Son motivos personales los que hacen que no allá podido actualizar antes y puede que me pase otra vez, pero intentare no tardar mucho en actualizar. Lo promeeeeetoooooo.

Ya sé que me merezco todos esos crucios, lo sé y lo siento. Espero que me perdonéis, la próxima vez subiré dos capítulos, en serio


Tía Petunia lo miró como si se hubiera tragado un limón.

¿Y volver y encontrar la casa en ruinas? —rezongó.

- Mujer pues no me parece mala idea – canuto sonrió maliciosamente.

- ¿Nosotros también podemos? – dijeron los gemelos encantados, pero se callaron al ver la cara de su madre toda roja de furia.

No voy a quemar la casa —dijo Harry, pero no le escucharon.

Supongo que podemos llevarlo al zoológico —dijo en voz baja tía Petunia—... y dejarlo en el coche...

El coche es nuevo, no se quedará allí solo...

- ¡Pues claro que mi cachorro no se va a quedar en un coche encerrado! ¡No es un animal! – grito Sirius enfadado, el director fruncía el ceño y miraba al niño con tristeza y Remus estaba por levantarse e ir a la casa de esos bas…, de los parientes de Harry para hacer "unas cuantas cosas a su manera", pero el niño miraba con fijeza a su padrino, después de un momento se giró a ver a su tío Lunatico.

- ¿Siempre pone motes tan ridículos a la gente? – el adulto parpadeo y, al oír lo que le decía, su enfado disminuyo y empezó a reírse, nadie había escuchado todas las cosas que le había dicho Sirius a su ahijado porque los distanciaba grandes, pero al oír sus gritos todos lo habían mirado y al escuchar la risa de quien lo había odiado tanto hasta ese día se quedaron aún más extrañados.

- Si todos sus motes son penosos, cuando intentamos idear nuestras alias él quiso ponerse, "Perro", a mi "Feroz" y a tu padre "Bambi" – omitió a Peter, pero no quería ni que su sobrino supiese mucho de él. Harry rodo los ojos, ya iba conociendo un poco mejor a su padrino y en algunas cosas parecía el más maduro que el mayor.

- Yo no pongo motes ridículos, cachorro le pega – entro por fin en la conversación Sirius que había estado atento a ella en todo momento.

- Puppy (Lo estoy poniendo como es en inglés, porque como ellos lo son tendría que sonar así) es un nombre bastante tonto – le dice Harry sin poder evitar reírse – parce que me quieras poner lazos rosas también ¿no? Para pegar más con el nombre – canuto acompañándole con las risas, en bajo para que nadie se enterara le sacudió la cabeza, le recordaba a James que también le había hecho muchas bromas por sus ridículos motes.

La lectura continuo y ellos se callaron repentinamente.

Dudley comenzó a llorar a gritos. En realidad no lloraba, hacía años que no lloraba de verdad, pero sabía que, si retorcía la cara y gritaba, su madre le daría cualquier cosa que quisiera.

- Niño mimado – se quejaron Hermione y Ginny, mientras que Sirius sonreía viendo a la pelirroja.

Mi pequeñito Dudley no llores, mamá no dejará que él te estropee tu día especial —exclamó, abrazándolo.

¡Yo... no... quiero... que... él venga! —exclamó Dudley entre fingidos sollozos—. ¡Siempre lo estropea todo! —Le hizo una mueca burlona a Harry, desde los brazos de su madre.

Justo entonces, sonó el timbre de la puerta.

¡Oh, Dios, ya están aquí! —dijo tía Petunia en tono desesperado y, un momento más tarde, el mejor amigo de Dudley, Piers Polkiss, entró con su madre. Piers era un chico flacucho con cara de rata.

- Las ratas no me gustan – dijo de repente Luna con voz ausente – Creo que traen mala suerte – Ron frunció el ceño, pensando en Scaber.

