Capítulo 2: Sangre

Recuerdo cuando mi familia organizó la fiesta de mi séptimo cumpleaños. Estaba en el amplio salón de mi mansión, tumbada sobre la suave alfombra, jugando con el juguete que me había regalado mi hermano Edward: unos bloques de construcción. Me solían decir que había heredado la exigencia de mi madre, pero me encantó la caja de colores brillantes la cual encerraba lo que para mí eran entonces, millones de pequeños fragmentos de madera pintados con colores llamativos.

Jugaba a amontonar las diferentes piezas unas encima de otras, creando combinaciones imposibles y monstruosas, pero preciosas a mi vista, e imaginando después que todo aquello era una pequeño reino. Mi pequeño reino, en la que yo era la reina y gobernaba todo y a todos. Entonces era cuando mi hermano mayor se acercaba por la espalda, me cogía por los costados y me levantaba por los aires, diciendo con voz grave que había secuestrado a la princesita del pequeño reino mientras me hacía cosquillas. Yo caía al suelo por la risa, ahogándome por las carcajadas, rodando por el suelo y derrumbando la construcción.

Nuestro padre nos miraba desde el sofá sosteniendo el periódico del día mientras sonreía negando con la cabeza. Siempre decía lo mismo:

-Hay que ver la imaginación que tenéis.

Y se reía.

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Qué irónica es la vida. Siempre que me decían que era imaginativa yo inflaba el pecho lleno de orgullo y sonreía, prepotente. Ahora sin embargo, la imaginación es mi peor tortura. En mi mente no paran de crearse los distintos finales que nos podrían aguardar tras esa puerta.

-¿Se encuentra bien? Está más pálida de lo habitual.

-Cla-claro que estoy bien- protesto con voz temblorosa detrás de Sebastian.

-No lo parece.

Oh, cállate, pienso, pero no lo digo.

Nos adentramos en la casa. Es de día y la luz se filtra a duras penas por los sucios cristales de las ventanas, dando un aspecto aún más terrorífico si cabe. Mis ojos se dirigen hacia una pintura que cubre buena parte de la pared.

-Mira, tío Sebastian.

El cuadro muestra a una pequeña familia. La mujer está situada a la izquierda del cuadro. De rubio cabello y ojos azules sonríe a la cámara vestida con un voluminoso vestido rosa palo y un parasol de color similar. Al otro lado se encuentra un hombre alto y apuesto, con un lunar debajo de uno de sus ojos color chocolate. Él no sonríe, pero sus ojos transmiten una especie de calidez y rodea los hombros de la mujer con un brazo en una muestra de afecto. En medio de ambos está un niño pequeño. Sonríe de una forma que sólo un niño inocente y puro sabe mientras abraza por el cuello a un gran perro que le está lamiendo la mejilla.

Aparto los ojos. No sé porqué, pero me duele mirarlos. Me siento como si estuviera invadiendo su privacidad infiltrándome en sus terrenos y observando su fotografía. Es como si me estuvieran dirigiendo miradas de reprobación, como si yo hubiera sido el culpable de sus muertes.

Qué estupidez, me digo a mí misma, aunque sigo evitando la mirada del cuadro.

-Esta debió ser la familia Phantomhive- musita Sebastian-. Una de las familias más importantes de la época victoriana. Murieron aquí mismo, en su casa. Apuñalados, y posteriormente quemados.

Asiento con la cabeza en silencio.

-Dicen que sus almas aún vagan por la casa, a la espera de nuevas víctimas que puedan servirles de compañía.

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La casa es tan extensa que temo perder de vista a mi tío, que avanza unos pasos más adelante. Por suerte abundan las ventanas, y no tenemos que sacar las linternas para poder ver.

-Tío…- susurro- ¿Acaso no te dan miedo los fantasmas?

Él ni se da la vuelta para responderme, sino que sigue andando.

-Qué tontería de pregunta, señorita. Por supuesto que…

Su voz es apagada por el sonido sordo de un objeto cayéndose. Es demasiado para mí, y presa por el pánico intento gritar, pero mi tío me tapa rápidamente la boca con la mano y me lleva a volandas hasta un pequeño escondrijo oscuro.

-¿Qué ocurre?- de mis ojos salen diminutas lágrimas, pero quiero creer que es por el dolor de haberme mordido la lengua en vez de por el miedo.

-Hay alguien más en esta casa- De pronto siento como si se me viniera el mundo encima. ¿Otra persona? ¿Quién en su sano juicio (aparte de mi tío) entraría en una casa abandonada?

-¿Cuándo puede haber llegado?- pregunto entre susurros-. No he oído el chirriar de la puerta.

-¿Quién sabe?- sonríe asomando la cabeza fuera de nuestro improvisado escondite-. Puede que nunca se hubiera ido. Puede que nuestro invitado no sea siquiera humano.

Me empiezo a asustar de verdad.

-¿¡Cómo puedes bromear en un momento como este?!- estallo presa del pánico al pensar que de veras podamos encontrarnos con una criatura sobrenatural.

Sebastian cambia su cara a la de seriedad.

-No estoy bromeando, querida sobrina. De ahora en adelante deberíamos avanzar más cuidadosamente. Vamos, levántese- Gruño desde el polvoroso suelo, pero aun así acepto la mano que me ofrece desde arriba.

