Capítulo 66: El enfrentamiento con el encapuchado

Kilik y Xianghua corrían de la mano, aferrándose con fuerza.

Por alguna extraña razón, les parecía que si soltaban al otro, todo se vendría abajo.

Además, también tenían que estar atentos de no dejar caer sus respectivas armas, que sujetaban con la otra.

Y por si todo eso fuera poco, la preocupación inundaba su mente por lo que podría haberle pasado al maestro.

Pero sabían que lo mejor era no detenerse a pensar en ello, ni volver a por él. Podía ser sumamente peligroso.

Estuvieron corriendo durante mucho rato. Perdieron la noción del tiempo. Estaban agotados, pero sabían que parar podía costarles la vida.

Y no estaban equivocados.

El misterioso encapuchado que había asesinado a Edge Master les seguía de cerca. Gracias al poder de la Semilla Maligna no se cansaba, por lo que poco a poco iba ganándoles terreno.

Quería Soul Calibur desesperadamente, así que no iba a detenerse.

Poco por delante de él, Xianghua empezaba a agotar sus fuerzas. Su compañero notó como ella aminoraba el ritmo.

- Xianghua, no podemos parar. – dijo él como su poco aliento le permitió.

- No, Kilik... – corrigió ella deteniéndose. – Lo que no podemos hacer es correr eternamente.

Kilik también se paró. Sabía que debían seguir corriendo, pero por otra parte lo que ella decía era cierto.

- Lo único que podemos hacer es intentar luchar. – afirmó Xianghua.

- Está bien. – cedió él. – Pero lo haré yo. Tú escóndete.

- ¿Qué?

- No quiero que te pase nada.

- ¿Y crees que yo quiero que te pase a ti?

- Xianghua, no es lo mismo...

- ¿Qué pasa? ¿Como eres hombre eres tú quien debe defenderme a mí?

Pero la discusión no pudo durar más, porque en ese momento el encapuchado los alcanzó.

Ambos lo miraron al mismo tiempo, aterrorizados.

- ¡Tú! – exclamó Xianghua.

- ¿Lo...lo conoces?

- Vino a mí poco antes de que me encontrarais.

- Claro, por eso el maestro sintió esa energía maléfica. – comprendió Kilik.

Al mencionar a su maestro, el chico reaccionó.

- El maestro...¿qué le has hecho? – gritó al encapuchado.

El encapuchado permaneció en silencio, como desde que los había alcanzado, pero sonrió mostrando su diente de oro.

- ¿Qué le has hecho? – repitió Kilik alzando la voz furioso, amenazando al misterioso con su vara.

- Lo mismo que os haré a vosotros...a no ser que me entregueis esa espada. – señaló la que sujetaba Xianghua.

- ¿Mi espada? ¿Para qué la quieres?

- ¡No se la des! – ordenó Kilik. - Nos matará igualmente.

La rabia y tristeza que acumulaba se notaba en sus ojos, y también en la lágrima que resbalaba por su mejilla.

- Entonces os mataré y me llevaré la espada de todos modos. – razonó el encapuchado. – Intentadlo por las buenas, no teneis nada que perder.

Pero Kilik no estaba de humor como para intentarlo por las buenas. Arremetió contra él con su vara en alto.

Sin embargo, antes de que pudiera darse cuenta, tanto él como su vara acabaron en el suelo.

Desde allí escuchó como su agresor decía con calma:

- Ahora dámela, chiquilla, si no quieres que mate a tu novio.

Kilik levantó la vista sin despegar la mejilla del suelo. Xianghua también lo miraba a él, y por enésima vez se cruzaron sus miradas.

Nunca habían pensado en sí mismos como novios, aunque lo cierto era que su relación era muy estrecha.

La forma en que Xianghua lo miraba, hacía pensar a Kilik que ella estaba teniendo pensamientos similares a los suyos. Lo hacía como tantas otras veces, solo que esta vez con los ojos llorosos y una expresión extraña en el rostro, que podría entenderse como de cariño.

Finalmente, la chica extendió el brazo en el que sujetaba la espada hacia el encapuchado.

Kilik cerró los ojos, con una mezcla de resignación, por haber tenido que ceder ante el misterioso, y emoción, por el gesto que Xianghua había tenido con él.

Pero entonces, algo realmente extraño ocurrió.

Cuando el encapuchado agarró la hoja de la espada, ésta empezó a brillar. Lo hacía con tanta intensidad que incluso Kilik, con los ojos cerrados, lo notó.

Los abrió para saber qué pasaba, pero pronto sintió la necesidad de volver a cerrarlos, porque la luz que desprendía el arma lo cegaba.

Se escuchó una especie de explosión y la luz se apagó.

Finalmente, Kilik abrió los ojos. Lo que vio era realmente extraño.

Xianghua estaba sentada, con expresión de sorpresa, y su espada permanecía a su lado.

El encapuchado, sin embargo, había desaparecido.