Bueno, aquí está el otro, como prometí.

Lo prometido es deuda y esas cosas, en fin, sin más interrupciones les dejo con la lectura.

––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––

A la mañana siguiente, durante el desayuno, todos estaban muy callados.

Dudley se hallaba en estado de conmoción. Había gritado, había pegado a su

padre con el bastón de Smelting, se había puesto malo a propósito, le había

dado una patada a su madre, arrojado la tortuga por el techo del invernadero, y seguía sin conseguir que le devolvieran su habitación.

– Verdaderamente que mal educado es ese niño, demasiado mimado, cuando le pase alguna cosa seria seguro que se mea encima – dijo enfadada Nymphadora, frunciendo el ceño y cruzando los brazos, a pesar de las advertencias y los dos merodeadores le dieron la total razón.

– Yo estaría deseando verlo hacer eso – comento Harry imaginando a su primo en una posición peligrosa, que aun así él no se lo deseaba, ya que tenía muy buen corazón.

Harry estaba pensando en el día anterior, y con amargura pensó que ojalá hubiera abierto la carta en el vestíbulo. Tío Vernon y tía Petunia se miraban misteriosamente.

Cuando llegó el correo, tío Vernon, que parecía hacer esfuerzos por ser

amable con Harry, hizo que fuera Dudley.

– ¡El mundo se va a acabar! – gritaron repentinamente los gemelos, asustando a todos, que pegaron un brinco y luego los miraron mal.

– La morsa intenta portarse bien con Harry,…

–… que alguien nos ayude,…

–…no queremos morir – aun así los únicos que se rieron fueron Harry, Ron y Ginny, porque los otros estaban muy enfadados por el susto.

– Fred, George, dejad de comportaos así - les regaño su madre y ellos pusieron caras de angelitos.

– ¿Cómo mamá? – preguntaron los dos a la vez, haciendo una expresión de total incomprensión, Molly suspiro rendida y no dijo nada más, aunque los fulmino con la mirada, prometiéndoles su justo castigo de desgnomizar el jardín.

Lo oyeron golpear cosas con su bastón en su camino hasta la puerta. Entonces gritó.

¡Hay otra más! Señor H. Potter, El Dormitorio Más Pequeño, Privet Drive,

4...

– Nosotros somos Hogwarts, nunca nos rendimos – dijeron los alumnos de Gryffindor intentando alegrarlos y muchas cabezas asintieron convencidas, incluso alguna de Slytherin o la del pequeño Draco, que pronto paro al ver las malas miradas de sus padres, un poco triste y avergonzado de haber decepcionado, aunque solo fuese un poco a sus padres.

Con un grito ahogado, tío Vernon se levantó de su asiente y corrió hacia el

vestíbulo, con Harry siguiéndolo. Allí tuvo que forcejear con su hijo para quitarle la carta, lo que le resultaba difícil porque Harry le tiraba del cuello.

– ¡Así me gusta Harry, mi ahijado es todo un Gryffindor! – grito ilusionado Sirius, levantando su puño como si el también estuviese peleando y muchos lo miraron raro, haciendo que disimuladamente Remus le diese una colleja por detrás, obligándole a callarse.

Después de un minuto de confusa lucha, en la que todos recibieron golpes del bastón, tío Vernon se enderezó con la carta de Harry arrugada en su mano, jadeando para recuperar la respiración.

– Bravo pequeño cervatillo – susurro un poco más calmado pero igual de complacido su padrino, revolviéndole el pelo ya desordenado de por sí.

Vete a tu alacena, quiero decir a tu dormitorio —dijo a Harry sin dejar de

jadear—. Y Dudley.. Vete... Vete de aquí.

– Por fin, ya era hora de que le ordenase algo a su hijo – dijo Molly, negando con la cabeza y McGonagall asintió totalmente de acuerdo.

– Si yo fuese él ya lo habría puesto recto – dijo la subdirectora, haciendo que todas las clases asintiesen.

– Si eso no lo dudamos Minerva, querida – le aseguro el director, de mucho mejor humor que antes, sonriendo por primera vez después de bastante tiempo.

Harry paseó en círculos por su nueva habitación. Alguien sabía que se

había ido de su alacena y también parecía saber que no había recibido su

primera carta. ¿Eso significaría que lo intentarían de nuevo? Pues la próxima

vez se aseguraría de que no fallaran. Tenía un plan.

Severus pensó que eso era bastante astuto de su parte, pero no comento nada, solo se quedó en silencio, escuchando.

