Capítulo 86: El chico del bosque

Kilik, Maxi y Xianghua continuaron su viaje tras el paso por el pueblo nepalí. Maxi aún necesitaba descansar un par de horas más que de costumbre, por lo que iban a un ritmo todavía más lento.

No se habían alejado mucho del pueblo aún.

Estaban realizando la parada habitual para comer cuando algo ocurrió.

Como de costumbre, Kilik recogía frutas de los árboles (Maxi también lo hacía antes de ser herido) y Xianghua iba preparando las piezas que su novio recogía.

- No soy un minusválido, puedo subirme a un árbol. – se quejaba Maxi. – El médico dijo que en unas pocas horas estaría bien.

- Sea como sea, sigues dolorido. No vas a moverte de ahí. – ordenó Xianghua.

- ¡Bah! Lo que te conté de la puñalada en la pierna era cierto, estuve a punto de morir. Y sin embargo a los dos días ya estaba combatiendo otra vez.

Xianghua lo miró con una mezcla de asombro e incredulidad, pues no sabía si lo que decía era cierto o una exageración.

- ¿Cómo va eso, Kilik? – quiso saber el japonés.

- No me lo explico... – contestó el otro desde lo alto de un árbol.

- ¿El qué no te explicas exactamente? – preguntó Maxi.

- Estos árboles están prácticamente sin frutas. Y en esta época del año deberían estar repletos.

- Quizá alguien más está recogiéndola – imaginó Xianghua.

- ¿Quién podría ser? – inquirió Maxi, que parecía no apoyar su teoría.

No le dieron más vueltas al tema, y tuvieron que conformarse con repartirse dos manzanas entre los tres.

- Aún tengo hambre. – se quejó Xianghua al acabar de comer.

- No me digas... – ironizó Maxi, que a pesar de su tono burlón la miró con algo de lástima.

- Está bien, me adentraré un poco en el bosque. Tengo que encontrar algo. – propuso Kilik.

- Vale, pero ten cuidado. – pidió la chica.

- Lo tendré. – la tranquilizó Kilik.

El nepalí se levantó y se metió entre los árboles a los que hacía un rato había subido.

Dentro del bosque era muy difícil caminar, pues había mucha vegetación que entorpecía el paso y la visión.

Sin embargo, tras adentrarse algo más de medio kilómetro, Kilik pudo percibir como algo se movía en la copa de un árbol.

Creyó que sería un animal, pero por si acaso decidió preguntar:

- ¿Hay alguien ahí?

Para su sorpresa, un chico joven saltó desde lo alto del árbol, cayendo de pie.

El joven tenía semblante triste, quizá asustado. Se había quitado la camiseta para usarla como bolsa, donde llevaba bastantes manzanas.

Pero, lo más preocupante de todo, es que tenía las manos llenas de lo que indiscutiblemente era sangre.

- ¿Quién eres? – preguntó Kilik.

- ¿Quién eres tú? – replicó el otro con tono insolente.

- Bueno, he preguntado primero, pero no tengo problema en presentarme. Soy Kilik.

- ¿Vienes del pueblo?

- Sí. Bueno, no soy de allí, pero he estado en él los últimos días.

- ¿Por casualidad viste allí a una chica guapa, de pelo castaño, con trenza...?

Kilik pensó y sólo se le vino una persona a la mente:

- Sí, sí. – afirmó. – Hablé con ella, además. Me dijo que se llamaba Mi-na.

El rostro del joven se iluminó.

- ¿Por qué? ¿La conoces?

- Me está esperando. – dijo el chico aliviado, más para sí mismo que para Kilik. – Me está esperando.

- Bueno, estuve allí ayer, igual...

- Oye, tienes que llevarme de vuelta.

- ¿No sabes volver solo?

- Sí, sólo es que...me he desorientado. – reconoció.

- Verás, tengo bastante prisa y...

- Por favor. – pidió el joven.

Kilik meditó sobre ello.

- Bueno, está bien. – aceptó. – Pero antes tendrás que decirme qué haces aquí...y por qué llevas las manos llenas de sangre.

- Eh...bueno, supongo que es lo justo.

- Ah, y también cómo te llamas.

- Yunsung. – respondió. – Soy Yunsung.

- Bien, Yunsung. Yo también viajo acompañado. Te llevaré con mis amigos, comeremos juntos... – al decir eso señaló con el dedo a la fruta que portaba Yunsung. - ...y veremos qué hacemos.

Yunsung asintió y los dos se pusieron en marcha.