Lo siento por la tardanza, pero he estado muuuuuyyyyyy ocupada, tengo exámenes por todos lados.

Ha y no os creáis que no me he olvidado, el próximo capítulo lo publicare mañana, si es que no me pasa nada (Que no creo ) Bueno os dejo este capítulo que no está completado, la otra mitad será el otro, ya lo sé.

Gracias por vuestros reviews, los he visto todos, y al de Cassiopea Black sé que tiene razón, pero aún están muy cegados por la rabia de lo que le hicieron para darse cuenta, en todo caso se dan cuenta cuando lean el séptimo libro con la despedida de este, o puede que antes, no lo tengo claro, pero en el primer libro creo que no.

En fin gracias por toooodooooos vuestros comentarios, si queréis lo digo en parsel ;) shhgssssashh hasssssshhhg hhghhssss (O algo así)

Bueno y como ya sabréis, los siete libros de Harry no me pertenecen, ya me gustaría, pero solo puedo soñar con eso, ainnnsss, si los hubiese escrito Dumbledore y Sirius nunca hubiesen muerto, ni tampoco Bellatrix, pero que le voy a hacer, me conformo con conquistar la Luna.

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Todo el mundo se puso a hablar en cuento supo que la lectura de ese capítulo había terminado, mientras que Albus Dumbledore miraba por encima de sus monturas plateadas al pequeño de cabellos alborotados.

– Harry, puede que allí no tengas amigos, pero aquí en Hogwarts sé que tendrás más amigos de los que ahora te puedes imaginar, que estarán contigo en las buenas y en las malas, por lo que no te preocupes, porque los amigos se hacen verdaderos cuando te demuestran que estarán contigo hasta en la muerte – le dijo con una sonrisa bondadosa, el niño asintió, sonriéndole.

– Lo sé, señor Dumbledore, gracias por recordármelo – contesto a esto, asintiendo y observándole con una firmeza y un brillo que se había fortalecido por su horrible infancia, impropia de un niño de su edad.

– Tus padres se sentirían muy orgullosos de ti si pudiesen verte ahora – le alentó entonces, lo suficientemente alto para que Sirius, que había estado escuchando todo el rato lo mirase con un brillo de pesar y le dijese.

– Debes saber, que quien nos quiere no nos abandona jamás, Harry – acaricio su pelo, ya como una costumbre y él, lo miro con cariño.

– Gracias, padrino – agradeció este.

Remus, para destensar ese ambiente tan triste en tono de broma miro fijamente al convicto, con un brillo malicioso.

– ¿Sirius, eso que he notado es una voz ronca? No me digas que con los años el pequeño canutin se está volviendo tan sentimental como la revista de Corazón de Bruja – le pico con burla y Sirius, molesto, le saco la lengua como un niño de cinco años.

– Lunático no tiene corazón, Harry, protégeme de sus pullas – dijo acusadoramente y su ahijado rodo los ojos.

– Comportaos, que ya tenéis una edad – les regaño como si fuera lo más normal del mundo – La próxima vez os castigo, a ti, tío Canuto, sin tu moto y a ti, tío Lunático, sin… sin… – pero no sabía con qué, entonces, Sirius, para meter más cizaña le susurro con sutileza.

– Sin chocolates

– Y a ti, tío Lunático, sin chocolate – termino como si nada y Remus como un niño chico se enfurruño y cruzo sus brazos.

– Eso no es justo Harry – refunfuño con el ceño fruncido.

– Sí, eso no es justo, Harry, no ves su carita, pues yo le daré chocolate – dijo de improvisto una dulce y traviesa voz, la de Nymphadora que se había colado silenciosamente entre las sillas para llegar allí, interesada en que estaban hablando aunque los demás no se dieran cuenta y al oír la ridícula conversación entro con voz sería, defendiendo al hombre de cabello miel, que a ella le parecía bastante guapo.

Sorprendidos los tres se volvieron hacía ella y se la quedaron viendo fijamente, con los ojos como platos, el más pequeño un poco sobresaltado, y los otros dos asustados de lo que hubiese podido captar la pequeña niña de cabello rosáceo, pero ella les sonrió con inocencia, demasiada inocencia.

