Capítulo 2: La luna
Mientras caminaba junto a ambas chicas por la ciudad Puntaneva, me fijaba especialmente en los rostros de la gente cuando volteaba a vernos. No era de simple intriga ni de sorpresa, era algo más… La mirada de aquellos a los cuales había observado tantas veces desde lo más profundo del bosque, ahora se devolvía hacia mí. No me sentía incómodo, pero tampoco me gustaba la idea de que todas esas personas ahora hablaran de mi existencia con tanta libertad, ¿me habrán conocido antes, quizá? ¿Qué tendré, en este minuto, que destaque por sobre una chica descalza y la líder de gimnasio local?
—Oye, ¿no piensas cortarte el cabello?
Preguntó Maylene. Eso es, en mi vida me había cortado el cabello. Siempre me llamó la atención la costumbre de las personas por llevar el cabello corto en los hombres, y el cabello largo en las mujeres.
— ¿Qué tiene mi cabello?
Pregunté, acariciándome los grandes mechones que reposaban sobre mi hombro y se extendían hasta casi la cintura. Nunca me había fijado tan detenidamente, pero era como acariciar lapis lazuli con tintes negros en los bordes.
—Es muy bonito, la verdad.
Sonrió Candice.
— ¿A dónde vamos?
Cambié el tema, no quería hablar todo el día sobre lo poco que me conozco a mí mismo.
—A la casa del antiguo director de la escuela. Es sin duda el hombre más longevo y sabio del norte de Sinnoh, ¡Deben recibirlo con mucho respeto!
Candice, tras decir esto, nos miró con un semblante responsable, realmente la muchacha sentía entusiasmo ante la 'educación', quizá por ello se admiraba tanto en un viejo.
"Claro que sí" pensé, "Sabio más por lo que sus Pokemon le han entregado, que por experiencias que él haya vivido en soledad" Quizá mi pensamiento en situaciones se torne fastidioso puesto que es muy redundante, pero cuando vives con libros a los cuales meramente los Pokemon y sus características le han brindado tal grosor y voluptuosidad; me da a entender que las personas no tienen nada más que investigar que no sean los susodichos.
—Apropósito, Yeti-san.
Dijo Maylene. Me tropecé con Sneasel, a lo que ella siguió con su pregunta mientras me erigía nuevamente.
— ¿Tienes un nombre?
Que buena pregunta.
—Un tiempo ya de mayor, cuando Sneasel se quería comunicar conmigo, descubrí una peculiaridad a la hora de llamarme; Artemis.
— ¿Qué clase de libros me robaste? …
Preguntó Candice, asombrada.
— ¿Acaso…? ¿Sneasel sabe leer?
Repitió, aún más asombrada. En ese instante mi pequeño amigo dio un salto hasta mi hombro; y le asintió.
—Es un gran fanático de la literatura antigua.
— ¡Eres un genio, Sneasel!
La muchacha zarandeó a mi amigo, a lo cual él respondió frunciendo el ceño mientras la esclerótica de sus ojos brillaba en un intenso carmesí. Candice inmediatamente lo dejó ir con una expresión temerosa, mientras retrocedía unos pasos.
—No está bien usar Malicioso en las personas.
Le regañó Maylene, siendo profundamente ignorada.
Luego de un rato de situaciones poco interesantes, lo que más puedo destacar de este trayecto; la grandeza de los edificios. La última vez que me pasé por Puntaneva, parecía más un pueblo con casas desnutridas que una vigorosa ciudad con edificios inteligentemente empinados. Antes, apenas constaba con una enclenque escuela, la cual ya está ampliada y sus colores destacan bastante gracias a la palidez de la nieve que adorna los techos.
—Ya hemos llegado. —Afirmó Candice.
La casa conservaba el antiguo aspecto característico del cual mencioné hace unos momentos, por lo cual aquella atmósfera de 'progreso' y 'industrialización' se perdió en cosa de segundos.
— ¡Abuelo!— Gritó la chica.
Ahí está el origen a tanta benevolencia.
