CHAPTER 2

-nada de traductores- había afirmado.-los traductores son funcionarios. Pero mejor lleva a una mujer. Aunque mi Jessica se encargara de ti tan bien como de mí.

Edward estuvo a punto de soltarse a reír, no necesitaría los buenos "servicios" de Jessica, tenía un haz bajo la manga.

Se llamaba Heidi Vulturi. Heidi, que había nacido en Italia y estudiado en los mejores colegios sabía hablar ruso con fluidez. Ella era modelo y por supuesto la actual amante de Edward. Y por si fuera poco seria el escudo humano contra Jessica.

Edward gimió frustrado, se acercó a la pared de cristal y apoyo ahí la frente.

Todo era tan sencillo pero, claro nada en la vida es sencillo.

-¿señor Cullen?

Él se dio la vuelta. Su asistente temporal sonrió nerviosa desde la puerta del despacho.

Ella era joven y hacia un café horrible, pero eso no era lo peor, sino que dijera él lo que dijera para que ella se sintiera cómoda, seguía estando aterrorizada por él. Es ese mismo momento parecía que quisiera desaparecer de la faz de la tierra. Y no podían culparla. Edward había dado órdenes precisas de que no quería que nadie lo molestara.

-¿qué ocurre Angélica?

-mi nombre es Angela, señor…- la joven trago saliva.- he llamado pero usted no…- volvió a tragar saliva- ha llamado el señor Newton. Le he dicho lo que usted me dijo, que estaba ocupado y me dijo que le avisara que la señora Newton y el podrían retrasarse unos minutos y…

Ella guardo silencio.

-eso ya me lo habías dicho- murmuro crispado- ¿algo más?

-yo solo quería saber… si llamaba al restaurante… para decir que solo serán tres personas- susurro lo último nerviosa.

Oh, eso era más de lo que posiblemente podría aguantar. ¿Es que todo el mundo ya se había enterado?

-¿te he dado órdenes de que lo hagas?

-no por supuesto que no señor, pero pensé que…

-no pienses. Limítate a hacer lo que yo te digo.-

A la joven se le desencajo la mandíbula. Demonios y el que pensaba que podía controlar su enojo.

-no…- Edward suspiro a la vez que se apretaba el puente de la nariz y cerraba los ojos.- lamento haberte hablado así Angélica.

-me llamo Angela- repitió ella con voz temblorosa- y no tiene que disculparse señor. yo solo quiero decir que sé que usted está triste…

-No, no lo estoy- dijo el cortándola forzando una sonrisa como cuando era niño- ¿Por qué habría que estarlo?

-pues, es que la señorita Vulturi estuvo aquí hace un rato- volvió a tragar saliva. Es señor Yorkie estaba en mi escritorio y pues no pudimos evitar darnos cuenta de lo que pasaba. Y cuando no pude detenerla y luego entro a su despacho…

-así que tenía público- murmuro Edward entre dientes- ¿y que pasa con los otros trabajadores de otras plantas? ¿También estaban escuchando?

-no lo sé señor, puedo preguntarlo si lo desea-

-lo que quiero- interrumpió él es que no vuelvas a mencionar este asunto nunca más. Ni conmigo ni con nadie. ¿Está claro?

La joven solo asintió temerosa.

Edward se prometió a si mismo que le subiría el suelto a su secretaria habitual cuando regresara de sus vacaciones si le juraba que jamás volvería a dejar su puesto bajo ninguna circunstancia.

-claro que sí señor, solo quiera que sepa que lamento que usted y la señorita Vulturi…

-vuelve a tu escritorio-le espeto Edward apretando los dientes- y no me vuelvas molestar si no quieres acabar en recursos humanos cobrando el finiquito.

Al parecer Angélica o Angela, como se llamara se fue aterrada cerrando la puerta detrás de ella. Edward se dejó caer en su silla, miro al techo y suspiro largamente.

