– El niño que vivió– leyó y, antes de que otra vez el revuelo se volviera a formar, se oyó un estruendo y un pequeño bulto sucio y andrajoso apareció en medio del comedor.
Un bulto que resultó ser un pequeño niño de ocho años, de cabello azabache revuelto, ojos esmeraldas, gafas redondas y una cicatriz en la frente.
Todo el mundo se giró a verlo y se dieron cuenta, en su completo silencio, que el pequeño temblaba y se agarraba las rodillas con sus manos, como si así pudiese no sentir el dolor que le provocaba los moretones y las pequeñas heridas que tenía en todo su cuerpo sangrante.
Repentinamente, abrió sus ojos verdes y levantó la cabeza, observándolos con atención.
– ¿Qué pasa? – Preguntó con voz ronca, asustado y desconcertado, con su labio sangrando y mirándolos a través de sus gafas rotas – ¿Dónde estoy?
La reacción de todos no se hizo esperar más. Los alumnos se levantaron a verlo, muertos de curiosidad, mientras los profesores y los adultos se hacían paso, para ayudar al pobre niño.
En cuanto pudo, la profesora McGonagall empezó a alejar a la gente del pequeño, que estaba muy asustado, mientras que la enfermera lo examinaba y este se encogía cada vez más en el suelo.
– Tranquilo, no te pasara nada – decía madame Pomfrey intentando tranquilizarlo, luego de terminar, sonriéndole con cariño y levantándose del piso.
Las heridas no son graves, son solo rasguños, pero lo que me preocupa son los moretones, que le cubren el cuerpo, parece que le acabaran de dar una paliza – habló con el profesor Dumbledore, sería y en susurros.
Este asintió y procedió a agacharse hacia el chico.
– Te llamas Harry ¿Verdad? – le preguntó con amabilidad. Este, desconcertado y sorprendido de que lo supiera, asintió lentamente, con los ojos como platos –. Bien Harry, ¿Me podrías decir qué te sucedió? – habló con tranquilidad, para que este se calmara.
El Gran Comedor se quedó en silencio, esperando la respuesta del chico, que llego poco después. Dudosa, pero audible.
– P-p… pues vera, yo… - se paró un momento, aún con más preguntas y el director, al darse cuenta, le sonrió con amabilidad y contestó una de las muchas que tenía.
– Me llamo Albus Dumbledore y era amigo de tus padres – dijo con serenidad.
El niño lo miro interrogante y le pregunto.
– Perdone que lo diga, pero, ¿mis padres eran tan mayores como usted? – comentó con cuidado de no enfadar a ese extraño hombre que parecía tan impresionante.
– No, claro que no, Harry – rió divertido –. Tienes razón, yo fui un profesor suyo, pero, cuando salieron del colegio, se hicieron mis amigos – le explicó.
– ¿En serio, señor? ¿Entonces, cuál era el colegio donde iban mis padres? – preguntó sorprendido.
– Estamos aquí, en realidad, en Hogwarts, pero, antes de explicártelo, ¿podrías decirme por qué estas así? – repitió para que le contestara.
El pequeño niño agacho la cabeza, avergonzado, y respondió.
– Mi tío me ha castigado porque en el colegio dicen que escalo por las paredes, pero en realidad no sé cómo me subí al tejado, Dudley se lo ha contado, al igual que mis profesores, y me ha castigado por eso – balbuceó, sin que le entendieran casi nada los que estaban alejados.
– ¿Podrías, por favor, especificarlo? Por ejemplo ¿Quién es Dudley? – volvió a preguntarle el hombre de larga barba.
– ¡Oh, sí! Lo siento – se disculpó –. Pues verá, Dudley es mi primo y a él yo no le caigo muy bien.
Me estaba persiguiendo y, para que no me cogiera, no sé cómo lo hice, pero, de repente, estaba en el tejado, en vez de en el suelo, puede que fuera una ráfaga de viento, que me levanto, o, simplemente, salte muy alto, yo… Créame, por favor, no sé cómo lo hice – prácticamente le suplicó con la mirada.
– Sí, te creo, pero continúa, pequeño, entonces, después de lo del tejado ¿Qué paso? – apremió con una sonrisa.
– Verá, luego el colegio se quejó a mi tío, y… él… bueno, él… me castigo.
Después del… castigo me encerró en mi alacena y, bueno, a continuación aparecí aquí – terminó su explicación sin mirar al director a la cara.
– Harry – llamó el director, pero, como no funciono, volvió a intentarlo –. Harry, mírame – le ordenó. Este subió el rostro y fijo su mirada en el hombre, quien inspeccionó su mente minuciosamente, haciendo que cada segundo el profesor ensombreciera su rostro cada vez más. Luego cambio su expresión rápidamente y le miro con cariño – ¿Por qué no vas a cambiarte y a lavarte? Poppy te acompañara, para ayudarte ¿Verdad que sí? – se volvió a ella e hizo un gesto imperceptible.
