Chapter 5

El pequeño desliz de Tania llamándolo "señor Cullen" podría haber sido el final para Edward.

Esa era la razón por la que la había besado. La única razón. Para convencer a los Newton de que tenía una relación íntima con la mujer que estaba entre sus brazos.

¿Por qué otra razón iba a besarla? No la conocía, ni ella a él. No tenía ningún deseo de conocerla; había renunciado a las mujeres durante un tiempo.

Pero la mujer tenía los labios de seda. Y sabía a menta. Entonces dejo de pensar. Todo lo que había a su alrededor desapareció. El ruido, la gente, los Newton. Era como si todos y cada uno de sus sentidos estuvieran únicamente concentrados en la mujer que tenía en brazos.

La estrecho más contra sí. Deslizo una mano hacia la base de su espina dorsal y la levanto ligeramente, lo justo para apreciar los contornos de su cuerpo mientras le cubría el rostro con la otra mano. Sintió la suave presión de sus senos contra su pecho. El delicado arco de su pómulo bajo sus dedos. Sintió que se ponía duro como el granito.

Le abrió los labios con los suyos. Ella emitió un gemido y Edward pensó: "Eso es, bésame tú también". Y durante un instante la joven lo hizo. Luego se puso tensa. Iba a apartarse.

Edward se dijo con admirable lógico que no podía permitirlo. Si eran amantes, tenía que recibir de buena gana sus besos en cualquier momento y circunstancia, no solo en la cama.

Lo que le llevó a imaginársela en la cama con el castaño cabello alborotado sobre la almohada y los ojos ardientes por el deseo mientras entraba en ella…

Tania le clavo los dientes en el labio.

-¡Dios!- Edward se echó para atrás. Se tocó con un dedo. No había sangre, sólo furia. Mike soltó una carcajada. Jessica subió las cejas hasta el nacimiento del pelo. Y Tania… Tania parecía a punto de echar a correr de allí. Maldición, no podía permitir que eso sucediera.

La vida le había enseñado muchas cosas a Edward. Recuperación rápida. Control. Necesitaba poner todo aquello en práctica. Consiguió sonreír mientras le pasaba una mano por la cintura.

-Vamos, cariño- dijo con una sonrisa seductora-. Ya te dije que no jugamos a estas cosas en público.

Otra carcajada de Newton. Se hizo otro silencio y luego Jessica suspiro. Y lo mejor que todo fue el tono carmesí que cruzó el hermoso rostro de su traductora.

-No- dijo–.Nosotros no jugamos…

-Así es, cariño. No lo hacemos.

Isabella parecía debatirse entre la vergüenza y el deseo de asesinarle. Y eso hizo que a Edward le resultara más fácil estrecharla con más fuerza contra sí.

-Si quieres tu recompensa, tendrás que esperar a que acabe la velada. Ya lo sabes, Tania.

Le estaba diciendo que si quería los mil dólares tendría que representar el papel para el que Erick Yorkie la había contratado.

-¿Lo has entendido, cariño?

A ella le brillaron los ojos. Ahora no mostraba vergüenza no miedo.

-Lo he entendido perfectamente, cariño.

Edward se rió, la dama tenía agallas y eso le gustaba. No estaba acostumbrado a verlo. Las mujeres no solían enfrentarse a él, al menos hasta que ponía fin a la relación.

Mike le dio un codazo en las costillas.

-Tu dama es una gata salvaje, Edward.

Lo era. Era muchas cosas. Guapa, inteligente, experta en ruso según parecía y tenía una boca dulce y una piel suave.

-Se está haciendo tarde – dijo consultando su reloj-. ¿Por qué no entramos directamente al restaurante y nos tomamos una copa allí?

-tomaremos champán – dijo Newton dándole una palmada en la espalda-. ¿Cuando hayamos tratado un par de puntos, da?

Edward inclino la cabeza. Tania dijo algo en ruso, Newton contestó y ella miró a Edward.

-Quiere decir que hay un par de asuntos que le preocupaban en el acuerdo, y quiere hablar de ellos.

Edward sonrió. Su plan había funcionado. Newton estaba dispuesto a cerrar el trato. Tania entendía los matices de la traducción. Y al verla ahora con las mejillas un tanto sonrojadas, el cabello un poco despeinado y los ojos brillantes, ni siquiera Jessica se cuestionaría su relación.

Podía relajarse. Solo faltaban un par de horas de socialización. Luego Mike y él se darían la mano y se dirían adiós, Jessica se convertiría en un mal recuerdo, le entregaría a Tania Denaly un cheque por mil dólares y no volverían a verse nunca más.

.

.

.

.

Isabella se sentó en el restaurante frente a la mujer de la máscara congelada y se preguntó cómo podía haberse visto envuelta en aquella situación.

Todavía no podía creer que Edward Cullen la hubiera besado de aquella forma, atrayéndola hacia sí, dejándole sentir el latido de su corazón, el calor de su cuerpo. La dureza de su erección.

Isabella agarró la copa de champán y se la llevó a los labios. El restaurante era un lugar pequeño, íntimo y elegante, igual que los clientes. Reconoció algunos rostros del cine y televisión y de las portadas de las revistas. Los hombres exudaban poder y las mujeres iban vestidas de forma exquisita. Más de una había mirado hacia ella con envidia por contar con la atención de un hombre como Edward. Pero no era real, e Isabella debía recordarlo. Aunque le resultaba difícil, porque Edward se mostraba muy atento.

