Lo siento, de nuevo.
Bueno esta vez espero que sirva de algo.
El que estoy leyendo ahora mismo es el de el vidrio que se desvaneció, espero que por fin valla bien
El gran comedor quedo en silencio esperando que la profesora continuara pero viendo que no era así todos se giraron a verla impacientes y esta con seriedad hablo.
-Ya se ha terminado el capítulo – explico con paciencia, Albus sonrió y asintió.
-Bien pues entonces esta vez Andrómeda ¿te gustaría leer? – le pregunto a la mujer tan parecida a su sádica hermana mayor.
-Claro, Albus – le contesto con amabilidad, la profesora Mc Gonagall le paso el libro con cuidado de que no cállese, atreves de Hagrid y Alastor que era los que las separaban.
Cuando lo tuvo la mujer sonrió a su hija, que la veía con impaciencia, y empezó a leer en voz alta.
-El vidrio que se desvaneció – en cuanto pronuncio esas palabras todos sonrieron y miraron al niño de cabello azabache contentos.
-Es magia accidental Harry – le dijo su padrino al ver la mirada de extrañeza del niño.
-¿En serio? ¿Y quién lo hace? – le pregunto sin comprender que tenía que ver en eso.
-Tú – continúo informándole Sirius – ya has hecho magia así antes, seguramente, pero no te abras dado cuenta, un claro ejemplo es lo que nos contaste de subirte al tejado, está claro que fuiste tú – se quedo callado un momento y frunció el ceño – Espera ¿no me he presentado aún, verdad? – Harry negó despacio frunciendo el ceño – que fallo, de verdad. Ejem – tosio aclarándose la voz – Pues soy… ¡Santa Claus! – le dijo, lo sufcientemente bajo para que nadie se enterara.
-¿Qué?- pregunto el niño desconcertado, fue entonces cuando Remus le pego una colleja y los presento a los dos formalmente.
-Yo soy Remus Lupin tú… casi tío, pero no compartimos sangre, y este retrasado de al lado es Sirius Black, tú padrino, a quien no deberías hacer mucho caso porque le falta un hervor – susurro Lunatico sonriéndole amablemente.
- ¿Tengo padrino y tío? – murmuro Harry impresionado, pero no le dio tempo a decir nada más, porque una luz los deslumbro y de allí aparecieron tres figuras de un rubio menos claro que el de lo Malfoy.
-Papá, mamá creo que un dotga nos ha traído aquí como recompensa por la investigación de papá y ponerlos en el Quisquilloso como verdaderamente son – dijo una niña de unos siete años vestida con un traje violeta y portando una mirada completamente soñadora.
-Sí, Luna, tienes razón pero no sé porque nos ha llevado a Hogwarts – hablo otra voz pacifica igual que la de la pequeña y la mujer de la que salía miro a todos lados interrogante.
Antes de que alguien más pudiera hablar el director tomo la palabra y les fue a explicar cuando otra carta con un fogonazo apareció en el aire y aterrizo en el regazo de Dumbledore que la despego y la leyó rápidamente en silencio.
-Los señores Lovegood se quedaran también aquí con nosotros, leyendo la vida de Harry, pues parece que también intervienen en esto. Verán señores, - procedió a explicarles – son libros que provienen del futuro y los leeremos aquí para evitar ciertas catástrofes que podrían suceder en un futuro no tan lejano.
Y solo con esas palabras la familia de rubios asintió conforme y se sentó en nuevas silla que habían aparecido con la magia de Dumbledore, mientras Andrómeda procedía a seguir leyendo.
Habían pasado aproximadamente diez años desde el día en que los Dursley se despertaron y encontraron a su sobrino en la puerta de entrada, pero Privet Drive no había cambiado en absoluto. El sol se elevaba en los mismos jardincitos, iluminaba el número 4 de latón sobre la puerta de los Dursley y avanzaba en su salón, que era casi exactamente el mismo que aquél donde el señor Dursley había oído las ominosas noticias sobre las lechuzas, una noche de hacía diez años. Sólo las fotos de la repisa de la chimenea eran testimonio del tiempo que había pasado. Diez años antes, había una gran cantidad de retratos de lo que parecía una gran pelota rosada con gorros de diferentes colores,
-¿Una pelota rosada? – interrogo una pequeña niña de pelo castaño y enmarañado, expresando la duda de todos los allí presentes.
