más verla aferrada a él, como si lo necesitara con desesperación en su vida; su calor, tanto como el de ella en la de él.

Los pasos de la friolenta chica se detuvieron abruptamente y su dulce rostro pareció desfigurarse, al mismo tiempo que su cuerpo se tensaba y su respiración su aceleraba ante el sube y baja de su busto. Estaba asustada.

Levantó la mirada y una leve sonrisa se asomó en sus labios al reconocer al sujeto frente a ellos: InuYasha.

¡Demonios! ¿Hace cuánto tiempo fue que deseó ese encuentro?

Apenas se percató que pensaban marcharse prendió dirección a ellos, plantándose abruptamente frente de ambos bastardos que disfrutaban de su patético amor acosta de su decepción, aparentemente, burlándose de su estúpido estado. Estaba dolido, decepcionado y humillado, pero por sobre todas las cosas… estaba totalmente furioso. ¿Podría sentir algo peor? su mirada analizó al moreno, detallándolo de pies a cabeza, ¿qué demonios había visto Kagome en un sujeto como él? sus dedos hicieron mayor presión contra las palmas de sus manos. El muy maldito estaba sonriendo mientras apegaba a Kagome más a su cuerpo. Perverso. Sus pupilas ahora se detuvieron en la azabache a la que se había jurado amar y protegerla hasta el fin de sus días, quien ahora estaba ahí, con él, felizmente acosta de sus engaños y mentiras. Soltó el semi lleno envase de vidrio que mantenía en su mano, dejándolo desparramar sobre la arena. Estaba seguro que si seguía sosteniendo esa botella en la manera en que lo hacía terminaría por reventarla.

La impotencia ardió en él.

—¿Así que ahora te dejas manosear en público? —habló con ganas de ofenderla.

—Inu-Yasha… yo… —intentó justificar pero sus palabras fueron interrumpidas por la masculina voz del moreno.

—Tu nada Kagome. —dijo Bankotsu sin dejar de mirar al albino.

—Déjala que hable, es lo suficientemente inteligente para defenderse por las suyas. —atacó InuYasha sin dejar de mirar a la chiquilla.

—Eso no es necesario… —contradijo el moreno poniendo a la silenciosa joven tras él—; para eso ahora me tiene a mí. —aclaró.

Las manos del mirada ámbar se empuñaron con ímpetu, sintiendo casi como las gruesas uñas de sus dedos se enterraban en las mismas. ¡Joder, que frustración la que sentía!

—Quiero hablar con ella, no te metas en nuestros asuntos. —escupió al mirarlo fijamente.

—"Nuestros" —repitió en un burlesco tono de voz—. Tú y ella no tienen nada de qué hablar; eres parte del pasado de Kagome, hombre. Acéptalo. —le aclaró. No tenía ánimos de pelear con él, además, el estado en el que se encontraba el albino no sería el más justo para él mismo en esa riña.

Los ojos de Kagome se abrieron sorpresivamente al sentir la mano de Bankotsu entrelazarse con la suya, fortaleciendo así el lazo protector que por ella sentía. El moreno pasó sin mayor inconveniente junto a InuYasha, dándole un fuerte choque de hombros, dejándole ver lo poco que le importaba su presencia en el lugar.

Lo que menos quería era lidiar con un perdedor, además de ebrio.

La frustración que tanto se limitaba en contener InuYasha fue rebalsada al ver que ambos pretendían ignorarlo. Su ira fue mayor al ver que Kagome acataba silenciosamente los actos del moreno. ¡Maldición! ¿dónde quedó esa obediencia cuando le dijo que no hiciera nada imprudente? Y terminaron así… él con el corazón roto; y ella, regalándoselo a otro.

La nerviosa joven entrelazó sus dedos a los de Bankotsu mientras mordía el interior de su mejilla para que sus dientes no chocaran entre ellos, sin saber bien si era por el frío que sentía o por los nervios de puntas que a esas horas ya tenía. Sus pasos fueron detenidos y sus ojos cerrados fuertemente ante el firme agarre de su brazo contrario al que mantenía con Bankotsu, volteó a verlo, temerosa de lo que los venenosos labios, víctimas de las heridas de la que solo ella era responsable, le pudieran decir.

—Kagome… —nombró y la ambarina mirada pareció tornarse suplicante. El pecho de ella dolió.

Bankotsu la observó con el ceño duramente fruncido, ¿qué estaba haciendo? ¿qué mierda pretendía? Kagome lo miró y él alzó ambas cejas, esperando.

—Solo un minuto —pidió y sus ojos se achicaron ante la respuesta que recibiría de parte de él.

—No. —dijo cortante.

—Por favor…

—Dile que te suelte antes que yo lo obligue a hacerlo.

—Bankotsu…

—No te lo estoy preguntando.

Kagome miró a InuYasha y éste solo con verla… cedió, esperando. La amaba, estúpidamente lo seguía haciendo, y sería así por un buen tiempo.

¿Dónde quedó tu orgullo InuYasha?... suspiró profundamente. El alcohol y las horas en desvela habían espantado totalmente a ese sentimiento que tanto lo caracterizaba. Su orgullo lo había abandonado, y ahí estaba, tontamente esperando por ella, como muchas otras veces en las que ni siquiera se lo dijo.

Bankotsu la jaló bruscamente unos cuantos metros, alejándola del maldito perro arrastrado ése. ¡Por los mil demonios!

—¿Qué mierda crees que haces? —dijo al jalarla con él.

—Me estás lastimando. —se quejó al zafarse del agarre.

—Es lo que pretendo.

—Solo quiero aclararle que no hay vuelta atrás. Que he tomado mi decisión y no pretendo cambiarla… el quedarme contigo.

Bankotsu ubicó ambas manos a los costados de su cadera, absorbiendo el salino aire que los rodeaba en esa fresca zona. Estaba obscureciendo.

—Se lo debo Bankotsu…

—No le debes nada a nadie —dijo con la voz cargada—; mucho menos a él.

—Solo quiero aclararle que ya se acabó… por favor.

Él la miró seriamente, para luego fijar su azulina mirada en el tranquilo chico tras ellos, cedería, vigilaría cada una de las maniobras que intentara con ella.

—Cinco minutos. —aceptó y ella asintió, con intenciones de ir con el albino.

El moreno volvió a sostener la muñeca de ella, atrayéndola a él.

—¿Qué suce…? —intentó cuestionar pero sus labios fueron sellados por los hambrientos del él, a quién era que su cuerpo reaccionaba.