– Lo he escuchado todo – canturreo con malicia, haciendo que los otros dos se quedasen sin saber que hacer – y por como habláis, tío Sirius es inocente – aclaro minutos después, alargando el tiempo para que su preocupación por que lo difundiera se acrecentara – Mantendré el secreto, después de todo, tío Sirius me trataba muy bien de pequeña y yo no podía creer nada de lo que paso y si no lo habéis dicho a gritos será por algo – finalizo, oyendo con satisfacción los dos sonoros suspiros y viendo el brillo de diversión en los ojos de Dumbledore – Pero a cambio de que Nymphadora sea una niña buena debéis hacerme un sitio por aquí – siguió con una voz de angelito y ojos de cachorrito abandonado.

Sirius no pudo soportarlo más y soltó una de sus características carcajadas perruna, sujetándose el estómago con las manos.

– Se nota que tienes mi sangre – consiguió decir entre risas y cuando se tranquilizó lo suficiente le hizo un gesto para que se acercara, una silla apareció mágicamente gracias al director y ella se sentó entre Remus y Sirius

– Hola, Harry, sé que me conoces, pero mi mamá me dice que es de buena educación saludar con la mano – le hablo al niño, inclinándose por el regazo de Sirius, que se situaba en medio, el azabache la imito y se estrecharon las manos con simpleza – Me llamó Nymphadora Tonks, pero como alguno de ustedes me llame así esta decapitado antes de que diga Hogwarts – dijo con soltura y alegría, sin desentonar nada su voz, haciendo que Harry la mirase en busca de si sería una broma, pero muy bien comprobó que no era así.

Mientras todo eso sucedía, Dumbledore hablaba con Andrómeda y la convencía de que no obligase a Tonks a quedarse con ella, que él la protegería de Sirius Black, aunque Andrómeda como su hija, tampoco creía en el fondo que su primo favorito pudiese ser como el resto de su familia, que se hubiese unido al señor tenebroso, que hubiese traicionado su alma de Gryffindor, por eso tampoco necesito de mucho más convencimiento para ceder, aun así miraba de vez en cuando a su hija por el rabillo del ojo.

– Bueno, ahora, si fueses tan amable de leer, Arthur – dijo Albus al hombre pelirrojo que estaba al lado sentado de la mujer tan parecida a su hermana mayor, este asintió alegre y cogió el libro en seguida que ella se lo pasó, contento.

– Bueno Harry veremos lo que te depara este capítulo – comento alegremente observando por un instante al moreno, el niño asintió y él empezó a leer – Las cartas de nadie

– Deben ser las cartas de Hogwarts – comento la profesora McGonagall y todo el gran comedor asintió, pensativo.

La fuga de la boa constrictor le acarreó a Harry el castigo más largo de su vida.

Cuando le dieron permiso para salir de su alacena ya habían comenzado las

vacaciones de verano

Todo el mundo soltó un grito horrorizado con eso, sin poder imaginarse como alguien tan inocente y bueno, un niño sin culpa alguna podía recibir un castigo así.

Sirius se contuvo de gritar un improperio bastante grave, por su ahijado, pero apretó los dientes con fuerza y entrecerró los ojos con furia, resistiéndose a chillar como un demente lo que pensaba.

– Te prometo que aunque me pongas una bomba fétida en el culo no te castigare nunca – dijo con voz mortífera y aun a pesar de la situación, Nymphadora y Harry tuvieron que aguantar las ganas de reírse.

– Por Merlín, por lo menos si quieres sonar más serio deberías de poner otro tipo de ejemplos – murmuro para si Remus, aunque igual de enfadado que él.

y Dudley había roto su nueva filmadora, conseguido que su avión con control remoto se estrellara y, en la primera salida que hizo con su

bicicleta de carreras, había atropellado a la anciana señora Figg cuando

cruzaba Privet Drive con sus muletas.

Harry se alegraba de que el colegio hubiera terminado, pero no había

forma de escapar de la banda de Dudley, que visitaba la casa cada día. Piers,

Dennis, Malcolm y Gordon eran todos grandes y estúpidos, pero como Dudley era el más grande y el más estúpido de todos, era el jefe.

Todos se rieron ante eso, sabiendo lo bien que se lo merecía el niño

– Es totalmente cierto – coincidió la pequeña pelirroja, con una sonrisa.