Fantástico. Dentro de unas horas iba a encontrarse con un hombre que apenas y sabe hablar su propio idioma y con su mujer que solo quería coquetear con el descaradamente.

No tenía traductor, y ahora su vida privada era tema de todos sus trabajadores.

Pero… ¿Por qué no habría de serlo?

Heidi había montado todo un espectáculo, exigiendo saber quién era esa "rubia tonta" mientras le aventaba una foto casi en la cara. Al parecer lo había visto en internet en alguna página de cotilleos.

A Edward solo le vasto verla de reojo para saber que era un montaje. Era un excelente montaje ya que la "rubia tonta" parecía estar sobre él.

Edward había sonreído divertido levantando la cabeza para decirle lo que esa fotografía era. Pero al parecer Heidi no se la pondría fácil ya que vio sus ojos fríos, la línea dura en que se había convertido su boca y de pronto los detalles mínimos tuvieron valor.

La "pequeña" cosmetiquera de Heidi que había en un cajón de su armario. Los vaqueros y la sudadera que había dejado a un lado de los maquillajes junto con unas zapatillas deportivas. Para poder volver a las siete de la mañana a su casa en taxi sin levantar sospechas.

"soy un grandísimo estúpido" se dijo enojado a si mismo. A ella no le importaba el que dirán. Además a la mitad de las mujeres de Manhattan se subían a taxis a primera hora del día con la misma ropa del día anterior.

A lo mejor era más obvio que podía contar con los dedos se una sola mano la veces que Heidi o cualquier otra mujer había dormido con él una noche entera

Él no era partidario de eso. El sexo solo era eso. Solo sexo el sueño, sueño. Una se hacía con una mujer y la otra solo.

-¿te parece divertido haberme puesto los cuernos?- Heidi se había puesto en jarras- estoy esperando un explicación para perdonarte.

Eso sí que no lo iba a permitir se dijo Edward ahora enojado. Se levantó rápidamente de su escritorio y la miro duramente.

Ella podía ser alta pero él lo era mucho más con su metro noventa.

-yo no engaño-murmuro fríamente.-y tampoco doy explicaciones. Y menos a ti.- prosiguió cruelmente.- y no necesito tu perdón.

Ella se quedó muy quieta con una clara mueca de dolor, lo que para Edward supuso un avance. Y entonces con toda la indiferencia posible le explico con calma como era las cosas entre ellos. Ellos solo había disfrutado de una aventura, nada más.

Ella dolida y furiosa le había gritado en italiano que sin duda no era un cumplido y había salido hecha una furia del despacho.

No pasa nada, se trató de consolar Edward. De hecho hace tiempo que debería de haberle dicho adiós. Pero entonces se impuso la realidad.

La famosa cena. Mike Newton. Su esposa. Solo por un momento de delirio pensó en ir tras Heidi y preguntarle si eso significaba que no iba a ir con él a la cena para protegerlo.

Se sirvió un vaso de whisky escoces de malta.

Maldición. ¿Dónde iba a encontrar a una mujer hermosa capaz de hablar ruso con fluidez y se hiciera pasar por amante?

-se…señor Cullen.

-maldición- murmuro dirigiéndose a la puerta.

Angela estaba temblando. A su lado maldita sea, se encontraba Erick Yorkie. Edward le había contratado hace unos meses. Él era brillante e innovador. Sin embargo, se preguntaba si no habría algo más de él que a simple vista.

O tal menos.

Lucas giro la cabeza. La "como se llamara" dio un paso atrás y cerró la puerta. Él lo miro con frialdad y Erick ni se encogió.

-más vale que valga la pena.

Erick ahora si palideció, pero se mantuvo firme. Edward no pudo evitar admirarlo por eso.

-señor creo que cuando escuche lo que le vengo a decir…

-dilo y sal de aquí.

Yorkie aspiro con fuerza.

-esto no es fácil- volvió a tomar aire- se lo que ha ocurrido entre usted y la señorita Vulturi. Pero no estoy para hablarle de eso.

-más te vale.

