Capítulo 85: Tras la frontera

Desde lo ocurrido en la frontera, la relación entre Heishiro y el resto se hizo algo más tensa.

Sophitia y Cassandra apenas hablaban con él, y Taki lo hacía pero con menos confianza que de costumbre. Ella ya sabía de lo que Heishiro era capaz, pero no se esperaba que matara a un hombre que clamaba piedad.

La situación aún era más incómoda si tenían en cuenta que no sabían a qué país habían cruzado.

Pero no se habían adentrado en la región más de un par de kilómetros cuando, en una zona desierta, encontraron a un hombre encapuchado, de pie, totalmente inmóvil, mirando hacia ellos.

En cuanto lo vio, Heishiro hizo una seña a sus hombres y a las tres mujeres para que se detuvieran.

- ¿Qué ocurre? – quiso saber Taki.

- Ese malnacido... – contó Heishiro. – Me atacó en la misma taberna en la que nos encontramos.

- ¿Cómo lo sabes? – inquirió la ninja. – Si no se le ve la cara.

- Precisamente por eso.

El resto del grupo llegó junto a ellos y vieron lo ocurrido.

- ¿Qué hacemos? – preguntó uno de los hombres de mayor rango de Heishiro.

- Acabad con él. – ordenó el samurai sin pensarlo.

- Yo que tú no lo haría, Heishiro. – habló el encapuchado desde donde estaba.

- ¿Y por qué no?

- Por tres razones. La primera, porque será inútil. La segunda, porque si alguien muere aquí hoy, no seré yo. Y la tercera... – el encapuchado calló unos segundos. - ...porque tengo información de Soul Edge.

- ¿Qué?

- Sé dónde puedes encontrarla. – declaró. – Y está mucho más cerca que Alemania, adonde os dirigís. De hecho, está aquí mismo, en la India.

- ¿Estamos en la India? – preguntó de repente Cassandra.

- ¿Qué? ¿Soul Edge está aquí? – repitió Heishiro, ignorando a la griega.

- Así es. – confirmó el otro. – Existe un lugar...se llama la Catedral Perdida. No está muy lejos. Pero no es fácil de encontrar.

Heishiro desenfundó su katana y se abalanzó sobre él, tumbándolo y poniéndole la hoja de su arma en el cuello.

- Nos llevarás hasta allí.

- Eso pretendía. – respondió el encapuchado, que seguía tranquilo a pesar del ataque de Heishiro. – Pero hay una pequeña pega.

- ¿Qué pega? – gruñó el japonés apretando la katana con más fuerza sobre el cuello del encapuchado.

- No podeis venir todos.

- ¿Cómo?

- Sólo os llevaré a ti... – señaló a las tres mujeres desde el suelo. – ...y a ellas tres.

- ¿Por qué? – quiso saber Heishiro.

- Largo de explicar.

Heishiro suspiró y se levantó, dejando que el encapuchado hiciese lo propio.

- Está bien.

Se dirigió hacia sus hombres.

- ¡Muchachos! Aquí acaba vuestro trabajo. Regresad al barco y tomad los tesoros de la bodega como vuestro pago.

- ¿Qué? ¿Qué ha pasado? – preguntó el de más rango.

- Ya no os necesito. Pero ha sido un placer viajar con vosotros.

- Y tanto... – comentó Cassandra poniéndole ojitos a uno de los hombres de Heishiro.

- Puedes irte con ellos si quieres. – dijo Sophitia, no quedó claro si en serio o en broma.

- ¡No! – se apresuró a decir el encapuchado. – Ella debe venir.

- Tranquilo. No dejaré sola a mi hermana. – contestó Cassandra hablando tan en serio como aún no lo había hecho en todo el viaje.

- ¿Qué haremos para volver a cruzar la frontera? – preguntó uno de los subordinados de Heishiro. – Quizá haya nuevos guardias.

- Os pedirán que entregueis las armas otra vez. Hacedlo. Será la mejor forma de evitaros problemas.

- Está bien. – aceptó el que había preguntado.

- Hasta la vista.

- Buena suerte, capitán.

Los hombres de Heishiro hicieron una reverencia, uno de ellos besó la mano de Cassandra, y volvieron por donde habían venido.

Cuando se hubieron alejado, Heishiro se volvió al encapuchado:

- Llévanos.

El encapuchado hizo algo insólito: Se quitó la capucha. Eso permitió que los demás vieran que era negro, calvo y tenía un diente de oro, además de un brillo siniestro en los ojos.

- Seguidme. – indicó.

Cuando hubieron avanzado unos metros, apareció ante ellos un hombre rubio que tenía el mismo brillo ocular que el hombre ya sin capucha.

- Os presentaré. – se ofreció. – Estos son Heishiro, Sophitia, Cassandra y Taki.

El rubio asintió.

- Él es Raphael. – concluyó.