Chapter 6
Un Mercedes negro y largo se detuvo en la entrada. Edward entró y la tendió la mano a Isabella para ayudarla a pasar al interior de la limusina de cuero oscuro. Era como entrar en un mundo solo para ellos. Sin luces, sin gente.
-Llévanos a casa- le dijo Edward al chofer, que subió la mampara de separación y se quedaron a solas-. Ven aquí – dijo con voz ronca.
Y sin vacilar, Isabella se acurruco en sus brazos.
El Mercedes se movió a toda prisa por las oscuras calles de la ciudad. Era como una carroza mágica cruzando un mar de sueños. Un amante de ensueño que la besaba y la colocaba sobre su regazo.
-Abre la boca – susurro Edward- déjame saborearte.
Ella gimió. Abrió los labios bajo los suyos mientras la limusina enfilaba por la Quinta Avenida.
-llevo toda la noche deseando esto. Tenerte entre mis brazos, besarte. Dios, Tania, eres preciosa.
-Edward, no…
-¿Quieres que pare? –se retiró lo suficiente para poder mirarla a los ojos.
Isabella le sostuvo la mirada. Lo que quería decirle era que se llamaba Isabella, que no era Tania…
-Si esto no es lo que quieres, dímelo ahora – le pidió él con brusquedad.
Ella sacudió la cabeza.
"No te pares. No te pares. No…"
Edward la besó y el mundo desapareció por completo.
Pareciera que estuvieran en el cielo, con la luz de la luna filtrándose por la ventanilla. La besó en el ascensor privado que llevaba a su ático, la besó cuando la tomó en brazos y la llevó a su dormitorio, la besó cuando la dejo en el suelo.
Le cubrió un seno, deslizo los dedos por el pezón de seda que anhelaba su contacto. Ardía en llamas por él.
-Tania – repitió Edward, y juntos se apoyaron contra la pared. La boca de Edward se apodero de la suya; le levanto la falda para acariciarla con premura. Ella tembló, le sujetó el rostro con las manos y le ofreció los labios, la lengua y su deseo.
Edward dijo algo en portugués y ella le desabrocho los botones de la camisa. Edward la levanto e Isabella contuvo el aliento ante el impacto de su erección contra ella.
-Rodéame la cintura con las piernas – le pidió con un gruñido.
Isabella obedeció y volvió a contener el aliento cuando él deslizó una mano entre ellos y entonces…
Y entonces entró en ella fuerte y caliente, seda sobre acero, estirándola, llenándola y resultaba delicioso y aterrador, no era nada parecido a la única vez que había estado con un hombre, no se parecía a nada que pudiera haber imaginado.
-Edward –sollozó-. Oh, Dios Edward…
Isabella gritó en éxtasis y sintió cómo volaba con él sobre las estrellas.
Edward no supo cuánto estuvieron así, con Tania entre sus brazos y las piernas rodeándole las caderas, los dos jadeando mientras el sudor les perlaba la piel.
Pudieron haber transcurrido horas. O minutos. Había perdido la habilidad de pensar con claridad.
Qué diablos, eso había quedado dolorosamente claro. Un hombre con cabeza no hacia lo que él acababa de hacer. Hacerle el amor a una mujer con la finura de un toro en celo.
Y sin protección. No se lo podía cree. ¿Cómo era posible que la pasión hubiera superado a la lógica?
-Por favor…
Tania le estaba hablando. Susurrando, mas bien. Tenía el rostro hundido en su cuello, como si no quisiera mirarlo. Entre eso y el temblor de su voz, precia estar molesta. ¿Y por qué no iba a estarlo?
-Tania –dijo con dulzura-. Mírame.
Ella sacudió la cabeza. Su cabello, aquella melena de seda castaña, se agitò alrededor de su cara.
-Cariño, ya sé que esto no ha sido…
-Por favor, bájame.
Había una ligera nota de pánico en sus palabras. Edward asintió, la bajo al suelo y apretó los dientes para contener la repentina oleada de deseo que experimento cuando su cuerpo rozó el suyo.
-Tania…
-Tu no lo entiendes –Isabella levantó la cabeza; a él se le encogió el corazón al ver lo que reflejaban sus ojos-. Escúchame, Edward. Lo que acabamos de hacer… yo nunca…
-Lo entiendo – él le sujetó el rostro-. Ha sido demasiado rápido. Culpa mía. Lo siento. Quería hacer las cosas bien. Pero te deseaba tanto que…
-No –ella le agarró las muñecas-. No es eso. Lo que quiero decir es que yo… yo…
-No te he dado suficiente tiempo.
Isabella soltó una pequeña carcajada de impotencia.
-Edward no estamos hablando de lo mismo.
-Claro que si- insistió él –ha sido culpa mía.