Y era extremadamente sexy, incluso cuando newton y él se enzarzaron en una intensa conversación sobre bebidas. Jessica tradujo para su esposo en voz baja e Isabella hizo lo mismo por Edward.

Todo había salido muy bien, a excepción de esos momentos en los que Edward le hacía alguna pregunta a ella o se inclinaba para escuchar lo que tenía a que decir. Entonces apoyaba su cobriza cabeza contra la suya y ella pensaba que solo tenía que levantarla un poco para sentir el roce de su mejilla.

Incluso después, cuando se cerró el acuerdo y se sirvió otra botella de champán, el peligro no había terminado. Edward seguía rozándola de cuando en cuando. El pelo, la mano, el hombro cuando colocaba le brazo en el respaldo del asiento y le rozaba la piel desnuda con los dedos.

Puede que formara parte de la farsa, o tal vez Edward no fuera siquiera consiente de lo que estaba haciendo. Era un hombre acostumbrado a estar con mujeres, eso estaba claro. Pero cuando la tocaba…

Isabella se estremeció. Edward, que estaba hablando con Newton pero que tenía la mano sobre la de Isabella, se inclinó hacia ella.

-¿Tienes frío, cariño? ¿Te dejo mi chaqueta?

¿Su chaqueta, que conservaría su olor y el calor de su cuerpo?

-¿Tania? Si quieres yo te puedo dar calor.

Ella clavó los ojos en los suyos. Algo brillaba en aquellas profundidades. ¿Estaba jugando con ella?

-Gracias- dijo con suma cautela-. Estoy bien.

Edward sonrió. A Isabella le dio un vuelco en el corazón. Tenía la sonrisa as sexy que había visto en su vida. Lo tenía todo sexy: los ojos, el rostro, las manos, el cuerpo… y sus besos. Dejo escapar un leve gemido y Edward alzó una ceja.

-¿Seguro que estás bien?

-Sí – se apresuró a responder ella-. Es solo que… no sé qué pedir.

-Deja que pida por ti, mi amor.

Quería decir que no, pero habría sido una estupidez. Era más fácil leer a Chejov que leer aquella carta. Mayonesa negra de trufa. Espuma de eneldo. Pero el hecho de permitir que hiciera algo personal por ella la hacía sentirse incómoda.

-¿Tania?

-Sí – dijo-. Gracias, eso me gustaría.

Edward se llevó su mano a los labios.

-Dos "gracias" seguidos. Debo estar haciendo algo bien.

Los Newton sonrieron. Eso estaba bien. Después de todo, la actuación era en su honor. Tenía que recordarlo.

El camarero llevó el primer plato. Justo a tiempo. Necesitaba comer. Llevaba horas sin probar bocado. Por desgracia, apenas fue capaz de probar un poco. Ni tampoco lo consiguió con el segundo plato. Estaba segura que sería delicioso, pero su estómago se había puesto en huelga.

-Edward- dijo con tono desesperado-. Yo…

Él la miro a los ojos y apretó las mandíbulas. Entonces le tomo la mano, volvió a besársela de aquella manera tan increíble y miró hacia Mike Newton, que estaba contando uno de sus interminables chistes.

-Mike – dijo Edward educadamente-, Tania está agotada. Van a tener que perdonarnos.

Era una petición, pero también una orden. Ella se dio cuenta y Newton también. Su rostro rojizo se ensombreció. No estaba acostumbrado a que otra persona dijera cuando se acababa la fiesta.

-Edward – susurró Isabella-. No pasa nada. Si tienes que…

-Lo que tengo que hacer – respondió con calma-, es llevarte a casa.

Isabella se dio cuenta entonces de que su pareja era muy arrogante, pero también muy auténtico.

Edward saco el teléfono móvil, llamo a su chofer para que estuviera en la puerta del restaurante, rechazo el intento e Newton de pagar la cuenta y pidió otra botella de champán.

-Jessica y tú quédense y diviértanse – les pidió.

Entonces salieron a la calle y Edward se giró hacia ella.

-¿Estas bien?

-Sí, gracias. Es que ha sido un día muy largo y…

Edward tenía sus manos fuertes y cálidas sobre sus hombros. Estaban tan cerca que podía sentir su calor, ver el iris esmeralda de sus ojos. Isabella se estremeció.

-Maldición –gruño el quitándose la chaqueta del traje y colocándosela por los hombros.

Tal y como se temía, la tela conservaba su calor y su aroma.

-No – dijo al instante-. De verdad, yo no…

-Deja que te dé calor – pidió él como había dicho hacía unos instantes.

Sólo que esta vez no se trataba de una pregunta. Cuando alzó la vista para mirarlo, fue como si el mundo se detuviera.

-Diablos- dijo él con voz seca.

Podría haberle preguntado por qué dijo eso. Por qué su voz sonaba como arena. Pero habría sido una tontería y ya había cometido suficientes, empezando por aceptar la proposición de Tania.

-Tania – dijo aquella única palabra con recelo y ella emitió un gemido ahogado, dio un paso adelante y él le agarro de las solapas de su chaqueta y la atrajo hacia el calor de su cuerpo.

E hizo lo que llevaba toda la noche deseando hacer.

Inclino la cabeza. Le tomo la boca. La beso suavemente y cuando ella se puso de puntillas y le echo lo brazos al cuello, cuando abrió los labios a los suyos, la beso más apasionadamente.

-Tania – volvió a decir contra su boca.

E Isabella sujetó el rostro de Edward entre las manos y lo atrajo hacia sí para que el beso no terminara.

.

.

.

.

.

.

17bedwa