- Mi rata no trae mala suerte – le dijo a Luna, pero al mírala a este fijamente, Ron, no se atrevió a contradecirla más, aunque esta no lo había hecho con mala intención.

Era el que, habitualmente, sujetaba los brazos de los chicos detrás de la espalda mientras Dudley les pegaba.

– Es un cerdo matón – gruñerón los gemelos a la vez, sin darse cuenta de que lo habían dicho en voz alta, ganándose una mirada de regaño por parte de Molly.

Dudley suspendió su fingido llanto de inmediato.

Media hora más tarde, Harry, que no podía creer en su suerte, estaba sentado en la parte de atrás del coche de los Dursley, junto con Piers y Dudley, camino del zoológico por primera vez en su vida. A sus tíos no se les había ocurrido una idea mejor, pero antes de salir tío Vernon se llevó aparte a Harry.

Te lo advierto —dijo, acercando su rostro grande y rojo al de Harry—. Te estoy avisando ahora, chico: cualquier cosa rara, lo que sea, y te quedarás en la alacena hasta la Navidad.

- No se le puede amenazar a un niño de esa manera- dijo Andromeda parando un momento la lectura mientras a Tonks se le ponía el cabello rojo de la ira, le había caído muy bien Harry como para que permitiese que lo tratasen así.

No voy a hacer nada —dijo Harry—. De verdad...

Pero tío Vernon no le creía. Nadie lo hacía.

El problema era que, a menudo, ocurrían cosas extrañas cerca de Harry y no conseguía nada con decir a los Dursley que él no las causaba.

– Eso Harry es magia accidental – le explico, como si ya no lo intuyese él, Arthur Weasley, interviniendo por primera vez en la lectura.

– Gracias por decírmelo, señor – dijo Harry tan educado como siempre, el padre de los pelirrojos le sonrió afablemente.

– Puedes llamarme Arthur, Harry – y su mujer también sonrió.

– Y a mí Molly, querido, no nos importa – su rostro regordete parecía muy maternal en ese momento y no hizo falta que el niño asintiese, sabían que les iba a hacer caso.

En una ocasión, tía Petunia, cansada de que Harry volviera de la peluquería como si no hubiera ido, cogió unas tijeras de la cocina y le cortó el pelo casi al rape, exceptuando el flequillo, que le dejó «para ocultar la horrible cicatriz». Dudley se rió como un tonto, burlándose de Harry, que pasó la noche sin dormir imaginando lo que pasaría en el colegio al día siguiente, donde ya se reían de su ropa holgada y sus gafas remendadas. Sin embargo, a la mañana siguiente, descubrió al levantarse que su pelo estaba exactamente igual que antes de que su tía lo cortara. Como castigo, lo encerraron en la alacena durante una semana, aunque intentó decirles que no podía explicar cómo le había crecido tan deprisa el pelo.

Otra vez, tía Petunia había tratado de meterlo dentro de un repugnante jersey viejo de Dudley (marrón, con manchas anaranjadas). Cuanto más intentaba pasárselo por la cabeza, más pequeña se volvía la prenda, hasta que finalmente le habría sentado como un guante a una muñeca, pero no a Harry. Tía Petunia creyó que debía de haberse encogido al lavarlo y, para su gran alivio, Harry no fue castigado.

Por otra parte, había tenido un problema terrible cuando lo encontraron en el techo de la cocina del colegio. El grupo de Dudley lo perseguía como de costumbre cuando, tanto para sorpresa de Harry como de los demás, se encontró sentado en la chimenea. Los Dursley recibieron una carta amenazadora de la directora del colegio, diciéndoles que Harry andaba trepando por los techos del colegio. Pero lo único que trataba de hacer (como le gritó a tío Vernon a través de la puerta cerrada de la alacena) fue saltar los grandes cubos que estaban detrás de la puerta de la cocina. Harry suponía que el viento lo había levantado en medio de su salto.

