Capítulo cuarenta y cuatro.

Cómo terminan un par de historias que posiblemente nunca se habrían juntado.

Catorce años después de la caída del candelabro, la vida seguía en las calles de Paris.

Fleur Blanche era la editora en jefe del periódico La Época, menos famosa por su puesto que por la costumbre de dejar el trabajo todos los días a las 8 de la noche, dejando cualquier cantidad de trabajo faltante a su asistente.

El motivo era pasar la noche con su hijo adoptivo Gabriel, un virtuoso pianista que rechazaba dos cosas: la fama mundial y las mujeres. La fama porque nunca aceptó tocar fuera de Paris ni a una hora anterior a las 8:30 de la noche; y las mujeres porque debía cumplir la promesa de no casarse nunca para cuidar a su tutora.

Esa familia era todo un escándalo, especialmente cuando los acompañaba el Cadete Le Bret, a quien Gabriel trataba como un padre y Fleur como a un hermano.

No menos escandaloso el "matrimonio" del Cadete Cyrano de Bergerac y Canelle, conocidos por todo Paris por no haberse casado nunca, a pesar de vivir juntos y haber levantado un pequeño teatro en el edificio de la calle San Honorato que alguna vez había sido una pastelería.

Ese pequeño teatro era más visitado por la repostería que ofrecía la diminuta cafetería de mano del pastelero Ragueneau, que por las obras que se presentaban ahí: piezas pequeñas de autores obscuros difíciles de comprender para el grueso de la sociedad Parisina.

Y era el lugar de reunión una vez al mes de Fleur, Gabriel, Le Bret, Cyrano, Canelle y Ragueneau, en veladas que generalmente se extendían hasta el amanecer y las risas y cantos se escuchaban por toda la cuadra.

Aunque el Palacio de la Ópera fue restaurado, nunca se vio algún miembro del singular grupo en aquel edificio.

Lo que se siguió viendo, aunque notoriamente cada vez menos, fueron los pleitos y odios provocados por Cyrano de Bergerac. Nunca perdió el placer por desagradar, por desafiar, burlarse y escandalizar.

Pero nadie se atrevía a tomar acciones contra él, temiendo a su afilada protectora.

Aunque la protectora era cada vez menos ágil, y los rumores de una posible venganza corrían con cada vez más fuerza por la ciudad.

Una tarde de sábado, en uno de tantos conventos Parisinos, una viuda bordaba.

-La hermosa Roxana, la flor que nunca se marchita.

-Señor De Guiche, hace tiempo que no lo veía por aquí.

La viuda sonrió bajo el velo, continuando su bordado sin mirar a su visitante.

-Usted sabe, mi nuevo puesto requiere todo mi tiempo.- explicó De Guiche, sentándose en un banco.

-Ese es el asiento de mi primo.- indicó Roxana –Si lo encuentra ahí, tendrá problemas.

-¿El buen Cyrano sigue viniendo cada sábado?- preguntó el caballero, divertido.

-¿"Buen"?- regresó la pregunta Roxana.

-A mi edad, querida amiga, no te importa tanto reconocer que la persona que odias es aquella en que ves reflejados tus deseos reprimidos.- comenzó a explicar él –Siempre envidié su libertad, sin tener que complacer y obedecer.

-Excepto a su amada Canelle, algunas veces.- soltó ella entre risitas.

-Un hombre afortunado que encontró quien lo amara tal cual es.- completó De Guiche. –Y es por eso que he venido esta tarde.

-¿Porqué?- preguntó curiosa la viuda.

-Esta tarde, cuando Cyrano llegue, debe avisarle que debe cuidarse.- dijo De Guiche con seriedad –Podría sucederla un desafortunado accidente.

Roxana lo miró asustada. -Se lo diré. Muchas gracias.

-Siendo así, me retiro, hermosa viuda.- se despidió De Guiche levantándose con esfuerzo para después tomar la mano de la mujer y besarla con reverencia.

-¡Señor De Giche! ¿Qué hace aquí?- escucharon cerca de ellos.

-¿Le Bret?- preguntó Roxana, confusa de tener tantas visitas.

-Querida amiga.- saludó el Cadete acercándose a tomar las manos de la dama –Cyrano no vendrá hoy.

-¿No vendrá?- preguntó confusa la viuda.