– Bueno, sí, y creo que también es muy lógico – dijo la pequeña niña del cabello como un nido de pájaros y Ron asintió totalmente de acuerdo con eso.

– Es verdad – comento dándole la razón a la castaña, que para la coincidencia, estaba al lado suyo, aunque no se habían dirigido ninguna palabra desde el momento en que la lectura empezó. La castaña al darse cuenta de que no sabía el nombre del niño pelirrojo, un poco colorada le extendió la mano y con sus bonitos ojos chocolates le miró fijamente.

– Hola, me llamo Hermione Granger, soy una muggle ¿Creo que es eso? Y no sé porque estoy aquí ¿Y tú? – inquirió con una voz un poco mandona, aunque el niño lo dejo pasar.

– Me llamo Ron Weasley y soy un hijo de magos, tampoco sé porque estoy aquí, pero toda mi familia está también – dijo estrechándole la mano, igualmente con sus mejillas rojas, se aclaró la garganta después de un rato y le soltó la mano a la niña, la que había sujetado por demasiado tiempo sin darse cuenta – Buen creo que es mejor que sigamos escuchando la historia ¿No? – consiguió hablar después y oyó el débil asentimiento de la niña, mientras la miraba por el rabillo del ojo volviendo a sonrojarse.

Los demás se sentían muy felices de practicar el deporte favorito de Dudley: cazar a Harry

– Se atreven a tocar un pelo a mi ahijado y los convierto en cucarachas hervidas – murmuro muy furioso Canuto, que estaba rojo de ira.

– Y yo te ayudo a hervirlas – le secundo Tonks sin sonreír.

Remus y Harry no comentaron nada, pero se les quedaron mirando con rostros preocupados, preocupados por su salud mental.

Por esa razón, Harry pasaba tanto tiempo como le resultara posible fuera

de la casa, dando vueltas por ahí y pensando en el fin de las vacaciones,

cuando podría existir un pequeño rayo de esperanza: en septiembre estudiaría secundaria y, por primera vez en su vida, no iría a la misma clase que su primo.

– Bueno, eso estaría bien, Harry – intervino Hagrid, con voz bonachona – Si tu no fueses a ir al mejor colegio de magia y hechicería.

– Colegio Hogwarts de magia… – empezó a decir uno de los gemelos, con voz de anuncio.

–…uno de los mejores, con jardines…

–…lago,…

–…laberintos,…

–…casas embrujadas,… – decían cada vez uno, turnándose.

–…en fin… – continuo diciendo otro de los dos.

– ¿Por qué no te apuntas? – Terminaron los dos, añadiendo al final – Problemas de baños de chicas y fantasmas en el segundo piso, no se admiten devoluciones de plazas, con canción del colegio incluida – luego de eso casi todo el gran comedor se río, menos Molly, la profesora McGonagall, Severus y Alastor, las dos primeras fulminando con la mirada a los pelirrojos idénticos.

Dudley tenía una plaza en el antiguo colegio de tío Vernon, Smelting. Piers

Polkiss también iría allí. Harry en cambio, iría a la escuela secundaria

Stonewall, de la zona. Dudley encontraba eso muy divertido.

Allí, en Stonewall, meten las cabezas de la gente en el inodoro el primer

día —dijo a Harry—. ¿Quieres venir arriba y ensayar?

– No gracias – dijo repentinamente Harry, arrugando la nariz – Los pobres inodoros nunca han tenido que soportar nada tan horrible como tu cabeza y pueden marearse – hablaba como si estuviese a su primo delante y eso hizo que todos se rieran, ante su gracioso comentario.

Sirius y Remus confirmaron lo que hacía poco habían dicho, tenía mente merodeadora.

No, gracias —respondió Harry—. Los pobres inodoros nunca han tenido

que soportar nada tan horrible como tu cabeza y pueden marearse. —Luego

salió corriendo antes de que Dudley pudiera entender lo que le había dicho.

La coincidencia los sorprendió un poco, pero después se carcajearon mucho más fuerte que antes, Arthur tuvo que esperar a que todos se tranquilizasen para poder continuar.

Un día del mes de julio, tía Petunia llevó a Dudley a Londres para

comprarle su uniforme de Smelting, dejando a Harry en casa de la señora Figg.