-Mi primo – explico simplemente Harry encogiéndose de hombros y haciendo reír a todos los presentes.
-Pues tu primo tiene una forma muy curiosa entonces – murmuro una pequeña niña pelirroja y muy sonrojada, y en cuanto Sirius la localizo con la mirada empezó a reírse a carcajadas sin razón aparente. Remus comprendiendo de lo que se reía su amigo esbozo una sonrisa y miro a Harry fijamente mientras su padrino le acariciaba la cabeza con cariño y diversión.
- Te has fijado Lunático… sin duda será ella… o mi cachorro, ya está atado tan joven… jajajajajaja – murmuro incomprensiblemente para todos, menos para Albus y Remus.
Harry lo miro enfurruñado de no enterarse y cruzando sus bracitos ignorándolos y contestando a la pregunta de la linda niña que había hablado antes.
-Pues sí, tiene una forma curiosa, lo que pasa, además, es que esta muuuuy gordo y pues es normal que sea una pelota – le dijo sonriendo y un poco rojo, parecía que cuando la niña le devolvía la sonrisa se veía mucho más bonita, o eso era lo que pensaba Harry.
pero Dudley Dursley ya no era un niño pequeño, y en aquel momento las fotos mostraban a un chico grande y rubio montando su primera bicicleta, en un tiovivo en la feria, jugando con su padre en el ordenador, besado y abrazado por su madre... La habitación no ofrecía señales de que allí viviera otro niño.
Se oyeron varios gruñidos y exclamaciones de frustración pero nadie comento nada y Andrómeda siguió leyendo.
Sin embargo, Harry Potter estaba todavía allí, durmiendo en aquel momento, aunque no por mucho tiempo. Su tía Petunia se había despertado y su voz chillona era el primer ruido del día.
—¡Arriba! ¡A levantarse! ¡Ahora!
Harry se despertó con un sobresalto. Su tía llamó otra vez a la puerta.
—¡Arriba! —chilló de nuevo. Harry oyó sus pasos en dirección a la cocina, y después el roce de la sartén contra el fogón. El niño se dio la vuelta y trató de recordar el sueño que había tenido. Había sido bonito. Había una moto que volaba.
-Mi moto, mi querida moto, más bella que cualquier mujer – dijo Sirius secándose una lagrima imaginaria.
-He – protestaron todas las chicas y mujeres de la sala.
-Menos todas vosotras, claro – intento corregirse rápidamente pero su viejo amigo negó con la cabeza y suspiro.
-Demasiado tarde Canuto, parece que Azkaban no te ha sentado muy bien con respecto a tratar a las mujeres – le comento en voz baja, y antes de que Sirius protestara su prima reanudo la lectura.
Tenía la curiosa sensación de que había soñado lo mismo anteriormente. Su tía volvió a la puerta.
—¿Ya estás levantado? —quiso saber.
—Casi —respondió Harry
—Bueno, date prisa, quiero que vigiles el beicon. Y no te atrevas a dejar que se queme.
-Y yo te digo que te lo metas por el c… - pero antes de que el preso pudiera terminar Harry le tapó la boca y lo miro a los ojos con una mirada exacta a la que Dumbledore ponía siempre.
- Sin insultos, tío Sirius – le dijo tratándolo con familiaridad, regañándolo. Su padrino se quedó callado, por un lado por su mirada y la regañina, y por otro lado por cómo le había llamado.
Quiero que todo sea perfecto el día del cumpleaños de Duddy.
Harry gimió.
—¿Qué has dicho? —gritó con ira desde el otro lado de la puerta.
—Nada, nada...