- Nos ha metido un gran susto.- respondió Le Bret –Ha sido arrinconado en un callejón por un carruaje, y unos chiquillos "accidentalmente" le han tirado una viga en la cabeza.

La hermosa viuda ahogó un grito, cubriéndose el rostro con las manos.

-Se lo ha buscado con maestría durante más de dos décadas.- exhaló De Guiche, frustrado –Deseo que se recupere y no vuelva a las andadas, ya no estamos para estos trotes.

Se despidió con una reverencia respondida por Le Bret, mientras sonaban las campanas de la iglesia anunciando la hora de la infalible visita de Cyrano y Roxana miraba los arcos del convento frente a ella, esperando que su primo apareciera.

-Lo llevaron al teatro y un doctor ha ido a revisarlo.- explicó Le Bret tratando de escucharse calmado –Dijo que debía quedarse en cama o su vida correrá grave peligro. Así que Canelle lo ha atado a la cama de pies y manos.

Roxana lo miró, sorprendida –¡Qué drástica, nuestra Canelle!

-En otras circunstancias habría sido una escena divertida.- admitió El Cadete, esforzándote en sonreír pero consiguiendo sólo una triste media sonrisa.

A Roxana se le apretó el corazón. Jamás había visto a Le Bret mostrando alguna clase de tristeza y en un segundo comprendió el cariño que había entre él y su primo.

-Cyrano gritaba que debía venir contigo mientras ella gritaba que no lo haría y que había tenido suficiente, que no volvería a causarle angustias creando enemigos- continuó él –Nunca los había visto discutir.

Roxana sonrió.

-Debo irme, los ánimos podrían seguir algo calientes por allá.- indicó Le Bret, tomando la mano de Roxana y besándola –No espere a Cyrano.

-Pero él vendrá.- dijo Roxana convencida –Porque es su promesa.

Pero Cyrano no apareció. Ni ese sábado, ni el siguiente, ni ningún otro. Roxana no lo volvió a ver.

Tampoco lo volvió a ver ningún ciudadano de Paris, estableciéndose la versión oficial de que Cyrano de Bergerac había muerto por aquel fatal accidente en un callejón, acrecentado por el cierre y abandono del teatro en la calle San Honorato.

No se volvió a saber de Cyrano y Canelle, pareja conocida en todo Paris por su disfuncionalidad.

"Pero se dice que en las tierras de Bergerac se vive con regocijo desde el regreso del Señor, y algunas veces El Cadete Le Bret y el pastelero Ragueneau pasan temporadas de visita por esos hermosos parajes.

Tal vez algún día Gabriel y yo iremos a echar un vistazo, tal vez ahí una vez más estemos todos juntos recordando aquel año en que nuestras historias convergieron, gracias a El Fantasma de la Ópera."

Memorias de Fleur Blanche.

FIN

Convergencia ha sido un proceso de poco más de cuatro años.

Durante este tiempo ha pasado de todo y escribir Convergencia ha sido una aventura llena de aprendizaje y emociones.

Los personajes no dejaban de sorprenderme mostrándome cada vez más riqueza en ellos, y hemos crecido juntos.

Conocer a Erik y a Cyrano (también al verdadero Cyrano) fue una tarea que nunca se detuvo. Encontrar coincidencias entre nosotros fue maravilloso.

Reímos juntos, sufrimos juntos, nos enamoramos juntos durante horas y horas, mientras leía, pensaba y escribía.

Muchísimas ideas se quedaron en mi cabeza y otras tantas en papel.

No puedo más que agradecerles, sé que muy pocas personas pueden entender qué tan importantes pueden volverse para uno los personajes ficticios, pero realmente fueron una parte muy importante en mi vida durante todo este tiempo. Me trajeron consuelo, esperanza, alegría y satisfacciones... y sí, algunas lágrimas.

Pero gracias, gracias Cyrano, Erik, Le Bret y hasta Cristina, Roxana, Raúl y Christian. Y gracias a mis niños Canelle, Fleur y Gabriel.

Y gracias a todos los que han leído Convergencia, a quienes lo han apoyado dentro y fuera de la red. A quienes leyeron capítulos incompletos, con quienes tuve largas pláticas acerca de los personajes y las historias, a quienes me ayudaron a salir de algunos baches y a quienes preguntaban cuando aparecería el siguiente capítulo.