Capítulo 74: El interrogatorio

- Es inútil, Rock. – opinó Ivy. – No va a decirnos nada.

- Acabará hablando. – discrepó el nuevo capitán.

- ¿Por qué iba a hacerlo? Sabe que si encontramos la espada está muerto. – puntualizó la inglesa.

Habían encerrado y encadenado a Cervantes en la bodega del barco, y Rock había tenido la idea de interrogarlo sobre el paradero de Soul Edge. Sabían que el pirata no sabía exactamente dónde se encontraba la espada, porque de ser así ya hubiera ido a por ella, pero seguro que podía darles alguna pista.

- Yo le haré soltar la lengua. – aseguró Rock mientras se dirigía hacia la "celda" de Cervantes.

- ¿Cómo vas a hacerlo?

Rock ignoró la pregunta y descendió a la bodega, seguido a la carrera por Ivy.

Allí abajo todo estaba muy oscuro, aunque entraba la luz suficiente para distinguir personas y cosas.

El ex-capitán del barco estaba sujeto por varios pares de cadenas a una viga. A su lado, Alan permanecía de pie, vigilándolo.

Cuando aparecieron Rock e Ivy, el prisionero levantó la mirada y rió.

- Vaya, vaya...parece que te subestimé, Rock. – dijo con sorna.

Rock caminó con decisión hasta él, sin pronunciar palabra, y lo agarró del cuello.

Los otros dos presentes se asombraron de ver esa actitud en Rock, ya que nunca lo habían visto tan furioso.

- No me llamo Rock. – gruñó al oído de Cervantes. – Mi nombre verdadero es William. William Adams.

Cervantes miró a Rock a los ojos y sonrió con malignidad.

- ¿Adams? ¿De qué me suena ese nombre? – se preguntó el pirata sin dejar de sonreír.

Alan e Ivy observaban a los otros dos sin siquiera moverse.

- Quizá te suene por mis padres. – susurró Rock con un tono que irradiaba odio. – Nathaniel y Catherine Adams.

- ¿Nathaniel Adams? – fue entonces cuando el español recordó. - Oh, claro...el supuesto primer hombre en encontrar Soul Edge.

- ¿Supuesto? – inquirió Rock.

- Así que por eso estás aquí. – comprendió Cervantes, ignorando la pregunta. – Has venido a vengar el asesinato de tus padres.

Rock bufó en señal de afirmación.

- Pues lamento que tu viaje haya sido en vano, porque para matarme necesitas destruir la espada, y ni siquiera yo sé dónde está. Y por supuesto, de saberlo no te lo diría. – reconoció el antiguo capitán. – Por no hablar de que ahora que eres un zombi, si yo muero tú morirás conmigo.

- Te lo dije. – exclamó de repente Ivy. – No nos dirá nada.

Rock soltó el cuello del asesino de sus padres y, sin prestar atención a la mujer, se dirigió a Alan.

- Cuando llegué al barco me quitaron el hacha que traía conmigo. ¿Sabes dónde está?

Alan movió la cabeza afirmativamente.

- Tráela.

- ¿Qué vas a hacer?

- Tú hazlo.

Alan suspiró y se marchó de la bodega.

Ivy y Rock se miraron a los ojos.

- No tienes que quedarte si no quieres. – recordó él.

- Creo...creo que me quedaré. – respondió Ivy.

Rock asintió.

- Bien.

Alan no tardó en regresar, sujetando el enorme hacha de Rock con ambas manos.

- Aquí tienes. – dijo entregándosela a su dueño.

Rock la sujetó y se acercó a Cervantes.

- ¿Aún no estás dispuesto a hablar?

Lo único que obtuvo por respuesta fue una estridente carcajada.

- ¿De verdad crees que vas a poder hacerme daño? – preguntó Cervantes. – Un zombi no siente dolor, y tú deberías saberlo.

Rock sonrió.

- Alan, una pregunta que llevo haciéndome un tiempo. ¿Qué le pasaría a un zombi si le cortasen la cabeza?

La expresión de Cervantes cambió de inmediato.

- Lo mismo que si le cortaran cualquier otra parte del cuerpo. – respondió el tripulante. – No sentiría dolor alguno, pero la parte arrancada quedaría inutilizada. Como el cerebro está en la cabeza, supongo que de cortarse ésta, sería el resto del cuerpo el que quedaría inerte.

- No debe ser muy agradable ser sólo una cabeza sin cuerpo, ¿verdad? – supuso el capitán acercando la hoja del hacha al cuello del asesino de sus padres. Éste respondió tragando saliva.

- Desde luego que no. – confirmó Alan.

Rock pareció satisfecho ante esa respuesta.

- Bien...de modo que repetiré la pregunta, Cervantes. ¿Aún no estás dispuesto a hablar?

...

- Comienza desde el principio. – pidió Rock. - ¿Cuándo fue la primera vez que oíste hablar de la espada?