Aquello no resultó tan terrible como de costumbre. La señora Figg se había

fracturado la pierna al tropezar con un gato y ya no parecía tan encariñada con ellos como antes. Dejó que Harry viera la televisión y le dio un pedazo de pastel de chocolate que, por el sabor, parecía que había estado guardado

desde hacía años.

– Bueno no todo podía ser perfecto – le consoló Tonks, encogiéndose de hombros, al igual que Harry, que tampoco le importaba mucho.

Aquella tarde, Dudley desfiló por el salón, ante la familia, con su uniforme

nuevo. Los muchachos de Smelting llevaban frac rojo oscuro, pantalones de

color naranja y sombrero de paja, rígido y plano. También llevaban bastones

con nudos, que utilizaban para pelearse cuando los profesores no los veían.

Debían de pensar que aquél era un buen entrenamiento para la vida futura.

Molly y McGonagall fruncieron el ceño, pero no dijeron nada.

Mientras miraba a Dudley con sus nuevos pantalones, tío Vernon dijo con

voz ronca que aquél era el momento de mayor orgullo de su vida. Tía Petunia

estalló en lágrimas y dijo que no podía creer que aquél fuera su pequeño

Dudley, tan apuesto y crecido. Harry no se atrevía a hablar. Creyó que se le

iban a romper las costillas del esfuerzo que hacía por no reírse.

Todo el gran comedor estallo en sonoras carcajadas, imaginándose mentalmente como debería de ser. Quien hubiese pasado por allí en esos momentos seguramente pensaría que era una explosión lo que estaba sucediendo.

A la mañana siguiente, cuando Harry fue a tomar el desayuno, un olor

horrible inundaba toda la cocina. Parecía proceder de un gran cubo de metal

que estaba en el fregadero. Se acercó a mirar. El cubo estaba lleno de lo que

parecían trapos sucios flotando en agua gris.

¿Qué es eso? —preguntó a tía Petunia. La mujer frunció los labios,

como hacía siempre que Harry se atrevía a preguntar algo.

Tu nuevo uniforme del colegio —dijo.

Harry volvió a mirar en el recipiente.

Oh —comentó—. No sabía que tenía que estar mojado.

Los dos merodeadores rechinaron los dientes en ese punto y Dumbledore había adoptado un rostro arrepentido ante eso, otra vez.

No seas estúpido —dijo con ira tía Petunia—. Estoy tiñendo de gris

algunas cosas viejas de Dudley. Cuando termine, quedará igual que los de los demás.

Harry tenía serias dudas de que fuera así, pero pensó que era mejor no

discutir. Se sentó a la mesa y trató de no imaginarse el aspecto que tendría en su primer día de la escuela secundaria Stonewall. Seguramente parecería que llevaba puestos pedazos de piel de un elefante viejo.

– Lo bueno de todo eso es que no es verdad que deberás llevarlo al final Harry, cariño – lo consoló Molly, preocupada de si se sentiría avergonzado, atenta con el como con todos sus hijos.

– Si eso está bien, gracias señ… Molly – recordó a tiempo de decir, un poco sonrojado.

Dudley y tío Vernon entraron, los dos frunciendo la nariz a causa del olor

del nuevo uniforme de Harry. Tío Vernon abrió, como siempre, su periódico y

Dudley golpeó la mesa con su bastón del colegio, que llevaba a todas partes.

Todos oyeron el ruido en el buzón y las cartas que caían sobre el felpudo.

Trae la correspondencia, Dudley —dijo tío Vernon, detrás de su

periódico.

Sirius se calló de su silla de la impresión, Remus, Nymphadora y Harry se quedaron con la boca abierta de la impresión.

– Merlín, imposible – soltaron los dos gemelos, al igual que Ginny, con los ojos bien abiertos, igual que todos los demás.

– Waw – articulo Ron incrédulo.

– Unos grogchas se han metido en sus mentes – dijo Luna con voz soñadora.

– Es más sorprendente que cuando yo encuentro a Trevor cuando se pierde – hablo por primera vez un niño regordete y de cabello castaño oscuro, Neville Longbottom.

– Tampoco exageréis tanto – les regaño Hermione antes de que McGonagall pudiese hacerlo, quedando mucho más sorprendidos al gran comedor.

Arthur se aclaró un poco la voz y siguió leyendo.

Que vaya Harry

Trae las cartas, Harry.

Que lo haga Dudley.

