Capítulo 98: La batalla final

Cuando llegaron a la Catedral Perdida se quedaron maravillados por su aspecto exterior.

Ivy, que había visto dibujos y planos de cientos de edificios en los libros que leía, nunca había visto nada igual. Rock, que por haber pasado gran parte de su vida fuera de la civilización ya se sorprendía con muchos edificios normales, tampoco pudo dar crédito a lo que veía.

Cervantes era el único (a excepción de Zasalamel) que ya había estado allí.

- Está tal y como la recordaba. – comentó el pirata.

- ¿De qué conocías este sitio? – preguntó Rock.

- Durante los primeros días que intenté recuperar Soul Edge, mi instinto me llevó hasta aquí. Pero estaba todo vacío.

- No lo estaba. – desmintió Zasalamel. – Por aquel entonces yo vivía aquí. Pero probablemente no estaba en casa.

Hizo una mueca que se asemejaba levemente a una sonrisa.

- ¿Vivías en una catedral vacía? – se sorprendió Cervantes.

- No hay nada que yo necesite, y si lo necesitase podría obtenerlo enseguida. – afirmó el africano.

Zasalamel se adentró en la catedral, y los demás le siguieron confusos por sus enigmáticas palabras.

Cuando se adentraron un poco en el edificio, encontraron un panorama desolador.

Cinco personas estaban atrapadas en una jaula (dos hombres y tres mujeres). Sobre un altar reposaba Soul Edge, que desprendía un aura de maldad. El suelo estaba cubierto por pedazos de armadura.

Y, tirado en el suelo, estaba el ensangrentado cadáver de Olcadan.

Cuando Mi-na lo vio no pudo reprimir un grito de dolor y fue corriendo junto a su cuerpo. Yunsung la siguió, más calmado, pero con un inconfundible gesto de tristeza en el rostro.

La chica lloraba junto al cuerpo inerte de su amigo, y Yunsung apoyaba una mano sobre uno de los hombros de ella para reconfortarla, mientras el resto, que apenas conocían a Olcadan o no lo conocían, miraban la escena con pena. Kilik y Xianghua comprendían sus sentimientos mejor que nadie, pues habían pasado por un dolor similar con la muerte del maestro.

Zasalamel se limitó a permitir que Mi-na y Yunsung permanecieran cerca de los restos del hombre-búho que ya no volvería a volar.

En un determinado momento, las miradas de Heishiro (desde la jaula) y Maxi se cruzaron. Al verse, los dos hicieron ver con un gesto (medio de sorpresa, medio de compañerismo) que se habían reconocido, de cuando estuvieron juntos en las costas chinas.

- ¡Basta de sentimentalismos! – gritó una siniestra voz que parecía provenir de Soul Edge. – Zasalamel, empecemos.

El africano se acercó a Yunsung y Mi-na, que seguían junto a los restos de Olcadan.

- Yo también era amigo suyo. – contó. – O lo fui una vez. No teneis idea de cómo os comprendo.

Esas palabras tuvieron un efecto devastador en el cerebro de Mi-na, que se levantó de improviso y empezó a pegar puñetazos en el pecho de Zasalamel, que por su envergadura apenas los sintió.

- ¡No tienes ni idea de nada! – chilló la chica mientras lo golpeaba con todas sus fuerzas, llorando. - ¡Un monstruo como tú jamás sería capaz de amar a alguien!

Zasalamel no trató de defenderse. Lo único que hizo fue responder con calma:

- No soy ningún monstruo, Mi-na. Soy una persona como cualquiera de vosotros. Bueno, quizá ahora no soy muy como vosotros, pero una vez lo fui. – matizó. – Sé lo que es amar a una madre, a una familia. Sé lo que es tener amigos. También sé lo que es enamorarse y he tenido desengaños amorosos. Llegué a casarme, a tener hijos, y a tener nietos.

Mi-na, y todos aquellos que habían faltado a su explicación sobre su inmortalidad estaban perplejos.

