Capítulo treinta y nueve.

Detalles.

-…y Cenicienta se casó con el príncipe y por siempre fueron felices y comieron perdices.

"Lindo." Pensó Fleur escuchando a dos niñas hablando en la calle.

-¡Qué presumida, nada más porque se sabe el cuento de la Cenicienta!- gritó Gabriel. Las niñas voltearon viéndolo feo -¡Ni siquiera lo cuentas emocionante!

-¡Gabriel!- regaño Fleur aguantándose la risa mientras veía como las niñas le hacían una trompetilla a su protegido y se iban imitando grandes damas ofendidas.

Cuando las niñas cruzaron la calle por fin se echaron a reír.

-Muy mal, jovencito. Así nunca tendrá una novia.- los interrumpió una voz conocida.

-¡Señor Le Bret!- dijo Gabriel levantándose a abrazarlo -¡Yo nunca tendré una novia, siempre cuidaré a Fleur!

La joven se sonrojó, el niño lo había dicho con tanta seguridad y convicción que no quedaba duda de que realmente lo creía.

-¿De verdad?- preguntó Le Bret –Seguramente ahora las niñas te parezcan odiosas, pero crecerás y cambiarás de opinión.

-Nop.- afirmó el niño soltándose y tomando la mano de su tutora.

-Llega usted retrasado, Cadete, hemos escuchado Cenicienta completo.- saludó Fleur.

-Y fue muy aburrido.- completó el niño –Nadie cuenta las cosas tan bien como el señor Erik.

El pequeño agachó la cabeza, apenado, al recibir una fuerte mirada de reproche de su tutora.

-¿El señor Erik?- preguntó Le Bret un poco molesto, siempre de una manera u otra salía a relucir ese sujeto.

-Bueeeeeeeeeeno, hay que irnos de aquí.- declaró Fleur empezando a caminar y jalando al niño.

Caminaron un par de calles en silencio hasta que Gabriel volvió a hablar.

-¿Tú te casarías con un príncipe, Fleur? ¿Cómo Cenicienta?- preguntó inocente.

Fleur se sonrojó.

-Claro que no, Gabriel, tú nunca tendrás una novia y me cuidarás, ¿para qué quiero casarme?- respondió mirando al horizonte.

Le Bret rió bajito. -Tal vez un día ambos cambien de opinión.- espetó.

-¿Ahí es donde vamos a comer?- preguntó Gabriel señalando un pequeño restaurante con mesas en la calle.

-Sí.- respondo Fleur echando a correr sin soltar al niño.

Le Bret los miró alejarse y empezó a caminar al ver a la joven pidiendo una mesa, pero a un par de metros fue interceptado por un trío de señoritas vestidas en enaguas, sombreros y corséts colores pastel , una rubia, otra pelirroja y la tercera castaña.

-Señor Le Bret, ¿es verdad que los Cadetes han vuelto?- preguntó la más jovencita, con una sonrisa enmarcada por sus rizos dorados.

-Así es, estaremos felices de encontrarnos con ustedes a la salida del cuartel.- respondió el moreno tomando su mano y besándola.

Las tres chicas soltaron una aguda expresión de emoción que hizo voltear a Fleur y su pequeño acompañante.

-¿Excepto usted, verdad?- preguntó coquetamente la pelirroja. –Hay que hacer cita lejos del cuartel, en algún lugar privado y cálido.

-Sin estas entrometidas.- agregó la castaña acercando sus enaguas al cadete, que la tomó por la cintura.

-¡Heeeey!- chillaron las otras enfadadas.

-Au…Fleur…- susurró Gabriel -…¡Fleur! ¡Mi mano!

La joven había estado mirando la escena de lejos y cuando el cadete había tomado a la doncella por la cintura había apretado la mano del niño hasta ponerla roja.

-¡Ah, lo siento!- dijo descuidadamente.

Miraron como entre risitas las doncellas se despedían del joven y antes de alejarse la más pequeña estiraba el brazo para acariciar aquella mejilla enmarcada por la bien rasurada barba.

Pasaron frente a Fleur y el niño sin mirarlos, pero la reportera gruñó.

-¿Qué fue eso?- preguntó el niño mirándola sorprendida.