Pégale con tu bastón, Dudley.

Todo el gran comedor por completo suspiro aliviado, sabiendo que ese comportamiento era mucho más normal, tranquilizándose al instante y Sirius volviendo a sentarse correctamente en su asiento.

– Podrían haber sido Mortífagos, debes de tener más cuidado la próxima vez Potter, ¡Alerta permanente! – dijo por primera vez Moody y a el pequeño niño le dio tanto miedo con su ojo loco, como su propio mote decía que no se atrevió a llevarle la contraria, aunque no supiese que eran los mortichagos.

Harry esquivó el golpe y fue a buscar la correspondencia. Había tres cartas

en el felpudo: una postal de Marge, la hermana de tío Vernon, que estaba de

vacaciones en la isla de Wight; un sobre color marrón, que parecía una factura, y una carta para Harry.

Harry la recogió y la miró fijamente, con el corazón vibrando como una

gigantesca banda elástica.

– Merlín Harry tienes mucha imaginación – le alabo Remus al ver esa comparación tan rara, sin saber si alagarlo o no.

Nadie, nunca, en toda su vida, le había escrito a él.

¿Quién podía ser?

– Pues…

–…querido Harry…

– ¡Es Hogwarts! ¿Quién más? – le dijeron con sendas sonrisas los gemelos y el niño se las devolvió ya que esos dos le habían caído muy bien, al igual que toda su familia.

No tenía amigos ni otros parientes. Ni siquiera era socio de la biblioteca, así que nunca había recibido notas que le reclamaran la devolución de libros. Sin embargo, allí estaba, una carta dirigida a él de una manera tan clara que no había equivocación posible.

Señor H. Potter

Alacena Debajo de la Escalera

Privet Drive, 4

Little Whinging

Surrey

El sobre era grueso y pesado, hecho de pergamino amarillento, y la

dirección estaba escrita con tinta verde esmeralda. No tenía sello.

Con las manos temblorosas, Harry le dio la vuelta al sobre y vio un sello de

lacre púrpura con un escudo de armas: un león, un águila, un tejón y una

serpiente, que rodeaban una gran letra H.

¡Date prisa, chico! —exclamó tío Vernon desde la cocina—. ¿Qué estás

haciendo, comprobando si hay cartas-bomba?—Se rió de su propio chiste.

Los merodeadores explotaron en risas sonoras, pero los demás los miraron como si una segunda cabeza les hubiese crecido, sin saber la gracia.

– Su gracia la tiene tan escondida como su cerebro – se carcajeaban los dos.

– Serán memos – dijeron los dos niños sentados a sus lados, poniendo los ojos en blanco.

Harry volvió a la cocina, todavía contemplando su carta. Entregó a tío

Vernon la postal y la factura, se sentó y lentamente comenzó a abrir el sobre

amarillo.

Tío Vernon rompió el sobre de la factura, resopló disgustado y echó una

mirada a la postal.

Marge está enferma —informó a tía Petunia—. Al parecer comió algo en

mal estado.

– Seguro que se comió a si misma – concordó el Harry de ocho años con su tía, en un murmullo casi imperceptible.

¡Papá! —dijo de pronto Dudley—. ¡Papá, Harry ha recibido algo!

Harry estaba a punto de desdoblar su carta, que estaba escrita en el

mismo pergamino que el sobre, cuando tío Vernon se la arrancó de la mano.

¡Es mía! —dijo Harry; tratando de recuperarla.

– Así me gusta Harry, que reivindiques lo tuyo – le felicito Sirius – En los gritos te pareces mucho a tu madre ¿Sabes? Ella tenía el mismo timbre enojado y su furia era de armas tomar, igual que la tuya – explico, ya que ya sabía cómo era.

¿Quién te va a escribir a ti? —dijo con tono despectivo tío Vernon,

– Todos nosotros si llegase a surgir el caso – refuto todo Hogwarts, enfadados, incluso los Slytherin y Snape, aunque el solo lo pensó fulminando con su temida mirada al aire.

abriendo la carta con una mano y echándole una mirada. Su rostro pasó del

rojo al verde con la misma velocidad que las luces del semáforo. Y no se

detuvo ahí. En segundos adquirió el blanco grisáceo de un plato de avena

cocida reseca.

¡Pe... Pe... Petunia! —bufó.

