Capítulo 79: Peligros en el camino
Si a nuestros protagonistas anteriores les había supuesto un shock la enorme población china, no es difícil imaginar que a Talim, acostumbrada a vivir en su pequeña tribu, le supuso una sorpresa aún mayor, si cabe.
Además, sus ropas eran causantes de que casi toda la gente la mirara con extrañeza y recelo, cosa que no hacía sentir a Talim nada cómoda.
También tenía que lidiar con los silbidos de algún irrespetuoso joven (y no tan joven), ya que su vestimenta estaba diseñada para el calor del sudeste asiático, por lo que no era muy discreta, y la chica estaba a finales de su adolescencia. De todos modos, ella no entendía lo que significaban, por lo que se lo tomaba como una muestra más de rechazo.
Poco le importaba, pues su única preocupación ahora era encontrar la fuente de maldad que tantos estragos había producido a lo largo y ancho del mundo, para purificarla.
Aún en un lugar tan transitado como el interior chino, su instinto parecía saber hacia donde ir.
Sin embargo, la desconfianza de la gente no sería el mayor problema con el que se las vería Talim en su recorrido por China.
...
Uno de los momentos más angustiosos de su travesía, si no el que más, fue cuando una noche, en un camino poco transitado (cosa inusual en China, si bien algo más común de noche y fuera de las ciudades), encontró a un hombre durmiendo en un banco, con pinta de llevar varios días sin comer, y decidió ayudarlo.
Nada más acercarse a él pudo percibir un hedor que era mezcla de alcohol, suciedad y el aliento del vagabundo.
Talim se preguntó si debía despertar a aquel hombre, ya que igual había dormido poco y se despertaría de mal humor.
Decidió que sería mejor dejar algunas provisiones a su lado para que las descubriera al despertar.
Estaba depositando algunas piezas de fruta en el regazo del vagabundo cuando éste pareció notar su presencia y abrió lentamente los ojos.
- ¿Ya estoy muerto? – fueron sus palabras al ver a la chica.
- No diga eso. – respondió ella medio sonriendo, pero con mirada seria.
- Si no eres un ángel, ¿quién eres? – preguntó el otro refunfuñando.
- Sólo una chica que pasaba por el camino. – dijo Talim quitándole importancia a la pregunta.
- ¿Y qué estás haciendo?
- Creí que necesitaría comer. – indicó ella levantando una de las piezas de fruta para que él la viera.
Por primera vez desde que había despertado, el hombre abrió los ojos completamente. Sorprendido por la oferta de Talim, se incorporó y recogió la fruta. Miró a Talim a los ojos y ella sonrió para indicarle que podía comer.
Él se llevó la pieza a la boca y acabó con ella en menos tiempo del que le había costado levantarse. Talim no tardó en ofrecerle una nueva, y el vagabundo ya había comido ocho piezas de fruta cuando le dijo a la sacerdotisa que era suficiente.
Cuando acabó de comer, el hombre reparó en el físico de Talim, y allí desapareció su amabilidad.
- Eres hermosa. – declaró, sin quitarle el ojo de encima a la chica.
- Gracias. – respondió ella, que era demasiado inocente para imaginar los verdaderos pensamientos de aquel hombre.
Él extendió un brazo y empezó a acariciar con sus sucios dedos uno de los brazos de Talim.
La chica se estremeció, por más de un motivo: la mano del vagabundo estaba fría y llena de suciedad, era la primera vez que un hombre la tocaba de esa forma y, aunque era muy inocente, era lo suficientemente lista como para saber que si un hombre la tocaba así a esas horas de la noche y en un lugar tan desierto, tenía motivos para tener miedo.
Al principio él la rozaba con delicadeza, pero cada vez lo hacía con más brusquedad, hasta que Talim pensó que ya había permitido demasiado y se apartó de él.
Aquello cambió la expresión del hombre, que pasó de estar embobado con la belleza de la joven a furioso por el rechazo de ella.
- Llevaba tiempo sin comer, pero...aún llevo más tiempo sin estar con una mujer. – declaró el hombre en un tono que aterrorizó a Talim. – Y menos con una tan hermosa.
Talim empezó a alejarse lentamente de él, caminando de espaldas, sin dejar de mirarlo con temor.
- Creo que...debería seguir mi camino. – se excusó ella.
- Me has dado comida por compasión. – replicó él. - ¿Por qué no me ayudas también con mis otras carencias?
Fue en ese momento cuando el hombre se puso de pie, cosa que asustó a Talim, que tropezó y cayó de espaldas al suelo.
