Capítulo 95: La historia de Zasalamel
Heishiro, Taki, Sophitia, Cassandra y Raphael permanecían encerrados en la jaula de la Catedral Perdida. Zasalamel los vigilaba, Nightmare "dormía" (es decir, los pedazos de armadura estaban desperdigados por el suelo) y Soul Edge descansaba sobre una especie de altar.
- No mireis a la espada. – sugirió Raphael. – No os hará bien.
- ¿Qué sabes de ella? - preguntó Heishiro.
- Bastante. Y lo sé porque hay algo de la espada dentro de mí. – confesó el francés.
- La Semilla Maligna. – dedujo Taki, mirándolo a los ojos.
- Así es. Por suerte, sé dominarla bastante bien.
- ¿Qué es la Semilla Maligna? – quiso saber Cassandra.
- Es una energía de maldad que estaba contenida dentro de Soul Edge. – contó la ninja. – Sin embargo, alguien la liberó y ahora se expande por todo el mundo dominando las almas de los débiles.
- Y dentro de poco, no sólo las de los débiles. – matizó Zasalamel, que estaba escuchando la conversación desde fuera de la jaula.
La intervención de Zasalamel en la conversación enfureció a Heishiro.
- ¿Quién eres tú? – gritó el samurai.
- Soy Zasalamel. – respondió burlonamente.
- ¿De dónde has salido? ¿Qué tienes que ver con todo esto? – siguió preguntando Heishiro.
- Si insistes, te lo diré. Nací en Nigeria. Mi familia era parte de una tribu. Una tribu especializada en dos nobles, a la par que peligrosas, artes: La lucha y la magia negra.
- ¿Magia negra? – se extrañó Sophitia.
- Durante muchos años estuve entrenándome en ambas disciplinas – prosiguió ignorando a la chica. - Con el paso de los años, llegué a ser uno de los tres mejores luchadores del planeta.
- Por eso me doblegaste con tanta facilidad cuando nos encontramos en aquella taberna. – intuyó Heishiro.
- ¿Quiénes son los otros dos grandes luchadores? – inquirió Taki.
- Uno de ellos ya está muerto. Su nombre era Shunsuke Hiyotakashi. Pero era más conocido como Edge Master.
- Sí, es bastante más fácil de pronunciar. – intervino Cassandra.
- Edge Master...he oído hablar de él. – dijo Heishiro. - ¿No es aquel guerrero mundialmente famoso por haber tenido Soul Edge ante sus ojos y no caer en su tentación?
- Así es. – afirmó Zasalamel.
- ¿Y quién es el otro? – preguntó Raphael.
- Se llama Olcadan. Pronto tendreis ocasión de conocerlo.
- Bueno, para serte sincero, la lucha no es lo que más me intriga. Háblanos ahora de la magia negra. – pidió Heishiro.
- La magia negra es un arte muy inusual. Pocas personas en el mundo tienen la capacidad de desarrollarlo, y de esas pocas, una minoría logra obtener resultados notables.
- Supongo que formas parte de esa minoría. – dijo Taki.
- Sí. He llegado a dominar tres ramas de la magia negra. Dos de ellas me están siendo muy útiles en la actualidad. La otra... – se calló unos segundos. - ...ojalá nunca hubiese logrado esa habilidad.
- ¿Cuáles son? – se interesó Raphael.
- Las dos que considero de utilidad son la legilimancia y...
- ¿Qué es eso? – preguntó Cassandra.
- Es la habilidad de leer la mente.
- ¿Leer la mente? – se sorprendió la griega. – ¿Puedes adivinar en qué número estoy pensando y cosas así?
- No funciona así. – explicó Zasalamel. – No puedo saber qué estás pensando. Lo que puedo hacer es leer tu memoria, tus sentimientos...
- ¿Así es como sabes nuestros nombres? – adivinó Raphael.
- Sí. Y también así es como sé qué es lo que más os importa en esta vida. Y he podido utilizarlo para manipularos a mi voluntad.
Zasalamel empezó a señalar con el dedo a los que iba mencionando:
- A ti, Sophitia, no hay nada que te importe más que tus hijos. Por eso amenacé a tu marido con hacerles daño.
- ¿Fuiste tú? – la expresión de Sophitia se volvió más dura.
- Por tu parte, Cassandra, lo que más quieres en este mundo es a tu hermana, por eso no tenía la menor duda de que irías con ella en su viaje.
Las dos hermanas se miraron. Sophitia orgullosa y Cassandra avergonzada, pues la mayor ni se imaginaba que era lo más importante para su hermana menor.
- A ti, Heishiro, te reconcomen las muertes de tus seres queridos. Por eso las utilicé contra ti cuando nos encontramos. Y contra ti, Raphael, la mera mención de tu hija Amy te hizo reaccionar.
- Espera, espera. – le detuvo el aludido. – Hay algo que no entiendo. Si lo que querías era atraernos, ¿por qué al principio tratabas de convencernos de que no fuéramos en busca de Soul Edge?
- Buena pregunta, Raphael. – observó el africano. – Lo cierto es que en un principio creía que no os necesitaba. Mi único objetivo era reunir Soul Edge y Soul Calibur para utilizar sus poderes combinados. Sin embargo, vosotros entorpecíais mi búsqueda, así que traté de persuadiros para que abandonarais, pues no quería mataros.
- Pero si nosotras emprendimos el viaje por tu culpa. – señaló Sophitia.
- Sí, pero ése era un caso aparte. Realmente me interesaba obtener una espada más poderosa que Soul Edge, pues tendría el mismo efecto que Soul Calibur. Sin embargo, es evidente que es imposible crear un arma más poderosa que las dos espadas.
- Bueno, ¿y ahora por qué nos necesitas? – preguntó Heishiro.