—No sé por qué me dio tanta curiosidad cuando mencionó a un viejo… —Dijo Maylene— Si de igual manera yo ya sabía que se trataba de su abuelo.
La chica rio divertida. Vaya pelmaza. Apenas entré, me sentí como un niño pequeño. El sofá perfectamente acomodado, las fotografías que bellamente adornaban la madera de roble ya gastada con los años, material que también estaba presente en la losa recubierta y que era inconfundible pues, se notaba el pesar de la vida en la propiedad gracias al crujir de la madera. Había un candelabro en lo que parecía ser el living de la casa (nunca había visto uno tan detalladamente) y sobre el yacían un par de velas agonizantes, casi consumidas por completo por el abominable fuego que las mantenía vivas… Era un espectáculo contemplar como aquello que te mantiene en pie y deslumbrante, poco a poco te va aniquilando. La vida es un arma de doble filo, y la rústica de esta casa lo representaba sin escrúpulos. El living era bastante grande, destacaba una preciosa mesa ubicada al otro extremo del sofá, que mantenía sus bordes y sus patas (también de madera) perfectamente barnizadas. Había un vidrio grandísimo en relación a la longitud de la mesa al centro de la misma. Me imagino lo divertido que debe ser verse los pies debajo de una mesa mientras almuerzas… No; la verdad sonaba mejor en mi cabeza. Sobre el centro de la susodicha se erguía un precioso florero, pero algo característico en la ambientación del living-comedor, según las revistas de decoración que había leído hace un tiempo. En ese instante me di cuenta que el candelabro no era la única fuente de luz, también a la esquina de la casa se encontraba una ya más moderna lámpara que alumbraba poco menos que el último mencionado, pero que cumplía su aparente oficio de brindar el calor lumínico para la cena.
Bajo la mesa estaba lo polémico para mí, la alfombra, que parecía ser de pieles de Pokemon. También me brindó otro pequeño análisis: ¿Qué tan sabio sería el hombre? Me basta con observar su agreste ambientación, ¿pero realmente un hombre que es merecedor de respeto, vive con cadáveres de la especie que sea en su hogar? Eso me hacía entrar en una profunda disputa dentro de mí, pero bajo ningún contexto apoyaba éticamente su confort, es más; me hacía sentir incómodo. A lo hecho, hecho está, desgraciadamente. Puede haber un millón de razones, aunque ninguna me quitará esta inquietud que guardo bajo las costumbres de la sociedad.
—Pareces un niño pequeño, Artemis.
Maylene sonrió, es verdad, volvíamos a estar solos y no había oído de Candice desde hace un buen rato.
—No, no lo parezco.
Respondí con la indiferencia cabalgando mi ser.
— ¿Te sientes incómodo?
Preguntó, sentándose en el sofá.
—Un poco. —La miré— Quizá seas tú.
La chica rio simpáticamente.
—Me sienta raro llamarte por tu…
Reflexionó unos instantes, extrañada.
—… nombre. Me cuesta creer que tu identidad te la haya dado un pequeño cazador del bosque.
Pequeño cazador que, por cierto, estaba muy entretenido sobre el candelabro observando ingenuo como se extinguían las velas.
— ¿La tuya te la dieron tus padres, no es verdad?
Pregunté, igual de ingenuo que mi amigo. Había leído varias historias donde al nacer, los padres son los que bautizan a sus hijos; aunque en algunos casos más emblemáticos suelen ser otros parientes, quizá hermanos, lo que le añade un valor sentimental único a la identidad de la persona, visto desde su perspectiva. A mí me sucede así, claro que no lo había valorado tanto desde que conocí a esta gente.
—Síp. —Asintió— Es así como funciona en la sociedad. Tus padres te otorgan techo, educación… y lo demás te lo entregan los Pokemon.
Rio divertida
—Los Pokemon influyen demasiado en la vida de la gente. Me da un poco de pena pensar en que si hubiera nacido en otras circunstancias, yo sería igual de vacío.
Me sinceré, claro que cosas así no están ajenas a mi personalidad.
—La gente no se siente vacía, es por eso que buscan metas en este infinito mundo de posibilidades, ¡Como yo! ¿Ves?