– Es justo en ese castigo cuando has aparecido aquí ¿Verdad? – le pregunto la voz grave de Bill al niño y este asintió hacia el pelirrojo, sin muchas ganas de hablar de aquello, el joven que le había preguntado le sonrió con ánimo, al igual que todos en el comedor, hasta el profesor de pociones sintió su sangre hervir con la sola mención del castigo que había recibido Harry.

– No te preocupes, cachorro, jamás volverás con ellos – dijo Sirius apretándole una de sus manitas igual que hizo Remus con la otra.

Pero aquel día nada iba a salir mal. Incluso estaba bien pasar el día con Dudley y Piers si eso significaba no tener que estar en el colegio, en su alacena, o en el salón de la señora Figg, con su olor a repollo.

Mientras conducía, tío Vernon se quejaba a tía Petunia. Le gustaba quejarse de muchas cosas. Harry, el ayuntamiento, Harry, el banco y Harry eran algunos de sus temas favoritos. Aquella mañana le tocó a los motoristas.

... haciendo ruido como locos esos gamberros —dijo, mientras una moto los adelantaba.

Tuve un sueño sobre una moto —dijo Harry recordando de pronto—. Estaba volando.

– Esa, querido cachorro, – se apresuró a decir Sirius antes de que la lectura continuase, en voz baja como siempre – es mí, súper especial, moto, como ya te he dicho.

– Yo querría montar en una moto así, algún día – dijo Ginny sonriendo soñadora y Sirius con picardía en la mirada se agacho un poco y le susurro en el oído a su ahijado, oyéndolo perfectamente Remus que estuvo a punto de carcajearse.

– Un día, cuando seas más mayor, te la presto y le das una vuelta – Harry se puso coloradísimo y lo fulmino con la mirada, mientras los dos adultos se reían con disimulo.

– No tiene gracia, padrino, tío Remus – se cruzó de brazos e intento ignorar sus risas, mientras que con disimulo veía a Ginny por el rabillo del ojo.

Tío Vernon casi chocó con el coche que iba delante del suyo. Se dio la vuelta en el asiento y gritó a Harry:

¡LAS MOTOS NO VUELAN!

Su rostro era como una gigantesca remolacha con bigotes.

Dudley y Piers se rieron disimuladamente.

Ya sé que no lo hacen

– Menos la mía – corrigió Sirius, para Remus y Harry, en un susurro, guiñándole un ojo a su ahijado, que no tardo nada en volver a ponerse rojo.

dijo Harry—. Fue sólo un sueño.

Pero deseó no haber dicho nada. Si había algo que desagradaba a los Dursley aún más que las preguntas que Harry hacía, era que hablara de cualquier cosa que se comportara de forma indebida, no importa que fuera un sueño o un dibujo animado. Parecían pensar que podía llegar a tener ideas peligrosas.

Era un sábado muy soleado y el zoológico estaba repleto de familias. Los Dursley compraron a Dudley y a Piers unos grandes helados de chocolate en la entrada, y luego, como la sonriente señora del puesto preguntó a Harry qué quería antes de que pudieran alejarse, le compraron un polo de limón, que era más barato. Aquello tampoco estaba mal, pensó Harry, chupándolo mientras observaban a un gorila que se rascaba la cabeza y se parecía notablemente a Dudley, salvo que no era rubio.

Todo el Gran comedor se rio divertido y Los dos adultos, a cada lado del niño murmuraron.

– Mente merodeadora – en un murmullo imperceptible entre las risas, que una vez calmadas se retomó la lectura.

Fue la mejor mañana que Harry había pasado en mucho tiempo. Tuvo cuidado de andar un poco alejado de los Dursley, para que Dudley y Piers, que comenzaban a aburrirse de los animales cuando se acercaba la hora de comer, no empezaran a practicar su deporte favorito, que era pegarle a él. Comieron en el restaurante del zoológico, y cuando Dudley tuvo una rabieta porque su bocadillo no era lo suficientemente grande, tío Vernon le compró otro y Harry tuvo permiso para terminar el primero.