Kagome cerró los ojos, correspondiendo con cierta timidez el beso. La situación era sumamente incómoda para ella, y cierto temor se instaló en su pecho al imaginarse un escándalo del prepotente moreno. La policía podría llegar y el único perjudicado sería el mismo, Bankotsu, ella pensaría por los dos ya que él, con lo impulsivo que era, podría cometer cualquier locura.

Abrió los ojos y sus azulinas pupilas viajaron hacia el incómodo albino que los observaba fijamente, su rostro se bañó en victoria, y como tal triunfador, enseñó lo ganador que era, deslizando su húmeda lengua por los labios superiores de Kagome, dejando la huella de su saliva en los gruesos labios de la chica.

InuYasha intentó desviar la mirada, negándose a ver lo que ese mal nacido le hacía a Kagome pero no pudo, algo falló en su sistema por defenderse. Observó cómo ese maldito bastardo la marcaba como suya, como si fuera su propiedad.

Kagome abrió los ojos y se encontró con las pupilas del moreno fijas en el albino, frunció el ceño al sentir sus labios libres. Estaba sorprendida.

—¿Por qué hiciste…?

—Por si se le ocurre intentar besarte —interrumpió tajante y ella negó molesta, agotada—. Cinco minutos. —le recalcó al volver a detenerla. Ella una vez más asintió.

La mirada azulina y la ambarina volvieron a chocar, enfrascándose en una batalla de frustración y competencia, ninguno de los dos se toleraba, más aún, porque claramente había una persona coronada con la entera atención de la azabache, solo que, extrañamente, esa persona aún no lo veía con toda la claridad.

Quizás ese sentimiento de abandono instalado en lo más oculto de su ser lo nublaba, negándose a disfrutar con tranquilidad aquellos sinceros sentimientos que Kagome entregaba.

La vio detenerse frente al albino y sus manos arrastraron con frustración parte de su flequillo. ¿Qué demonios era eso que sentía? se dejó caer en la pesada arena, observando cada movimientos que ésos dos hicieran.

—¿Qué sucede? Ayer hablamos y nos dijimos todo lo que debíamos. —Kagome conversó cortante.

—¿Por qué?

—¡¿Por qué que InuYasha?! —preguntó con frustración —Ya sabes todo, ¿qué más quieres?

InuYasha arqueó la mandíbula, intentando contener las ganas de zarandearla que tenía. De alguna manera tenía que abrir sus ojos y la muy tonta ni siquiera se molestaba en intentarlo. ¡Demonios! Un ciego podría ver mejor que ella y decirle que el bastardo de Bankotsu no traería nada bueno a su vida.

—¿Por qué tanta mentira? ¿Por qué él? ¿Qué mierda tiene él que a mí me falta? —preguntó y su pecho se oprimió. Toda la maldita noche se hizo esa clase de preguntas, torturándose hasta caer completamente inconsciente por el alcohol consumido.

—InuYasha… Yo lo…

—Es pura basura —escupió—. ¡Maldición Kagome! Si querías pegarte una revolcada con él quizás… con el tiempo, te hubiera perdonado. Eres humana, te puedes equivocar… —dijo alterado —¡Pero lo estás escogiendo!

Kagome tragó duro, lastimosa del estado en el que veía al albino y, que por lo demás, era totalmente responsabilidad de ella.

—Me enamoré de él.

—Eso es imposible —corrigió al acercarse a ella, limitándose a tocarla—. Ése sujeto —lo señaló—, el muy maldito que se encuentra allá esperando por ti, fue el que te secuestró, te traficó e intentó prostituirte por dinero. ¡¿Cómo demonio no lo ves?! —le recordó.

—Porque no lo hizo. —corrigió.

InuYasha rodó los ojos enteramente frustrado.

—Quizás te quería como su zorra personal. —ofendió irritado ante la pasión con la que ella lo justificaba.

—No me harás cambiar de opinión con esas ofensas.

—No es lo que quiero.

—¿Entonces qué…?

InuYasha rascó su cabeza con desesperación ante la testarudez de la chica frente a él.

—¡Dios Kagome! —su tono de voz volvía a alterarse —Abre de una buena vez tus malditos ojos. Él no es para ti.

—Eso ya no te compete.

—Claro que sí —discutió y se acercó lo suficiente—, te amo.

—Estás ebrio InuYasha. —dijo mirando con disimulo al moreno que no les quitaba la mirada de encima. Estaban lejos de él pero sabía bien que analizaba cada movimiento que hacían; que InuYasha hacía.

—Y es tu responsabilidad.

—Pues lo siento —se disculpó con el ceño fruncido—, pero yo no te obligué a beber.

—Tus actos sí.

La chica se cruzó de brazos, estaba harta y además el frío volvía a hacerse presente en su cuerpo. Mordió el interior de su labio inferior. ¿Qué más quería que le dijera?

La observó analíticamente, detallando cada rasgo de ese inocente rostro de niña frente a él. El morder su labio de esa manera solo hacía que se viera más grueso de lo que ya lo era, apeteciéndole probar de él como tantas veces antes lo hizo sin pedir siquiera su permiso.

—Vente conmigo Kagome —pidió aun contra el poco orgullo que le quedaba. Ya había perdido todo lo que le importaba, ¿qué más bajo podía caer?

Kagome lo vio con tristeza, sintiendo la culpabilidad caer pesadamente sobre sus hombros. Posó su femenina mano sobre la mejilla del albino, brindándole una suave caricia.

—Esto ya se acabó, yo lo amo demasiado. Por favor… termina con esto de una vez InuYasha. Nos hace daño a los dos. —pidió con su voz quebrada, acariciando parte del rostro del albino con su pulgar, para luego alejar su mano de él. Había tomado una decisión, tenía que irse.

Observó el semblante del albino fijamente. Se sentía tan triste que dolía fuertemente, ¿eso era normal? ¿los cierres en los capítulos de nuestras vidas eran así de dolorosos? ¿se podía sufrir por dos personas de maneras distintas? ¿se estaba equivocando? Supuso que era parte de la vida cometer errores y, también, aprender de los mismos. InuYasha había sido una persona muy importante ella. Había dejado grandes marcas en diferentes etapas de su vida. Fue su primer amor. Su primer beso. Su primer hombre. Su primer en muchas cosas pero… de algo sí estaba segura, y era, que aquel moreno esperando ahora de pie a unos cuantos metros alejados de ellos, era el capítulo que en su vida quería vivir. Lo había escogido, no le importaba si se equivocaba.