-¡Gruñí!- exclamó Fleur bajito cubriéndose la boca, no entendía su reacción.

-Disculpen.- dijo Le Bret alcanzándolos por fin.

-¡Claro!- respondió Fleur con una sonrisa nerviosa -¿Son amigas tuyas?

-De todo el cuartel, podría decirse.- sonrió él -¿Comemos ya?

Con un Le Bret sonriente y una Fleur raramente callada, Gabriel comió esa tarde preguntándose mil cosas.

A unas horas del amanecer una reunión clandestina se llevó a cabo en el escenario del Palacio de la Ópera, durante el sueño más profundo de sus habitantes, cuando el sonido de cuatro pares de manos trabajando pasaban desapercibidas.

-El Señor Fantasma no puede trabajar él mismo en la escenografía de SU ópera.- se quejó Cyrano, sacudiéndose el polvo de un trozo de madera recién serruchado.

-Vamos, aceptamos ayudar con esto para saldar nuestra deuda. Nos salvó la vida, ¿recuerdas?- lo animó Canelle reforzando un nudo.

Cyrano forzó un suspiro para serenarse, no estaba de humor para recordar aquello: había puesto en riesgo a quien ahora era su novia.

Su novia secreta, habían decidido no hacerlo público hasta el estreno de "Don Juan", las cosas podrían complicarse más al saberse su relación y era lo que menos querían en ese momento. Nadie más que las personas presentes y Gabriel conocían la verdad entre ellos dos.

-Y ustedes solos tardarían más.- canturreó Fleur contenta.

-¿Porqué están todos tan tranquilos con este plan secreto?- preguntó Le Bret, molesto.

-Te diré una cosa, querido amigo: hemos tocado fondo.- respondió Cyrano recargando su brazo en el hombro del moreno –Cuando todo esto termine, tendremos que subir. Pero aún no termina y sabes que no huyo de las cosas dejándolas a medias.

-Lo sé.- masculló el otro, alejándose de un jalón.

-¿Creen que nos esté escuchando? ¿Supervisando?- preguntó Fleur mirando hacia el techo.

-Creo que sabe que no lo desobedeceremos.- contestó Canelle midiendo en el suelo. –No nos conviene.

-Yo creo que todos entendemos lo que estamos haciendo.- continuó Fleur –Hay que darle una oportunidad, para mi todo esto es terquedad y necesita desengañarse.

-¿Y si la daña?- replicó Le Bret alterado.

-No lo hará.- afirmó la reportera con convicción –Si hay algo de bueno dentro de él, es por esa corista.

-¡Corista!- rompió Canelle con la profundidad del comentario, riendo un poco.

-¡Shhhh! ¡Qué es serio!- murmuró Cyrano entre risas.

-Ya lo sé.- alcanzó a decir tratando de parar la risa –Pero la verdad es que, de todos nosotros, yo soy quien conoció a la chiquilla desde que llegó y sigue siendo el mismo perrito asustado de siempre. No llegará muy lejos como Prima Donna, no sabe como evitar que le pongan el pie, enfrente o encima.

-A menos que la siga protegiendo El Fantasma de la Ópera.- completó Fleur.

-Sí, porque su exvizconde como que tampoco me convence.- agregó la otra chica –Son unos niños.

-Tú también lo eres.- se acercó Cyrano tomando su mano –Para algunas cosas. Pero yo te cuidaré.

Ella inclinó la cabeza hacia el pecho de él un momento.

Le Bret y Fleur desviaron la mirada, tras un par de segundos durante los que Cyrano abrazó a Canelle, todos estaban trabajando de nuevo en silencio.

Fleur miró de soslayo a Le Bret, enfocado en su trabajo, y sintió que el calor se agolpaba en sus mejillas.

"¿Qué rayos me pasa?" se peguntó en silencio regresando a martillar.

Se acercaba la hora en que los más madrugadores de Palacio se levantaban de sus camas, rápidamente el cuarteto ocultaba el trabajo de la madrugada, mucho más avanzado de lo esperado, a ese ritmo se planearon nada más que un par de noches como aquella para terminar los planos ocultos para "Don Juan Triunfante".