Más tarde, Harry pensó que debía haber sabido que aquello era demasiado bueno para durar.

Después de comer fueron a ver los reptiles.

– No me gustan – dijeron a la vez todos lo Gryffindors y los antiguos alumnos de aquella casa, arrugando la nariz, con disgusto, menos el director y Harry que se miraron y encogieron los hombros, en señal de que a ellos les daba lo mismo.

Estaba oscuro y hacía frío, y había vidrieras iluminadas a lo largo de las paredes. Detrás de los vidrios, toda clase de serpientes y lagartos se arrastraban y se deslizaban por las piedras y los troncos. Dudley y Piers querían ver las gigantescas cobras venenosas y las gruesas pitones que estrujaban a los hombres. Dudley encontró rápidamente la serpiente más grande. Podía haber envuelto el coche de tío Vernon y haberlo aplastado como si fuera una lata, pero en aquel momento no parecía tener ganas. En realidad, estaba profundamente dormida.

Dudley permaneció con la nariz apretada contra el vidrio, contemplando el brillo de su piel.

Haz que se mueva —le exigió a su padre.

Tío Vernon golpeó el vidrio, pero la serpiente no se movió.

Hazlo de nuevo —ordenó Dudley.

Tío Vernon golpeó con los nudillos, pero el animal siguió dormitando.

Esto es aburrido —se quejó Dudley. Se alejó arrastrando los pies.

Harry se movió frente al vidrio y miró intensamente a la serpiente. Si él hubiera estado allí dentro, sin duda se habría muerto de aburrimiento, sin ninguna compañía, salvo la de gente estúpida golpeando el vidrio y molestando todo el día. Era peor que tener por dormitorio una alacena donde la única visitante era tía Petunia, llamando a la puerta para despertarlo: al menos, él podía recorrer el resto de la casa.

– Nunca, pienses así, ¿me has escuchado, Harry? – Dijo con voz seria Sirius, sin importarle quien lo oyese – Nadie se merece eso y mucho menos tú, el niño asintió hacia su padrino, sintiendo infinito cariño por él.

De pronto, la serpiente abrió sus ojillos, pequeños y brillantes como cuentas. Lenta, muy lentamente, levantó la cabeza hasta que sus ojos estuvieron al nivel de los de Harry.

Guiñó un ojo.

Muchas miradas escépticas juzgaron ese comportamiento, sin creérselo, pero los que sí creían firmemente en Harry, como loa Weasley, Snape, Dumbledore, Sirius, Remus, etc… si lo creyeron, que la serpiente le hubiese hecho eso y todos se pusieron blancos como la cera, menos Albus.

Harry la miró fijamente. Luego echó rápidamente un vistazo a su alrededor, para ver si alguien lo observaba. Nadie le prestaba atención. Miró de nuevo a la serpiente y también le guiñó un ojo.

La serpiente torció la cabeza hacia tío Vernon y Dudley, y luego levantó los ojos hacia el techo. Dirigió a Harry una mirada que decía claramente:

Me pasa esto constantemente.

Lo sé —murmuró Harry a través del vidrio, aunque no estaba seguro de que la serpiente pudiera oírlo—. Debe de ser realmente molesto.

La serpiente asintió vigorosamente.

Entonces todas las duda, se disiparon. ¡La serpiente le entendía!

– Harry ¡Hablas parsel! – grito frentico Sirius y muchos otros le imitaron, consternados, pero el niño, en lugar de amilanarse les miro interrogativamente.

– ¿Qué es padse? – pregunto confundido y fueron los gemelos, antes que nadie quienes respondieron.

– No es padse…

–… es parsel – continuo el otro.