¿Qué sentido tenia explicarse ahora?, pensó Isabella. Lo cierto era que después de lo que acababa de hacer, tener relaciones sexuales con un desconocido, estaba dispuesta visto lo visto a seguir adelante fingiendo que era una mujer capaz de hacer algo así sin sentirse culpable. Edward nunca llegaría a saber que en realidad era Isabella Swan y no Tania Denali. No volverían a verse nunca más.
-Debes saber que estoy sano –dijo él con tono suave acariciándole un mechón de cabello.
Isabella parpadeo.
-¿Qué?
-Que estoy sano, cariño –se inclinó para rozarle los labios con los suyos-. De todas formas, tendría que haber utilizado preservativo. ¿Tu estas…?
Ella sintió como se sonrojaba.
-Sí –se apresuró a decir-. Estoy completamente sana.
En eso no mentía. La última vez que tuvo relaciones sexuales fue hacia tres años, así que era imposible que tuviera ninguna enfermedad de transmisión sexual.
Edward apoyo las manos en la pared, una a cada lado de ella.
-No quería decir eso. Me refería a si tomas la píldora.
La tomaba para regular su periodo, pero no hacía falta darle detalles.
-Sí –respondió sin poder evitar sonrojarse todavía más.
-Bien pero si algo saliera mal…
-Nada va a salir mal –respondió ella al instante.
Si aquella conversación duraba un segundo más, se echaría a llorar o a reír histéricamente.
-¿Tania?
-No… no me llames así –Isabella trago saliva-. Quiero decir… ese nombre nunca me ha gustado –sin poder evitarlo, las lágrimas le resbalaron por las mejillas-. Tengo que irme –dijo.
Pero cuando trato de marcharse, Edward la sujetó por los hombros.
-Cariño –torció el gesto-. Maldita sea, te he hecho llorar.
-No –ella negó con la cabeza-. No es culpa tuya.
Edward le levanto la barbilla para obligarla a mirarlo.
Se le estaba corriendo el rímel. Estaba hecha un desastre. Un hermoso desastre, pensó mientras la estrechaba entre sus brazos.
-Te he hecho daño –gruño él-. He sido demasiado brusco y demasiado rápido.
-No –murmuro Isabella en un sollozo-. Soy yo. Lo que he hecho, venir aquí, comportarme como una…
-Shh –Edward la abrazo y la acuno suavemente entre sus brazos hasta que la sintió relajarse un poco-. No hay que lamentar lo que ha sucedido. Ha sido algo…
¿Inesperado? ¿Imprevisto? Estar con una mujer era lo último que imaginaba que haría aquella noche, pero no se arrepentía. De hecho, el instinto le decía que lo que acababan de compartir sería algo que no olvidaría pronto.
-Ha sido algo maravilloso –dijo con dulzura-. Increíble. Y es culpa mía que para ti no haya sido igual.
-Pero si lo ha sido. Maravilloso, quiero decir.
-Me alegro –Edward le deslizo los labios por los suyos-. Pero estoy seguro de que puedo hacerlo mejor.
-Es tarde –suspiro ella-. Y…
-Quiero desnudarte.
El sonido de su voz provoco que a Isabella le temblaran las rodillas.
-Desnudarte. Besarte. Acariciarte por todas partes. Despacio esta vez. Muy despacio –Edward la atrajo hacia sí y la besó apasionadamente-. Podemos pasar el resto de la noche conociéndonos mejor el uno al otro.
Isabella lo miro a los ojos y volvió a alzar una mano hacia su rostro. ¿Qué era más fuerte, el deseo de echar a correr o el deseo de dejar que pasara lo que ella sabía que quería que pasara?
Edward le tomo la mano, le beso la palma, la muñeca, el brazo e Isabella obtuvo la respuesta.
-Edward –susurro rodeándole la nuca y devolviéndole los besos.
Él empezó a desvestirla muy despacio, haciendo las cosas como debió hacerlas desde la primera vez, desplegando cada caricia, cada roce de piel con piel, dándole la vuelta y besándole el cuello mientras le bajaba la cremallera.
El vestido se abrió. Isabella trato de sujetarlo, pero él se lo deslizo por lo brazos, le cubrió lo senos y la sintió estremecerse.
La sostuvo de ese modo hasta que ella gimió su nombre y se apoyó de nuevo contra él. Edward le desabrocho el broche delantero del sujetador y contuvo un gemido al sentir sus senos desnudos en las manos.
La escucho contener el aliento. Sintió el escalofrió que la recorrió. Le deslizo los pulgares por los pezones y ella emitió aquel sonido de placer que le hacía desear darle la vuelta y hundirse en su interior.
Pero todavía no. Le deslizo una mano por las costillas. Por el vientre. Poso los labios en su nuca y beso su piel fragante. Bajo más las manos. Más todavía. Ella susurro su nombre, trato de darse la vuelta, pero él no se lo permitió, no ahora que tenía las manos entre sus muslos, cuando estaba más excitado de lo que jamás creyó posible estar.