– Claro que si – confirmó, sonriendo forzadamente. Cogió una mano del niño y tiro delicadamente de él, para levantarlo – Primero te curaré y después te lavarás y cambiarás ¿De acuerdo? A continuación vas a comer. ¡Y no te preocupes! La comida de Hogwarts es la mejor – explicaba, mientras se llevaba a un desconcertado niño a la enfermería.
En cuanto se fue, Albus compuso una mirada fría y fue a su sitio, haciendo que los otros siguieran su ejemplo. Cuando todos estuvieron, fue cuando hablo.
– Ese niño es Harry Potter y, como habrán observado, no está bien. Eso es porque sus familiares no lo tratan para nada bien, cosa que no sabía. Le acaban de dar una paliza y encerrado en un armario, donde, por desgracia, duerme siempre, así que, por favor, trátenlo lo mejor posible y, si es posible, no le mencionen eso ahora que lo tiene tan reciente.
Además, no sabe nada de este mundo, pero la señora Pomfrey le explicara ahora, por tanto, cuando vuelva a venir ya sabrá algunas cosa, por favor, no hagan movimientos muy bruscos dirigidos a él, aunque sea un abrazo o una caricia y no le griten si no es necesario ¿Lo han comprendido? – dijo amenazadoramente, sus ojos relampaguearon y todos asintieron con miedo.
– ¡Pero Albus, eso es horrible! – exclamó Molly Weasley empezando a llorar con pena.
– Ya lo sé, Molly, ya lo sé – suspiró y se giró hacia Remus, esperando su ira, pero no fue quien grito enfadado, sino que fue Sirius Black, cosa que le desconcertó muchísimo.
– M… Mi ahijado no puede haber pasado… no puede, simplemente no puede… – gritó destrozado, sollozando con desesperación.
El director le lanzo una dura mirada y le contesto.
– Fuiste tú quien causo esto traicionando a Lily y James, así que no hagas eso – le dijo enfadado –. No tienes el derecho a parecer indignado, lo perdiste la misma noche en que asesinaron a los padres de ese niño por tu culpa.
En realidad, para hablar no se tuvo que girar mucho, ni alzar la voz, principalmente, porque no quería llamar la atención hacia ellos, rompiendo de todas las conversaciones que se habían formado después de que hubiese terminado de anunciar ciertos hechos. Sirius estaba sentado a derecha, para tenerlo bien vigilado.
– No, yo no fui. Fue Peter y, cuando lo encuentre, lo mataré – balbuceó, llorando con ira y rabia –. La maldita rata traidora se cortó un dedo, yo…
Dumbledore, sorprendido por su declaración, se volvió hacia él, observándole directamente a los ojos, para ver sus memorias, y observó la verdad. Abrió los parpados muchísimo y se levantó en seguida, haciendo que Moody prestase especial interés a Sirius. Luego procedió a llevarse a Remus a parte, antes de que explotase de ira.
En la pequeña habitación donde se dejaban a los niños antes de ser ordenados, le contó la vedad y este se sorprendió aún más, un poco incrédulo al principio, aunque no tardo en verle el sentido.
– ¡No puede ser… entonces, el culpable aún sigue vivo y en libertad y él se a pasado años pudriéndose a manos de los dementares! – exclamó alterado, con furia.
Fue hacia Sirius, a continuación de que Albus lo soltara, y se lo llevo par a hablar con él a solas a la misma sala que antes, cosa que no pasó desapercibida para el Gran Comedor, aunque este no pudo escuchar nada, sino se habrían enterado de la bronca que le estaba echando Remus a Sirius, por no contarle la verdad durante todos esos años.
Pero solo duro un minuto porque, después, le abrazo con fuerza y le perdonó todo, aunque no hubiese nada que perdonar. Parecía que Sirius necesitaba aunque fuese solo un pequeño perdón, porque de todos los años en Azcaban hasta se estaba empezando a creerse todo era culpa suya.
Una hora después de haber pasado todo, volvió madame Pomfrey cogiendo de la mano a, un limpio y lleno de comida, Harry, que iba hablando alegremente con la mujer, la cual parecía encariñada con el niño pequeño. Pero en cuanto se vio observado por más personas cortó su charla y miró alrededor.
– Ven, Harry. Te sentarás aquí – le dijo el director, que hizo aparecer una silla a su derecha y a la izquierda de Sirius, quien no podía hablar de su inocencia por orden del hombre mayor.
Este asintió, dudoso, y soltó con reticencia la mano de Poppy, que le sonrió, dándole ánimos al pequeño niño del que se había encariñado por la bondad que desprendía.
Se dirigió a su asiento, apretando entre sus manos la ropa nueva que tenía la cual consistía en una camisa blanca y simple junto con unos pantalones azules.
– Bien, pues entonces podemos continuar por dónde íbamos – proclamó el director, dirigiéndose a la profesora –. Minerva, por favor.
Y esta empezó a leer otra vez.
-El niño que vivió– comenzó.
