Capítulo 77: Precaución
Heishiro, Taki y las hermanas griegas ya habían emprendido su marcha por el interior del país chino, en dirección a Alemania.
Escoltados por los hombres del primero, avanzaban a paso ligero y constante. Cassandra no paraba de quejarse por sus pies, y al final acabó siendo llevada en brazos por uno de los guerreros, tal y como Heishiro había sugerido en el puerto.
Éste y Taki eran bastante independientes del resto. Andaban a mayor velocidad y conversaban mucho más entre ellos, mientras que las hermanas y los subordinados del japonés caminaban más relajados. Sophitia no abría la boca mas que cuando era estrictamente necesario, mientras que Cassandra trataba de entablar conversación con los apuestos hombres que la rodeaban, pero ellos eran de pocas palabras. "Mucho músculo y poco seso", pensaba la rubia, si bien no lo decía en voz alta para no ofender a nadie.
Pero, además de fuertes, guapos (la mayoría de ellos) y poco inteligentes, los tripulantes de Heishiro también eran amables y corteses. Trataban a las tres damas con mucho respeto y se notaba que tenían una buena educación y un corazón noble. Y es que Heishiro era muy meticuloso a la hora de elegir a sus tropas. Valoraba la fuerza, el coraje y la nobleza. La inteligencia ya la ponía él.
Lo importante era que estaban bien preparados para protegerlos durante el largo viaje que estaban realizando.
...
Tras semanas de caminata, aunque a los pies de Cassandra les parecieron siglos, llegaron a la frontera más occidental de China. Allí encontraron una novedad que no habían visto cuando llegaron al país: los controles fronterizos que había instaurado recientemente el emperador de Ming.
Cuando los guardias que vigilaban el paso vieron que se acercaba un grupo bastante numeroso (los hombres de Heishiro eran entre 10 y 15), no dudaron en levantar sus rudimentarias armas de fuego y apuntar con ellas a los que iban por delante (Heishiro y Taki), por precaución.
- Deténganse. – ordenó un guardia montado a caballo, que parecía el de mayor rango entre los que allí se encontraban.
Ellos obedecieron. Los que les seguían se dieron cuenta de lo que pasaba y los imitaron.
- ¿Qué está pasando? ¿Quiénes son ustedes? – gritó Heishiro.
- Aquí las preguntas las hago yo. – respondió el jinete con soberbia. – Esto es un control fronterizo, donde tomamos los datos de aquellos que entran o salen del país. Pero para los grupos tan numerosos tomamos medidas...especiales.
- ¿Qué? – gruñó el otro sin comprender.
- Es sólo por precaución. – aclaró el guardia. – Entregadnos todas vuestras armas.
El rostro de Heishiro se vio repentinamente alterado por una ola de furia.
- ¿Quién se cree que es? – preguntó furioso. – No vamos a entregaros nada.
El soldado rió con sorna y se giró hacia sus subordinados.
- Está bien. – dijo sin dejar de reir. - ¡Abrid fuego!
- ¡No! ¡Esperad! – pidió Taki a gritos cuando los guardias aún estaban cargando sus armas. – Haremos lo que pedís.
Heishiro se giró hacia ella con la misma expresión con la que lo hubiera hecho si ella acabase de escupir gusanos por la boca.
- ¿Qué has dicho? – se sorprendió el samurai.
- Si no lo hacemos nos matarán. – contestó ella tajantemente mirándolo a los ojos. Entonces le hizo un guiño cómplice.
Heishiro no lo comprendió, pero suspiró y accedió.
Él depositó su katana a los pies del general, sus hombres hicieron lo propio, Taki se despojo de sus espadas ninja y las hermanas de sus espadas de Hefestos.
- Sophitia, ¿vas a permitir que se queden con las armas de nuestro templo? – susurró indignada Cassandra a su hermana.
- Prefiero eso a que nos maten. – sentenció ella.
Cassandra dio un bufido y, una vez que habían entregado las armas y dicho sus nombres (Heishiro dio uno falso porque sabía que las autoridades de Ming lo buscaban para matarlo), los guardias les dejaron pasar.
Cuando se habían alejado apenas un metro de la frontera, el japonés susurró a la ninja:
- ¿Cuál es el plan?
