Capítulo 96: Batalla entre amigos
La puerta terminó de abrirse y en el umbral apareció la musculosa figura de un hombre.
Un hombre con cabeza de búho.
Olcadan se percató de que había varias personas encerradas en una jaula, pero no pareció sorprenderse.
- ¡Aquí estoy, Zasalamel! – gritó.
- Me alegro de verte, amigo. Pero...¿dónde están las personas que te acompañaban?
- ¿De verdad creíste que sería tan tonto como para traerlas hasta aquí para que tú las utilizaras para tus propósitos?
- ¿Qué? ¿No les has traído? – preguntó Zasalamel furioso.
- Sí, los he traído. Pero están a un par de kilómetros de aquí. Les recomendé que permanecieran allí por precaución y parece ser que tenía razón.
- ¡Tráelos ahora mismo! ¡O iré a buscarlos por mi propio pie! – amenazó el africano.
- Tendrá que ser sobre mi cadáver. – sentenció Olcadan.
De repente, se escucho una voz grave y malévola que parecía provenir de las paredes:
- ¡Mátalo!– ordenó. - ¡A él no lo necesitamos! Sólo nos servía para atraer a los demás.
- Pero... – protestó Zasalamel. - ...es mi amigo.
- ¿Y?
- No quiero matarlo, Nightmare.
- Cuando tuviste que matar al maestro no te lo pensaste tanto. – recordó la maléfica voz.
Olcadan no daba crédito a lo que acababa de oír.
- ¿Al maestro? – repitió. - ¿Tú mataste a Edge Master?
- Ese caso es distinto, Nightmare. – replicó Zasalamel ignorando la pregunta de Olcadan. – Edge Master siempre estuvo más alejado de nosotros. Nunca fuimos verdaderos amigos. ¡Ni siquiera quiso contarnos dónde estaba el templo que construyó!
- Era un buen hombre, Zasalamel. – afirmó Olcadan. – Él fue quien descubrió que de las espadas que creé, había una que era demasiado peligrosa para seguir existiendo. Trató de convencerme de destruirla antes de que fuera demasiado tarde, pero fui tan necio que creí que se equivocaba.
- ¿Acaso crees que hubieras podido destruirla de habértelo propuesto? – inquirió Zasalamel. – Te recuerdo que Edge Master se coló en tu casa para hacer el trabajo él mismo, pero ya entonces no fue capaz de acabar con ella.
- Pero fue capaz de resistir la tentación de robarla… – dijo en voz baja Heishiro para sí, que con los demás prisioneros observaba y escuchaba todo lo que ocurría desde la jaula.
- Claro que hubiera podido destruirla, Zasalamel. – prosiguió Olcadan. – Yo tenía algo que Edge Master no: Soul Calibur. Estoy seguro de que con ella hubiera sido capaz de acabar con Soul Edge.
- Entonces, ¿por qué no la destruiste cuándo te diste cuenta de su naturaleza?
- Ya lo he dicho, fui un necio y un insensato. En lugar de destruirla, creí que sería más beneficioso venderla. Y por eso se la vendí a aquel sacerdote, Kunpaetku. Maldito momento. – se lamentó. – De no ser por mí todas las desgracias asociadas a Soul Edge jamás habrían ocurrido.
El rostro de Olcadan, a pesar de estar cubierto de plumas en su totalidad, demostró su tristeza.
- Y por eso ahora necesito destruirla, para enmendar todo el mal que hice. – finalizó.
- Será también sobre mi cadáver, Olcadan. Porque hasta que no combine el poder de las espadas para suicidarme, no podrás tocar Soul Edge.
- ¡Eso que pretendes es una salvajada! – gritó el hombre-búho. – Las consecuencias de unir los poderes de ambas espadas son impredecibles y podrían ser nefastas. ¡Probablemente lo mejor que podemos esperar es que sólo se destruya la catedral y todas las personas que estamos en ella! Pero el riesgo es mucho mayor.
- ¿Y qué? – se burló Zasalamel.
En ese momento, Olcadan estaba tan furioso como nunca lo había estado. A pesar de estar desarmado, si Zasalamel fuera mortal se habría lanzado a asesinarlo con sus propias manos.