Le Bret dobló cuidadosamente dichos planos para guardarlos en un morral. Se había ofrecido a guardarlos, argumentando que era el menos sospechoso.

-No duermes nada.- musitó Cyrano acercándose a Canelle, olfateando su pelo con olor a madera.

-Claro que sí, desperté diez minutos antes de que llegaran ustedes.- respondió ella acercándose más.

-¿Entonces el único tonto que no durmió fui yo?- preguntó ofuscado.

-Sí.- corearon Le Bret y Fleur.

-Ve a dormir un par de horas, nos vemos mañana.- dijo Canelle acariciando la mejilla de su cadete.

Él la miró a los ojos un momento y se inclinó a besarla en la frente.

-Hasta mañana.- se despidió, antes de alcanzar a la reportera y su amigo que ya estaban abriendo un pasaje secreto para salir.

-¿En serio no dormiste?- preguntó Le Bret burlonamente.

-No pude.- contestó Cyrano mirándolo con desdén, evitando confesar que no se le había ocuriido.

-¿Nervios? ¿Dudas? ¿Depresión? ¿Saber que trabajarías a escondidas junto a tu enamorada? ¿Lo arruinamos adjuntándonos?- preguntó Fleur dando saltitos alrededor de él.

-¿Saldrá en primera plana?- rió Cyrano.

-Lo siento.- balbuceó la chica apenada –Se vuelve costumbre, en honor a la verdad.

-Trabajo es trabajo.- asintió Cyrano.

-Y esto no es trabajo.- aseguró Fleur. –Pero vaya a dormir, señor de Bergerac.

-Yo dejaré a Fleur en su puerta.- completó Le Bret.

-¡Bien, bien! Iré a recuperar un poco de sueño al cuartel, está más cerca.- reclamó Cyrano sintiéndose repelido. –Gracias por la ayuda.- agregó sinceramente.

Cyrano viró en una esquina dejando que los demás siguieran de frente.

-Sobre lo de esta tarde, con mis "amigas".- dijo Le Bret unos minutos después, como si no tuviera importancia –No fue adecuado. Menos frente a Gabriel, me disculpo.

-¿Ah? No hay problema.- respondió Fleur mirando distraídamente las casas al otro lado de la avenida.

-Un caballero no debe ignorar a las damas que le piden atención. Y para ser honesto, estoy libre de compromisos, puedo darme ese lujo.- explicó el cadete con naturalidad.

Fleur sonrió. -¿Y si algún día se encuentra con una dama que le guste para más que amiga?

-Se acabarían mis privilegios de hombre libre.- sonrió tímidamente el moreno.

-No sé porqué pregunté eso.- dijo Fleur sonrojándose.

-Yo no sé porqué le he explicado eso.- agregó Le Bret.

-Tal vez nos estamos teniendo confianza.- aventuró la chica.

-Tal vez.- afirmó él, sonriendo.

-Tal vez me puse un poco celosa en ese encuentro con sus amigas.- agregó ella, sin mirarlo.

El Cadete se sonrojó un poco, entendiendo.

-Tal vez soy demasiado atractivo.- bromeó –La aprecio mucho, Mademoiselle Blanche, agradecería que no existieran sentimientos confusos entre nosotros.

-Lo pensaré fríamente, lo prometo.- dijo Fleur poniéndose la mano derecha en el corazón.

Caminaron unos minutos en silencio hasta llegar al domicilio de la reportera.

-Hasta la madrugada.- se despidió la joven.

-Hasta la madrugada, Mademoiselle Blanche.- se despidió el Cadete.

-Tengo una duda.- dijo Le Bret cuando ella ya cerraba la puerta, deteniéndose y mirándolo. -¿Cómo estás tan segura de que Cristina no corre peligro?

-Erik la ama.- respondió Fleur sonriente –No podría amar a alguien más, y no podría proteger nada con más fuerza y fiereza que a Cristina. La protegería incluso de él mismo, lo sé.

-Confiaré en el juicio de una reportera.- concluyó Le Bret despidiéndose con una reverencia.

-Debo admitir que están haciendo un buen trabajo, todo va a mi favor.- se escuchó una voz en el vacío escenario del Palacio de la Ópera. –Y así seguirá.


Ahm, no sé que decir.