Capítulo 75: Ayuda inesperada

Raphael estaba a punto de abandonar la posada en la que se había detenido.

Llamó al posadero para pagarle. Éste se acercó y Raphael pudo comprobar que tenía un aspecto inusual, sobre todo para la región en la que se encontraban (la actual Ucrania).

Era un hombre de piel negra, con rasgos evidentemente africanos. Su cabeza era completamente calva, tenía una complexión muy musculosa e iba vestido con una túnica estrafalaria, probablemente originaria de su país de nacimiento.

Cuando iba a entregarle el dinero, se miraron por un momento a los ojos y fue entonces cuando ambos pudieron averiguar que el otro estaba poseído por la Semilla Maligna.

- Así que tú también, ¿eh? – dijo el posadero, que tenía una voz grave y profunda.

Raphael no respondió.

- Esto empieza a parecer una maldita plaga. Cada vez veo a alguien poseído con mayor frecuencia. Y eso que estoy seguro de que muchos tratan de ocultarlo.

- Creía que los poseídos apenas podían controlarse. – recordó Raphael.

- Eso no es más que una exageración. El hombre con el que hablaba hace un rato también está poseído, no sé si se daría cuenta. Y como ve, ni él ni yo estamos descontrolados...ni tampoco usted.

- ¿No tiene que ver con la fuerza espiritual de cada uno?

- Claro que sí, claro que sí. – admitió el posadero. – Pero eso no quiere decir que todos aquellos que son más débiles sean incapaces de controlarse. El primer paso es saber a lo que te enfrentas. Si sabes que estás poseído, lucharás por controlarte, y si lo haces, probablemente lo lograrás. El problema es para aquellos que no tienen ni idea de lo que es Soul Edge.

- ¿Qué sabes de la espada? – se interesó Raphael viendo los conocimientos del posadero.

El posadero se sentó junto a él.

- Sé lo que es...me sé la historia...y sé dónde ha sido vista por última vez. – sentenció, sorprendiendo a Raphael.

Raphael reaccionó de inmediato, levantándose sobresaltado.

- ¿Dónde? – preguntó sin más.

- Ah, así que la estás buscando. – intuyó el otro. Por primera vez durante la conversación, el posadero sonrió, mostrando una cuidada dentadura tan blanca que resaltaba mucho con el color de su piel, y adornada por un diente de oro que brillaba muy reluciente.

- ¿Dónde? - repitió el francés.

- Está lejos. – advirtió su interlocutor. – Lo último que he oído es que un caballero enfundado en una gran armadura arrasó un poblado en la India...él solo.

- La India...pero la India es enorme, ¿cómo encontraré el lugar adecuado?

El posadero dudó unos segundos y al final respondió:

- Yo te ayudaré.