– Y es la lengua de las serpientes – dijeron esa vez los dos, Harry emitio un "Oh" pero ellos siguieron antes de que dijese nada más.

– Y se supone que solo los magos oscuros pueden hablarlo – Harry también se puso blanco pero no dijo nada, al igual que los otros, y después de que Andrómeda se recuperase lo suficiente continúo leyendo.

A propósito, ¿de dónde vienes? —preguntó Harry

La serpiente levantó la cola hacia el pequeño cartel que había cerca del vidrio. Harry miró con curiosidad.

«Boa Constrictor, Brasil.»

¿Era bonito aquello?

La boa constrictor volvió a señalar con la cola y Harry leyó: «Este espécimen fue criado en el zoológico».

Oh, ya veo. ¿Entonces nunca has estado en Brasil?

Mientras la serpiente negaba con la cabeza, un grito ensordecedor detrás de Harry los hizo saltar.

¡DUDLEY! ¡SEÑOR DURSLEY! ¡VENGAN A VER A LA SERPIENTE! ¡NO VAN A CREER LO QUE ESTÁ HACIENDO!

Dudley se acercó contoneándose, lo más rápido que pudo.

Quita de en medio —dijo, golpeando a Harry en las costillas. Cogido por sorpresa, Harry cayó al suelo de cemento.

Ante esto aún nadie contesto, estaban demasiado consternados todavía como para reaccionar a eso.

Lo que sucedió a continuación fue tan rápido que nadie supo cómo había pasado: Piers y Dudley estaban inclinados cerca del vidrio, y al instante siguiente saltaron hacia atrás aullando de terror.

Harry se incorporó y se quedó boquiabierto: el vidrio que cerraba el cubículo de la boa constrictor había desaparecido. La descomunal serpiente se había desenrollado rápidamente y en aquel momento se arrastraba por el suelo. Las personas que estaban en la casa de los reptiles gritaban y corrían hacia las salidas.

Mientras la serpiente se deslizaba ante él, Harry habría podido jurar que una voz baja y sibilante decía:

Brasil, allá voy... Gracias, amigo.

Aún más silencio se formó, ni si quiera el zumbar de una mosca se oía (Aunque no había ninguna, debo añadir), hasta que Harry reunió el coraje, que nunca le faltaba, para preguntar a Sirius.

– ¿Soy un mounstro? – su voz solo fue un hilillo, pero estaba todo tan en silencio que se le oyó perfectamente.

– Claro que no lo eres – contesto Canuto rápidamente, sin siquiera dudar, después de todo Harry era su único motivo para vivir, su única luz, que le guiaba a continuar, y sabía que nunca sería lo que había preguntado el niño, ni aunque eligiese unirse al mismísimo Voldemort podría considerarlo un monstruo, lo quería más que a su propia vida, lo daría todo, hasta su existencia, por él – Jamás podrías transformarte en eso y jamás lo serás, te quiero Harry y se, muy bien, que nunca serás, ni has sido, ni eres un monstruo. NUNCA – y por alguna extraña razón nadie se extrañó que fuera el mismísimo Sirius Black quien se lo dijera, porque, además de lo impresionados que estaban por la habilidad del niño como para darse la suficientemente cuenta, su voz estaba impregnada con el mayor amor, paternal, que se le podía impregnar a cualquier palabra u oración, como si todo lo que el hombre pudiese ver fuese a Harry, y es que eso no se alejaba de la realidad, como ya he explicado antes.

El encargado de los reptiles se encontraba totalmente conmocionado.

Pero... ¿y el vidrio? —repetía—. ¿Adónde ha ido el vidrio?

El director del zoológico en persona preparó una taza de té fuerte y dulce para tía Petunia, mientras se disculpaba una y otra vez. Piers y Dudley no dejaban de quejarse. Por lo que Harry había visto, la serpiente no había hecho más que darles un golpe juguetón en los pies, pero cuando volvieron al asiento trasero del coche de tío Vernon, Dudley les contó que casi lo había mordido en la pierna, mientras Piers juraba que había intentado estrangularlo. Pero lo peor, para Harry al menos, fue cuando Piers se calmó y pudo decir:

Harry le estaba hablando. ¿Verdad, Harry?