-bueno… se suponía que ella iba a acompañarlo a la reunión- explico atropelladamente-el lunes por la mañana menciono que Newton no quería traductores profesionales, así que hablarían a través de su mujer y…

-ve al grano.

-conozco a alguien que habla ruso con fluidez.

-tal vez no escuchaste bien todo lo que dije.- dijo Edward con frialdad- Newton no quiere que haya ningún funcionario presente en la cena. Y un traductor lo es.

-Denaly puede fingir que es su pareja.

Edward torció el gesto.

-no creo que consiga hacerle creer al ruso que de pronto me gustan los hombre.

-Denaly es mujer, señor. Una mujer preciosa y también es inteligente. Y habla ruso.- dijo esperanzada Erick- su nombre es Tania.

Edward de pronto se sintió esperanzado. Pero entonces se enfrentó a la realidad. ¿Una mujer que no conocí para una velada tan importante como aquella? No. De ninguna manera.

-olvídalo.

-podría funcionar señor.

Edward negó con la cabeza.

-este es un acuerdo importante de veinte mil millones de dólares, Erick. No me voy a arriesgar a que esta mujer lo ponga en peligro.

Yorkie rio. Y Edward entorno los ojos.

-¿qué es lo gracioso?

-nada señor- paro de reír abruptamente.- conozco a Tania desde hace años. Es exactamente lo que necesita para esta situación.

-¿Por qué habría de decir si?

-porque somos viejos amigos. Lo haría como un favor.

No podía hacerlo. Ese acuerdo millonario no podía depender de un hombre gustoso por el vodka y una mujer que tenía más manos que un pulpo y después otra mujer que no conocía.

Imposible. E imposible dejarlo pasar.

-de acuerdo- dijo bruscamente-llámala y dile a…

-Tania. Tania Denaly.

-Tania. Dile que la recogeré a las siete y media. ¿Dónde vive?

-ella se reunir con usted señor- dijo rápidamente Erick.

-entonces, en ese caso. En el vestíbulo del Palace. Al diez para las ocho- así tendrían tiempo de pagar el taxi de la mujer y de despedirla si no era lo que esperaba.

-dile que se vista de manera apropiada. Puede hacerlo ¿verdad?

-sí señor

-y por supuesto dígale que le pagare por su tiempo disponible. Digamos unos mil dólares por toda la velada.

Se dio cuenta de que Erick contenía una carcajada. Edward pensó con frialdad que si no funcionaba lo despediría.

-muy bien señor- le extendió la mano- buena suerte.

Edward al ver la mano extendida reprimió una mueca de repugnancia y la acepto.

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Erick regreso a toda prisa a su propio despacho antes de sacar su móvil y marcar un número.

-Tania, cariño. Tengo un trabajo para ti.

Él se lo explico rápidamente. Ella no era de las que hablaban mucho, pero tampoco los hombres le pagaban por ello. Cuando termino de explicarle ella suspiro.

-a ver si lo entendí. Dices que un tipo…

-no es un tipo cualquiera, es Edward Cullen. Es multimillonario.

-¿le has dicho que tendré un cita con él?

-si pero no ese tipo de citas. Es un cena de negocios y tienes que traducir- Erick se rio suavemente- supongo que el sacar tu título en lenguas cirílicas va a servir de mucho y por fin lo vas a ejercer.

-cuanto dices que va a pagar.

-mil dólares-

Ella se rio.

-ya sabes mi tarifa. Son diez mil por noche. Pero hare un descuento especial. cinco mil.

-cielos, ¿por una cena?

-y por supuesto si el señor Cullen quiere algo más era la habitual.

Erick se rasco la cabeza.

-si quiere algo más que negocie contigo.

Tania se rio entre dientes.

-eres un zorro. No le has dicho lo que soy. ¿Quieres que se muera de un paro cardiaco?

-quiero que me deba una- aseguro Erick en tono súbitamente frio.- y así será, salgan como salgan las cosas.