Yo solo desvié la mirada. De todas maneras su meta también los involucra a ellos, así que no tiene sentido seguir discutiéndole.
— ¡Chicos!
Se oyó el llamado de Candice. Nosotros nos adentramos en el pasillo de la casa y terminamos en el la habitación del fondo, donde yacía aquel abuelo postrado en su cama.
—Aquí está, su nombre es Artemis.
El abuelo se veía débil, muy flaco por lo demás. Apenas tenía unos cabellos canosos a los lados de su cabeza, sus cejas caídas también estaban repletas de canas, y su barba poblada daba la impresión de que estuvo un tiempo tan ocupado estudiando o investigando que no tuvo ocasión para afeitarla.
—Al fin te veo con mis propios ojos…
Su voz algo garraspada y entre cortada se dirigía débilmente hacia mi persona.
—Estuve un montón de tiempo estudiando tu misteriosa existencia…
— ¿Tú sabes quién soy?
Me senté en el borde de la cama, mirándole impresionado.
—Tal vez…
Tosió un poco.
—Pero no importa quién eres, hijo, importa que hay detrás de ti…
—Abuelo, ¡no te fuerces!
Regañó su nieta.
—Te contaré la historia de cuando llegaste a este pueblo… —El abuelo se acomodó en su cama, sentándose en ella mientras me miraba— Hace más o menos quince años… Recuerdo que la luna estaba como nunca antes la habíamos visto aquella noche, destellaba tan fuerte que parecía prácticamente de día, y su aspecto era colosal, estaba más cerca de la tierra de lo que jamás nunca habrá visto un astrónomo en su vida…
—Ahora que lo pienso, tus ojos parecen dos grandes lunas llenas.
Bromeó Maylene. Que inoportuna broma, la verdad. El viejo tosió otro poco, pero mantenía una enorme sonrisa en su rostro.
—Tras un rato de que todos saliéramos de nuestras casas, observamos un precioso fenómeno que acompañaba la belleza de la luna aquella noche… Una gigantesca aurora boreal, que iluminaba por completo el Lago Agudeza. Ahí fue cuando oímos el llanto de un bebé…
El viejo tosió, otra vez.
— ¡Abuelo!
—No, tranquila Candice, estoy bien… —Me miró— Un llanto que provenía de las inmensidades de aquel lago. Ahí fue cuando muchos nos adentramos en el bosque, curiosos y escépticos por la naturaleza del acontecimiento y lo que vimos, no tenía precedentes…
En ese momento, sentí que algo se abrazaba de mi espalda. Era Sneasel.
—Uxie levitaba sobre la inmensidad del lago, con un bebé en sus manos. Tan pronto vio una extensa manada de Weavile y Sneasel, el Pokemon legendario hizo callar a aquel bebé con una tierna canción de cuna, la cual misteriosamente hizo que la mayoría de mis camaradas presentes cayeran en un profundo sueño, sueño que a mí también me consumió, pero un poco más adelante.
— ¡Uxie! ¡Que tremendo!
Agregó Maylene, sorprendida.
— ¿Habían más Pokemon, aparte de aquella manada?
—Esa noche vimos más Absol de lo que quisimos. Todos frente al lago, acompañados de Snorunt, Golduck, Noctowl… ¡Toda la fauna del lago estaba allí presente! Pero destacaban los Weavile, puesto que el líder de la manada le estiraba sus brazos a aquel Pokemon legendario…
Tosió más fuerte, a lo cual su nieta respondió llevándole un vaso de agua.
—…Lo último que recuerdo aquella vez, es a Uxie acercándose a aquel Weavile con el bebé… Pareciera como si le estuviera confiando la vida… A-Aquel We-weavile tenía una p-preocupada mir-mirada en su rostro, y tras él se podía ver a un Sneasel con un huevo en sus brazos.
— ¿Será que…?
Miré a Sneasel, impresionado. Me interrumpió la fuerte y seca tos del viejo, la cual se hizo más larga y triste que las anteriores.
—Candice, será mejor que llames al hospital.
— ¡Sí, eso haré!
