Gracias Yukimenoneko por espabilarme.
Lo siento por el retraso, he tenido ciertos problemas familiares, mi padre se ha muerto y todo lo demás se me ha olvidado, pero he estado leyendo todos vuestros reviews hace poco y me han animado lo suficiente, lo digo en serio, muchas gracias
Bueno creo que no tengo nada más que añadir, aquí os traigo el siguiente capítulo.
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– Sirius, bájate, ya – le susurro con el ceño fruncido Remus, mientras él y Harry tiraban de sus mangas para que se sentase.
– Padrino, baja, baja – murmuraba el más pequeño, pero a falta de reacción y ante las miradas tanto extrañas como atemorizantes de los demás y una de amenaza de Ojoloco, lo único que le quedo hacer fue gritarle algo que en su inconsciencia sabía que lo había escuchado antes, por una voz femenina y enfadada, que le cantaba canciones cuando era muy pequeño – ¡Black, siéntate!
Y canuto obedeció como un resorte, con una mirada atemorizada de algo que a lunático le hizo mucha gracia.
– Merlín, Lily, no me mates – dijo mientras se ponía las manos en el rostro protegiéndoselo de algo invisible.
– Deja de hacer tonterías Sirius y compórtate – le regaño inconscientemente Harry, siguiendo un dialogo que había escuchado muchas veces antes en los sueños que nunca recordaba.
– Lo que tú digas Li… – pero en ese momento se dio cuenta de con quien estaba hablando y aunque se desinflo bastante, un brillo de absoluta tristeza le paso por sus ojos, siguió con el dialogo probando a ver cuántas memorias había guardado Harry en su interior sin que se diese cuanta – Harry ¿Sabes que eres el mejor ahijado de todos?
– No tienes ninguno más, Black, y ahora deja de decir tonterías y cállate, perro sarnoso – termino de decirle el niño, cruzándose de brazos, indignado.
– Oye, yo no soy un perro sarnoso – se defendió canuto, pero ante la risa disimulada de Remus frunció el ceño, enfadado.
– Si, canuto, creo que hemos encontrado a alguien que puede controlarte nuevamente, ya decía yo que estabas demasiado desentrenado, pero Harry puede domesticarte otra vez – le dijo él, haciendo sonrojar al niño un poco.
– Yo no… quiero decir que… – susurro un poco avergonzado, pero su padrino le revolvió el pelo y le dio una sonrisa cómplice.
– Bueno, no me molesta si es él, Remusin, me molestaría si fueses tú – respondió Sirius.
Y los dos se echaron a reír, ante las miradas de unos poco incrédulos y de un sospechoso Ojoloco Moody.
– A llegado la hora de comer, queridos alumnos y visitantes – anuncio de pronto, para el susto de cuatro personas que estaban al lado suya, Dumbledore, que sonreía animadamente, distrayendo a un viejo auror de sus pensamientos.
– Pero Albus yo quiero seguir escuchando que es ese golpe de la entrada de la casa donde se sitúa Harry – protesto muy preocupado Sirius, aun así la sonrisa divertida del director le hizo desistir, ya conocía muy bien esa expresión y no iba a hacerle cambiar de convicción.
Frunciendo el ceño, Remus también se calló de protestar e hizo que Tonks se mantuviese en silencio sobre argumentar ella algo también.
Para el asombro de Harry, Hermione y los padres de esta, que nunca habían visto más magia que la que les mostraron en ese rato, apareció la comida en las bandejas delante de ellos.
– Wow – soltó una exclamación Harry bastante impresionado.
– Como pasa esto, ¿es magia? – pregunto a su vez Hermione, aunque sus padres poco pudieron pronunciar, en su sorpresa.
– Sí, claro que es magia, lo hacen los elfos domésticos – le explico Ron sonriéndole.
Y Harry, que había estado oyéndoles, desde cierta distancia sin que se diesen cuanta, intervino.
– ¿En serio? ¿Y que son elfos domésticos? – pregunto con mucha curiosidad.
Sirius, Remus y Tonks no se dieron cuenta del intercambio, ya que estaban discutiendo acaloradamente sobre si las bombas fétidas era mejor ponerlas en los asientos o en los bolsillos de los pantalones.
– Uh, hola – dijeron Ron y Hermione al darse cuenta de su presencia.
Los tres niños se sonrieron un poco indecisos aún.
– He sí, es magia, los elfos domésticos son como sirvientes de los sangre pura, son criaturas mágicas que sirven a los ricos, a mi madre le gustaría tener por lo menos un elfo domestico que la ayudase en casa, pero… bueno… – las orejas de Ron repentinamente se pusieron rojas, pero los otros dos niños, aunque con curiosidad, no les preguntaron nada
– ¿Y los elfos eso trabajan aquí? – volvió a avasallar Harry, insaciable en sus preguntas.
– Si lo hacen, de hecho la comida que vamos a comer es de ellos – explico entonces Ginny, interrumpiendo ante la torpeza de su hermano y sonriendo a Harry un poco tímida, algo que también hizo él, algo sonrojados los dos.
– ¿Y cómo son? – pregunto esta vez Hermione, ante el silencio y las sonrisas que se intercambiaban Harry y Ginny, que parecían haberse olvidado de la conversación por completo.