Dudley trató de coger la carta para leerla, pero tío Vernon la mantenía muy

alta, fuera de su alcance. Tía Petunia la cogió con curiosidad y leyó la primera línea. Durante un momento pareció que iba a desmayarse. Se apretó la garganta y dejó escapar un gemido.

– Merlín, que nadie se va a morir, que exagerados – dijo entonces Remus, rodando los ojos y sus tres compañeros asintieron en acuerdo.

¡Vernon! ¡Oh, Dios mío... Vernon!

Se miraron como si hubieran olvidado que Harry y Dudley todavía estaban

allí. Dudley no estaba acostumbrado a que no le hicieran caso. Golpeó a su

padre en la cabeza con el bastón de Smelting.

– Algo que hace muy bien ¿Cierto Greg? – hablo Fred interrumpiendo la lectura.

– Verdad Hermano mío, debemos llevarle algún regalito un día de estos – con tono maligno sonrió George, al igual que su gemelo.

– Cuando creemos el primer caramelo el será nuestro conejillos de pruebas – dijo suavemente el otro, con una mirada sagaz.

Quiero leer esa carta —dijo a gritos.

Yo soy quien quiere leerla —dijo Harry con rabia—. Es mía.

– Uy, uy, la pelirroja en todo su esplendor – casi grito Canuto, con un rostro horrorizado y los otros lo ignoraron, aunque Harry le dio un pescozón él la nuca.

– Compórtate, Sirius – le regaño el pequeño y su padrino se le quedo viendo con cara volva, al igual que Remus, con los ojos abiertos como platos.

– Eso… eso es lo mismo que te decía Lily cuando se hartaba – consiguió decir Remus y su compañero solo pudo asentir, observándolo aun con fijeza.

Fuera de aquí, los dos —graznó tío Vernon, metiendo la carta en el

sobre.

Harry no se movió.

¡QUIERO MI CARTA! —gritó.

– Que genios te gastas Harry – le regaño la pelirroja chica y Harry rapidamnete se sonrojo, sin darse cuenta y bajo la mirada, arrepentido.

– Lo siento – murmuro ha Ginny, disculpándose.

– Rindiéndote ya a tu futura novia no está bien, Harry, después ella te mangoneara comoquiera – le corrigió por lo bajo su padrino, negando con la cabeza, en desaprobación, con una sonrisa burlona y su ahijado lo ignoro.

– Pero si me parece genial, no te disculpes – le alabo la niña y Sirius se quitó una lagrima imperceptible.

– Ella es mucho más flexible que Lily, Remus, me alegro por el cervatillo – comento el merodeador a su otro compañero y él asintió aliviado.

¡Déjame verla! —exigió Dudley

¡FUERA! —gritó tío Vernon y, cogiendo a Harry y a Dudley por el cogote,

los arrojó al recibidor y cerró la puerta de la cocina. Harry y Dudley iniciaron

una lucha, furiosa pero callada, para ver quién espiaba por el ojo de la cerradura.

– Vamos Harry – lo animaron todos y el niño se sonrojo un poco.

Ganó Dudley

Se oyeron abucheos por todo el salón de parte de los niños y adolescentes, descontentos con el resultado.

, así que Harry, con las gafas colgando de una oreja, se tiró al

suelo para escuchar por la rendija que había entre la puerta y el suelo.

Vernon —decía tía Petunia, con voz temblorosa—, mira el sobre. ¿Cómo

es posible que sepan dónde duerme él? No estarán vigilando la casa, ¿verdad?

Vigilando, espiando... Hasta pueden estar siguiéndonos —murmuró tío

Vernon, agitado.

Pero ¿qué podemos hacer, Vernon? ¿Les contestamos? Les decimos que no queremos...

Harry pudo ver los zapatos negros brillantes de tío Vernon yendo y

viniendo por la cocina.

No —dijo finalmente—. No, no les haremos caso. Si no reciben una

respuesta... Sí, eso es lo mejor... No haremos nada...

Pero...

¡No pienso tener a uno de ellos en la casa, Petunia! ¿No lo juramos

cuando recibimos y destruimos aquella peligrosa tontería?

– Nosotros no somos tontos, la magia no lo es – protestaron todos al unísono, enfadados, sobre todo los de la casa de las serpientes.