- Mi larga larga vida me ha permitido vivir todas esas cosas más de una vez. Esa es la parte buena. Pero la inmortalidad también tiene un lado negativo. – su rostro se ensombreció. – Como te he dicho, amé a mis padres, a mis hermanos, a mi esposa, a mis hijos y a mis nietos...y los vi morir a todos. Por culpa de mi absurda obsesión por alcanzar la inmortalidad, ahora no puedo reunirme con todos ellos. Y por eso, Mi-na, estais aquí. Porque vais a ayudarme a volver con mis seres queridos.

Lo cierto es que el discurso de Zasalamel había resultado convincente y conmovedor. Ahora ninguno de los presentes lo veía como antes, y comprendían que también tenía sus motivos para comportarse como lo había hecho.

- Si por mí fuera, os aseguro que yo sería el único de los aquí presentes que no saldría de aquí con vida. Pero me temo que las circunstancias van a ser otras. Sin embargo, cuanto más dispuestos esteis a ayudarme, más posibilidades tendreis de vivir.

- ¿Qué tenemos que hacer? – preguntó Yunsung con los ojos llorosos, más de rabia que de tristeza.

- Lo primero es saber quién de vosotros tiene Soul Calibur. Para ello, el mejor método que se me ocurre es que depositeis vuestras armas y yo utilice Soul Edge para averiguar, con sus reacciones, cuál es el arma correcta.

- ¿De verdad crees que somos tan estúpidos? – gritó Heishiro desde la jaula. - ¿Que vamos a entregarte nuestras armas para que puedas matarnos fácilmente?

- Podría mataros fácilmente también si las conservaseis. Pero esas no son mis intenciones.

- Está bien. – accedió Heishiro. – Pero entonces quiero que seamos nosotros quienes pasemos nuestras armas cerca de Soul Edge.

- Puede ser peligroso. – advirtió Zasalamel.

- Correremos ese riesgo. – exclamó Raphael.

- Gracias por consultar, amigo. – ironizó Cassandra.

- Creo que tiene razón. – opinó Kilik. – Es un riesgo que debemos asumir. Si nos separamos de nuestras armas, estaremos totalmente indefensos y él podrá manejarnos a su voluntad.

- Sï, Kilik tiene razón. – afirmó Maxi. - ¿Estamos todos de acuerdo?

Poco a poco, todos fueron uniéndose a la propuesta.

- Está bien. – concedió Zasalamel. – Pero antes quisiera hablar un momento a solas contigo, Cervantes.

- ¿Conmigo? – se sorprendió el pirata.

- Sí. Tú también tienes un papel en todo esto.

...

El africano y el español se alejaron del resto y, unos minutos después, regresaron.

Al volver, Cervantes lucía una sonrisilla maligna que al resto les dio muy mala espina.

- Podemos empezar. – sentenció Zasalamel. - ¿Quién quiere ir primero?

- ¡Yo! – exclamó Heishiro. - ¡Necesito salir ya de esta maldita jaula!

- Tranquilo, no hay problema.

Zasalamel chasqueó los dedos y la cuerda que sujetaba la jaula tiró de ella hasta liberar a los prisioneros.

- Venga, date prisa. – urgió.

Heishiro desenfundó su katana y, decididamente, sin correr pero tampoco despacio, se acercó a Soul Edge.

- ¿Qué debo hacer? – preguntó cuando estuvo cerca del arma.

- Ante todo, no debes mirar fijamente el ojo de la espada. Si tu alma es fuerte, como creo que es, sufrirás un dolor más allá de tu imaginación.

- ¿Y si no lo es?

- Entonces no sentirás nada...nunca más.

- Comprendo. – dijo Heishiro con rostro burlón, pues no temía a la muerte.

- Debes pasar la hoja de tu espada suavemente sobre la de Soul Edge. Si tu arma es Soul Calibur, algo pasará, aunque no sabría decirte el qué. Yo me alejaría rápido por si acaso. Si no lo es, no pasará nada.

Heishiro asintió y obedeció. Un escalofrío recorrió su cuerpo mientras su espada pasaba sobre Soul Edge, pero más allá de eso, no ocurrió nada extraño.