-estupendo. De acuerdo ¿Cuándo va a ser esto?

-creí que te lo había dicho. Es esta noche en el vestíbulo de Palace al diez para las ocho.

Tania guardo silencio. Estaba muy bien ir a cenar, hablar ruso un rato y fingir que era pareja de él señor Cullen, un tipo duro, sexy y atractivo de Wall Street. Y mejor si se alargaba la velada.

Era muy tentador. El problema era que ya tenía una cita para aquella noche con un magnate petrolero texano que venía a la ciudad una vez al mes como un reloj. Tenía que haber una manera de…

-¿Tania?

Y la había. Podría conseguir cuatrocientos cincuenta sin hacer nada más que una llamada.

-si- respondió bruscamente- muy bien.

Colgó, busco en su agenda móvil u marco un botón. Una voz femenina contesto. Parecía que tenía prisa.

-¿Bella? Soy Tania, la del seminario Chejov. Escucha tengo un trabajo de traducción para el que no tengo tiempo y he pensado en ti.

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Isabella Swan utilizo la cadera para cerrar la puerta de la cocina y sujeto el móvil entre la oreja y el hombro, dejo las bolsas de la compra para poder liberar una mano y cerrar tres pestillos de puerta.

Si, ella recordaba a Tania. Una chica alta y bonita.

-¿un trabajo dices?

-así es. Uno poco habitual. Implica cena.

A Isabella le rugió el estómago. No tenía nada el estómago desde la mañana. Andaba corta de dinero.

-como supuesta novia de un tipo rico.

-¿Cómo?

-como te dije es una cena. Te encuentras en el vestíbulo del hotel Palace con ese guapísimo hombre de negocios y finges ser su novia. Hay otra pareja y ellos son rusos. Tu novio no habla ruso y tú cariñosamente le traduces.

Isabella se quedó muda, se quitó su ondulada melena de la cara y abrió los ojos como gacela.

-gracias pero no.

-cien dólares.

-Tania, yo…

-doscientos. Y la cena. Luego se acabó la noche y te vuelves a tu casa con 200 dólares en la bolsa. Aunque por supuesto que no vas a llevar vaqueros.

-pes no hay nada que decir, porque no tengo.

-yo tengo una talla treinta y seis. ¿Tú?

-también. Pero...

-y treinta y siete de zapatos. ¿Verdad?

-si, pero sinceramente.

-trecientos- la interrumpió- y voy de camino. Vestido, zapatos, maquillaje. Va a ser muy divertido.

Respiro hondo, solo tenía que pensar que ser lingüística podía convertirse en trescientos dólares para el alquiler del departamento.

Le dio su dirección a Tania ante de colgar.

Durante horas trabajaron en su aspecto hasta que Tania por fin l giro de la silla. Parándola frente al espejo.

-cenicienta- rio Tania- oye una última cosa. ¿De acuerdo? Deja que ese tipo piense que eres yo. Veras, el amigo que me pidió el favor le dijo que era yo y será más fácil que así lo crea.

Bella volvió mirarse. Un carísimo acondicionador hizo que su castaña cabellera brillara. Sus ojos chocolate, resaltaban con las sobras que le había puesto. Tenía los labios de un delicado rosa y sus mejillas ya no lo necesitaban ya que solitas se coloreaban. El vestido azul profundo mostraba más una pierna que otra. Llevaba puestas unas sandalias negras de tacón en aguja y se preguntó si sería capaz de caminar con ellas.

No parecía ella misma y eso la aterrorizaba.

-Tania, no puedo… yo…

-vas a encontrarte con el dentro de media hora.

-no, de verdad esto no está bien. Mentir, fingir que soy tu, que soy la novia de ese tan Edwin Cullen…

-Edward- la corrigió Tania con impaciencia.- de acuerdo quinientos

Bella se quedó muda.

-¿quinientos dólares?

-se acaba el tiempo. ¿Sí o no?

Isabella trago saliva. Y dijo lo único que podía decir.

-Sí.

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