Taki no respondió. Simplemente pareció tropezar y cayó al suelo.
- ¡Au! – chilló. – Me he torcido un tobillo.
Rápidamente, los hombres de Heishiro se giraron hacia ella, pero éste les indicó que se apartaran. Él mismo se agachó a examinar el tobillo de la ninja. Cuando lo hizo, comprobó que llevaba una daga escondida en un zapato y sonrió.
- ¡Eh! – gritó al jefe de los soldados. - ¡Necesito que alguien me eche una mano! ¿Tenéis un médico?
El general lo miró con recelo. Se giró hacia uno de sus subordinados y le hizo una seña con la cabeza para indicarle que se moviera.
El soldado apuntó su arma hacia el suelo y se acercó hacia ellos. Heishiro se hizo a un lado.
Taki extendió hacia el soldado el pie en el que no llevaba la daga. El hombre lo examinó cuidadosamente y, tras unos segundos, miró a Taki con sospecha.
- A este tobillo no le pasa...
Pero antes de que acabara la frase, Taki le propinó un puntapié y, con una agilidad asombrosa, sacó la daga de su otro zapato, se levantó, agarró al soldado y le puso la hoja del arma en el cuello.
El resto de soldados reaccionaron apuntando sus armas hacia allí, pero el general extendió un brazo para indicarles que no dispararan.
- Soltad las armas y devolvednos las nuestras. – exigió la ninja. – O es hombre muerto.
El general dudó unos segundos y finalmente respondió:
- Está bien, mátalo. Y tú serás la siguiente. Y después el resto de tus amigos.
Taki sonrió burlonamente.
- Lo he intentado por las buenas.
Tras decir esas palabras, todo fue muy rápido.
Con un rápido movimiento de muñeca, rebanó el pescuezo del hombre que retenía y, antes de que el resto de soldados pudiera reaccionar, lanzó la daga al general. El arma dio de lleno en su corazón, para sorpresa de él y de todos, excepto de la propia Taki. El general miró asombrado la herida de su pecho, soltó su propia arma y se dejó caer del caballo con su último suspiro.
Los soldados trataron de disparar a Taki, pero ella fue lo suficientemente rápida como para correr y esquivar las balas.
Entre tanto, Heishiro se apropió del arma del primer soldado muerto y empezó a disparar con ella a diestro y siniestro.
A los pocos minutos, la mayoría de soldados habían muerto y Taki y Heishiro apenas tenían un rasguño.
Cuando solo quedaba uno con vida, soltó su arma y se arrodilló ante Heishiro pidiendo clemencia.
- Por favor, no me mateis. – suplicó. – Puedo unirme a vosotros.
Heishiro lo miró con desprecio y soltó el arma que llevaba, que hacía un rato que se había quedado sin munición. Sin embargo, le hizo un gesto a Taki para que le alcanzara su espada.
La ninja lo hizo y el samurai apoyó la punta de su arma en la barbilla del hombre que suplicaba por su vida, obligándolo a levantar la mirada para cruzarla con la suya.
Heishiro examinó la mirada de aquel soldado, pero no vio rastro de arrepentimiento en ella: sólo odio y miedo.
- Lo siento. – murmuró con tranquilidad. – Es sólo por precaución.
Dicho eso, levantó su katana y, con fuerza, degolló a su víctima.
Con los ojos llorosos, pues aunque solía matar no le gustaba hacerlo, Heishiro limpió la sangre de su espada en las ropas del cadáver.
La devolvió a su vaina y se giró hacia sus aliados, quienes ya habían recuperado también sus armas.
Sus hombres tenían una expresión seria, Taki lo miraba sorprendida y las griegas parecían asustadas.
- Hemos de irnos. – declaró el japonés. – Cuando alguien descubra esto, el imperio Ming tendrá otro motivo más para querer matarme. Mejor que eso ocurra cuando ya estemos lejos.
Sin mirar a ninguno de aquellos a los que se dirigía, emprendió la marcha de nuevo.
Taki suspiró y lo siguió, cosa que pronto hicieron sus hombres.
Las hermanas permanecieron unos segundos contemplando los restos de la masacre, en shock.
- Sophitia... – susurró Cassandra.
- ¿Sí? – respondió ella sin apartar la mirada de los cuerpos.
- ¿Quién es este tío?