El reloj despertador arreglado sonó a las seis de la mañana siguiente. Harry lo apagó rápidamente y se vistió en silencio: no debía despertar a los Dursley. Se deslizó por la escalera sin encender ninguna luz.

Esperaría al cartero en la esquina de Privet Drive y recogería las cartas

para el número 4 antes de que su tío pudiera encontrarlas.

– Ese es un buen plan de tu parte Potter, pero deberías de mirar muchos más factores que ese – le aconsejo Alastor, elogiándole, el niño asintió y observo solo por un instante al viejo auror, examinándolo con más detenimiento que la otra vez.

El corazón le latía aceleradamente mientras atravesaba el recibidor oscuro hacia la puerta.

¡AAAUUUGGG!

– ¿¡Que ha sido eso!? – medio gritaron medio preguntaron muchos de los allí presentes – Has pisado un animal Harry – siguió solo para él Remus – ese es el ruido que seguro hace algo salvaje.

Harry saltó en el aire. Había tropezado con algo grande y fofo que estaba

en el felpudo... ¡Algo vivo!

– Te lo dije – complacido Lunático miro a su sobrino – seguro que es una babosa.

– Si una babosa que se queja – añadió escéptico Canuto, poniendo los ojos en blanco – Aquí Remus nunca ha sido muy bueno para las criaturas mágicas, solo para su pequeño problema peludo.

– ¿Su pequeño problema peludo? – pregunto Harry un poco contrariado y Sirius asintió, pero entonces se dio cuneta con quien estaba hablando y sonriendo nervioso, se excusó.

– Bueno veras, es un juego y… eee… – no sabía que decir, pero Remus lo salvo a tiempo.

– Te lo explicaremos después en la comida Harry – es lo único que dijo, peor con eso le vasto al niño y le impresiono a Sirius.

Las luces se encendieron y, horrorizado, Harry se dio cuenta de que

aquella cosa fofa y grande era la cara de su tío.

– No era una babosa, pero algo muy parecido – dijo Lunático complacido y los dos niños le sonrieron, Tonks con una cara embobada, que despertó poco después y se sonrojo un poquito, ante la mirada atenta de Sirius, que no dijo nada, pero que una sonrisa pícara se instaló en su rostro.

Tío Vernon estaba acostado en la puerta, en un saco de dormir, evidentemente para asegurarse de que Harry no hiciera exactamente lo que intentaba hacer. Gritó a Harry durante media hora y luego le dijo que preparara una taza de té.

Todo el mundo gruño, y Severus fulmino con la mirada el aire, pensando que jamás deberían de tratar como un elfo domestico a nadie y, aunque jamás lo admitiría conscientemente, menos a alguien que se parecía en carácter tanto a Lily

Harry se marchó arrastrando los pies y, cuando regresó de la cocina, el correo había llegado directamente al regazo de tío Vernon. Harry pudo ver tres cartas escritas en tinta verde.

Quiero... —comenzó, pero tío Vernon estaba rompiendo las cartas en

pedacitos ante sus ojos.

– Que cruel – dijeron muchos, con mirada triste y rabioso, por el trato al menor.

Aquel día, tío Vernon no fue a trabajar. Se quedó en casa y tapió el buzón.

¿Te das cuenta? —aexplicó a tía Petunia, con la boca llena de clavos—.

Si no pueden entregarlas, tendrán que dejar de hacerlo.

No estoy segura de que esto resulte, Vernon.

– Merlín por fin esa jirafa dice algo con sensatez – elogiaron casi todos, menos los mayores, que aun así jamás perdonarían el infierno por el que un niño tan pequeño había pasado.

Oh, la mente de esa gente funciona de manera extraña, Petunia, ellos no

son como tú y yo —dijo tío Vernon,

– Y complacidos que estamos de eso – gritó Ginny muy enfadada, echando chispas al igual que los demás.

– Esta bien, querida, solo por esta vez lo voy a dejar pasar – dijo más para sí misma su madre, ya que estaba en conformidad absoluta.

tratando de dar golpes a un clavo con el pedazo de pastel de fruta que tía Petunia le acababa de llevar.

– Por un poco de ejercicio que hace pro fin y va a seguir engordando – asintieron casi todo ante el comentario de Tonks.

– Nymphadora, compórtate – la regaño su madre disgustada y la niña ni siquiera le contesto enfadada que no la llamase por ese nombre, en sus trece.

El viernes, no menos de doce cartas llegaron para Harry. Como no las podían echar en el buzón, las habían pasado por debajo de la puerta, por entre las rendijas, y unas pocas por la ventanita del cuarto de baño de abajo.

