Capítulo treinta y seis

Aclarando las cosas.

-La mariposa está dormida.- exclamó Cyrano sentándose a una distancia prudente de Erik, quien trabajaba en un modelo a escala de la escenografía de Don Juan Triunfante.

-¿Ha pensado sobre su situación, Señor de Bergerac?- preguntó Erik sin apartar la vista de su trabajo.

-Claro, ¿y usted sabe qué hará con Cristina?- inquirió el Cadete.

Erik le lanzó a su acompañante una mirada asesina, que fue recibida por una similar.

-¿Ya nos tenemos tanta confianza?- preguntó Erik sonriendo con superioridad.

-Canelle no dice nada, pero es obvio lo que planeas.- respondió Cyrano mirando el modelo –Secuestrar a Christina, muy brillante, ¿y después?

-¿Después qué?- farfulló el Fantasma.

-¿Cómo la retendrás? ¿Te irás de aquí? ¿Cómo la harás olvidar a Raul?- interrogó el cadete.

-¿Cómo la haré amarme?- completó Erik.

Su interlocutor asintió.

-Tengo mis métodos. Tal vez no logre que me amé, pero puedo lograr que me necesite, ya lo he hecho antes.- respondió Erik volviendo tranquilamente a su tarea.

-Esa no es la respuesta.- replicó Cyrano alzando la voz, odiaba ser ignorado.

-¿Entonces cual es?- preguntó Erik burlón.

-Si amas a alguien, debes permitir que sea libre y feliz.- respondió con convicción.

-A ti te hizo muy feliz dejar libre a Roxana con ese lindo mocoso rubio, ¿no?- atajó Erik.

Cyrano apretó los labios.

-No te servirá de nada retenerla por la fuerza.- continuó –Aún cuando la engañes y la hagas creer que te ama, no podrás engañarte a ti mismo.

-Tengo algo que me recuerda la verdad bajo ésta máscara.- afirmó Erik con tranquilidad –Nunca me he engañado a mi mismo, y nunca podré hacerlo. Nunca podré escapar de la verdad, nunca podré escapar de éste rostro maldito. Si fuera hermoso, Cristina me amaría.

-¡Eso creía yo!- Cyrano se levantó y tomó la muñeca de Erik, obligándolo a dejar su ocupación y mirarlo –Pero Canelle me ama por lo que soy, nunca le ha importado mi apariencia.

El Fantasma dibujó una triste sonrisa -¿Eso crees? ¿Crees que Canelle nunca se fijó para nada en tu físico? ¿En tu porte? ¿En tu mirada? Simplemente encontró virtudes físicas en ti que opacaron tu nariz, pero yo, señor, no tengo ninguna, mi maldición es lo único visible. Y después de verla jamás la olvidas, nada puede ser más importante, y Cristina ya la ha visto.

-Pruébame.- retó Cyrano soltándolo.

Erik se levantó, irguiéndose en toda su grandeza, y sin darse tiempo de pensarlo y arrepentirse se retiró la máscara.

Se hizo un silencio sepulcral por un segundo. El estupor inicial en la mirada de Cyrano duró apenas medio segundo, cambiando inmediatamente por una tristeza profunda, eco de aquella noche en que en cierto balcón, la doncella más bella se había besado con el hombre más hermoso.

-Abre viejas heridas, ¿cierto?- dijo Erik dejando la máscara a un lado, mirándolo con sus ojos dorados ahora sin ningún tipo de barrera ni contorno más que sus cavidades hundidas.

Cyrano desvió la mirada.

-A diferencia de usted, señor de Bergerac, yo no he encontrado a nadie que mire más allá de mi aspecto.- continuó Erik sentándose, acariciándose la mejilla con la piel pegada al hueso.

-¿Y Mademoiselle Blanche?- preguntó Cyrano volviendo a mirarlo, la impresión sin duda fue menor ésta vez.

-Negocios, simples negocios. A lo más que podría llegar nuestra relación sería una amistad, y en realidad lo dudo.- respondió el Fantasma –Y no le he permitido mirar bajo la máscara, seguramente dejaría de ser tan amigable al mirar medio cadáver.

-No me parece que sea menos amigable cuando viene a visitar una tumba.- aseveró Cyrano –Los he escuchado charlar, y la escucho bastante cómoda.