Le abrió lentamente las piernas con los dedos. La acaricio. Escucho el silbido de su respiración. Sintió como trataba de cerrar los muslos para detenerle.
Sintió como dejaba de luchar contra él, contra sí misma y comenzaba a moverse sobre su mano.
-No –dijo-. No, Edward, no. No lo hagas. Voy a…
Soltó un grito largo. Aquel sonido lo lleno de un inmenso placer. La estrecho entre sus brazos y la llevo hasta la cama.
La luz de la luna la bañaba en marfil. Su cabello se desparramo por la almohada, era chocolate delicioso sobre crema. Se la había imaginado así, pero era más perfecta que su imagen mental. Era adorable. Toda ella.
Le hizo el amor despacio, como había prometido, observando su rostro mientras lo hacía, disfrutando de como abría los ojos de par en par, como entreabría los labios. Cuando le puso la mano en el seno, ella se la agarró.
-Déjame tocarte –susurro Edward.
Entonces Isabella le soltó la mano, contuvo la respiración y grito cuando le deslizo el pulgar por el pezón rozado antes de inclinar la cabeza e introducirlo en el calor de su boca.
Sabía a miel. A crema. A vainilla. Le succiono los pezones, se los lamio hasta que sus gemidos le hicieron saber que estaba loca de deseo por él.
Igual que lo estaba él por ella.
-Edward…
Su susurro era una plegaria.
Él la estrecho entre sus brazos. La atrajo hacia sí y la besó lenta y deliberadamente. No se saciaba de ella; por mucho que deseara hundirse en su calor de seda quería seguir besándola. Isabella tembló contra él y Edward tembló también, ansioso por poseerla.
Era una dulce tortura.
Isabella volvió a suspirar su nombre, esta vez con creciente urgencia. Le rodeo el cuello con los brazos. Él sabía lo que anhelaba; él también lo deseaba, pero se dijo que debía esperar.
-Edward –susurro ella-. Edward, por favor.
Pronuncio aquel "por favor" con tanta dulzura e inocencia que estuvo a punto de ser su fin. Edward se puso de pie, se quitó la ropa, vio como ella abría mucho los ojos cuando observo su erección. Era grande, eso lo sabía. Y estaba orgulloso de serlo, pero vio un destello de miedo en sus ojos.
-¿Va todo bien? –le pregunto con voz ronca-. Encajamos, ¿recuerdas? Acaba de suceder.
Le tomo la mano e Isabella lo agarro. Él gimió. Ella volvió a apartar la mano y Edward se la sujetó mientras abría el cajón de la mesilla de noche y sacaba un preservativo. Unos segundos más tarde se arrodillo entre sus muslos.
Con los ojos clavas en los suyos, entro lentamente en ella.
-¿Te gusta?-susurro-. Dime que sí. Dime…
Isabella le acerco el rostro al suyo. Lo besó. Susurró su nombre y él se perdió entre sus besos, en el ritmo que establecieron.
El mundo estalló en llamas.
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Tras un largo rato, Edward se tumbó de costado con ella acurrucada entre sus brazos como un gatito satisfecho. Le gustaba sentirla cálida y suave contra él.
-¿Estas bien, cariño?
Tania emitió un sonido parecido a un ronroneo que le hizo sonreír.
-Entonces cierra los ojos –le pidió subiendo la colcha para taparles.
Ella dejo caer las pestañas hasta las mejillas. Edward le beso la sien y escucho su acompasada respiración.
Era increíble. Había terminado el día sin querer saber nada de las mujeres y terminaba la noche con una mujer entre los brazos. Bostezó. Estaba demasiado cansado como para entender nada en ese momento. El reloj de la mesilla marcaba las tres y media. Tenían tres horas de sueño antes de que sonara la alarma, a menos que se despertara un poco antes para poder volver a hacerle el amor.
Pero puede que no fuera tan buena idea. Tal vez debería haberla llevado a su apartamento. Tal vez se arrepintiera que se hubiera quedado a pasar la noche. No había más que ver lo que había pasado con Heidi. Se había quedado unas cuantas noches allí y eso bastó para que decidiera que tenían una relación.
Tal vez… tal vez necesitara dormir. Edward atrajo a su traductora hacia sí. Dejó caer los párpados. Sonrió al recordar que le había dicho que no le gustaba que la llamaran Tania. ¿Cuál sería su nombre autentico? Ya lo averiguaría por la mañana.
Averiguaría muchas cosas por la mañana. El único problema posible seria que malinterpretara el hecho de haber pasado la noche en su cama. Las mujeres…
Edward se quedó dormido.
Y cuando la alarma sonó a las seis y media, no hubo ningún problema que resolver por que Tania Denali se había ido.
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Continua…