Tío Vernon se quedó en casa otra vez. Después de quemar todas las

cartas, salió con el martillo y los clavos para asegurar la puerta de atrás y la de delante, para que nadie pudiera salir. Mientras trabajaba, tarareaba De puntillas entre los tulipanes y se sobresaltaba con cualquier ruido.

El sábado, las cosas comenzaron a descontrolarse. Veinticuatro cartas para

Harry entraron en la casa, escondidas entre dos docenas de huevos, que un

muy desconcertado lechero entregó a tía Petunia, a través de la ventana del

salón. Mientras tío Vernon llamaba a la oficina de correos y a la lechería,

tratando de encontrar a alguien para quejarse, tía Petunia trituraba las cartas

en la picadora.

¿Se puede saber quién tiene tanto interés en comunicarse contigo? —

preguntaba Dudley a Harry, con asombro.

– Mucha gente – aseguro Dumbledore entonces, con una sonrisa, sorprendiendo a todos – Tengo que parar muchas cartas de fans que quieren comunicarse contigo – le explico el anciano al niño que se tiño de un color rojo llamativo, bajando la cabeza, avergonzado.

La mañana del domingo, tío Vernon estaba sentado ante la mesa del

desayuno, con aspecto de cansado y casi enfermo, pero feliz.

No hay correo los domingos —les recordó alegremente, mientras ponía

mermelada en su periódico—. Hoy no llegarán las malditas cartas...

Algo llegó zumbando por la chimenea de la cocina mientras él hablaba y le

golpeó con fuerza en la nuca. Al momento siguiente, treinta o cuarenta cartas cayeron de la chimenea como balas. Los Dursley se agacharon, pero Harry saltó en el aire, tratando de atrapar una.

– Me recuerdas a tu padre, segur que serás un buen buscador, esa manía de coger todo en el aire no es sana – comento el convicto, negando con la cabeza, pero sonriendo.

¡Fuera! ¡FUERA!

Tío Vernon cogió a Harry por la cintura y lo arrojó al recibidor. Cuando tía

Petunia y Dudley salieron corriendo, cubriéndose la cara con las manos, tío

Vernon cerró la puerta con fuerza. Podían oír el ruido de las cartas, que

seguían cayendo en la habitación, golpeando contra las paredes y el suelo.

Ya está —dijo tío Vernon, tratando de hablar con calma, pero

arrancándose, al mismo tiempo, parte del bigote—. Quiero que estéis aquí

dentro de cinco minutos, listos para irnos. Nos vamos. Coged alguna ropa. ¡Sin discutir!

Parecía tan peligroso, con la mitad de su bigote arrancado, que nadie se

atrevió a contradecirlo.

– Merlín, está loco, llevadlo a San Mungo y que no salga – comentaron mucho y otros empezaron a reírse, menos Neville que parecía bastante mal por esa afirmación, recordando a sus padres, bastante triste.

– ¿Sabes que los sorbosoplos se arremolina en ti cuando estas triste? – le pregunto en un tono extraño Luna, que se colocaba a un lado de él, el niño no lo comprendió, pero al recibir esa sonrisa tan inocente y consoladora él también hizo lo mismo.

Diez minutos después se habían abierto camino a través de las puertas tapiadas y estaban en el coche, avanzando velozmente hacia la autopista. Dudley lloriqueaba en el asiento trasero, pues su padre le había pegado en la cabeza cuando lo pilló tratando de guardar el televisor

Muchos se rieron, pero los mayores no estaban de acuerdo con eso.

– Está mal hasta pegarle a él también, es un niño de once años por Merlín – protesto Molly enfadadísima.

Condujeron. Y siguieron avanzando. Ni siquiera tía Petunia se atrevía a

preguntarle a dónde iban. De vez en cuando, tío Vernon daba la vuelta y

conducía un rato en sentido contrario.

Quitárnoslos de encima... perderlos de vista... —murmuraba cada vez

que lo hacía.

No se detuvieron en todo el día para comer o beber. Al llegar la noche

Dudley aullaba. Nunca había pasado un día tan malo en su vida. Tenía

hambre, se había perdido cinco programas de televisión que quería ver y nunca había pasado tanto tiempo sin hacer estallar un monstruo en su juego de ordenador.