Él corrió hacia ella tan rápido como sus pocas fuerzas le permitieron, mientras ella intentaba levantarse para correr.
No tardó en alcanzarla, momento en que la agarró por los brazos y la inmovilizó contra el suelo.
- Por favor...por favor, no me hagas nada. – suplicó ella llorando.
- Tranquila, preciosa. – susurró él. – No quiero hacerte daño. Sólo pasarlo bien.
Acercó su asquerosa boca a la mejilla de ella y la besó, haciendo que la chica gritara.
Intentó hacer lo mismo en sus labios, pero Talim apartó la cara.
- Así que no vas a colaborar... – dijo el hombre aparentando lástima. – Tendré que hacerlo por las malas.
Talim pataleó para tratar de librarse de él, pero fue inútil.
Cerró los ojos. Ya creía que todo estaba perdido cuando escuchó una voz femenina.
- Suéltala. – gritó con dureza una mujer.
Talim enseguida notó como su agresor se apartaba de ella.
Abrió los ojos y vio lo que había disuadido al hombre. Aquella mujer, que tenía rasgos europeos, había apoyado una espada en su cuello para amenazarlo.
Ahora era él quien lloraba suplicando, pidiéndole a la mujer que no lo matara.
- ¿Matarte? Eso sería demasiado aburrido, y acabaría con tu sufrimiento. – espetó la mujer. – Debería hacerte daño...de otra forma.
Apuntó con la hoja de su espada a la entrepierna del hombre. La expresión del hombre se tornó aún más asustada de lo que ya estaba.
- ¡No, por favor! ¡No! – gritó mientras la otra levantaba su arma para herirlo.
Las súplicas del hombre no iban a detener a la mujer. Pero, cuando ya estaba a punto de asestar el golpe, algo sí la detuvo.
- ¡No, no lo hagas! – chilló Talim.
La otra se volvió hacia ella y la miró como si hubiera dicho algo en un idioma desconocido.
- ¿Qué?
- No le hagas daño. Déjalo que se marche. – pidió la sacerdotisa.
- Pero...¿acaso no sabes lo que estaba a punto de hacerte?
- Sí, lo sé. – aclaró la chica. – Pero ahora está indefenso. Aprovecharnos de su debilidad sería rebajarnos a su nivel. La venganza no soluciona nada.
El rostro de la mujer se volvió más serio, lo que demostraba que no estaba de acuerdo con lo que la joven acababa de afirmar.
- Además, él estaba desesperado. No tenía nada que llevarse a la boca siquiera. ¿Quién sabe lo que nosotras hubiéramos hecho en su situación?
- Bueno, te ha atacado a ti, así que supongo que tú decides. – reconoció la otra. – Pero creo que eres demasiado buena.
Se volvió hacia el hombre y lo miró como si se tratase de una rata. O peor aún, como si fuese un excremento de rata.
- Márchate. – ordenó.
Él no reaccionó.
- ¡YA! – exclamó.
El hombre se levantó y salió corriendo.
La mujer guardó la espada en su vaina y se acercó a Talim.
- Si vuelves a encontrarte con un hombre así, ya sabes con qué amenazarle. – aconsejó. – Y por favor, ten más cuidado.
- Gracias por ayudarme.
- No hay de qué. En la sociedad actual, si las mujeres no nos ayudamos entre nosotras, ¿qué nos quedaría?
- Bueno, lo cierto es que no estoy muy al tanto de la sociedad actual. – reconoció ella.
- ¿A qué se debe?
- Provengo de una tribu que poco tiene que ver con esta civilización.
- A todo esto, ¿cómo te llamas?
- Talim.
- Yo soy Setsuka. – se presentó ella. – Y bien, Talim. ¿Por qué has salido de tu tribu para meterte aquí?
Talim quería contarle todo sobre sus sueños, la energía maléfica, y el instinto que guiaba sus pasos. Pero temió que la tomara por loca, así que sólo respondió:
- No lo entenderías.
- Ya... – se resignó la otra, sin insistir.
- ¿Y tú? ¿Por qué estás aquí? Por tus rasgos, no pareces ser de este sitio.
Setsuka también tenía su propio pasado que contar. Y es que esta Setsuka es la misma cuyo padre había sido asesinado por Heishiro. La misma Setsuka que había matado a Edgar. Y la misma Setsuka que ahora seguía al asesino de su padre para acabar lo que había empezado.
También quería contárselo a su interlocutora, pero entonces recordó que ella no valoraba positivamente la venganza, por lo que contestó:
- Creo que tú tampoco lo entenderías.
