Capítulo 7

Bella se despertó sobresaltada antes del amanecer. Sintió a su lado un cuerpo duro, cálido, musculoso y bronceado que sujetaba el suyo por la cintura con gesto posesivo.

El corazón se le subió a la boca. En su mente surgieron escenas de la noche anterior. Ella lanzándose en brazos de Edward en su limusina, besándolo en el ascensor. Haciendo el amor con él contra la pared y luego en aquella cama.

Pero no había sido amor, había sido sexo. Tratar de convertir la noche anterior en algo romántico era como fingir que madame Bovary era Cenicienta.

Nunca en su vida había hecho nada parecido a aquello. Se había ido a la cama con un hombre al que no conocía, y lo único bueno era que todavía estaba dormido. Bella suspiró en silencio al observar su magnífico cuerpo y su hermoso rostro. Le apartó el brazo con sumo cuidado. Despertarlo y tener que enfrentarse de nuevo a él era lo último que deseaba en el mundo.

Se puso en acción y localizó su ropa dispersa. Pero no encontró sus braguitas. Tenía que marcharse de allí cuanto antes.

La mortecina luz del amanecer iluminó las estancias del ático mientras bajaba. No recordaba el lugar, la noche anterior tenía toda la atención centrada en Edward.

Ahora vio que era muy grande y estaba decorado con madera y cristal. El ascensor, pequeño y elegante, esperaba al final del recibidor. Mientras bajaba en él, Bella se miró al espejo, y lo que vio le hizo dar un respingo. El maquillaje corrido. El pelo revuelto. En un mundo mejor, el vestíbulo habría estado vacío.

–Buenos días, señorita –la saludó el portero sonriendo, como si estuviera acostumbrado a ver mujeres en su estado saliendo del ascensor de Edward–. ¿Quiere que le pida un taxi? –preguntó abriéndole la puerta.

Bella deseó que el suelo de mármol se la tragara.

–Sí, por favor –dijo.

No se imaginaba subiéndose al metro con aquel aspecto a aquellas horas de la mañana.

Cuando se bajó del taxi y llegó a su apartamento sin cruzarse con nadie, cerró la puerta, se quitó el vestido y los zapatos y se dirigió directa a la ducha.

Pero ni todo el agua con jabón del mundo podrían conseguir que olvidara lo que había sucedido.

Edward se despertó al escuchar un sonido distante. Parecía ser el sonido del ascensor. Se incorporó. A su lado había un espacio vacío, y la ropa de Tania ya no estaba tirada por la habitación.

Se había ido.

Se recostó contra los almohadones y puso las manos en la nuca. Bueno, pues mejor así. Mucho mejor. Así no tenía que forzar una conversación matinal ni ofrecerle un café.

Edward se puso de pie y se dirigió a la ducha. Abrió todos los chorros para producir una fina neblina mientras dejaba que el agua resbalara por su cuerpo.

Recordó el momento en el que había acariciado los pezones rosados de Tania hasta convertirlos en pequeños puntos tirantes, y cómo ella había gritado como si algo tan sencillo fuera nuevo. Y más adelante, cuando abrió las piernas y besó su piel más íntima, la saboreó con la boca…

Diablos.

Edward cambió el agua caliente a fría. Ya estaba bien de pensar en la noche anterior. Tenía un largo día por delante.

El día no estaba yendo bien.

Edward había estado casi toda la mañana en una reunión sin enterarse de nada de lo que se decía. Había cancelado la cita que tenía a la hora de comer. Y ahora estaba sentado en su escritorio tratando de dar respuesta a una pregunta tan difícil como poco importante.

¿Por qué había huido Tania Denali?

¿De qué otra forma podía calificarse que una mujer que había pasado la noche en tu cama desapareciera sin decir adiós, sin dejar una nota, sin dejar su número de teléfono?

Daba igual si no volvía a verla. Tal vez fuera mejor así. Pero tenía que ponerse en contacto con ella. No le había pagado los mil dólares por el trabajo que había hecho.