- ¿Siguiente? – preguntó Zasalamel.

Tras Heishiro; Taki, Kilik, Ivy y Rock procedieron a imitarle, pero ninguno obtuvo resultados.

Era el turno de Sophitia y Cassandra.

La mayor de las hermanas se adelantó, a pesar de las quejas de la menor.

Sophitia procedió con el ritual, con los ojos cerrados. Pensó en su marido y sus dos hijos, que la esperaban en la lejana Grecia...

Salió de sus pensamientos y abrió los ojos. Todo seguía igual, así que le cedió el paso a Cassandra.

La menor de las griegas hizo lo mismo que instantes antes había hecho Sophitia, y entonces ocurrió.

Las dos espadas (Soul Edge y la de Cassandra) empezaron a vibrar con fuerza.

Zasalamel contemplaba asombrado lo que ocurría.

Estaba a punto de decirle a Cassandra que podía alejarse cuando Heishiro gritó:

- ¡Destrúyela, Cassandra! ¡Tienes Soul Calibur! ¡Puedes destruir Soul Edge!

Cassandra no sabía qué hacer, e instintivamente miró a su hermana buscando respuesta, pero ésta estaba igual de confusa.

- No lo hagas, Cassandra. Si lo haces os sentenciarás a todos. – gritó Zasalamel.

- ¡Nos va a matar igual! – chilló Heishiro. - ¡Y muchas más personas morirán si no lo haces!

- Piensa en tus sobrinos. – insistió el nigeriano. – Si la destruyes, ellos también morirán.

La chica estaba al borde del llanto. Dos hombres que podrían matarla con un movimiento de espada le decían a gritos que hiciera dos cosas distintas, y a su vez sentía que de ella dependía el destino de la humanidad.

Finalmente, y sin saber muy bien cómo, tomó una decisión.

Cerró los ojos y se dispuso a enterrar Soul Calibur en las entrañas de Soul Edge.

Pero en cuanto levantó el brazo, escuchó el sonido de un disparo y sintió el fuego atravesando su pecho.

El grito de su hermana le confirmó lo que había pasado, y sin fuerzas se dejó caer de espaldas sobre el frío suelo de la catedral, perdiendo Soul Calibur en la caída. Empezaba a perder la consciencia, pero aún podía respirar.

El resto contemplaban en shock la escena: Sophitia, llorando a mares, se arrodillaba junto a su hermana, que estaba tirada en el suelo con una herida de bala en la espalda.

La primera reacción de la mayoría fue buscar al autor del disparo y no tardaron en encontrarlo: Cervantes apuntaba al punto en el que se encontraban las hermanas, y la boca de su pistola aún escupía humo.

Alguno tenía ganas de abalanzarse sobre el pirata para matarlo, pero sabían que no podían.

- Buen trabajo. – le dijo Zasalamel a Cervantes, con tono triste pero tranquilo. – Y gracias.

- No lo he hecho porque me lo pidieras antes. Lo he hecho porque si Soul Edge es destruida, yo muero.

- Lo sé. – replicó el africano. – Bueno, ahora necesito a un voluntario para llevar a cabo la siguiente tarea.

- ¿Voluntario? – chilló Kilik. - ¡No vamos a mover un dedo hasta que Cassandra esté bien!

- Ya no podemos hacer nada por ella. – afirmó Zasalamel. – Se desangra. Lo único que podríamos hacer es convertirla en zombi, pero no creo que os guste mucho la idea.

Sophitia, sin dejar de abrazar a su hermana, miró a Cervantes y Zasalamel con los ojos llenos de rabia.

- Ayudémosle. – dijo con seguridad, aunque con la voz rasgada por el dolor. – Si lo que quiere es morir...mejor que sea cuanto antes.

...

- ¿Qué hay que hacer ahora? – quiso saber Yunsung, cuya expresión estaba entre el llanto y la ira.