– A, pues son unos bichos muy feos – observo Ron, hablando por fin – Tiene unas orejas muy grandes…
– De murciélago – intervino Ginny, detallando un poco más la descripción de su hermano, aunque aún un poco sonrojada y sin dejar de mirar a Harry, que también la veía.
– Si y con una nariz muy larga…
– Y puntiaguda – interrumpió nuevamente su hermana.
– Con ojos muy grandes y siempre llevan harapos como ropa – termino de decir Ron.
– Si, pero también tiene la piel verdosa o grisácea y sus ojos son tan grandes como mis puños – especifico otra vez la niña más pequeña.
Los cuatro después se mantuvieron en silencio un momento antes de que Harry tomase la iniciativa de hablar nuevamente.
– Bueno, em, me llamo Harry, Harry Potter y tengo ocho años, – se presentó indeciso, ya que nunca antes había intentado entablar amistad con nadie.
– Yo soy Ginny Weasley y tengo siete años – le siguió su tímido intento de hacer amigos a Harry, sonriéndole alegremente, algo que el niño le devolvió encantado.
– Yo soy Ron Weasley y ella es mi hermana, tengo ocho años – continuo el pelirrojo más alto de los cuatro.
– Me llamo Hermione Granger, tengo ocho y mis padres son muggles – dijo la niña de pelo espeso y castaño.
– Bueno y… esto… ¿os gusta el Quidditch? – volvió a preguntar Ron, aún indeciso.
– No seas tonto, Ronald, claro que no saben, no se han criado en el mundo mágico – le interrumpió Ginny frunciéndole el ceño.
Ron solo miro asombrado un momento, después, horrorizado, negó con la cabezo.
– Bueno, eso no puede seguir así – dijo él entonces, y procedió a explicar las reglas y en qué consistía el quidditch.
Hermione, que aunque un poco curiosa no estaba muy interesada con los deportes comenzó a hablar con la otra niña al lado de su hermano.
Y así es como ello entablaron el primer roce de su amistad.
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Severus Snape tenía una lucha interna en esos mismos momentos, en realidad la había tenido desde que escuchó hablar por primera vez del niño de Potter, el niño que a pesar de todo, también era hijo de Lily, su amiga de la infancia y primer y único amor.
Suspiro imperceptiblemente otra vez, cansado de esos diálogos internos y frustrantes en los que todo el rato una vocecilla, muy parecía a su pesar con la de Lily, le decía una y otra vez que ese mocoso también era hijo de ella.
No lo podía aguantar más y, sin el consentimiento de nadie, porque no lo necesitaba, se dirigió silenciosamente, fuera del Gran Comedor, necesitaba aire fresco y en los pasillos por lo menos lo obtendría.
Se puso a andar lentamente, lejos de esa habitación abarrotada, girando por corredores y esquinas cada vez, un paso más cerca de la comodidad de la soledad.
Y cuál fue su sorpresa al dar con otra esquina y encontrarse con un insecto enorme, un bicho con gafas y cabello revuelto, tanto que flotaba hasta en contra de la gravedad y un fuerte olor a incienso la rodeaba.
– ¡Severus! – grito el insecto de pronto, parándose antes de chocar con el profesos de pociones – Por fin encuentro a alguien, querido.
– Sybill ¿Qué haces aquí? – pregunto con frialdad el hombre.
– Pues veras, he sentido una perturbación en el habiente, como si todo se encontrara vació – procedió a explicar la mujer.
– Buena observación, Sybill – murmuro, intentando no poner los ojos en blanco – No pasa nada Sybill, puedes volver a tu torre, solo es que el director ha estado reuniendo a todos los alumnos porque está dándole una charla, bastante acalorada, de que los caramelos de limón muggles son buenos para el cerebro y la magia – le mintió con bastante facilidad, sin cambiar su expresión – Dice que él esta rejuvenecido gracias a ellos y que su gran longevidad se debe a su subida constante de azúcar – terminó como si nada y siguió su camino sin siquiera decir un adiós.
Pero oyó como la mujer se dirigía de vuelta a su torre, por el camino de los pasillos vacíos.
Siguió silenciosamente andando, aún hundido en su pensamientos de pesadumbre, porque había sido su culpa que Lily no siguiese viva, toda su culpa, porque él había escuchado la estúpida profecía, él se la había dicho a su señor y ella se había ido.
Solo le quedaba tener una vida de arrepentimiento, una vida de culpabilidad, de odio a sí mismo y una vida para proteger al niño de su más odiado enemigo de la infancia.
Y el hijo de Ella.
Ni si quiera había empezado a caminar nuevamente, cinco minutos, y se vio interrumpido otra vez de su soledad por una cabellera negra y revoltosa desconcertada, que miraba hacia todos lado con urgencia.
– Señor Potter – escupió con frialdad Severus – ¿Qué hace aquí, tan lejos de Black y Lupin?
Su inconsciencia le grito que ahí mismo estaba la prueba de que Lily había dejado algo suyo detrás, tan preciado que había dado su vida por ello, con sus mismos ojos verdes esmeraldas.
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Gracias nuevamente por vuestros comentarios
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