Diablos. Aquello no estaba bien. Darle dinero a Tania después de haber hecho el amor con ella por la noche tenía una connotación desagradable. Pero daba lo mismo. Los negocios eran los negocios. Le debía dinero por la parte de la velada relacionada con los Rostov. Lo que había sucedido después no eran negocios.

Y todo aquello le devolvía a la pregunta inicial. ¿Por qué se había esfumado? Eso no le gustaba. Las mujeres no se iban de su lado como Tania había hecho.

– ¿Señor Cullen?

Edward puso los ojos en blanco. Angelica-Angela sonaba patética incluso a través del intercomunicador.

– ¿Sí?

–El señor Yorkie está aquí y quiere verlo, señor. Erick Yorkie. Edward apretó los labios. No tenía ganas de ver a aquel hombre ahora, pero Yorkie le había hecho un favor la noche anterior. Además, tendría la dirección de Tania, y así podría enviarle por correo el cheque.

–Dile que pase.

Yorkie entró por la puerta sonriendo.

–Hola, ¿qué tal salió todo?

–Muy bien. De hecho iba a llamarte para darte las gracias y pedirte que… – ¿Tenía razón o no? Sabía que Tania sería perfecta.

–Sí, lo fue. Y necesito que…

–Es un bombón, ¿verdad? Y además inteligente. Y menudo cuerpo.

Edward deseó levantarse de la silla, agarrar a Yorkie de las solapas y echarle de allí. Pero esbozó una sonrisa educada.

–Estoy muy ocupado esta mañana, Erick. Así que gracias por recomendarme a la señorita Denali. Y por favor, déjale su dirección a mi asistente.

– ¿La dirección de Tania?–Erick Yorkie sonrió con astucia–. Ajá. La velada fue entonces mejor que bien, ¿eh?

Edward entornó los ojos.

–He olvidado pagarle los mil dólares que mencioné. Aunque se merece una gratificación. ¿Cuál es su tarifa habitual? Debería habérselo preguntado, pero…

–Pero no hubo tiempo

–Yorkie sonrió y apoyó la cadera en el escritorio de Edward–. Lo comprendo. ¿Su tarifa habitual? Bueno, no es barata.

–Sólo dime cuánto cobra.

– ¿Por una noche? Diez mil dólares.

– ¿Cómo?–Edward parpadeó y sintió un escalofrío–. Nadie gana tanto dinero como traductora.

– ¿Como traductora?–Yorkie se rió–. Claro que no, pero Tania…

– ¿Pero Tania qué? –A Edward le brillaron los ojos cuando se puso de pie–. ¿A qué se dedica para ganar tanto dinero?

Yorkie se quedó mirando a su jefe.

–Ella… ella hace lo que hizo con usted anoche.

Edward sintió cómo se quedaba paralizado.

–Responde a la pregunta, Erick. ¿Qué hace Tania Denali para ganar diez mil dólares por una noche?

Erick Yorkie tragó saliva.

–Es… ya sabe… es… acompañante. Sale con… con hombres. Como con usted. Y tiene que admitir que es buena…

Edward lo golpeó. Fuerte. Le dio en toda la mandíbula. Yorkie se tambaleó, cayó sobre una rodilla y se llevó la mano a la boca. Edward rodeó el escritorio, volvió de nuevo hacia él.

Y se detuvo.

Una acompañante. Una prostituta. Se había acostado con una mujer que se vendía a cualquier hombre que pudiera permitirse pagar sus servicios.

Una prostituta había pasado la noche en su cama.

El corazón empezó a latirle con fuerza. Se le nubló la visión. Yorkie seguía apoyado sobre una rodilla con el rostro pálido y los ojos abiertos de par en par por el miedo. Edward sintió un nudo en el estómago. Erick era un cerdo, pero había descargado su ira contra la persona equivocada.

–Levántate.

–No me pegue otra vez.

– ¡Levántate, maldita sea!

–Tendría que habérselo dicho, señor Cullen.

–Pero no lo hiciste–Edward le puso delante una libreta con un bolígrafo–. Escribe su dirección.