- Ahora tenemos que darle un cuerpo a Soul Edge. – explicó Zasalamel. – Sólo así tendrá la cantidad de fuerza que necesita para poder matarme. Por suerte para vosotros, si no me equivoco, Siegfried Schtauffen debe estar al llegar. Su cuerpo ya fue poseído una vez por la espada, y mi intención es que vuelva a ocurrir. Sin embargo, si fue lo suficientemente resistente como para librarse de ella, quizá también lo sea para evitar que vuelva a poseerle. Si es así, tendremos que usar a uno de vosotros.

- ¿Y qué nos pasará si somos poseídos por la espada? – inquirió Maxi.

- Para empezar, vuestra conciencia desaparecerá. No tendreis piedad nunca más a la hora de enfrentaros a alguien. Poco a poco, también vuestros sentimientos se borrarán. Por eso Siegfried mató a su padre, porque ya no sentía nada por él ni tenía ningún tipo de conciencia. Matándolo podía conseguir en herencia una gran cantidad de bienes, y él lo hizo sin más. Por supuesto, cuando se libró de la posesión de Soul Edge se percató de lo que había hecho y se arrepintió, pero ya era demasiado tarde.

- ¿Y sentiremos otras cosas como tristeza, alegría o ira? – preguntó Heishiro.

- Sólo ira. Mucha ira. ¿Por qué crees que Siegfried provocó tantas matanzas cuando estaba poseído? ¿Por qué crees que Astaroth, la creación más poderosa que se ha hecho con Soul Edge, se divertía matando gente? La base de Soul Edge es la ira.

- Si Siegfried no viene, yo seré el que actúe como cuerpo. – se ofreció Heishiro.

- ¿QUÉ? – exclamó Taki. – Debes estar bromeando.

- No me queda nada, Taki. Mi padre murió, mi hermano también, y a mi madre no debe quedarle mucho. Lo único que me queda es tristeza. Y con Soul Edge podría borrarla.

- ¿Estarías dispuesto a convertirte en un asesino sanguinario sólo por dejar de sentir tristeza? – preguntó Taki.

- Si no lo hago yo, otro tendrá que hacerlo. Y prefiero ser yo antes de que sufra alguien más. Estoy seguro de que todos teneis a alguien que os echará de menos si vuestra conciencia se pierde... Yo no.

- Yo te echaré de menos, Heishiro. – afirmó Taki, que a pesar de no estar llorando (nunca lo hacía), en su rostro se reflejaba claramente la tristeza.

Esa revelación sorprendió al japonés, pero no tardó en recobrar la compostura.

- La decisión está tomada. Lo siento. – se giró hacia Zasalamel. - ¿Cuánto rato esperamos?

En ese preciso instante, las puertas de la catedral comenzaron a abrirse.

- Me temo que nada. – dijo Zasalamel sonriente.

Todos miraron expectantes a la entrada, pero se sorprendieron al ver que el que había llegado no era Siegfried...era Hwang.

...

- ¿Hwang? ¿Qué haces tú aquí? – chilló Mi-na en cuanto le vio.

Yunsung lo miró con odio y se contuvo, pues deseaba propinarle un puñetazo.

- Mis hombres os han seguido el rastro. – afirmó. – He venido a recogeros y llevaros de vuelta al dojo.

- ¿Tus hombres? Tus hombres están muertos. – recordó Yunsung.

- Había más hombres conmigo que los que tú conociste, aunque viajábamos dispersos para no llamar la atención.

- Te pedimos que volvieras a casa, Hwang. – dijo Mi-na.

- Y a eso me disponía, cuando recibí una carta del maestro. Él también ha descubierto los peligros de Soul Edge y sus órdenes han sido claras: "Tráelos de vuelta cuanto antes".

- ¿Ahora también puedo volver yo? – preguntó Yunsung con ironía.

- Sí. El maestro es un gran hombre y ha comprendido que has viajado muchísimo para proteger a Mi-na. Pero ahora tenemos que volver.

- Lamento interrumpir, Hwang, pero eso no va a ser posible. – intervino Zasalamel.

- ¿Qué? ¿Quién eres tú?

- Ahora mismo, el que manda. Vete por donde has venido, o no tendré más remedio que matarte.