La nieta, preocupadísima, fue a buscar un teléfono.
—A pesar de mis años… Siempre esperé este momento, desde aquella noche… La última noche de invierno… un 20 de Marzo… ¡M-me siento muy feliz de verte, esos Pokemon cuidaron muy bien de ti!
El viejo se forzó un poco más al decir estas palabras, tosiendo otro poco al finalizarlas.
—Pero… me preocupa la cantidad de Absol que había ese día… Es cierto que ellos tienen la habilidad de predecir catástrofes… Y cada 20 de marzo de los años siguientes, hacían su aparición por el pueblo, para luego irse todos juntos al monte Corona. Y la luna…
El viejo tosió, pero eso no había porque recordarlo. Durante quince años, siempre cuando acaba el invierno la luna está más grande que nunca… y su destello muchas veces me ha tenido entretenido observándole.
El viejo no pudo seguir relatando, puesto que su tos ya era algo más serio y por fortuna llegaron los paramédicos acompañados de… Chanseys... Bueno, no le tomé importancia y solo abandoné el cuarto.
— ¡Tu historia es muy rara, Artemis!
Rió la chica pelirrosa. Aunque inmediatamente su semblante cambió a una expresión preocupada y, algo triste.
—Me da pena por el abuelo de Candice, ella lo quiere mucho.
—Pude ver en sus ojos… Que no le temía a la muerte.
Le confesé. Fue una actitud muy noble la de esperarme hasta su aparente lecho de muerte para poder contarme la verdad de mi infancia. Pensé que la mayoría en este pueblo me odiaban, pero no es así… ¡Que extrañas son las personas!
—Mi abuelo estará bien, dicen los paramédicos.
Dijo Candice, apenas llegó hasta nosotros.
—Solo se trata de una irritación en su garganta, ¡le da por levantarse en la mañana y salir de casa cuando hace más frío que nunca!
La muchacha sonrió, disfrazando su profunda tristeza.
—Tu abuelo es una buena persona.
Le respondí, mientras acariciaba las orejas de mi compañero.
— ¿Qué día es hoy?
—Primero de noviembre, aún falta un mes para el inicio del invierno.
Me contestó Candice.
Cada día en el que la luna brilla tanto como el sol, veo a los Absol apoderarse del bosque, mientras que la luz que refleja la luna en el lago es mucho más fuerte. He visto una silueta misteriosa en aquel lago… observándome. Quizá se trate de Uxie, aquel Pokemon del que hablaba el viejo.
—Algo grande está por suceder este presunto día. La cantidad de Absol que visitan el bosque se ha incrementado muchísimo en los últimos años.
—Ahora que lo mencionas… Desde hace unos años, en ciudad Rocavelo se está construyendo un misterioso edificio el cual parece ya estar listo. Nadie sabe de qué es, para qué sirve, es un enigma total, pero es demasiado grande y amplio para ser un edificio cualquiera.
Aquello que confesaba a Maylene me llenaba de intriga… ¿Qué tan grande es el misterio tras mi nacimiento? Miré a Sneasel. Sus ojos… definitivamente no eran los de un Pokemon normal. Él sonreía sumido en la curiosidad. No era para menos, aquel misterio también lo envolvía a él, puesto que también estuvo involucrado aquel día.
"Quiero… ir… al lago "Escuché en mi cabeza mientras replicaba su nombre, manteniendo sus grandes ojos fijos en los míos.
— ¿Qué pasa, Yeti-san?
Preguntó Candice. Me cayó el candelabro encima. El Pokemon rápidamente abandonó la casa, a lo cual luego de quitarme aquella fuente de luz de encima, lo seguí.
— ¡Apaga el fuego de las velas Maylene, rápido!
Oí de Candice antes de abandonar la casa.
La sorpresa fue mayor cuando me encontré con Sneasel detenido apenas frente a la ciudad, admirando la silueta de algo o alguien. Me acerqué, cuidadosamente… Se trataba de un Absol el cual no paraba de mirarnos. Sneasel se giró, preocupado. Yo solo sonreí levemente.
—Interesante compañía.