–Sí, claro. Mire, he cometido un error, ¿de acuerdo? Lo siento de verdad, yo…

–Estás despedido, Yorkie.

Yorkie adquirió una expresión desagradable.

– ¿De veras? Si cuento esta historia por ahí…

–Hazlo y, que Dios me ayude, no vivirás lo suficiente para disfrutarlo.

–No se atreverá a…

Edward se rió. Y Erick Yorkie, al escuchar aquella risa y mirarlo a los ojos, supo que había perdido el juego.

Los viernes eran siempre el día más fácil de la semana para Bella.

Durante el periodo escolar tenía un seminario matutino. Después podía irse a casa y tumbarse. Ahora, con los colegios cerrados por las vacaciones de verano, el día entero era suyo. Normalmente eso sería estupendo.

Pero ese día no.

Sin tener algo que hacer, los recuerdos de la noche anterior seguían colándose. Así que cuando la camarera de la cafetería en la que había empezado a trabajar hacía poco llamó para preguntarle si podía sustituirla un par de horas, dijo que sí aunque odiaba aquel lugar por su famosa pero maleducada clientela del mundo del espectáculo y por los turista mirones.

A eso de las dos de la tarde ya se había arrepentido de su decisión. Una familia de turistas de cinco personas había consumido una cuenta de ciento veinte dólares y le habían dejado una propina de dos. La mujer de la mesa cuatro estaba todavía pensando qué pedir tras llevar quince minutos leyendo la carta. Y el cliente de la mesa seis, el presentador de un programa de televisión, había devuelto la hamburguesa tres veces.

–Tu hamburguesa ya está.

Bella asintió a la camarera de mediana edad que pasó a su lado, cruzó las puertas abatibles que llevaban a la cocina, recogió la hamburguesa y se la llevó a la mesa seis.

Al menos se podía volver a pedir un plato. Lo que no se podía era cambiar un comportamiento que te avergonzaba tanto que te querías morir al pensar en ello…

– ¿Señorita? ¡Señorita!

Mesa seis. Bella empastó una sonrisa.

– ¿Sí, señor?

– ¿El chef no entiende el significado de la palabra «poco hecha»?

Bella miró la hamburguesa. Sangraba como un extra en una película de terror. Recogió el plato, forzó una sonrisa y se dirigió de nuevo a la cocina.

–No está lo suficientemente poco hecha.

Bella suspiró al unísono con la cocinera antes de salir justo a tiempo de que la mujer de la mesa tres le hiciera el gesto para que le cobrara. Bella asintió, sacó la libreta del bolsillo e hizo la cuenta. Era mucho, pero en aquel sitio todo resultaba muy caro.

– ¡Señorita!

Oh, Dios mío.

– ¿Sí, señor?

– ¿Dónde está mi hamburguesa?

–La mandó usted de vuelta, señor. La cocinera está…

–La quiero ahora, señorita.

–Pero señor…

– ¿Está discutiendo conmigo, señorita?

–No, por supuesto que no, pero…

– ¡Llame ahora mismo al encargado! No voy a permitir que me insulte una…

Aquello fue la gota que colmó el vaso. El trabajo, los clientes… ya había tenido suficiente. Había otros restaurantes, otros trabajos, e iba a recibir quinientos dólares. La noche anterior había pensado en lo horrible que sería aceptar aquel dinero, pero aquello era ridículo. Había hecho lo que Tania le pidió que hiciera, y por eso le iba a pagar.

Bella arrojó la libreta sobre el mostrador. Se quitó el delantal blanco que tenían que llevar todas las camareras y se lo arrojó al idiota de la mesa seis.

– ¿Disculpe? –le espetó él sin dar crédito.

Bella sonrió por primera vez con naturalidad desde que se había levantado aquella mañana.

–Hace bien en disculparse –aseguró con dulzura.

Y se marchó.

¿Debería llamar a Tania o presentarse en su puerta? Nunca había estado en su casa, pero recordaba su dirección. Decidió presentarse sin más.