Tío Vernon esperó hasta que Piers se hubo marchado, antes de enfrentarse con Harry. Estaba tan enfadado que casi no podía hablar.

Ve... alacena... quédate... no hay comida —pudo decir, antes de desplomarse en una silla. Tía Petunia tuvo que servirle una copa de brandy.

Mucho más tarde, Harry estaba acostado en su alacena oscura, deseando tener un reloj. No sabía qué hora era y no podía estar seguro de que los Dursley estuvieran dormidos. Hasta que lo estuvieran, no podía arriesgarse a ir a la cocina a buscar algo de comer.

Había vivido con los Dursley casi diez años, diez años desgraciados,

Por fin el Gran comedor reacciono, gruñendo y despotricando, tristes, por el niño y enfurecidos por cómo le trataban sus familiares de sangre.

hasta donde podía acordarse, desde que era un niño pequeño y sus padres habían muerto en un accidente de coche. No podía recordar haber estado en el coche cuando sus padres murieron. Algunas veces, cuando forzaba su memoria durante las largas horas en su alacena, tenía una extraña visión, un relámpago cegador de luz verde y un dolor como el de una quemadura en su frente.

– Te acuerdas de esa noche, Harry – le informo con voz dolorosa Sirius, intentando contener las lágrimas, el niño, que lo suponía, solo fue capaz de apretar su mano con fuerza, dándole ánimos, mientras el gran comedor ignoraba la escena y murmuraba de como el niño se acordaba de eso.

Aquello debía de ser el choque, suponía, aunque no podía imaginar de dónde procedía la luz verde. Y no podía recordar nada de sus padres. Sus tíos nunca hablaban de ellos y, por supuesto, tenía prohibido hacer preguntas. Tampoco había fotos de ellos en la casa.

Cuando era más pequeño, Harry soñaba una y otra vez que algún pariente desconocido iba a buscarlo para llevárselo,

Lo siento Harry por no haberlo hecho nunca – se lamentó el hombre lobo, sintiéndose muy culpable, pero el niño negó y le sonrió.

– No sabías nada, por eso no viniste, lo comprendo y no creo que fuese tu culpa, ni la de nadie – añadió cuando vio como el un brillo de culpa asomaba por los ojos azules de Dumbledore – No sabíais como me trataban sino seguro que hubieseis venido a por mí – el niño había madurado mucho más de lo que pudiera verse a simple vista y su niñez había sido muy dura hasta ese momento, como pudieron darse cuenta todos con ese simple comentario, demasiado sabio para alguien de su edad.

pero eso nunca sucedió: los Dursley eran su única familia. Pero a veces pensaba (tal vez era más bien que lo deseaba) que había personas desconocidas que se comportaban como si lo conocieran. Eran desconocidos muy extraños. Un hombrecito con un sombrero violeta lo había saludado, cuando estaba de compras con tía Petunia y Dudley Después de preguntarle con ira si conocía al hombre, tía Petunia se los había llevado de la tienda, sin comprar nada. Una mujer anciana con aspecto estrafalario, toda vestida de verde, también lo había saludado alegremente en un autobús. Un hombre calvo, con un abrigo largo, color púrpura, le había estrechado la mano en la calle y se había alejado sin decir una palabra. Lo más raro de toda aquella gente era la forma en que parecían desaparecer en el momento en que Harry trataba de acercarse.

En el colegio, Harry no tenía amigos. Todos sabían que el grupo de Dudley odiaba a aquel extraño Harry Potter, con su ropa vieja y holgada y sus gafas rotas, y a nadie le gustaba estar en contra de la banda de Dudley.

9