Bankotsu era el capítulo lleno de desafíos que quería en su vida y si se equivocaba, estaría completamente conforme de haberlo intentado, que haberse vivido preguntando: "¿qué hubiese pasado si…?"

En esos momentos, en ese tiempo, en ese instante, Bankotsu era su presente y su futuro, hasta cuando el destino le dijera lo contrario… y aun así.

Si Bankotsu era un error… entonces estaba dispuesta a sufrir la caída más dolorosa de su vida, ya nada la haría retractarse, estaba sumamente firme. Disfrutaría al máximo cada momento de ese error que tan feliz la estaba haciendo. El "error" más hermoso y doloroso de su vida, porque era demasiado consciente, de lo complicado que era y sería amar a un sujeto como ese arrogante moreno.

—Adiós InuYasha. —se despidió al alzar sus pies de puntas y besar un costado de la mejilla de él, ya estaba todo dicho; todo cerrado.

Su respiración se contrajo firmemente y casi pudo sentir su corazón ser estrujado en su interior. Dolía. Y si seguía pensando en recuperarla, el dolor, claramente, jamás desaparecería.

Abrió sus ojos y ella le regaló una suave sonrisa. Él también sonrió. Su cerebro se activó con imágenes de ambos en el pasado.

La conocía desde que eran niños, sus madres se hicieron buenas amigas y eso los llevo a hacerse más cercanos. Recordó cuando comenzó a mirarla de otra manera. La primera vez que sintió celos de otro chico sin siquiera ser algo. La primera vez que la besó y el temor que tuvo de ir a pedirle autorización a Sohin para dejarlos ser novios. La primera vez en que se dio cuenta que estaba enamorado de ella. La primera vez que le hizo el amor, robándose la pureza de ella, la cual, para siempre le pertenecería a él y solo a él. Su cabeza dolió al recordar todas esas cosas vividas, eran experiencias que ya no volverían.

¡Demonios!

« Adios InuYasha. » Las últimas palabras de Kagome dirigidas a él, solamente a él eran de una despedida y, esta vez, estaba seguro que sería para siempre.

La desesperación se adueñó de él y el sentimiento de propiedad amenazó con mandar toda esa emotiva despedida al carajo. La vio girar con claras intenciones de marcharse, de sacarlo de su vida.

Sus pupilas se dilataron al ver al moreno bastardo de pie un poco más allá, esperando por ella, para llevarla lejos a vivir una vida de mierda, que estaba seguro, solo eso podría ofrecerle. Su cuerpo empezó a arder y el egoísmo reinó en su interior. No. No podía dejarla irse así como así. ¡Cielos! Ella se estaba equivocando.

—Tienes que venir conmigo. —la azabache se detuvo abruptamente al sentir la firme mano de InuYasha en su muñeca.

—InuYasha… ya hablamos de esto y…

—¿No piensas en tus padres? ¿en Sōta?

—Por favor —pidió al fijar sus pupilas en el agarre—, no quiero tener problemas —comentó en voz queda mirando hacia el moreno quien ya parecía impaciente.

—Entonces solo mándalo al demonio. En vez de hablar como una mujer enamorada, suenas como si temieras de lo que pudiese hacerte —dijo sin deshacer el agarre en la delgada extremidad de la chica. Quería persuadirla, intentar hacerla ver de lo equivocada que estaba, de manipularla—. ¿Lo amas o más bien… le temes?

El ceño de Kagome se arrugó ante la, para ella, tonta pregunta que le hacia el albino. Ella no temía de Bankotsu, al contrario, se sentía sumamente protegida junto a él. Pero si era sincera, y vaya que lo era, muy en el fondo, sabía lo peligroso que podía a llegar a ser el moreno dueño de su entero corazón. Temía. Aceptaba muy en el fondo que temía de las impulsivas reacciones de Bankotsu, y no por ella, sino que por lo que le pudiese hacer a él; a InuYasha.

Bankotsu quien ya se había puesto de pie al ver a Kagome dirigirse a él frunció el ceño, curioso y molesto. El ver cómo InuYasha detenía a Kagome y le hablaba con cierta autoridad no le gustó para nada, y por instinto, se puso de pie, fastidiado ya de esa, para él, inútil conversación. Kagome ya había tomado una decisión, ¿qué mierda necesitaba aclararle?

Iría por ella.

—Suéltame.

—No sabes lo que quieres.

—InuYasha, por favor…

—Solo estás confundida.

—Ese no es tu problema. —dijo con fastidio, intentando zafarse. Ya no perdería más tiempo intentando hacerlo entender.

—Vendrás conmigo.

—¡Que me sueltes! —exigió y él ignoró. Sus miradas estaban completamente fijas una en la otra.

—Te está diciendo que la sueltes, ¿acaso no la oyes? —cuestionó con su rostro duramente contraído.

—Bankotsu…

Sus ojos se abrieron con sorpresa al verlo de pie tras ella, más aún al verlo darle un fuerte empujón al albino desde el pecho, haciendo que éste trastabillara con la suelta arena y cayera al suelo, también producto del alcohol ingerido.

—Te dije que sólo sería una pérdida de tiempo. —le recordó al jalarla a su lado.

Sintió cómo el moreno la pescó del brazo colocándola tras él al mismo tiempo que su mirada permanecía fija en InuYasha, quien torpemente se reincorporaba.

—Bankotsu… no. —nombró al posar su mano en la mejilla del moreno y obligarlo a mirarla.

El moreno de azulina mirada tensó la mandíbula al ver cierto temor en esos achocolatados ojos que lo miraban; los de su ángel, porque eso era Kagome para él, un bendito ángel caído del cielo para arreglar el asqueroso infierno que era su vida.

Botó la pesada respiración contenida, acatando lo que esa suplicante mirada y sin palabras le pedía.

Pescó el femenino brazo deseando llevársela con él.

—Así que eso eres de verdad Kagome, una maldita y sucia zorra —insultó al estar ya de pie—. ¿Cuánto quieres por venirte conmigo? —sacó del bolsillo de su pantalón unos cuantos billetes y se los lanzó a los pies.

La mano del moreno se empuñó firmemente al oírlo referirse así a su mujer, su sonrisa se arqueó. Estaba muy equivocado si creía que con dirigirse de ese modo a ella conseguiría algo. Soltó el agarre que mantenía en Kagome, volteando a ver al dolido albino.

—Es la última vez que la llamas de esa manera. —ordenó entre dientes.