La casa de Tania era un edificio de piedra que estaba en una calle de moda. Bella alzó las cejas. Tal vez se hubiera equivocado. Pero cuando llamó a la puerta, fue la propia Tania la que abrió.

–Bella, ¿qué estás haciendo aquí?

Bella se sintió como una estúpida. Iba vestida con vaqueros, camiseta y deportivas. Tania llevaba un vestido escarlata corto y botas negras de piel con tacón de aguja. Estaba maquillada y perfectamente peinada.

–He venido a…–Bella tragó saliva–. Me debes dinero –le espetó.

–Oh, así es

–Tania dio un paso atrás–. Bueno, no te quedes ahí fuera. Entra. Pero voy a salir –dijo Tania con brusquedad cruzando el caro suelo de diseño de su caro salón–. Quinientos, ¿verdad? –preguntó abriendo el bolso.

Bella asintió mientras miraba a su alrededor. Había estado en los apartamentos de otros compañeros de máster. Todos se parecían al suyo: muebles baratos, paredes deslucidas… la casa de Tania era un palacio.

–Guau –dijo en voz baja–. Esto es precioso.

Tania sonrió e inclinó la cabeza.

–Tú podrías tener una casa así si quisieras –dijo lentamente.

– ¿Yo?–Bella se rió–. Claro. Si me tocara la lotería.

–Trabajando–Tania volvió a sonreír–. Lo digo en serio, Tania. Yo podría ayudarte a empezar. Presentarte a algunas personas, ayudarte a comprar algo de ropa.

Bella sacudió la cabeza.

–No lo entiendo. ¿Estás hablando de ser modelo?

– ¿Modelo?–Tania se rió–. Bueno, es una forma de verlo.

–Gracias, pero no creo que…

Sonó el timbre de la puerta. Tania torció el gesto.

–No esperaba compañía esta tarde. Toma –le tendió cinco billetes de cien dólares–. Vamos, toma el dinero.

Bella lo hizo a regañadientes. De pronto le parecía mal aceptarlo. El estómago le dio un vuelco.

– ¿Puedo… puedo usar el baño?

–Al final del pasillo a la derecha

–Tania puso los ojos en blanco cuando volvió a sonar el timbre–. Pero date prisa, ¿de acuerdo? Ya te he dicho que iba a salir.

Bella cerró la puerta del baño tras ella. Sentía frío y calor al mismo tiempo. Aquel maldito dinero le había vuelto a recordar todo. No podía aceptar los quinientos dólares. Los devolvería.

Entonces escuchó unas voces. La de Tania. Y la de un hombre. Pero no la de cualquier hombre. Era la voz de Edward Cullen.

Salió al instante al pasillo. Vio a Edward, su cuerpo alto y poderoso tan familiar ahora para ella. Y a Tania mirándolo desafiante y en jarras.

–Por supuesto que soy Tania Denali –le estaba diciendo–. ¿Y quién diablos eres tú?

–Soy Edward Cullen –gruñó Edward–. Y tú no eres Tania Denali.

–No seas ridículo. ¡Cómo no voy a saber quién soy!

– ¿Edward?

Bella avanzó lentamente por el pasillo. Edward alzó la vista y vio la confusión en sus ojos.

– ¿Tania?

– ¿Tania? –la auténtica Tania se echó a reír–. ¡Ya lo pillo! Eres el tipo de anoche. Y crees que Bella soy yo.

– ¿Qué diablos está pasando aquí? –la expresión de Edward pasó de perpleja a confundida.

Bella se humedeció los labios.

–Puedo explicarlo. En realidad me llamo Bella. Bella Swan. Verás, se suponía que Tania iba a ser tu traductora…

Edward torció el gesto.

–Mi cita, querrás decir –dijo en voz baja–. La que concertó Erick Yorkie.

–No conozco a nadie llamado Erick Yorkie. Tania lo arregló todo. Y sí, se suponía que yo era tu cita.

–Y tú estuviste de acuerdo.

