Capítulo 1: Dialogar
— ¿Qué tiene que ver esa chica conmigo?
Le pregunté, algo molesto, ninguna persona se me ha acercado más allá de quedarme viendo como si fuera una criatura distinta a ellos. Y es por eso quizá que me siento tan distante.
— ¡Anda a saber tú! Pero no creas que eres único y diferente por vivir apartado. ¡Es por eso que vine a probar tu valor, a ver si eres tan fuerte como deberías!
La muchacha era bastante fastidiosa, pero tenía mucha convicción. Hasta el momento no me había mencionado nada acerca de un combate Pokemon, y al parecer quería que le ayudara a ella como persona.
—No tengo que demostrarle nada a nadie. Me niego.
— ¡Agh, que fastidio!, ¡Tú no comprendes, Yeti!, Si tan solo bajaras de ese árbol y me hablaras de igual a igual, esta conversación sería distinta.
Refunfuñó. Yeti. ¿Acaso ahora soy como el Abomasnow hombre de las nieves?
— ¿Ah? … Ya verás…
Abrí la boca levemente, confundido por lo que acababa de oír. Ya bastante molesto –mi paciencia no es algo de lo que pueda presumir- me lancé de la rama.
—Te pensaba mucho más alto… ¿Cómo has regulado tu entrenamiento?
La miré de reojo inmediatamente. Si hay algo que me molesta; son los prejuicios de los humanos. En especial cuando yo era fácilmente un pie más alto que ella, que habladora.
—No molestes si vienes a pedir ayuda. Para mí no eres nadie más que un turista.
Suspiré y me apoyé en el árbol donde previamente había estado reposando sobre su rama más alta. De pronto, un puñetazo venía directamente hacia mi rostro, a rápidamente reaccioné a esquivar pero cuando pensé en contratacar, ya se me habían adelantado. Ahí estaba, mi mejor amigo Sneasel propinando un ataque rápido que fue hábilmente bloqueado por un Riolu que apareció de los matorrales.
—No estás tan solo como creían todos…
Murmuró, un poco hiriente la verdad, pero que me podía esperar de gente mecanizada. Ambos Pokemon se separaron luego de un rato, su mirada estaba inundada del aborrecimiento más crudo y real dentro de aquella atmósfera. Sneasel odiaba a los que gustan de profanar la tranquilidad del ecosistema.
—Me disculpo por los inconvenientes.
La chica me regaló una reverencia, para luego mirarme con unos ojos distintos. Abandonó aquella hostilidad, y se notaba que estaba más dispuesta al diálogo.
—Verás, Yeti-san …
Un escalofrío me recorrió la espalda.
—… Mi deseo es ser la próxima líder de gimnasio de ciudad Rocavelo, y para ello necesito volverme mucho más fuerte.
Enfatizó demasiado esta última parte, casi creí que intentaría golpearme de nuevo; pero prosiguió con su relato.
—Me gusta venir a entrenar aquí y siempre te veo conviviendo con aquella manada de Sneasel, me da la impresión de que tu forma de vida te ha brindado una fortaleza única debido a las condiciones de tu… ¿hogar?
Rio. Que maleducada burlarse de la casa de uno, en especial cuando estoy apenas considerando ayudarla.
—Me llamo Maylene, ¡Y como la próxima líder del gimnasio de ciudad Rocavelo, te pido que me dejes vivir un tiempo junto a ustedes!
La chica, sin ser acompañada de su Riolu, volvió a regalar una reverencia, pero esta vez no fue exclusivamente para mí; también para Sneasel. Su pequeño acompañante era sin duda era muy orgulloso para reverenciarse ante un rival.
Esta vez se quedó en noventa grados esperando que le respondiera, yo solo miré a mi amigo, puesto que siendo el legítimo líder de la manada yo no tengo ninguna incidencia en sus decisiones.