—Es lo que es. —dijo igual de molesto al mirarla de soslayo. Bankotsu sonrió de medio lado… ¡qué hombre más patético!

—Recoge la poca dignidad que te queda. —recomendó amenazante.

—¿Dignidad? —repitió a modo de sorna. Bankotsu lo ignoró alejándose con Kagome de ese lugar —¡¿Sabías que durante todo este tiempo se estuvo encamando conmigo?! —esas palabras hicieron que los pasos del moreno se detuvieran de repente. Sabía bien lo inconsecuente que sería al devolverse pero algo de esa frase había golpeado en su interior.

Su mirada se posó en el rostro de Kagome, quien observaba con cierto pánico la situación.

—No es cierto… —soltó en un susurro.

—¿Qué te hace creer que te ha sido fiel? —continuó fastidiando, sabiendo que esas acusaciones golpearían la seguridad de ese enorme ego que tanto se jactaba el semblante de ese moreno. Sus pausados pasos lo hicieron sonreír con maldad.

Bankotsu tensó la mandíbula, sin dejar de mirar el rostro de la chica.

—Me engaño, ¿no?... ¿qué te hace creer que no haría lo mismo contigo? —insistió el albino.

InuYasha estaba siendo consciente de las infundadas acusaciones que estaba lanzando pero… el saber a Kagome con alguien más golpeaba lo más profundo de su ser.

—Gimió mi nombre hace unas noches atrás y ahora se va contigo. Te dejará Bankotsu, lo hará.

Los ojos de la azabache se abrieron ampliamente al fijar su mirada en el albino. Negó dolida. Ese InuYasa que estaba de pie a una distancia prudente, en ese momento, no era el tímido chico del que alguna vez se enamoró.

—Es suficiente. —dijo al soltar bruscamente el brazo de la chica y silenciar de una buena vez al maldito y dolido chico.

—¿Qué pasa Bankotsu? —siguió con ánimos de fastidiarlo —¿Quieres que te cuente los detalles? —sonrió triunfante al ver el serio rostro del moreno, había logrado su afán de atormentarlo —Hemos estado en el interior de la misma mujer, sabemos perfectamente bien lo rico que se siente penetrar a Kagome.

Su ego había sido golpeado. Su dignidad estaba totalmente en el suelo. Y su orgullo lo había abandonado.

Esas vagas palabras bastaron para que la ira de Bankotsu se desatara contra el albino. Empuñó firmemente su puño, dejándolo azotar bruscamente contra la blanquecina mejilla de InuYasha, quien no esperaba aquel golpe.

InuYasha abrió sus ojos sorpresivamente por el dolor en su mejilla, retrocediendo un par de pasos ante lo inesperado de ese golpe. Su mandíbula se tensó y se dejó ir sobre el maldito moreno que había jodido su vida. Maldito el día en el que se puso en su camino y, lo que creía, le pertenecía.

Bankotsu cayó al suelo ante el pesado cuerpo del ambarino, intentando ponerse de pie. InuYasha no se lo permitió. El de particular cabellos plateados dio dos certeros puñetazos en el rostro del moreno, sonriendo internamente por la sensación experimentada.

—¡Basta por favor!

Los fuertes gritos de Kagome llegaron al oído del ojiazul, haciéndolo enfurecer ante el notable sonido de su quebrada voz.

¿A qué le temes, Kagome?

Se quitó de golpe al albino de encima, invirtiendo posiciones, quedando ahora él sobre InuYasha, pescándolo firmemente del largo cabello del chico.

—¡Me importa una mierda cuántas veces estuviste con ella! —le gritó lo suficientemente cerca para que lo oyera bien —Ahora está conmigo. Perdiste. —y al terminar de decir aquellas palabras, le dio un fuerte puñetazo en la nariz, haciéndolo sangrar.

—InuYasha… —en voz baja nombró con lástima, pero no lo suficiente. Bankotsu alcanzó a oírla.

El oír ese nombre escapado de los labios de ella golpeó fuertemente su ego, haciéndolo desconcertarse de lo que hacía.

¿Por qué lo nombraba a él… a InuYasha?

Sintió al albino removerse bajó su cuerpo, y luego de eso un fuerte golpe a un costado de su frente, haciendo resonar su oído. Sintió un líquido correr por su cuerpo, y otro, por parte de su frente.

InuYasha estiró su brazo tanto como pudo, alcanzando la botella de vidrio que había llevado en su mano y había dejado tirada al enfrentar a ése par. Empuñó firmemente el objeto un su mano y con decisión, lo reventó contra la cabeza del moreno.

Kagome abrió sus ojos, impactada de lo fea que se había vuelto la situación. InuYasha sangrando y ahora Bankotsu también.

—¡Maldito cobarde! —gritó totalmente enfurecido ante ese patético actuar de defensa del albino.

Posó con rabia una de sus manos en el cuello de la camisa del albino y de esa misma manera dio golpe tras golpe en el rostro del chico, furioso. Desatando toda la rabia que había trabajado en contener.

El rostro de InuYasha era bañado con sangre que despedía su nariz y parte de la comisura de sus labios. Intentó defenderse pero le fue inútil, sus fuerzas lo habían abandonado.

—¡Basta Bankotsu! —gritó Kagome al acercarse a ellos.

¿Estaba defendiendo a InuYasha? Golpeó con más fuerza el rostro del ambarino.

—¡Ya déjalo! —pidió Kagome al posar sus manos en los hombros del moreno, intentado quitarlo de encima de InuYasha.

Bankotsu se la quitó de un fuerte movimiento, haciéndola tropezar para luego verla azotar con su trasero en la arena, aun así no se detuvo.

—¡Llamaré a la policía! —amenazó al alejarse a pasos rápidos del lugar.

Su respiración se volvió cansada y pesada al dejar de lanzar golpes contra su contrincante. Poniéndose de pie y siguiendo los pasos de la escandalosa chiquilla.

—¡Kagome! —llamó al seguir los pasos de ella.

—¡No me hables! —dijo al hacer un gesto con su mano, sin detener sus pasos.

—¡Kagome! —volvió a gritarla. Los pasos de la chica eran cada vez más rápidos.

—¡No me hables Bankotsu!

Corrió rápidamente hacia ella, deteniéndola fuertemente del brazo.

—¡Suéltame!

—¿A dónde pretendes ir?

—¡Suéltame!

—¿A dónde vas Kagome? —exigió saber, haciendo presión en la delgada muñeca de ella.

—Me estás lastimando.