Tío Vernon se detuvo finalmente ante un hotel de aspecto lúgubre, en las

afueras de una gran ciudad. Dudley y Harry compartieron una habitación con

camas gemelas y sábanas húmedas y gastadas. Dudley roncaba, pero Harry

permaneció despierto, sentado en el borde de la ventana, contemplando las

luces de los coches que pasaban y deseando saber...

–Tranquilo, Harry, al final te enteraras – le dijo un poco decaído Sirius, revolviéndole el pelo y el niño asintió, sin darse cuenta de la mueca melancólica y triste de su padrino.

Al día siguiente, comieron para el desayuno copos de trigo, tostadas y

tomates de lata. Estaban a punto de terminar, cuando la dueña del hotel se

acercó a la mesa.

Perdonen, ¿alguno de ustedes es el señor H. Potter? Tengo como cien

de éstas en el mostrador de entrada.

Extendió una carta para que pudieran leer la dirección en tinta verde:

Señor H. Potter

Habitación 17

Hotel Railview

Cokeworth

Harry fue a coger la carta, pero tío Vernon le pegó en la mano. La mujer los

miró asombrada.

Yo las recogeré —dijo tío Vernon, poniéndose de pie rápidamente y

siguiéndola.

¿No sería mejor volver a casa, querido? —sugirió tía Petunia tímidamente,

unas horas más tarde, pero tío Vernon no pareció oírla. Qué era lo que

buscaba exactamente, nadie lo sabía. Los llevó al centro del bosque, salió,

miró alrededor, negó con la cabeza, volvió al coche y otra vez lo puso en marcha.

Lo mismo sucedió en medio de un campo arado, en mitad de un puente

colgante y en la parte más alta de un aparcamiento de coches.

Papá se ha vuelto loco, ¿verdad? —preguntó Dudley a tía Petunia

– Se demuestra con ese comentario que algo de cerebro tiene – dijeron los gemelos, secándose lagrimas imaginarias.

aquella tarde. Tío Vernon había aparcado en la costa, los había encerrado y

había desaparecido.

Comenzó a llover. Gruesas gotas golpeaban el techo del coche. Dudley

gimoteaba.

Es lunes —dijo a su madre—. Mi programa favorito es esta noche.

Quiero ir a algún lugar donde haya un televisor.

Lunes. Eso hizo que Harry se acordara de algo. Si era lunes (y habitualmente se podía confiar en que Dudley supiera el día de la semana, por los programas de la televisión), entonces, al día siguiente, martes, era el

cumpleaños número once de Harry.

–Wow, Harry, por fin – dijeron muchos complacidos, pero Sirius y Remus oyeron tristes eso, ya que entonces Harry pasaría ya diez años sin sus padres, algo que les hacía ponerse muy melancólicos, al igual que el profesor de pociones, que cerro un momento los ojos, recordado la sonrisa de su amiga de la infancia, al igual que sus inolvidables ojos verdes, heredados en su único hijo.

Claro que sus cumpleaños nunca habían sido exactamente divertidos: el año anterior, por ejemplo, los Dursley le regalaron una percha y un par de calcetines viejos de tío Vernon.

– Yo te regalare un elefante si eso es lo que te gusta, incluso, Harry – le prometio Sirius, muy serio y su ahijado le sonrió.

– No hace falta, de verdad – intento excusarse, pero Canuto y Lunático negaron al igual que Tonks.

– Un cumpleaños debe ser divertido, yo te comprare ardillas que muerden – le dijo Nymphadora y los otros tres se quedaron un poco sorprendido, entonces Sirius protesto.

– Eso no vale, lo tuyo es mejor – de forma infantil le saco la lengua, al igual que la niña a él – Pues entonces yo le pienso regalar una lechuza que hable – contraataco.

– Eso es muy aburrido – se rio su prima – Pues yo le regalare un Mono rosa que sepa bailar el vals – dijo ella y antes de que Canuto pusiese hablar, Remus los interrumpió.

– Esas cosas no existen y son cosas inútiles –les regaño, entonces se giró hacía Harry y sonriendo le dijo – Yo te voy a regalar un campo de quidditch en miniatura – les contraataco espectacularmente y los otros dos les fulminaron con la mirada, aunque la metamorfomaga con menos intensidad.

– ¡Eso no vale! – gritaron los dos, pero ajenos a esa discusión los demás siguieron escuchando y ello tuvieron que hacer lo mismo ante una mirada de Dumbledore y Harry, de igual exactitud.

Sin embargo, no se cumplían once años todos los días.

Tío Vernon regresó sonriente. Llevaba un paquete largo y delgado y no

contestó a tía Petunia cuando le preguntó qué había comprado.