Aquella noche, cuando regresó del trabajo, tío Vernon hizo algo que no

había hecho nunca: visitó a Harry en su alacena.

¿Dónde está mi carta? —dijo Harry, en el momento en que tío Vernon

pasaba con dificultad por la puerta—. ¿Quién me escribió?

Nadie. Estaba dirigida a ti por error —dijo tío Vernon con tono cortante—.

La quemé.

No era un error —dijo Harry enfadado—. Estaba mi alacena en el sobre.

– Exactamente – refuto furioso Sirius, casi se podía ver el humo saliendo de sus orejas de lo furioso que estaba, al igual que Dumbledore.

¡SILENCIO! —gritó el tío Vernon, y unas arañas cayeron del techo.

Respiró profundamente y luego sonrió, esforzándose tanto por hacerlo que

parecía sentir dolor.

Ah, sí, Harry, en lo que se refiere a la alacena... Tu tía y yo estuvimos

pensando... Realmente ya eres muy mayor para esto... Pensamos que estaría

bien que te mudes al segundo dormitorio de Dudley.

En ese punto nadie pudo mantenerse callado más, las protestas y los gritos vinieron por igual.

– ¿Cómo que tenían un segundo dormitorio y no dijeron nada? – chillo Molly Weasley furiosa. Levantándose, con la cara roja de la ira.

– ¡Yo los mato, es que los mato! – grito Sirius entre el gentío sin llamar entonces tanto la atención, pero se vio fuertemente sujetado por Remus y los dos niños, cada uno de ellos le sujetaba una piernas, mientras que el tercero, el mayor, le agarraba de la espalda – ¡Soltadme!, voy a exterminarlos hasta que no queden ni sus cenizas – su furia se trasmitía por la mesa que temblaba, aunque con mucha más fuerza incluso, gracias a otra magia que actuaba también llevada por la furia, la de Severus, que tenía los puños fuertemente apretados y la mandíbula cerrada con dureza, casi en completo descontrol, pero la magia de Albus Dumbledore no se transmitía por todos su años de control, sino incluso Hogwarts entero estaría sintiendo un terremoto, estaba tieso en su asiento, furiosos y los gritos de furia no hacían que lo ayudasen a calmarse precisamente, así pues con todo su enfado se levantó y grito mucho más fuerte que los demás, con un sonorus involuntario.

– ¡SILENCIO! – su voz provocó un pitido de oídos en todos los de la estancia, que al instante se sentaron, asustados – Sigamos – gruño más que dijo, algo sorprendente en él – Y no quiero que nadie más interrumpa, no por ahora, sobre este tema – dijo casi hiperventilando.

¿Por qué? —dijo Harry

¡No hagas preguntas! —exclamó—. Lleva tus cosas arriba ahora mismo.

La casa de los Dursley tenía cuatro dormitorios: uno para tío Vernon y tía

Petunia, otro para las visitas (habitualmente Marge, la hermana de Vernon)

Nadie dijo nada, pero eso les pareció incluso más imperdonable.

, en el tercero dormía Dudley y en el último guardaba todos los juguetes y cosas que no cabían en aquél. En un solo viaje Harry trasladó todo lo que le

pertenecía, desde la alacena a su nuevo dormitorio. Se sentó en la cama y miró alrededor. Allí casi todo estaba roto. La filmadora estaba sobre un carro de combate que una vez Dudley hizo andar sobre el perro del vecino, y en un rincón estaba el primer televisor de Dudley, al que dio una patada cuando dejaron de emitir su programa favorito. También había una gran jaula que alguna vez tuvo dentro un loro, pero Dudley lo cambió en el colegio por un rifle de aire comprimido, que en aquel momento estaba en un estante con la punta torcida, porque Dudley se había sentado encima. El resto de las estanterías estaban

llenas de libros. Era lo único que parecía que nunca había sido tocado.

Desde abajo llegaba el sonido de los gritos de Dudley a su madre.

No quiero que esté allí... Necesito esa habitación... Échalo...

Harry suspiró y se estiró en la cama. El día anterior habría dado cualquier

cosa por estar en aquella habitación. Pero en aquel momento prefería volver a su alacena con la carta a estar allí sin ella.

– Totalmente de acuerdo – susurro para si el otro Harry más pequeño, escuchando sus propios pensamientos futuros.

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