- Trae a los que viajan contigo aquí, Olcadan. – ordenó Zasalamel. – No quiero tener que matarte. Te lo digo sinceramente.
- Pues tendrás que hacerlo. – afirmó el guerrero.
Zasalamel suspiró y asintió, contrariado.
- Está bien...
Se acercó a la jaula y miró a Raphael.
- Dame tu espada.
- No. – se negó el francés.
Zasalamel no siguió la conversación. Simplemente le propinó un puñetazo a Raphael y se hizo con el arma.
- ¿No vas a oponer resistencia? – preguntó Zasalamel a su ex-amigo.
- Claro que sí.
- No vas armado. – recordó el nigeriano.
- ¿Qué te hace pensar que lo necesito?
Zasalamel sonrió con malignidad, mostrando su diente de oro, aunque lo cierto es que el resto de su rostro no demostraba mucha alegría.
En ese momento, desapareció mágicamente.
Olcadan se puso en guardia preparado para esquivar un golpe desde cualquier dirección, y lo consiguió.
Zasalamel se había materializado a la izquierda del hombre-búho, y éste fue lo suficientemente rápido como para esquivar la estocada que trató de propinarle el otro.
El africano siguió intentando alcanzar al otro, pero Olcadan sabía defenderse.
- ¿Cuánto tiempo crees que vas a poder aguantar así, Olcadan? – preguntó con ironía Zasalamel. – Yo ya sabes que tengo toda la eternidad.
Olcadan ignoró las palabras de su rival, e inesperadamente se abalanzó sobre él, tumbándolo y haciendo que perdiera el estoque de Raphael.
Zasalamel y Olcadan forcejearon durante minutos en el suelo. (Zasalamel no puede teletransportarse si alguien le está agarrando, y Olcadan lo sabe)
Finalmente, el hombre-búho logró imponerse a su contrincante, inmovilizándolo en el suelo.
- ¡Que alguien me dé un arma! – gritó a los de la jaula.
Taki depositó una de sus dagas en el suelo y, con una patada, la alejó hasta donde se encontraban los dos luchadores.
Olcadan la cogió y puso el filo de su hoja sobre el cuello de Zasalamel.
- No puedo matarte, pero aún puedo convertirte en una cabeza sin cuerpo. – recordó.
- ¿Serías capaz de hacerme sufrir así? – preguntó Zasalamel.
Entonces, Olcadan sintió algo a su espalda, y vio que su rival sonreía.
Cuando se dio la vuelta para reaccionar era demasiado tarde.
Antes de que pudiera ver nada, la oscura hoja de Soul Edge le atravesó de pecho a espalda.
Nightmare había despertado, había cogido la espada y había atacado al hombre-búho con ella.
Los prisioneros de la jaula estaban paralizados de terror.
Nightmare extrajo el arma del cuerpo de Olcadan, que cayó moribundo sobre el frío suelo de la catedral.
- Qué paradójico. Asesinado por su propia creación. – dijo el oscuro caballero.
- Te recuerdo...Nightmare... – susurró Olcadan con sus últimas fuerzas. - ...que tú no eres...mi única creación.
- Lo sé. – reconoció el malvado ser.
- No te saldrás con la tuya... Nunca podrás con...Soul Calibur.
Y tras decir esas palabras, el corazón de Olcadan dejó de latir.
Nightmare miró el cadáver de su creador con lo que hubiera sido un gesto de desprecio si bajo el yelmo hubiera un rostro humano y se volvió hacia Zasalamel, que estaba aún en el suelo.
- Acaba tu trabajo. Cuanto antes. – ordenó, antes de volver a su letargo.
Zasalamel se acercó arrastrándose hasta el cuerpo de su viejo amigo y le cerró los ojos.
- Descansa en paz.
Zasalamel recogió las armas de Raphael y Taki, que aún estaban tiradas por el suelo, se las devolvió a sus dueños, y después de ello desapareció mágicamente.
Sin duda, acababa de teletransportarse unos dos kilómetros, para traer a la catedral a las personas que Olcadan había dejado atrás.
Cuando el africano se hubo marchado, los prisioneros se miraron entre sí y Heishiro dijo lo que todos estaban pensando:
- Tenemos que hacer algo.