—No me interesa.

—Eres una mierda Bankotsu. —dijo y su voz se quebró.

—Hmph… ¿y ahora es que lo ves? —preguntó con sorna, aunque esa frase lo golpeó. Dolió.

—Déjame en paz. —se quejó al jalonearse.

—Sube al auto. —ordenó al sacar la llave del interior de su bolsillo y presionar el botón que quitaría los seguros. El deportivo vehículo estaba estacionado alrededor de cinco autos más allá a donde ellos estaban de pie.

—No iré contigo a ningún lado. —afirmó segura.

—No me obligues a tratarte mal. —amenazó.

—¿Piensas golpearme? —desafió, frunciendo duramente su ceño.

Bankotsu resopló frustrado, pero que niña más tonta ¡jamás la golpearía! Si eso llegara a suceder, estaba seguro, sería más doloroso para él.

—Además de ser un maldito delincuente pretendes golpear a las mujeres. —continuó acusándolo, ¡Dios! Estaba tan molesta.

El moreno liberó la muñeca de la chica solo para cargarla en su hombro y llevarla él mismo a ese auto que ya los esperaba. Ella se removió tanto como pudo al verse rendida ante la fuerza del moreno, dejó de luchar. Se sentó correctamente, dejando que él acomodara el cinturón de seguridad en medio de la separación de sus redondos senos, los cuales eran levemente traslucidos ante la humedad de la blanca prenda. Ni siquiera se había acordado de recoger su chaquetón.

Una vez que ya la tuvo asegurada se puso de pie correctamente, apoyando su antebrazo en la puerta del copiloto y la otra en el techo del vehículo, respirando profundamente al verla enojada, su rostro estaba realmente molesto.

Cerró fuertemente la puerta del copiloto, haciéndola dar un pequeño brinco.

Entró al auto y la miró de soslayo.

—Hmph… estará bien. —dijo al sonreír de medio lado, ocultando la irritación que le resultaba saberla preocupada de él al alzar su mirada a la dirección en la que se encontraba el albino.

Ella no dijo nada. Lo ignoró.

El camino al departamento del moreno fue silencioso, ninguno dijo ni una sola palabra. Varios pesados suspiros se escaparon de los labios de Kagome, su conciencia no la dejaba tranquila pese a todo… ¿cómo estaría InuYasha? Se removió en su asiento, incómoda, llamando la atención del moreno quien la observó de reojo sin interés en preguntarle qué le sucedía. La chica había sacado su cartera de la parte trasera del auto, sosteniéndola en sus manos. La vio registrarla, para luego sacar el móvil de ésta.

Llegaron a la entrada que resguardaba la seguridad del edifico. Bankotsu se detuvo lo suficientemente cerca de la caseta para ordenar de mala gana que le abrieran las rejas que resguardaban su departamento, y una vez abiertas, invitándolo a ingresar, su mirada volvió a posarse en las manos de la chica, alcanzando a leer el nombre en ese móvil. Se detuvo abruptamente una vez ya ingresados al estacionamiento.

—¡¿Qué demonios haces llamando a Miroku?! —preguntó alterado al quitarle bruscamente el móvil de sus manos y lanzarlo hacia el parabrisas, cayendo de ahí a los pies de Kagome.

¡Maldición! ¿Qué demonios pretendía Kagome, volverlo loco?

La chiquilla abrió los ojos, asustada del comportamiento del moreno. Nunca lo había oído hablarle así.

—Te estás excediendo —comentó con calma, intentando tranquilizarlo.

—¡Me importa una mierda! —dijo al volver a meter marcha al auto, hasta acomodarlo en el lugar que le correspondía en ese lugar.

Una vez el auto detenido y apagado, el silencio reinó.

—Bank… —nombró con voz queda pero él la interrumpió.

—¡Maldición! —gritó completamente frustrado, dando fuertes golpes repetidas veces contra el volante.

Las palabras de InuYasha lo estaban haciendo dudar y los celos enfermizos que luchaba por reprimir se hicieron presentes. ¡Demonios! ¿Por qué se estaba comportando así?

Las pupilas de Kagome temblaron ante el alterado comportamiento de su moreno. Su garganta dolió y quiso bajarse de ahí, por primera vez, temió su reacción. Abrió la puerta del vehículo pero lo sintió estirarse y pasar casi encima de ella para cerrar la puerta que ella misma había intentado abrir.

—¿Te acostaste con él? —preguntó mirándola fijamente.

—¿Pero qué…? —preguntó y el rudo nudo en su garganta volvió a aparecer.

—¡Maldición Kagome… —se sentó correctamente y arrastró sus manos por su rostro hasta llegar a su flequillo —¿lo hiciste o no?! —

—Vete a la mierda. —dijo cortante al lograr bajarse del vehículo y dar un fuerte portazo tras ella, corriendo hacia el elevador al sentir a Bankotsu imitarla.

Las puertas del ascensor se abrieron e ingresó rápidamente.

—¡No Kagome no! —gritó y dio un fuerte puñetazo con ambas manos empuñadas al ver las puertas metálicas cerrarse. Botó el aire contenido pero su rabia y celos no querían despedirse de él. Subió las escaleras auxiliares completamente irritado.

. .. … .. . .. … .. .

Tocó el timbre con insistencia, observando el ascensor. Él iría tras ella, llegaría, lo sabía.

—¡Kagome! —saludó una sonriente castaña para luego cambiar su semblante por uno más serio y preocupado —¿qué pasó…?

—Nada. —dijo nerviosa e ingresó al lugar.

—¿Cómo que nada? ¿por qué luces así?

—Estoy bien Sango… solo… —mencionó y el inferior de su labio tembló.

—Sabes que puedes confiar en mí. Somos amigas. —le recordó cálidamente y la mirada achocolatada de Kagome se cristalizó.

—Sango… estábamos en la playa y… —dijo y sus palabras se pausaron al ver el agotado y cansado rostro de Bankotsu ingresar de repente.

—¿Qué te pasó? —preguntó al cubrir sus labios con una de sus manos al ver una amplia herida a un costado de la frente del moreno.

—¿Tienes idea de cuánto te cansa subir corriendo las escaleras hasta llegar a un onceavo piso? —cuestionó al tensar su mandíbula y lanzar las llaves de mala gana al mueble junto a las puerta.

Sango miró a ambos y parecía que el ambiente podría cortarse hasta con tijera ante lo tensión que se sentía.

—Me voy a dormir. —informó la chica al dirigirse al dormitorio.

