Capítulo 81: La pista

Cuando el barco de Cervantes, capitaneado ahora por Rock, atracó de nuevo en costas españolas, lo primero que vieron el capitán e Ivy al desembarcar fue al marinero que les había ayudado, corriendo hacia ellos.

- ¡Eeeh! – gritaba mientras se desplazaba por la playa hacia ellos a toda velocidad.

- ¿Qué ocurre? – exclamó Rock nada más verlo.

El marinero llegó junto a ellos jadeando y les extendió un trozo de papel doblado.

Rock se apresuró a cogerlo.

- ¿Qué es?

- No lo sé. Me lo dio un hombre encapuchado y me dijo que no lo abriera. – respondió el otro respirando con dificultad. – Sólo debía dároslo a vosotros.

Rock miró el papel sin desplegarlo, con desconfianza.

- ¿Cómo sabía que volveríamos?

- No lo sé. – repitió.

- Ábrelo, Rock. – pidió Ivy.

El británico bufó receloso y extendió el papel poco a poco.

- ¿Qué demonios es esto? – preguntó retóricamente, y le enseñó lo que había visto a su compañera.

En el papel había dibujado una especie de camino, y a cada tramo había escrita a mano una palabra.

- Toledo, París, Berlín... – leyó ella. – Esto son capitales europeas. Diría que es una ruta a seguir.

Por suerte para Rock, cuya memoria no iba mucho más allá de su vida en América, Ivy leía mucho y era muy culta, por lo que ella había reconocido el significado de las palabras que él no había entendido.

- ¿Una ruta? – preguntó Rock. - ¿A dónde?

Ivy siguió leyendo (esta vez para sí) hasta llegar al final del dibujo.

- La última capital es Nueva Delhi. – concluyó Ivy. – La India.

- ¿Dónde está eso? – quiso saber Rock.

Ivy lo miró a los ojos.

- Lejos. – respondió. – Deberíamos volver al barco y coger más provisiones. Por suerte soy la única que las necesita.

- No sé, Ivy... – dudó Rock. – ¿Y si es una trampa?

- Trampa o no, es la única pista que tenemos. – aclaró la inglesa.

- Tienes razón. – accedió él. – Nos llevaremos a Cervantes. No me fío como para dejarlo solo.

- ¿Crees que llevarlo con nosotros es lo más seguro?

- Alan lo tendrá bajo control. – aclaró. – Tranquila, no permitiremos que te haga daño.

- Gracias. – dijo Ivy sonriendo.

- Será mejor que nos pongamos en marcha.

Rock volvió al barco para avisar al resto de la tripulación y recoger provisiones y armas.

Ivy se dirigió hacia el marinero:

- Nos ha ayudado mucho. – agradeció. – Soy una mujer de buena familia. En un banco de Londres tengo una gran cantidad de ahorros. Cuando todo esto acabe, me acordaré de usted.

- No es necesario, señorita. – rechazó el marinero. – Sólo busco ayudar.

- Creo que se lo merece. ¿Tiene familia?

Él asintió.

- Mujer y tres hijos. No somos una familia acomodada, pero tampoco nos morimos de hambre.

- Aún así, seguro que les vendrá bien una ayuda económica.

- Si insiste... – accedió.

- Sinceramente, espero volver a verle. – se despidió Ivy antes de volver hacia el barco.

- ¡Espere! – exclamó el otro.

- ¿Sí? – respondió ella deteniéndose.

- Mucha suerte. – deseó el marinero. – Y si me necesitan, seguiré aquí mismo.

Ivy sonrió y, ahora sí, regresó al interior de la nave de Cervantes.