¡He encontrado el lugar perfecto! —dijo—. ¡Vamos! ¡Todos fuera!

Hacia mucho frío cuando bajaron del coche. Tío Vernon señalaba lo que

parecía una gran roca en el mar. Y, encima de ella, se veía la más miserable

choza que uno se pudiera imaginar. Una cosa era segura, allí no había

televisión.

– Es que eso es una pocilga – comentaron los dos Ggemelos.

– Fred, George, vuestro vocabulario – les riño su madre y ellos se callaron al instante.

¡Han anunciado tormenta para esta noche! —anunció alegremente tío

Vernon, aplaudiendo—. ¡Y este caballero aceptó gentilmente alquilarnos su

bote!

Un viejo desdentado se acercó a ellos, señalando un viejo bote que se

balanceaba en el agua grisácea.

Ya he conseguido algo de comida —dijo tío Vernon—. ¡Así que todos a

bordo!

En el bote hacía un frío terrible. El mar congelado los salpicaba, la lluvia les

golpeaba la cabeza y un viento gélido les azotaba el rostro. Después de lo que pareció una eternidad, llegaron al peñasco, donde tío Vernon los condujo hasta la desvencijada casa.

El interior era horrible: había un fuerte olor a algas, el viento se colaba por

las rendijas de las paredes de madera y la chimenea estaba vacía y húmeda.

Sólo había dos habitaciones.

La comida de tío Vernon resultó ser cuatro plátanos y un paquete de

patatas fritas para cada uno. Trató de encender el fuego con las bolsas vacías, pero sólo salió humo.

Ahora podríamos utilizar una de esas cartas, ¿no? —dijo alegremente.

Estaba de muy buen humor. Era evidente que creía que nadie se iba a

atrever a buscarlos allí, con una tormenta a punto de estallar. En privado, Harry estaba de acuerdo, aunque el pensamiento no lo alegraba.

Al caer la noche, la tormenta prometida estalló sobre ellos. La espuma de

las altas olas chocaba contra las paredes de la cabaña y el feroz viento

golpeaba contra los vidrios de las ventanas. Tía Petunia encontró unas pocas mantas en la otra habitación y preparó una cama para Dudley en el sofá. Ella y tío Vernon se acostaron en una cama cerca de la puerta, y Harry tuvo que contentarse con un trozo de suelo y taparse con la manta más delgada.

– Que ##### ## #### son – grito Sirius, tapándole los oídos a Harry mientras lo decía igual que Remus había hecho con Tonks.

– Por favor Sirius, no querrás ser un mal ejemplo para tu ahijado y tu prima – le reprocho Remus un poco después, aunque igual de enfadado.

La tormenta aumentó su ferocidad durante la noche. Harry no podía dormir.

Se estremecía y daba vueltas, tratando de ponerse cómodo, con el estómago

rugiendo de hambre. Los ronquidos de Dudley quedaron amortiguados por los truenos que estallaron cerca de la medianoche. El reloj luminoso de Dudley, colgando de su gorda muñeca, informó a Harry de que tendría once años en diez minutos. Esperaba acostado a que llegara la hora de su cumpleaños, pensando si los Dursley se acordarían y preguntándose dónde estaría en aquel momento el escritor de cartas.

Cinco minutos. Harry oyó algo que crujía afuera. Esperó que no fuera a

caerse el techo, aunque tal vez hiciera más calor si eso ocurría. Cuatro

minutos. Tal vez la casa de Privet Drive estaría tan llena de cartas, cuando

regresaran, que podría robar una. Tres minutos para la hora. ¿Por qué el mar chocaría con tanta fuerza contra las rocas?

– Eso no me da buena pinta – dijo Alastor – Alerta permanente, muchacho, si te parece extraño debes de vigilar más atentamente – lo regaño el viejo auror y el pequeño asintió.

Y (faltaban dos minutos) ¿qué era aquel ruido tan raro? ¿Las

rocas se estaban desplomando en el mar?

Un minuto y tendría once años. Treinta segundos... veinte... diez... nueve...

tal vez despertara a Dudley, sólo para molestarlo...

– Así se habla – comento Sirius, un poco distraído por los ruidos extraños que expresaban la lectura, por eso estaba preocupado.

tres... dos... uno...

BUM.

Toda la cabaña se estremeció y Harry se enderezó, mirando fijamente a la

puerta. Alguien estaba fuera, llamando.

Sirius se levantó y miro frenético hacía todos lados, sin poder hacer nada, recibiendo muchas miradas extrañas y asustadas.

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