—Tú no vas a ninguna parte. —dijo el moreno al seguir los pasos de Kagome.

Sango los miró confundida. Algo muy malo debió de pasar como para que ambos actuaran de esa manera.

—¡Bank! —llamó al seguir los pasos del joven por el corredor.

—No interfieras Sango.

—Deja que las cosas se calmen. Ambos están demasiado tensos. —sugirió al sostener el brazo del muchacho, quien ya sostenía de su otra mano contraria el pomo de la habitación en la que yacía Kagome.

—No la dañaré. —añadió.

—Yo sé que no lo harás pero…

—No estarás siempre. —dijo al zafarse del débil agarre de la chica e internarse en el interior del cuarto. Los problemas que tenía y tendría con Kagome, tenía que solucionaros con ella, a nadie más lo competía lo que pasara.

Sango mordió su labio inferior y esperó afuera, no por ser chismosa, sino preocupada de lo que pudiese pasar. Bankotsu era un chico arrebatado, y aunque sabía bien que quería a la azabache, temía por los impulsos a los que éste fuese sometido.

—¡Vete Bankotsu! —dijo al lanzarle la húmeda prenda que se había quitado de la parte superior de su cuerpo.

—Kagome… —nombró al quitarse con irritación la blusa que ella le había lanzado en el rostro.

—¡Lárgate! —se alteró al verlo acercarse.

—Antes me vas aclarar qué mierda fue todo eso allá en la playa. —ordenó al detenerla del brazo.

—Suéltame, no me toques.

—¿Qué no te toque? Que estúpida eres niña. —dijo al acercarla más a él, sin liberar el agarre.

Ella resopló frustrada, harta y cansada.

—¿Te acostaste con él o no lo hiciste? —¡Maldición! el saberla con ése imbécil lo hacía confundir. Observó los carnosos labios de ella, él saberla gemir el nombre de otro lo molestaba, lo enfurecía. ¡Qué patético se estaba comportando! Sabía muy bien la historia de ellos.

—¿Si te digo que no me vas a creer?

—Dame una razón para hacerlo.

—¿Que te ame no es suficiente para ti?

—Hmph… no se trata de eso. Tu actitud en la playa dice lo contrario. —escupió al recordar la defensa que le dio al albino. Quizás, eso era lo que más le dolía de toda la situación.

—Dios Bankotsu… —habló con cansancio al arrastrar su húmedo flequillo.

—Estuviste varias semanas con él, como pareja… ¿tuvieron sexo? —¡maldición! Si eso era cierto… Él intentando protegerla y mantenerla alejado como un imbécil y ella...

—No.

—No mientas. —dijo al retroceder con ella, haciéndola chocar contra la limpia pared de ese cuarto.

—No me acosté con él. No lo hice. —dijo al mirarlo fijamente.

El semblante de Bankotsu lucía serio.

—¿Te tocó? —cambió la pregunta.

Kagome mordió su labio inferior y su mirada se apagó, no mentiría. Asintió.

Él tensó la mandíbula, dibujando una falsa sonrisa, nacimiento de lo estúpido que se sentía. Las dudas amenazaron con perturbarlo, y aunque luchó contra ellas, se sintió como un perdedor al recordar la forma en que ella defendió a InuYasha.

¿Lo amaba a él…?

Soltó el agarre anteriormente mantenido en la chica, su mano tembló y la impotencia de sentirse ridiculizado pedía despertar.

—Bankotsu… —llamó al verlo casi desorbitado.

Se preocupó al ver el semblante del moreno, lo observó sin moverse de su lugar y lo vio tomar asiento en la punta de ése blando colchón frente a sus ojos. Sus orbes se posaron en la delgada línea carmín que comenzaba a deslizarse a un costado de su ojo, quizás, consecuencia de forzosos y sus malos pensamientos. Caminó lentamente al baño por el botiquín de primeros auxilios, y con dudas, se acercó, sentándose a los pies de él. Humedeció una bolita de algodón con alcohol para desinfectar la herida, pero su mano fue detenida con la fuerte de él.

—No…

—Solo quiero ayudarte. —dijo y ambos se miraron fijamente.

Él negó al ponerse de pie.

—Bankotsu déjame ayudarte —pidió al seguir los pasos de él.

—No me sigas Kagome.

—Pero… ¿qué estás diciendo?

Bankotsu volteó a verla y sus facciones faciales se encontraban totalmente contraídas. Tenía mucha rabia, lo sabía y no sabía cómo disiparla. Debía alejarse de ella, el autocontrol, otras veces, no había estado muy de su lado. Temía que en ese momento también le jugara en contra.

—¡No puedes dejarme! —exigió Kagome al sostenerlo del brazo —¡Prometiste que no lo harías! —argumentó y el tono de su voz se quebró notablemente.

Su duro corazón se contrajo ante el tono en que ella prácticamente le rogó, el amor por ella le gritaba que dejara todo atrás, que no se dejara influenciar por lo sucedido hace un momento atrás, después de todo, ella estaba ahí, con él. Pero su tonto y fuerte orgullo le recordaba una y otra vez la aguerrida forma en la que defendió al albino, haciéndolo dudar. Debía decidir.

Decide Bankotsu. ¿Qué es más importante para ti? ¿el amor por Kagome… o tu orgullo de macho dominante herido?

En ese momento, sus molares hicieron presión. Su decisión. Su orgullo.

El moreno no dijo nada más y con un poco delicado movimiento liberó su extremidad de las manos de Kagome, saliendo de ese cuarto, que en ese momento, se sentía tan frío.

Estaba muy molesto, debía alejarse de ella, lo que menos quería era herirla más de lo que ya lo estaba haciendo.

—¡Eres un tonto Bankotsu! —gritó Kagome al dejarse caer en el limpio piso del corredor.

La castaña vio a ambos salir y atajó a Kagome al verla con intenciones de seguirlo, para luego ayudarla a reincorporarse.

¿Qué demonios estaba sucediendo?

—Sango… —nombró al aferrarse fuertemente a su cable a la realidad. La castaña la abrazó fuertemente.

—Tranquila. Deja que se le pase, solo está molesto. —calmó al acariciar el húmedo cabello de su amiga.

La calmaría, y luego iría por él.

Posó sus manos a los costados de su sien, haciendo presión y el líquido carmesí una vez más se hizo presente. ¡Demonios! Golpeó un par de veces el techo de su auto. ¿En qué se estaba convirtiendo? ¿por qué diablos se sentía tan inseguro? ¿qué eran todas esas sensaciones mezcladas?

