Capítulo 58: La historia de Cervantes e Ivy
- ¿Mi hija? – preguntó Cervantes sorprendido. - ¿Qué te hace pensar eso?
- Bueno, no es seguro, pero...todo encaja.
- ¿Y qué es todo, si puede saberse? – gritó Cervantes, que estaba empezando a perder la paciencia.
- Este portabebés... – dijo ella agarrándolo. - ...lo encontré en mi casa. Soy hija única, así que seguramente fue usado conmigo.
- ¿Y?
- Mi madre me dijo antes de morir que soy adoptada. Que mi padre me encontró abandonada en la costa cuando era un bebé. Debió encontrarme envuelta en este portabebés.
Cervantes empezaba a comprender lo que Ivy quería decir.
- Seguramente, Joanne Stuart se quedó embarazada aquella noche que su marido llegó antes de tiempo. – prosiguió ella. – Nueve meses después nací yo.
- Y ella era poco menos que una noble, así que no podían permitir que cuidara de una hija bastarda. – comprendió Cervantes.
- Y por eso me abandonó, envuelta en un trozo de lo único que le quedaba de mi padre. – terminó Ivy.
- Seguro que utilizó el trozo en el que ponía mi nombre a propósito. – supuso Cervantes. – Así si decidías buscar a tus padres biológicos me encontrarías a mí y no a ella.
Ivy asintió. Cervantes dejó de apuntarla.
- Bueno, parece que tuvo éxito, porque aquí estás.
- Ya, bueno, pero yo en realidad no he venido hasta aquí por eso.
- ¿Ah, no? ¿Y entonces por qué? – preguntó él desconfiado.
- Por... – Ivy comprendió que se había ido de la lengua, así que decidió mentir. - ...por el cuadro.
- ¿El cuadro?
- Me entusiasma el arte. El cuadro que vi en la mansión de Joanne Stuart me encantó y quise tener más de su autor, pero en el cuadro no ponía quién era. Ella tampoco lo sabía, así que decidí buscar al que se lo había regalado. – Ivy pensaba a una velocidad vertiginosa.
- Lo pinté yo mismo. En vida fui un gran pintor, además de pirata. – presumió él. – Pero...¿qué hacías en casa de Joanne Stuart?
- Eh...era vecina mía. – siguió mintiendo Ivy, consciente de que su farsa se desmoronaba. – Iba a su casa a menudo.
- ¿Vecina? – Cervantes sospechaba algo, claramente. – Joanne Stuart vivía en una mansión en las afueras. No tenía vecinos.
- Ya, bueno, eso sería antes. Supongo que se mudaría.
- ¿Y...has venido desde Inglaterra...por un cuadro?
- Sí. – dijo Ivy, intentando parecer lo más sincera posible.
- Bueno, pues no tengo más, así que...ya puedes marcharte.
- Pero...acabo de descubrir que eres mi padre.
- No sé si te has dado cuenta, pero tu padre está bastante muerto. – ironizó él.
- Ah...ya... – lo cierto es que Ivy, después del shock de encontrarse con Cervantes y descubrir que era su padre, había olvidado que estaba hablando con un zombi.
- Y, sinceramente, hija, no puedo permitir que se sepa que sigo vivo en forma de zombi.
Esas palabras asustaron a Ivy.
- Nunca he tenido mujeres en mi tripulación, pero...eres mi hija, así que supongo que puedo hacer una excepción.
Sonrió con malignidad y volvió a levantar la pistola.
Segundos después, los pocos zombis que seguían a bordo del barco escucharon un disparo procedente del camarote del capitán.