- No había oído hablar de ella la primera vez que la encontré. – confesó Cervantes. – Estaba navegando con mi antiguo barco pirata y me dispuse a saquear otro navío... Una vez hecho el abordaje me di cuenta de que algo no era normal en aquella nave. El capitán tenía un tamaño descomunal, la piel rojiza y, lo que era más evidente, el corazón al aire libre.

Ivy y Alan hicieron una mueca de asco al oír aquello.

- Sin duda no era humano, aunque por su inteligencia podría parecerlo. Aquel ser llevaba consigo Soul Edge, y conseguí arrebatársela. Normalmente no dejo a nadie con vida en los barcos que ataco, pero no me atreví a luchar contra aquel monstruo y, una vez con Soul Edge en mi poder, mi tripulación y yo huimos. – contó el pirata. – No sería hasta tiempo después cuando descubriría que aquel monstruo era el gigante Astaroth, que le había quitado la espada a su creador, Kunpaetku, tras la muerte de éste.

- ¿Cómo consiguió Kunpaetku la espada? – quiso saber Ivy.

- No lo sé. – admitió Cervantes. – Pero aquella espada...era el mejor arma que había visto jamás, y hasta hoy no he vuelto a ver una igual. Llegué a apreciar a Soul Edge casi tanto como a mi propia vida. Sin embargo, no mucho tiempo después, la perdí en un combate naval cerca de costas portuguesas. Cayó al mar y creí haberla perdido para siempre. Pero me equivoqué.

- Mi padre encontró Soul Edge en Portugal. La marea debió llevarla hasta allí. Y esa noche, atacaste nuestro barco y los mataste. – Rock puso un especial énfasis en las últimas palabras. - ¿Cómo supiste que la teníamos?

- Supongo que fue mi instinto...o el de la espada. Soul Edge tiene vida propia, y sabía que me pertenecía, así que debió guiarme inconscientemente hacia ella.

- ¿Qué pasó después para que volvieras a perder la espada? ¿Y cómo te convertiste en zombi?

- Unos meses después de matar a tus padres, resulté herido de muerte en una batalla. Caí al mar moribundo, aferrándome a Soul Edge. Para cuando las olas nos llevaron a las costas de la India, yo ya no era más que un cadáver. – Cervantes sonrió con malicia antes de seguir narrando su historia. – Pero, un día, un guerrero con aspecto nórdico o germánico nos encontró, y trató de hacerse con la espada. Fue entonces cuando Soul Edge me devolvió a la vida para defenderse. Sin embargo, aquel guerrero era poderoso, y logró arrebatármela...pero yo ya era un zombi inmortal.

- ¿Qué sabes ahora de Soul Edge?

- Sé que ya no me guía instintivamente hacia ella, y eso es extraño. Sin embargo, en mi búsqueda, logré hallar a un poderoso guerrero llamado Olcadan, que tenía información sobre Soul Edge y Soul Calibur, y lo interrogué. Descubrí que fue él mismo quien las creó, que utilizó Soul Calibur para desafiar y vencer a un dios, y que éste, enfurecido, transfiguró la espada para hacerla parecer una normal y corriente.

- Eso ya lo leí en tu diario. – declaró Rock. - ¿Qué más? ¿Qué hay de Soul Edge?

- Descubrió al poco de crearla que era demasiado peligrosa, y se deshizo de ella vendiéndosela a un tipo que estaba muy interesado en ella. Quizás el propio Kunpaetku. – dedujo Cervantes.

- Sí, es posible. – opinó Rock.

- También me habló de un tipo inmortal que busca las dos espadas para conseguir morir, pero como acabas de recordarme, probablemente eso ya lo has leído en mi diario. – ironizó.

- Sí...pero al lado había una anotación que decía "Soul Edge" entre signos de interrogación. ¿Qué quiere decir? ¿Crees que ese hombre ya la tiene en su poder?

- Así es. ¿Por qué Soul Edge me guió a mí hasta ella tras perderla por primera vez, y no a Astaroth? ¿Y por qué ahora no me lleva consigo? Mi teoría es que busca estar en unas manos lo más poderosas posible. Supongo que yo tengo más poder que Astaroth. Y, siguiendo mi teoría, ahora la espada debe estar en poder de una persona aún más poderosa que yo. – teorizó el zombi. – Alguien inmortal...no un zombi, alguien realmente inmortal...cumple con esa característica.

- ¿Sabes algo más de ese hombre?

- No...Olcadan me dijo que siempre va encapuchado para que no lo reconozcan. Podría ser cualquiera.

- Un momento... – interrumpió el capitán. - ¿Encapuchado?

- Sí. Significa que lleva capucha. – se burló el pirata.

- Una de las veces que desembarcamos en España un hombre encapuchado habló conmigo...

A Cervantes pareció sorprenderle esa afirmación.

- ¡Alan! – llamó Rock.

- ¿Sí, mi capitán?

- Avisa al timonel. Volvemos a tierra.