–Bueno, sí. No quería hacerlo. De verdad, no quería. Pero tienes que entenderlo, necesitaba el dinero.

–Necesitabas el dinero

–Edward miró el fajo de billetes que Bella tenía en la mano y luego alzó la vista hacia su rostro–. Dios, necesitabas el dinero –repitió con desagrado.

Bella estiró la espalda.

–Tal vez quinientos dólares no signifiquen nada para ti, pero para mí… Edward se giró hacia Tania.

– ¿Ah, sí? ¿Yorkie te pagó tu tarifa habitual y tú sólo le has dado a ella quinientos dólares?

–Nadie me ha pagado ni un céntimo todavía –respondió Tania con frialdad–. Lo único que he sacado de esto hasta el momento son problemas.

– ¿Qué tarifa habitual? ¿Quién es Erick Yorkie? ¿Qué clase de problemas?

Bella se acercó rápidamente a Edward y se detuvo a escasos centímetros de él.

–Edward –le temblaba la voz–. Quinientos dólares es mucho dinero. Lo necesitaba. Y si sirve de algo, nunca había hecho nada así con anterioridad.

Bella sintió cómo la frialdad reemplazaba a la ira en el rostro de Edward.

– ¿En serio? ¿Fingir que era otra persona? No, por supuesto que no. Bella sacudió la cabeza.

–No –afirmó con rotundidad–. Nunca.

– ¿Quieres hacerme creer que anoche fue tu primera vez?

Bella se puso tensa.

–Actúas como si todo esto fuera culpa mía, pero, ¿qué me dices de ti? Tú formabas parte del juego. Me pagaste por interpretar un papel.

Edward apretó las mandíbulas. Tenía razón. Le había pagado para que fingiera ser su amante. En cuanto a lo que sucedió después… ahí también había interpretado un papel.

Irse a la cama con desconocidos era su profesión. Era una chica de compañía. Una prostituta. Una mujer que se vendía a los hombres por dinero. Y él había pensado aunque sólo fuera durante un instante que entre ellos había sucedido algo especial.

Una oleada de furia le atravesó la sangre. Quería dar un puñetazo contra la pared, agarrar a Bella Swan y sacudirla como si fuera una muñeca de trapo.

Pero lo que hizo fue sacar una libreta y una pluma de oro, rellenar dos cheques y darle uno a Tania Denali. Ella lo miró y luego lo miró a él.

–Pagada con creces –dijo Edward con frialdad.

–Sin duda, señor Cullen–Tania sonrió–. Edward.

–Llámame señor Cullen –dijo con más frialdad todavía pasándole el segundo cheque a Bella. – ¿Qué es esto? –preguntó ella asombrada.

–Es lo que te debo por anoche.

Bella se sonrojó.

–No me debes nada.

–Por supuesto que sí –aseguró él con impaciencia–. Le dije a Yorkie que te pagaría mil dólares.

–No–Bella negó con la cabeza y dio un paso atrás sin apartar los ojos del cheque que Edward tenía en la mano–. No me debes nada.

– ¡Acepta el maldito cheque!

–No lo quiero.

–Yo nunca incumplo un trato –le arrojó el cheque–. Tómalo.

–Edward –a Bella le tembló la voz–. No sé qué estás pensando, pero…

–Necesitas el dinero, ¿recuerdas? –Afirmó él con frialdad–. Y yo desde luego recibí de ti todo lo que necesitaba.

Bella no se movió. Su rostro palideció completamente. Las lágrimas le asomaron a los ojos. Algo dentro de él pareció romperse. Quería estrecharla entre sus brazos, besarla para que dejara de llorar.

Dios, era una actriz consumada. Pero a él no volvería a engañarle.

La agarró de la muñeca y la atrajo hacia sí. Inclinó la cabeza y la besó con la suficiente fuerza para hacerla gemir. Bella alzó el puño y le golpeó en el hombro… pero luego aflojó la tensión y abrió los labios bajo los suyos.

Edward maldijo.

Luego la apartó de sí, dejó que el cheque cayera al suelo y se marchó de allí.

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Continua.

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