-Sí, mis extravagancias externas parecen no perturbarle.- suspiró Erik –Pero mis métodos parecen no gustarle mucho, y mi maldición seguramente no le parecerá agradable.

-¿Y crees que a Canelle le parece agradable mi nariz?- preguntó Cyrano.

-No, señor de Bergerac, no hay manera de que Fleur me haga olvidar a Cristina.- afirmó Erik sonriendo –No puedo amar a nadie más que a Cristina, la reportera sin duda es una grata compañía, pero no tiene la esencia de la mujer que amo. Ni siquiera si Madame Blanche viera mi rostro sin odiarlo ni temerlo, la elegiría en lugar de mi Cristina.

-Comprendo.- musitó Cyrano desviando la mirada. –Aún así, no me parece lo más sensato llevártela contra su voluntad.

-¿Alguna vez ha sabido de un amor que sea sensato?- sonrió Erik.

-Gran pretexto, caballero.- sonrió Cyrano.

-Gran pretexto.- refrendó Erik.

La máscara volvió a su lugar mientras el cadete guardaba un ceremonioso silencio, y el temido Fantasma de la Ópera regresó a sus ocupaciones.

-¿Y tú que harás con Canelle?- preguntó tras unos segundos de silencio, sin mirarlo.

-Cambiar.- respondió Cyrano.

Erik lo miró levantando una ceja inquisitivamente -¿Cambiar? ¿Usted, señor de Bergerac?

–Un poco de cambio no hace mal, ¿cuerto? Dejar de ver sólo por mi y cuidarla. En realidad quisiera pedirte un favor más.- murmuró el cadete un tanto apenado.

-¿Sí?

-Cuando todo esto de Don Juan Triunfante termine, cuando consigas llevarte lejos a tu Cristina…- continuó Cyrano -…¿puedo llevarme a Canelle de Palacio? Quiero decir, ¿no la dejarás atrapada con la justicia, como la culpable?

-Señor de Bergerac, ¿cree usted que no tengo mi plan perfectamente planeado para que Canelle, y de ser necesario usted, sean víctimas de mis malvados negocios?- fanfarroneó el enmascarado sonriendo orgullosamente.

Cyrano exhaló aliviado. -¿De verdad? Gracias. No sé cómo pagar todo esto.

-No estorbe, señor de Bergerac. Simplemente no estorbe.- sentenció Erik.

El Cadete cerró la boca, comprendiendo que la conversación había llegado a su fin.

-Fleur…

-¿Sí, Gabriel?

De regreso a casa tras un día de trabajo, Gabriel y Fleur disfrutaban el fresco del anochecer.

-¿Crees que el señor Erik esté planeando irse?- preguntó el niño sin mirarla.

-Creo que sí, pequeño.- respondió Fleur sabiendo que no valía la pena mentir.

-¿Y Ayesha?

-No lo sé.

Los dos guardaron silencio un momento.

-Fleur, ¿te gustaría ser mi mamá y que el señor Erik sea mi papá?

-¡¿QUÉ?

Gabriel se detuvo y escondió el rostro con las manos.

-¿No sería lindo? ¿No lo quieres?- preguntó el pequeño avergonzado.

-Gabriel, escúchame.- dijo Fleur arrodillándose y tomando las manos del niño para que la mirara a los ojos.

-¿Sí?- preguntó bajito Gabriel, mirándola a la fuerza.

-Entiendo que te estás encariñando con Erik, y a decir verdad yo también.- comenzó a explicar la joven –Pero no me estoy enamorando de él, ¿entiendes? Es un hombre admirable y disfruto mucho su compañía, pero no siento ni asomo de amor romántico.

Gabriel trató de sonreír.

-Cuando estamos en la Casa del Lago, siento que seríamos una linda familia.- se disculpó con los ojos llorosos.

-Pero en una familia como la que quieres, mamá y papá deberían amarse, ¿cierto?- aclaró Fleur.

-Sí.- asintió el pequeño.

-Erik ama a Cristina, y yo no amo a Erik. Sólo nos hacemos compañía.- explicó Fleur sin dejar lugar a dudas.

-Sí, perdón.- sollozó Gabriel.

La joven abrazó al niño.

-Ya somos una familia, Gabriel. Tú y yo. Y lo seguiremos siendo aunque Erik se vaya.

-¿No lo extrañarás?- preguntó Gabriel.

-¿Y quién no?