El cumpleaños de Dudley... ¿cómo había podido olvidarlo?
-Pues yo lo olvidaría – dijo Luna de improvisto – seguro que ha sido un sorbosoplo el que te lo ha hecho olvidarte de eso, por eso yo también lo olvidaría – le explico al niño.
-¿Pero eso existe? – murmuro Hermione extrañada, aunque la niña no la oyó, pero todo el gran comedor le dirigió una mirada de incredulidad y se quedó callado sin saber que decir.
Harry se levantó lentamente y comenzó a buscar sus calcetines. Encontró un par debajo de la cama y, después de sacar una araña de uno, se los puso. Harry estaba acostumbrado a las arañas, porque la alacena que había debajo de las escaleras estaba llena de ellas, y allí era donde dormía.
Mientras Andrómeda lo decía se le quebró la voz con pena y lastima observando como casi todos en la habitación se habían puesto a llorar de frustración y culpabilidad.
-Cuando terminemos esto dormirás en el cuarto más grande de todos – le susurro Sirius al niño abrazándolo, sin que nadie se diese cuenta, mientras Remus le cogía una de sus pequeñas manos.
Tardaron un buen rato en tranquilizarse y cuando lo hicieron Andrómeda tubo que continuar leyendo.
Cuando estuvo vestido salió al recibidor y entró en la cocina. La mesa estaba casi cubierta por los regalos de cumpleaños de Dudley. Parecía que éste había conseguido el ordenador nuevo que quería, por no mencionar el segundo televisor y la bicicleta de carreras. La razón exacta por la que Dudley podía querer una bicicleta era un misterio para Harry,
-Mmm… que raro, puede ser que sea para que yo sienta envidia, o porque sus amigos tiene también una, ya saben "culo veo culo quiero" – dijo el niño pequeño frunciendo el ceño concentrado mientras los otros se reían escandalosamente.
ya que Dudley estaba muy gordo y aborrecía el ejercicio, excepto si conllevaba pegar a alguien, por supuesto. El saco de boxeo favorito de Dudley era Harry, pero no podía atraparlo muy a menudo. Aunque no lo parecía, Harry era muy rápido.
-Así se hace, sí que eres un cervatillo, digno hijo de tu padre – murmuro Canuto acariciándole la cabeza.
Tal vez tenía algo que ver con eso de vivir en una oscura alacena, pero Harry había sido siempre flaco y muy bajo para su edad. Además, parecía más pequeño y enjuto de lo que realmente era, porque toda la ropa que llevaba eran prendas viejas de Dudley, y su primo era cuatro veces más grande que él.
-Lo de ser pequeño es por la mala alimentación, cariño, pero si hacemos que comas a partir de ahora saludablemente crecerás mucho y serás alto, ya verás – le consoló Popy sonriéndole, el niño le devolvió el gesto esperanzado y pensando en cuan alto seria.
-Y por la ropa no te preocupes, te compraremos un armario entero muy pronto – le dijo Remus.
Harry tenía un rostro delgado, rodillas huesudas, pelo negro y ojos de color verde brillante. Llevaba gafas redondas siempre pegadas con cinta adhesiva, consecuencia de todas las veces que Dudley le había pegado en la nariz. La única cosa que a Harry le gustaba de su apariencia era aquella pequeña cicatriz en la frente, con la forma de un relámpago.
Se escucharon exclamaciones por parte de toda la sala y fijaron su mirada en un confuso niño de gafas redondas.
-¿Qué? – pregunto desconcertado.
-Es que es un poco… macabro que te guste la cicatriz – dijo Luna sin sentirse incomoda – creo que es en eso en lo que están pensando la mayoría – especifico encogiéndose de hombros.
Harry se quedó callado un momento pero en seguida reacciono, bastante enfadado.
-Pero es injusto que piensen eso cuando yo no lo sabía, me ha gustado porque a mis tíos no les gustaba, además haber venido antes a explicarme que significaba y no haberse quedado callados y escondidos como ratas – alzo la voz sin poder contenerse y los miro furiosos – no es macabro, es normal – grito frunciendo el ceño, pero en ese mismo momento se dio cuenta de lo que había hecho y como les había hablado, se sonrojo muchísimo y bajo la cabeza avergonzado quedándose callado.