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Siempre me pareció increíble la frivolidad con la que Sebastian se tomaba las cosas. Hemos entrado en una estancia que a juzgar por sus fogones, sartenes y encimeras, es la cocina de la mansión. Parece una locura, pero casi puedo oler la fragancia de la última comida que se preparó en esta habitación, hace más de cien años. Sebastian ha comenzado a remolonear alrededor de los muebles de una forma que me recuerda tanto a mi madre cuando sospechaba que yo podría estar ocultando algo que me da miedo.

Apenas me alejo unos cuantos pasos del marco de la puerta, puedo oír cómo un cajón se abre bruscamente. Giro rápidamente el cuello y vislumbro la afilada hoja del cuchillo que sostiene un inquietante encapuchado. Me aterrorizo aún más cuando sigo con los ojos la trayectoria del peligroso utensilio.

-¡Cuchillos! ¡Cuidado!- chillo. Mi cerebro ni siquiera es capaz de formar una frase inteligente.

Siento cada uno de mis músculos en tensión, preparados para saltar de un momento a otro, mas aunque mi cerebro me ordene moverme no puedo ni flexionar la punta de los dedos. Es extraño, casi como si el tiempo hubiera querido estrujarme entre sus paredes temporales y no dejarme salir en la vida.

Con mis ojos abiertos y aterrorizados veo cómo el desconocido empuña fuertemente la cuchilla, acercándose a Sebastian por la espalda, quien parece no haber reparado en su presencia y hace oídos sordos a mis gritos.

Observo desesperada cómo la hoja se clava horrible y sangrientamente en el cuello de mi tío y como al retirarla, del mismo lugar brota una pequeña cascada de color rojo.

El esbelto cuerpo del hermano de mi padre cae ruidosamente al suelo de baldosas con un sonido seco. Un charco de sangre se forma bajo su cadáver, haciendo obvio el detalle de que ya no se encuentra aquí conmigo.

Quiero chillar, gritar, patalear y llorar, pero es como si mi mente se hubiera llenado de esa nieve que se ve en los televisores cuando no pueden sintonizar tal o cual canal: ruidosa, molesta, inútil.

Inútil, dice una voz en mi cabeza. Como tú.

Caigo al suelo haciéndome daño en las rodillas. Un reguero de lágrimas se deslizan bajo mis ojos. Mi sudadera está tachonada con minúsculas gotas rojas. El cadáver de lo que era hace unos segundos mi tío yace a apenas diez pasos de mí.

Pero eso es lo menos.

El extraño encapuchado avanza paso tras paso hasta estar frente mía. La negra capucha le tapa gran parte de la cara, pero puedo observar con mis ojos cristalinos la sonrisa ligeramente manchada de sangre que ofrece su portador.

-Estás enfermo- quiero gritar, pero mi voz no puede alzarse más allá del mero susurro-.¡ESTÁS ENFERMO!

Él no cambia su expresión, incluso dudo que me haya escuchado. Vuelve la cabeza hacia el lugar donde reposa mi tío.

-He de admitir que parecía un buen tipo- dirige su atención hacia mí. Su sonrisa psicópata ha desaparecido-. Pero bueno, las órdenes son las órdenes- siento cómo su mano rodea mi cuello y me eleva unos centímetros por encima del suelo. Es una mano demasiado fina como para pertenecer a un hombre. No sé cómo, pero saco fuerzas para intentar zafarme de su agarre-. Qué lástima, pero se me está haciendo tarde. No puedo pasarme toda la tarde jugando un crío- veo como otro cuchillo se desliza por su manga hasta caer en la mano con la que no me retiene-. Acabemos con esto cuanto antes.

Solo por un momento puedo observar los ojos de mi asesina, y lo único que veo es el rostro desfigurado de un niño que mira directamente a la muerte con sus aterrorizados ojos color azul marino.

-¡MUERE, CHICO! ¡MUERE!

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Ya ven como acabó la pobre Lizzy. Y niños, recordad: no entréis a mansiones embrujadas. Mansiones embrujadas, caca.

Y bueno, ¡ya se acabó el fic! Porque no creo que Elizabeth se pueda recuperar de tal trauma, ¿no? Pues ya saben, la semana que viene, una nueva hist… Esperad, que me está llamando mi guionista por teléfono.

(¿Si? ¿Cómo? ¿Que aún no ha terminado? ¡Pero si la prota se ha muerto, la ha palmado, la ha…! ¿Naniii? ¿Qué no era ella? A ver, a ver, ya me estás cambiando los guiones que… ¿Cómo que la historia aún tiene mucho más material del que hablar? No, no, no, ya está bien de… ¿Cuánto has dicho que me pagarás por seguir escribiendo esta cosa? Ajá, ya veo. ¡Claro que seguiré escribiendo! ¡Encantada! ¿Co-como que he dejado puesto el modo altavoz?)

Ejem, ejem…¿Por dónde iba? Ah, sí… ¿Acaso no os dije que este capítulo sería más interesante que el anterior? ¡Yo siempre cumplo mis promesas! Bueno, menos en la que digo que voy a ordenar mi habitación… ¡Pero eso es otro asunto!

Gracias por el apoyo que me ofrecéis en los review, en serio. Los que tengáis cuenta y hayáis publicado una historia sabréis lo reconfortante que es recibir un mensaje de alguien que aprecia tu historia, así que me haríais un gran favor (tanto los que tengan cuenta como los que no) si me dejáis una bonita crítica sobre la mía.

Aprovecho para recordar que aún sigue en pie eso de que me digáis qué tipo de cosas atroces queréis que les pasen a los protagonistas y si se puede, las meteré en la historia.

Y me voy despidiendo ya, que al final las notas de autor me va a ocupar más espacio que el capítulo en sí.