—Snea…
El pequeño mostró un juicio dubitativo. Luego de pensarlo un rato, y con la muchacha estornudando y con la cadera contusionada luego de estar tanto tiempo doblada, me miró y gracias a sus ojos logré comprender lo que me quiso transmitir.
—Sneasel ha tomado una decisión. No quiere gente externa en la manada, y no está dispuesto a que sus camaradas lo cuestionen por resoluciones que toma sin haber considerado el juicio de los demás.
Oí el estornudo más triste de los últimos minutos.
—Sin embargo, el cree que la única forma que tienes para fortalecerte, es transformando esa disciplina en confianza. Solo un verdadero referente para sus compañeros puede transmitirle sus emociones a su equipo.
Sneasel tenía un don; él pensaba y actuaba como un líder. Sabía el riesgo que implicaba permitir a gente que había molestado a uno de sus camaradas adentrarse en sus recintos, pero aun así no los abandonó cuando necesitaban apoyo moral.
—Ahora puedes dejar esa posición tan incómoda.
—N-no… e-esto no es nada para m-mí…
Titubeó. Que chiste, pero luego de unos segundos se terminó por caer a la nieve.
— ¿Sabes, Yeti-san? …
Se me durmió un pie.
—… He notado que tu conexión con Sneasel es fenomenal. O sea, pueden comunicarse sin siquiera intercambiar palabras, ¡Serías un estupendo entrenador Pokemon y un rival formidable!, Aunque no tanto como Candice.
La muchacha rio entusiasmada, pero yo estaba en completo desacuerdo.
—Jamás seré un entrenador, porque no soy capaz de influir de una manera tan autoritaria a los Pokemon. —Me alejé un poco de ella— Además, cuando estos combaten, yo no soy quien para darle órdenes considerando que yo no soy el que lucha, sino que es él, y tampoco tengo por qué obligarlo a combatir por meras ambiciones propias, como las hace un autodenominado entrenador.
Me di vuelta y escalé el árbol de un gran salto.
—Para mí, un entrenador es lo mismo que un gobernante. Tratan a la gente como ganado. Y la gente que se lo permite, es peor que el ganado. Pero los Pokemon no son así. Son criaturas que han existido desde hace mucho antes que nosotros y están por mucho más arriba que los simples humanos.
— ¿Y quienes forman un ganado real?
Preguntó sin tomarse en serio mi discurso. El pequeño Riolu burló de forma burlesca.
— ¡Que tonta! —Exclamé— Me refería al ganado como metáfora.
— ¿Sabes, Yeti-san? …
Me caí de la rama.
—Tienes un vocabulario muy ampliado para ser un simple gnomo del bosque… Pero pecas en creer tener el conocimiento total de la sociedad, siendo que nunca has vivido en ella.
Sneasel se acercó a mí y se encogió de hombros; sabía que la chica tenía algo de razón.
—Hablas mucho de cosas que ni has visto con tus propios ojos, creo que te has hecho un mundo completamente distinto al que existe, todo por vivir sumergido en libros robados y por creer vivir sin emociones. Nadie está libre de querer, de ansiar, de envidiar… ¡De todo! ¡Eres un humano, como yo!
La muchacha estaba devolviendo el favor que le hizo mi pequeño compañero al aconsejarla.
— ¿No te parece un misterio conocer la realidad de la sociedad, dejándola más allá de simples lecturas? ¿No tienes curiosidad por saber que tan fuerte son los Pokemon de la gente que odias, pero aun así viven juntos a ellos, apoyándose mutuamente como Riolu y yo?
—Pero lo tengo todo aquí… Simplemente no puedo dejar a mis compañeros abandonados, crecimos juntos.
Suspiré. Había llegado demasiado lejos con una persona, era la primera conversación 'intelectual' que tenía en mi vida, y mis argumentos se estaban viendo egoístas, tanto o más como lo que pensaba sobre los entrenadores Pokemon.
— ¡Deja de ser tan acaparador contigo mismo! Piensas demasiado en los Pokemon, ¿si quiera has pensado en ti como persona?