- Harry nosotros lo sentimos, de verdad no pretendíamos hacerlo, pero… - murmuro Remus sin mucha convicción, pero su voz se perdió en el silencio.
- No, lo siento yo, es que estaba nervioso y mmm… alterado, no he sabido nada de nada hasta hace apenas unas horas y… lo siento – susurro aunque en ese tenso silencio se le oyó perfectamente, pero entonces Sirius se empezó a reír de improvisto y todos se le quedaron mirando como si le hubiese salido un tercer ojo.
- Tienes el carácter de cierta pelirroja que yo se me, parece que has sacado bastante personalidad de tu madre – siguió riéndose hasta que parecio que todos se tranquilizaban un poco, y aunque ellos no supieran que fuese inocente, por lo menos se lo agradecían, al supuesto psicópata.
La tenía desde que podía acordarse, y lo primero que recordaba haber preguntado a su tía Petunia era cómo se la había hecho.
—En el accidente de coche donde tus padres murieron —había dicho—. Y no hagas preguntas.
«No hagas preguntas»: ésa era la primera regla que se debía observar si se quería vivir una vida tranquila con los Dursley.
Tío Vernon entró a la cocina cuando Harry estaba dando la vuelta al tocino.
—¡Péinate! —bramó como saludo matinal.
-Que imbécil puede llegar a ser siempre, es casi imposible que compartáis la misma sangre – dijo Remus en ese momento y todos asintieron demostrando su acuerdo hacía esa idea.
- Ni si quiera yo soy tan imbécil – comento Lucius mostrando su desagrado.
- Imbécil puede que te salves, pero porque eres un completo capullo y eso lo compensa todo – murmuro Canuto por lo bajo, haciendo que Remus se riera.
Una vez por semana, tío Vernon miraba por encima de su periódico y gritaba que Harry necesitaba un corte de pelo. A Harry le habían cortado más veces el pelo que al resto de los niños de su clase todos juntos, pero no servía para nada, pues su pelo seguía creciendo de aquella manera, por todos lados.
Harry estaba friendo los huevos cuando Dudley llegó a la cocina con su madre. Dudley se parecía mucho a tío Vernon. Tenía una cara grande y rosada, poco cuello, ojos pequeños de un tono azul acuoso, y abundante pelo rubio que cubría su cabeza gorda. Tía Petunia decía a menudo que Dudley parecía un angelito. Harry decía a menudo que Dudley parecía un cerdo con peluca.
-Y con razón – exclamo Ginny haciendo que Harry se sonrojara un poco y los dos merodeadores se rieran con ganas, aunque la señora Weasley le riño imperceptiblemente.
Harry puso sobre la mesa los platos con huevos y beicon, lo que era difícil porque había poco espacio. Entretanto, Dudley contaba sus regalos. Su cara se ensombreció.
—Treinta y seis —dijo, mirando a su madre y a su padre—. Dos menos que el año pasado.
-Pero si eso es una barbaridad – el comentario impresiono a todos, porque la persona que lo había dicho era la menos apropiada para decirlo, sobre todo viniendo de Draco Malfoy, un niño pequeño y rubio con los ojos de un color gris mercurio.
—Querido, no has contado el regalo de tía Marge. Mira, está debajo de este grande de mamá y papá.
—Muy bien, treinta y siete entonces —dijo Dudley, poniéndose rojo.
Harry; que podía ver venir un gran berrinche de Dudley, comenzó a comerse el beicon lo más rápido posible, por si volcaba la mesa.
Tía Petunia también sintió el peligro, porque dijo rápidamente:
—Y vamos a comprarte dos regalos más cuando salgamos hoy. ¿Qué te parece, pichoncito? Dos regalos más. ¿Está todo bien?