- ¿Matarme? ¿Y cómo vas a hacerlo?

Zasalamel rió.

- Es sencillo. Podría utilizar cualquiera de las armas que hay aquí, pero como no quiero ensuciarme las manos de sangre creo que sencillamente te partiré el cuello.

- Bueno, ¿y cómo harás para pasar por encima de mis hombres?

- ¿Tus hombres? Cuatro soldados mal entrenados no son problema para mí.

- Créeme, están muy bien entrenados. Ah, y nadie ha dicho que sean cuatro...

Hizo una seña con el brazo y lo que ocurrió entonces sorprendió a todos.

Varios hombres empezaron a entrar en la catedral. Yunsung trató de contarlos, pero perdió la cuenta después de contar 17. Dedujo que serían unos 30.

- Vaya...parece que has traído un pequeño ejército.

- El maestro se pone muy serio cuando se trata de su hija. – afirmó Hwang.

- Bueno, entonces me temo que esto es una guerra. – concluyó con una sonrisa. – Cervantes, ¿están tus hombres dispuestos a ayudarnos?

- Por supuesto. – contestó el pirata.

- ¡Pero no es justo! – exclamó Ivy. – Esos piratas no pueden morir.

El rostro de Hwang y el de la mayoría de sus hombres se llenó de terror.

- No he sido yo el que ha comenzado esto. – recordó Zasalamel. – ¡Que empiece la batalla!

...

Tras el grito de Zasalamel, la Catedral Perdida se convirtió en el escenario de una cruenta batalla.

Los piratas de la tripulación de Cervantes se abalanzaron salvajemente contra los hombres de Hwang , que aunque en la técnica de la lucha eran iguales o superiores a los zombis, eran mortales.

Por suerte, alguna vez lograban cortarle un brazo o una pierna a alguno de los no-muertos, inhabilitándolos así para seguir luchando.

Zasalamel no se entrometió en la batalla, así como tampoco lo hizo Cervantes.

Sí lo hicieron todos los mortales presentes, a excepción de Cassandra, moribunda, y Sophitia, que no quería separarse de ella.

- ¡Intentad no matar a ninguno de los que eran posibles portadores de Soul Calibur! – ordenó Zasalamel a su ejército zombi. – Los necesitamos vivos.

Esa orden acabó de equilibrar las cosas, pues mientras un bando no podía morir, el otro era más numeroso y gran parte de sus efectivos no iban a ser asesinados por orden de Zasalamel, por no hablar de que la mayoría de mortales eran mejores luchadores que los zombis, y además también contaban con la ayuda de Rock y Alan, que tampoco podían morir.

Mientras la batalla se desarrollaba bajo la atenta mirada de Cervantes y Zasalamel, Sophitia luchaba para evitar la muerte de su hermana.

- Sophitia... – susurró Cassandra con los ojos cerrados. - ¿Qué está pasando?

- Han llegado los refuerzos. – contestó Sophitia tratando de simular alegría, pero no podía contener las lágrimas. – Los dos bandos se están enfrentando.

- Debes...ayudarles...

- No. – sollozó la mayor. – No voy a dejarte.

- Mi espada... – Cassandra tosió con violencia antes de continuar. – Mi espada puede destruir Soul Edge. Debes...aprovechar un despiste para hacerlo.

- No hasta que te pongas bien... – las lágrimas de Sophitia caían sobre el rostro de su hermana.

- No voy a ponerme bien y lo sabes. – reconoció la menor. – Tienes que volver a casa...a cuidar de los niños...y de tu marido.

Al decir eso trató de reir, pero la poca vida que le quedaba sólo le permitió volver a toser.

- También cuidaré de ti. Como siempre. – sentenció Sophitia.

En ese momento, Cassandra abrió los ojos para mirar a los de su hermana.

- Si quieres cuidar de mí...acabarás con esa espada. Antes de que mueran más inocentes.

- Pero...

- Hazlo por mí, Sophitia. – suplicó Cassandra, que ahora también estaba a punto de llorar.

La mayor rompió en lágrimas, y su llanto se escuchó por encima del entrechocar de las espadas.