- Allí está el quid de la cuestión, Heishiro. Soul Edge hace años que está relativamente en mi poder.
- ¿Relativamente? – se extrañó Taki.
- El pirata Cervantes poseía la espada cuando murió, y tanto su cadáver como Soul Edge fueron arrastrados por la marea a las costas de la India.
- Allí es donde estamos. – recordó Sophitia.
- Sí. Yo llevaba siguiendo el rastro de la espada mucho tiempo, y al fin la encontré en una playa, junto al putrefacto cuerpo de Cervantes. Pero me di cuenta de que mi alma no era lo suficientemente fuerte para poseer Soul Edge sin sucumbir a su voluntad. Así que busqué a alguien que pudiera servir de soporte a la espada saliendo yo intacto. Y no tardé en encontrarlo.
- ¿Quién era? – quiso saber Heishiro.
- Creo que ya has leído algo sobre él. Se llama Siegfried Schtauffen. Su padre era un comerciante alemán que viajaba mucho. Se había instalado ya en la India cuando encontré a Siegfried, noté que era lo suficientemente fuerte y, sin que él se diera cuenta, lo persuadí para que se hiciera con la espada. Soul Edge no tardó en poseer su alma y, desde entonces, trabajo a las órdenes de la espada.
- ¿Trabajas para la espada? – se extrañó Raphael.
- Sí. Por aquel entonces, mi misión era facilitarle vidas humanas para que pudiera alimentarse de sus almas. Pero algo ocurrió: la voluntad de Siegfried resultó ser más poderosa de lo que pensaba, y logró liberarse de la influencia de Soul Edge. Ahora, gracias a un conjuro mío, la espada puede cobrar vida a través de la armadura que Siegfried dejó abandonada. Así es como nació Nightmare.
- ¿Y por qué trabajas para Nightmare? ¿Qué ganas con ello? – preguntó Taki.
- ¿No es evidente? Así puedo saber siempre dónde se halla la espada. Y, llegado el momento...dentro de no mucho...Nightmare me concederá mi mayor deseo.
- ¿Y cuál es? – preguntaron varios de los prisioneros al unísono.
- La muerte. – contestó el nigeriano. – La habilidad que me arrepiento de haber conseguido no es otra que la inmortalidad. Nada ni nadie que yo haya conocido puede matarme. Podeis pensar que es algo bueno, pero creedme, llega un momento en el que todo el mundo quiere descansar en paz.
- ¿Cuántos años tienes? – preguntó curiosa Cassandra.
- Trescientos dieciséis. – respondió Zasalamel como si fuera lo más normal del mundo.
- Sigo sin saber qué tenemos que ver nosotros en todo esto. – recordó Raphael. – Ni tampoco cómo te las apañaste para traernos a todos hasta aquí.
- ¿Ah, no lo has adivinado? – se sorprendió. – Con el teletransporte. Esa es la otra habilidad que me proporcionó la magia negra y que me está siendo útil.
Todos se quedaron sin habla. Era demasiada información de golpe.
- En cuanto a vosotros...Como decía, Soul Edge lleva años cerca de mí. Pero Soul Calibur... – el rostro de Zasalamel se ensombreció. - ...no he conseguido encontrarla en todos estos años. Y cuando por fin creí que la tenía, un hechizo que la protegía me impidió hacerme con ella. Y por si fuera poco, la espada cambió de lugar.
- ¿Nos vas a decir de una vez nuestro papel en todo esto? – exigió Heishiro.
- El dios Hefestos, al que Sophitia y Cassandra conocen muy bien, fue quien ocultó y protegió Soul Calibur. No quiso revelarme nada, y cuando lo hizo me tendió una trampa. – contó. – Pero no contaba con mi habilidad de leer la mente. Puedo leer incluso la de los dioses. Y gracias a eso pude averiguar cuál es su criterio para esconder Soul Calibur.
- ¿Cuál? – volvieron a preguntar todos.
- Hay una serie de personas en todo el mundo que reúnen dos cualidades necesarias para portar Soul Calibur: un gran espíritu luchador y un alma en esencia buena. Hefestos decidió que Soul Calibur iría pasando de una de esas personas a otra, cobrando la forma del arma que la persona en cuestión llevase. Supongo que no es muy difícil averiguar quiénes son esas personas.
- Nosotros. – entendió Sophitia.
- Así es. Vosotros y aquellos que aún están por venir.
- Entonces, ¿qué vas a hacer con nosotros? – quiso saber Cassandra.
- Tres cosas. Primero, averiguar quién tiene la espada en estos instantes. Segundo...¿recordais que dije "por aquel entonces mi misión era facilitarle vidas humanas"?
Los demás asintieron.
- Bien, pues ahora es darle a la espada un cuerpo. Alguien que sea lo suficientemente fuerte para soportar su poder, pero no lo bastante como para librarse de él. El elegido será uno de vosotros también.
- ¿Y tercero? – preguntó Taki.
- Como ya he dicho, mi objetivo es morir. Creo que lo único en este mundo capaz de matarme sería la combinación de las fuerzas de Soul Edge y Soul Calibur. Pero ya he dicho que Soul Calibur está protegida por un hechizo que me impide usarla. Se lo impide a todas las personas que albergan el mal en su interior. Por eso también necesito a uno de vosotros que la use para matarme.
- Pero yo estoy poseído por la Semilla. – puntualizó Raphael. - ¿No es entonces imposible que tenga Soul Calibur?
- Teóricamente sí, pero estabas entre los candidatos de Hefestos, así que no puedo fiarme.
- ¿Y cuándo empezará todo? – preguntó finalmente Sophitia.
- Cuando lleguen los que faltan.
En ese momento, la puerta de la catedral empezó a abrirse.
- Que creo que será pronto. – sentenció Zasalamel sonriendo.