Dudley pensó durante un momento. Parecía un trabajo difícil para él. Por último, dijo lentamente.
—Entonces tendré treinta y… treinta y…
-Caracoles hervidos no sabe contar – exclamo horrorizada Hermione, levantándose de la mesa y dejando ver a una pequeña figurita con una terrible mata de pelo, aunque bastante adorable.
- Hay otra niña igual que tú, Lunático, y que la pelirroja – les susurro Sirius a sus compañeros.
—Treinta y nueve, dulzura —dijo tía Petunia.
—Oh —Dudley se dejó caer pesadamente en su silla y cogió el regalo más cercano—. Entonces está bien.
Tío Vernon río entre dientes.
—El pequeño tunante quiere que le den lo que vale, igual que su padre. ¡Bravo, Dudley! —dijo, y revolvió el pelo de su hijo.
-Entonces solo les podrían dar mierda – murmuro Harry para sí mismo, pero su padrino lo escucho y le dio la razón, igual que su tío.
- Estamos totalmente de acuerdo contigo, aunque está mal decirlo – le recordó Remus de todas formas.
En aquel momento sonó el teléfono y tía Petunia fue a cogerlo, mientras Harry y tío Vernon miraban a Dudley, que estaba desembalando la bicicleta de carreras, la filmadora, el avión con control remoto, dieciséis juegos nuevos para el ordenador y un vídeo. Estaba rompiendo el envoltorio de un reloj de oro, cuando tía Petunia volvió, enfadada y preocupada a la vez.
—Malas noticias, Vernon —dijo—. La señora Figg se ha fracturado una pierna. No puede cuidarlo. —Volvió la cabeza en dirección a Harry.
La boca de Dudley se abrió con horror, pero el corazón de Harry dio un salto. Cada año, el día del cumpleaños de Dudley, sus padres lo llevaban con un amigo a pasar el día a un parque de atracciones, a comer hamburguesas o al cine. Cada año, Harry se quedaba con la señora Figg, una anciana loca que vivía a dos manzanas. Harry no podía soportar ir allí. Toda la casa olía a repollo y la señora Figg le hacía mirar las fotos de todos los gatos que había tenido.
-Harry pensar así no está bien – le regaño la señora Weasley un poco enfadada.
- lo siento – dijo el niño un poco arrepentido.
- No pasa nada, pero intenta no pensar así en el futuro – le respondió quitándole importancia.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó tía Petunia, mirando con ira a Harry como si él lo hubiera planeado todo. Harry sabía que debería sentir pena por la pierna de la señora Figg, pero no era fácil cuando recordaba que pasaría un año antes de tener que ver otra vez a Tibbles, Snowy, el Señor Paws o Tufty.
—Podemos llamar a Marge —sugirió tío Vernon.
—No seas tonto, Vernon, ella no aguanta al chico.
-Ni yo a ella – susurro el niño, pero solo Sirius lo oyó, y le dio mala espina esa mujer por como su ahijado había dicho eso.
Los Dursley hablaban a menudo sobre Harry de aquella manera, como si no estuviera allí, o más bien como si pensaran que era tan tonto que no podía entenderlos, algo así como un gusano.
-Para mi entender Harry es un niño muy listo para su edad. – comento Dumbledore con seriedad, haciendo que muchos lo miraran sorprendidos, el director normalmente no decía lo que pensaba aunque fuese algo muy bueno sobre uno de sus alumnos. El niño le sonrió.
-Gracias, señor
—¿Y qué me dices de... tu amiga... cómo se llama... Yvonne?
—Está de vacaciones en Mallorca —respondió enfadada tía Petunia.
—Podéis dejarme aquí —sugirió esperanzado Harry. Podría ver lo que quisiera en la televisión, para variar, y tal vez incluso hasta jugaría con el ordenador de Dudley
-No hagas nunca eso Harry, o no te dejaran hacerlo, tienes que llevarle la contraria y te aran caso, yo hacía eso con mis padres – le aconsejo Sirius.
- Gracias, padrino.