Tenía razón. Yo consideraba a los humanos como víctimas del morbo Pokemon, pero en cierta manera yo igual me había creado mi propio morbo. Sneasel me miró apenado, me pregunto cuántas veces quiso salir de aquí y no me lo quiso decir. La muchacha se dio cuenta de esto rápidamente.
— ¿No ves a tu Sneasel? No ha reprochado en ningún momento mis palabras. ¡De seguro Candice te hace cambiar de opinión!
La muchacha me tomó de la muñeca y me levantó de la nieve… Era la primera vez que sentía la calidez de una persona, aun estando a temperaturas muy bajas por lo demás.
— ¿A-adónde me llevas?
Titubeé, con miedo, hasta que mi yo interior se dio cuenta de la situación en la que estaba y rápidamente aparté mi mano.
— ¡No iré a Puntaneva para que me den un sermón! ¡Tú no sabes lo que yo he visto todos estos años!
La chica estaba a punto de explotar, se veía muy molesta con mi actitud y Sneasel me miró y frunció el ceño mientras que Riolu ni siquiera se molestó en mirarme, hasta que nos dimos cuenta que no éramos los únicos allí.
— ¡Al fin te veo fuera de los árboles!
Ahí estaba la susodicha, la líder del Gimnasio Puntaneva. Era bastante alta, mucho más que la odiosa parlanchina que estuvo reventándome hasta hace unos minutos y unas largas trenzas adornaban su cabellera azabache. Su piel era tan blanca que se confundía fácilmente con la nieve y un inocente rostro adornaba su ojeada.
— ¡Eres genial Maylene! ¡Pudiste sacar a este chico de su cueva!
La muchacha miró a mi amigo e inmediatamente se acarició a estirarle las mejillas, como cual niña inexperta y dichosa.
— ¡Mira nada más que Sneasel más bonito y fuerte! ¡Le encantarás a mi Sneasel, adora los Pokemon salvajes!
—O-Oye Candice…
Tartamudeó la descalza.
—Es cierto. La gente de Puntaneva siente una gran admiración hacia ti, Yeti-san.
Me cayó un árbol encima.
— ¡¿E-estás bien?!
Exclamaron ambas chicas, acercándose a mi figura derrotada. Rápidamente un grupo de Snover –comandados por el de la líder de gimnasio Candice- Salieron de los matorrales a mi rescate. Sneasel solo reía, cómplice del crimen, sin duda alguna.
—Eres un imán de la desdicha, ¡qué mala suerte!
Maylene se rio enfrente de mí, faltándome el respeto en todo sentido.
— ¡Jeje! Bien, como te decía, sentimos una gran admiración por cómo has salido adelante. Los adultos más perspicaces recuerdan cuando de la profundidad del bosque, una de las noches más frías que han acechado a este poblado, se escuchó fuertemente el llanto de un bebé.
— ¿A qué viene eso?, ¿Ese bebé era yo?
— ¡La verdad no recuerdo bien la historia!
La chica rio energéticamente
—Pero quiero que me regales un poco de tu bondad y me acompañes al pueblo… ¡Por lo menos como recompensa, te robabas todos mis libros cuando era pequeña!
Me descubrieron con las manos en la masa.
—Muy bien, iré con ustedes.
Finalmente accedí, pero solamente porque Sneasel me miró con una amplia sonrisa, de otra manera jamás hubiera accedido. Suelo atender mucho a los consejos de mi mejor amigo.
—Que injusto. ¡Te di una extensa charla de media hora sobre cómo eres un idiota para que te negaras, y de pronto Candice llega y te convence en un minuto!
Pataleó Maylene, la verdad es que había algo más detrás de mi permisividad…
—Es distinto, May. Jeti-san se robó mi infancia.
… Ahí está. Una piedra me golpeó de lleno el rostro.
'¡A nadie le gustan los rateros!' Se escuchó, de lo más profundo del lago Agudeza. Que fuerza y qué precisión, madre mía. ¡Ups, soy huérfano!