Alzó su azulina mirada a la estructura que se veía en el techo de ese estacionamiento, posando sus manos en su cadera y soltando un pesado suspiro. Observó en repetidas ocasiones la puerta que lo llevaría hacia los elevadores, dudando de ir o no por ella. La había hecho llorar.

—Maldición Kagome. —de sus labios se escapó en un suave susurro.

Presionó el pequeño botón en su mano y desbloqueó el seguro de ese vehículo, necesitaba aire fresco y pensar cómo mierda solucionar todo ese desastre que revoloteaba en su cabeza.

Ingresó al vehículo, conectando la llave para luego encender el motor, suspiró hondamente.

Sus orbes se posaron a la fémina que subió de repente. Sonrió de medio lado.

—Necesitamos hablar. —dijo al abrocharse el cinturón de seguridad.

El moreno negó en silencio y la cansada sonrisa en su rostro desapareció al mismo tiempo que salía a toda velocidad del lugar.

Sango la había animado a darse un rápido baño para despejar su cabeza y cambiar el semblante tan agotado que llevaba, poniéndose un pijama de dos piezas color azul de seda. El agua caliente le había causado cierto calor.

Se sentó en la sala del elegante departamento del moreno, terminando de beber el humeante té que Sango le había servido antes de marcarse, prometiéndole la paliza que le daría al imbécil de Bankotsu y obligarlo a volver con ella. Secó la gruesa lágrima que se había acumulado en su ojo. Su corazón latió fuertemente al oír los repetidos sonidos del timbre del hogar.

¿Sango lo había traído de regreso?

Su rostro se desfiguró totalmente al reconocer la imponente presencia del sujeto frente a ella. Intentó retroceder, quiso hacerlo pero sus piernas no reaccionaron.

—¿Cuánto tiempo… no, Kagome? —intimidó al extender su perfecta sonrisa.

Las pupilas de la chica se dilataron completamente y el valor volvió a ella, intentando torpemente correr hacia el interior del departamento e ingresar al cuarto más cercano pero los pasos del hombre fueron más rápidos. Deteniéndola del cabello.

—¿Esa es tu forma de saludar a un viejo amigo? —dijo al apegarla a su cuerpo —Estás más hermosa de lo que recuerdo.

—Naraku. —lo nombró casi asqueada al sentirlo cerca de su cuerpo.

—¿Estás sola? —preguntó al mirar a los alrededores.

—Bankotsu viene en camino. —mintió.

Naraku alzó su rojiza mirada hacia el par de sujeto que los esperaban a las afueras de ese departamento. Ellos negaron.

—Maldita mentirosa. —ofendió al obligarla a sentarse en el sofá de la sala.

—¿Qué es lo que quieres?

Naraku la ignoró totalmente, sosteniendo en sus manos un móvil que había localizado sobre la mesa de centro.

—¿Puedo…? —bromeó al enseñarle el teléfono a la joven que mantenía su ceño fruncido.

La piel de Kagome se tensó nerviosamente al ver a los extraños ingresar al interior de ese departamento. La pescaron bruscamente de los hombros, amarrándola de ambas muñecas y cubriendo sus labios con una gruesa cinta, para luego cubrirle la cabeza con un obscuro saco.

Kagome intentó e hizo todo lo posible por defender. Pero no pudo. Ellos eran mucho más fuertes. Gritos de impotencia deseó articular pero le fue imposible, lo único que pudo hacer fue liberar aquellas gruesas lágrimas que reflejaban la impotencia que sentía.

Se la llevaron, aun contra toda la voluntad que la chica utilizó para rehusarse.

—No hablaré de estos temas contigo Sango. —se quejó el moreno luego de la insistencia de la chica.

—Quiero mucho a Kagome. —discutió la castaña y él pareció indignarse.

—¿Y crees que yo no lo hago?

—Pues tus actos dejan mucho que desear. —justificó ante la testarudez del ojiazul.

Bankotsu se cruzó de brazos e hizo los mismos con sus piernas, completamente fastidiado. Nadie dijo que sería fácil, además, él no tenía la más mínima idea de mantener relaciones con una mujer; Las mujeres con las que había estado antes se trataba de una simple cogida y ya, y ahora… ¡Demonios!

—Kagome aún es muy niña —Sango volvió a salir en defensa de su enamorada amiga—, y pese a eso, es una chica muy decidida. Después de todo, decidió estar contigo sabiendo el desafío personal que para ella sería. Dejó todo por ti. —añadió y su tono de voz sonó comprensivo.

Bankotsu no dijo nada, ya estaba agotado. Esos cambios, de cierto modo sentimentales que había tenido, le resultaron ser una sorpresiva bomba de rabia, impotencia y egoísmo, dejándose torpemente influenciar por los mismos. Su pie se movió inquieto, ¿por qué debía ser tan orgulloso? Supuso que el criarse prácticamente solo y llevar la responsabilidad de su familia lo hicieron volverse, con el tiempo, duro y frío, obligándose a sí mismo a construir una muralla lo suficientemente impenetrable para que nadie pudiese ingresar pero… Kagome lo había logrado. Ella había llegado como una pequeña pizca de claridad al infierno que tenía por vida. Su mandíbula se tensó. ¿Si la quería tanto por qué no podía simplemente creer a ciegas en ella? resopló ante la confusión. Si las cosas seguían tomando ese curso, probablemente, su vida, junto a la de ella, terminaría transformándose en una relación tortuosa, donde los gritos, llantos y alteraciones se convertirían en pan de cada día.

¿Quería darle ese clase de vida a Kagome? Definitivamente no, ella no se lo merecía. Y en ese caso, en el rincón más obscuro, profundo y compasivo de su ser, se aceptaba a sí mismo, que ella estaría mejor con un sujeto como InuYasha.

Ese tipo era el costoso y amargo sabor de la cura, y él, la enfermedad que la llevaría por un camino lleno de agonía y sufrimiento antes de hacerla descansar en paz.

Escupió.

El móvil de la castaña comenzó a sonar despertando la atención del moreno quien curioso la observó.

—Es Kagome. —habló al extenderle el teléfono, lo más probable, esperando noticias de él.

Bankotsu arqueó una de sus cejas, y luego de la insistencia de la castaña, doblegó su actuar, cediendo ante la petición que ésta le hacía.

Se sentó correctamente para luego encorvarse, suspirando el aire que lo rodeaba antes de que esa llamada entrara.