- Sabes...siempre he tenido envidia de ti. – confesó la hermana pequeña. – Siempre fuiste la que mejor luchaba, la más sensata, la más lista...y ahora voy a perderme cómo salvas el mundo.

- Yo siempre he tenido envidia de... de la capacidad que tienes para ser libre... – gimoteó Sophitia. - ...de tu sentido del humor...de...

En ese punto, las lágrimas de Sophitia se hicieron más poderosas que su voz.

- No voy a poder salvar el mundo sola, hermanita.

- Estoy segura de que sí... – la contradijo Cassandra. – Puedes con todo y lo sabes.

Sophitia no pensaba lo mismo, pero no tenía ánimos para discutir. A su espalda, se desataba una guerra en la que no sabía ni cuantas personas seguían con vida. Frente a ella, la persona que más quería en el mundo después de su marido e hijos, se desangraba.

- Te quiero mucho, hermana. – dijo la moribunda con un tono casi inaudible.

- Yo también te quiero, Cassy.

La hermana menor esbozó una sonrisa y, en ese preciso segundo, su vida se apagó.

...

Si Sophitia se hubiera girado para mirar a la batalla, se habría encontrado con un panorama sangriento: zombis con una pierna arrastrándose por el suelo, cadáveres de hombres de Hwang...y prácticamente todos los vivos tenían alguna herida de mayor o menor gravedad, aunque todos tenían fuerzas para seguir luchando.

Heishiro y Taki causaban estragos entre los rivales. Ya habían amputado más de tres miembros cada uno, y apenas tenían un rasguño.

Raphael no lo hacía mucho peor, aunque él tenía una herida sangrante en la cabeza que hubiera sido conveniente poder curar.

Ivy, Rock y Alan colaboraban entre sí; al igual que Kilik, Maxi y Xianghua.

Por otra parte, Yunsung y Mi-na contaban con la ayuda de Hwang.

La batalla seguía su curso hasta que se escuchó la siniestra voz de Nightmare retumbando en las paredes de la catedral.

- ¡ZASALAMEL! Ya hemos perdido suficiente tiempo. Quiero un cuerpo ya.

El africano se volvió hacia Soul Edge.

- Me temo que ahora no es buen momento, señor. No creo que nadie esté dispuesto ahora a ofrecer su cuerpo.

- Usa el de Sophitia. Ahora su alma está demasiado débil para oponer resistencia.

- ¿Pero cree que es el cuerpo adec...?

- ¡HAZLO, ZASALAMEL!

Zasalamel suspiró.

- Está bien.

Se acercó a la griega, que a pesar de haber sido mencionada por una tenebrosa voz procedente de una espada maligna no había dejado de abrazar el cuerpo de su hermana.

- Levántate, por favor. – pidió el africano a Sophitia.

La mujer ignoró su petición, así que Zasalamel la agarró de la ropa y tiró de ella hacia arriba para ponerla en pie.

Pero ocurrió algo que no esperaba: ella le propinó una patada en la cara que, si bien no le hizo mucho daño, lo tumbó.

- No subestimes el alma de una madre. – masculló Sophitia con los ojos llenos de rabia.

Zasalamel se incorporó riendo, si bien no le había sentado bien en la moral que una mujer lo tumbara con tanta facilidad.

- Así que vas a oponer resistencia, ¿eh?

- Tengo una familia por la que luchar. Nunca me rendiré teniendo eso.

- Bueno, te recuerdo que ahora mismo podría ir hasta donde están y acabar con todos ellos.

Esas palabras acabaron con la resistencia de Sophitia, y el gesto de su cara se lo demostró a Zasalamel.

- Así que, si no quieres que lo haga, ofrecerás tu cuerpo a...

Las palabras de Zasalamel fueron interrumpidas por un sonido metálico estruendoso.

Todos los presentes, incluidos los que peleaban en la batalla, se giraron para mirar el lugar del que procedía.

Las puertas de la catedral acababan de ser abiertas de golpe.

Y, ahora sí, se trataba de Siegfried Schtauffen.