—Kagome —nombró y sus pozos azules se apagaron al oír la voz masculina tras esa llamada.

Respuesta equivocada, mi queridísimo Bankotsu.

La piel del moreno pareció tensarse al mismo tiempo que su mano se empuñaba. El miedo, esta vez, latente, corría por sus venas.

—¿Dónde está ella?

—¿Qué sucede Bankotsu? —preguntó la castaña pero Bankotsu parecía estar en algún universo lejano; uno en el que solamente él y esa llamada telefónica eran lo único que existían.

Habla muy mal que un hombre no sepa dónde se encuentra su mujer —comentó con ganas de fastidiarlo—. No, no, no, mi querido Bankotsu. Eso deja mucho que desear de usted.

—¡No estoy para tus malditas bromas! —dijo completamente indignado ante la burla que Naraku demostraba en su tono de voz. Se puso de pie y Sango lo imitó, preocupada de lo que sucedía.

Hmph… y yo que te creía de buen humor. Al parecer, tener una relación aparentemente seria no es nada bueno para ti.

—¡Basta de estupideces Naraku! —dijo harto de la sorna del de mirada rojiza —Dime dónde estás y terminemos con esto de una buena vez.

¿Y por qué deberíamos terminar con esto ahora? Si se ha vuelto tan divertido.

—¡Diablos Naraku, déjala en paz! —pidió.

¡Cosas como éstas son las que suceden por haberte puesto en mi camino Enao! —le recordó, haciéndolo sentir totalmente responsable.

—¡Ella no tiene nada que ver en esto!

Ya es demasiado tarde… ¿Quieres decirle las últimas palabras?

—Naraku… —nombró y su voz, por primera vez, sonó temblorosa. Sus dedos se posaron en el puente de su perfecta nariz, haciendo presión.

B-Bankotsu… —la voz de Kagome al otro lado de la línea despertaron su desesperación.

—¡Kagome, ¿dónde estás…?!

Yo… no l-

Sin trampas Bankotsu —la gruesa voz de Naraku resonó en el oído del moreno.

—Dime —suspiró profundamente—, dime qué es lo que quieres.

Tu vida, por la de ellos.

—¿Ellos? —preguntó desentendido.

Bankotsu… —el ceño del moreno se frunció y su rostro demostró cierta lástima. La agotada y débil voz de Jakotsu tras ese aparato removieron su interior.

¿Te quedó claro ahora? —preguntó Naraku.

Bankotsu observó los avellanas ojos que lo miraban analíticamente, esperando por información, un poco de orientación para poder ayudar, lo que sabía bien, eran problemas.

—¿Dónde y cuándo? —preguntó sin dejar de mirar a Sango.

La castaña abrió sus ojos con desmesura ante el semblante de Bankotsu. Su rostro estaba sereno y una cínica sonrisa adornaba sus labios, temió.

—Ahí estaré. —dijo antes de finalizar la llamada.

Sango lo observó dirigirse al vehículo estacionado unos metros a distancia de ellos. Siguió sus pasos, suponía lo que había pasado.

Naraku, Kagome, Jakotsu. No había que ser un genio para descifrar lo que sucedía.

—No puedes creer en su palabra. —dijo la chica al abrir la puerta de copiloto e ingresar.

—No tengo más opciones.

—Sabes muy bien lo tramposo y ruin que es Naraku. ¡Por Dios! No puedes creerle.

—¡¿Y qué propones que haga?! —cuestionó con cierta prepotencia.

Sango desvió la mirada, ¿qué podía decirle? Mordió su labio inferior, sintiéndose completamente inexperta ante lo que estaba pasando el moreno.

—Con lo bestia que es Naraku, debe de estar torturando a Jakotsu; solo con la intención de hacerlo sufrir. Bien sabe que él jamás diría algo. En cuanto a Kagome… ¡Maldición! —se frustró y golpeó por enésima vez en esa larga noche el volante frente a él.

Naraku era un sujeto asqueroso y el solo pensar qué le podría estar haciendo a Kagome lo hacía delirar de impotencia. ¡¿Por qué tuvo que irse y dejarla?!

Encendió el motor de ese veloz vehículo, sentenciándose a sí mismo a pagar el costo de las decisiones que había tomado; tanto el tiempo en el que se volvió un ser inescrupuloso y las que, erróneamente, había tomado esa noche.

Estaba llegando a su fin, el peso de la lejanía de sus compañeros golpeó en sus hombros, hasta la muerte de Kagura se hizo presente, latente. Todo lo que algún día lo rodeó había acabado. Estaba decidido.

Su vida por la dos de sus seres más importantes. Un trato justo después de todo.


Notita: Y aquí quedó el penúltimo capítulo de la historia. ¡Estamos a uno!

¿Lo encontraron largo?

Ya en la nueva actu aclararé ciertas cosas y también reincorporaré ciertos personajes :D Quise mostrar un poquito de Sango y Miroku, creo que son muy importantes y a veces no se les da el espacio que merecen :/

Lemmons: Mmm... aún trabajamos en eso. La práctica hace al maestro así que espero algún día llegar a narrarlos mejor.

Spoliers: La idea original de éste fanfic siempre fue el de dejar a InuYasha con Kagome. Según se iban dando las cosas y el rubro en el que se movía Bankotsu, sólo lo llevaría a la muerte. Se lo comenté a un par de chicas y, obviamente, odiaron la idea x'D Esto es lo que resultó al final. Seguiré manteniéndolo a salvo.

¿Me pregunto si seré la única realmente enferma masoquista que le guste el tipo de historias con finales realmente dramáticos como para llorar y odiar de por vida a la autora que nos atrapa?

Pues si sigo así mi nuevo fic será uno realmente masoquista x3

Reviews:

-Anixz.

-Yuli.

-Ljubi-sama.

-Rogue85.

-Angeel O.

-Caresse D'Ange.

-Nina Shichinintai.

Somos poquitas esta vez pero se les agradece aún más al estar por terminar esta historia. Agradezco mucho a las que me acompañaron desde un inicio y lo siguen haciendo hasta ahora. Pues y a las que me abandonaron... ¡qué feas!

Jajajaja Nah Bromix!

Pd: Mi teclado se traba mucho, ya saben, así que si por ahí me comí alguna palabra, se escribió mal o se me escapó el acento, lo siento, claramente, es un descuido de fuerza mayor ;D (en especial esa H que la debo presionar no sé cuántas veces, como la odio!)

~Nos Seguimos Leyendo~

¡Círculo Mercenario!