Capítulo 5: Panorama

Absol caminaba junto a mí, olfateando cada pista del camino. Sneasel estaba preocupado por las amenazas de la zona, ya que pocas veces había estado fuera de Puntaneva y cualquier interacción extraña podría significar un obstáculo para la misión que me encomendaron.

—¡Odio esto!, tener que enfrentarme a la gente extraña y a su estúpida curiosidad —Patée una piedra mientras caminaba haciendo un puchero y con las manos en los bolsillos— ¿Tú sabes porque se trata de mí, Absol? —Lo miré, arqueando una ceja.

Absol me miró y desvió la mirada, como restándole importancia a aquella pregunta.

—¿Solo porque sí?, ¿Y por esa sencilla razón tengo que soportar tanta responsabilidad? —Me agarré la cabeza y cerré los ojos bruscamente, mientras me despeinaba el cabello— ¿Siquiera saben a donde vamos? —Miré a ambos, pero ninguno se dignó a responderme.

Sneasel dejó de vigilar el ecosistema de manera hostil, para disfrutar el paisaje y dejarse llevar por la apacible brisa. Absol, mientras tanto, había dejado de olfatear y ahora se preocupaba de recoger las bayas que encontraba en el camino, por lo cual, de vez en cuando debíamos de esperarlo y ayudarlo para guardarlas en un pañuelo robado del laboratorio de Rowan.

—¡¿Por qué no me dirigen la palabra?!, ¡Digan algo, por favor! —Grité desesperado, dejándome caer de rodillas frente a mis compañeros.

Ellos se voltearon a mirarme, pero luego siguieron en sus trámites.

—Está bien. —Suspiré y me levanté— Ya entendí que quieren que me de cuenta de lo que tengo que hacer gracias a mis propios méritos. No debo abusar de los conocimientos de mis amigos. —Caminé hacia un letrero e inspeccioné lo que este traía escrito— "Ruta 202" —Luego, ví que tenía escrita una inscripción más larga— "Cuando un Pokémon participa en un combate, gana Puntos de Experiencia. Cuanto más luchen tus Pokémon, más fuertes llegarán a ser."

Sneasel me miró confundido, sin comprender realmente el trasfondo de aquella frase.

—En esta sociedad, están terriblemente normalizada las batallas Pokémon. —Le dije, mirándolo decepcionado— Es increíble que fuercen a nuestros compañeros a hacerse más fuertes mediante batallas que, muy probablemente, no quieran tener.

Absol señaló el camino que seguía la ruta, y ahí me di cuenta que habían muchos entrenadores en aquella ruta: utilizando a sus Pokémon para combatir indiscriminadamente. Producto de la cantidad de gente concentrada en la hierba alta, los Pokémon salvaje abundaban de sobremanera.

—Pero... hay mucha gente. —Me quedé expectante frente al escenario que solo creí ver por medio de los libros y revistas— En Puntaneva no iba tanta gente a luchar, ni menos a plena luz del día... —Me mantuve desconcertado, mientras un millar de sentimientos cruzaron mi espíritu al visualizar tantos Pokémon indefensos siendo indiscriminadamente golpeados por los autodenominados entrenadores.

Sneasel miraba atento algunas batallas, mientras que a Absol parecía no importarle en lo absoluto. El pequeño Pokémon de hielo me tomó del brazo y me obligó a avanzar, mientras continuaba observando expectante.

—¿Quieres pelear? —Le pregunté a mi pequeño amigo, el cual se tomó un tiempo para responder, esperando que fu ese más específico— ¿Contra esos entrenadores? —Ahí fue cuando asintió, desafiante.

Sneasel quería interrumpir aquellas batallas de los brutos niños con aires de entrenadores. Sneasel quería acabar con aquella ilusión de esos jóvenes y acabar con ese burdo concepto de pasar encima de otros para ser más fuerte. Absol solo nos miraba de manera peyorativa, su semblante reflejaba interés nulo sobre las costumbres mundanas de la sociedad y de sus camaradas Pokémon: para él, solo importaba la misión encomendada y mantener el equilibrio entre las distintas realidades.

—Bien, Sneasel: ¡Dale una lección a ese Starly! —Le sugerí, señalando el Starly de un joven, el cual estaba molestando a un Kricketot.

Sneasel comenzó a entusiasmarse, mientras se movía de lado a lado para incrementar su velocidad. Luego, en tan solo un segundo, le propinó un tajo umbrío al Starly que se encontraba suspendido en el aire, para así debilitarlo de un solo golpe.

—Wow... —Sonreí— Sneasel realmente es mucho más fuerte de lo que creí. Parece que los Pokemon de aquí, y así sus entrenadores, son mucho más débiles que en Puntaneva.

Las piernas del pequeño comenzaron a temblar, mientras corrió en auxilio tras su Starly. El Kricketot suspiró aliviado y le regaló una baya a Sneasel, para luego esfumarse entre la hierba alta.

—¡Starly! —El joven tomó en brazos al pequeño pajarito y se fue corriendo en dirección a Pueblo Arena.

Los demás entrenadores se dieron cuenta de la presencia de Sneasel y la mayoría huyó despavorido, mientras que un grupo reducido seguía peleando contra los indefensos Pokémon salvajes. Corrí a un lado de mi amigo, acompañado de Absol, y sonreí de manera perversa.

—¡Ese Shinx también quiere una lección! —Lo señalé mientras mantenía mi sonrisa.

Sneasel, en un suspiro, le había propinado una potente cuchillada al pequeño Shinx, lo cual provocó que los entrenadores restantes también huyeran. La ruta pasó a estar repleta de Pokémon salvajes que gozaban de la tranquilidad del día, sin ser molestados por los engorrosos niñatos que deshacían el manso paisaje.

Mis pasos se clavaban en el descuidado pavimento seguidos de las pequeñas y firmes patas de Sneasel. Absol galopaba por la hierba alta, buscando bayas en el camino que pudieran sosegar un futuro apetito. Continuábamos caminando mientras disfrutábamos del recreo de los Pokémon, pero mi mente aún seguía siendo un refugio constante de dudas sobre mi persona, mi tarea y mi cometido en el mundo. Estaba comprendiendo de apoco las malas costumbres de la sociedad y, al divisar los enormes edificios que enlazaban el final de la ruta, comprendí que estaba a punto de dar un gran paso en mi necio entendimiento.

—¡Eh, tú! —Una voz fastidiosa sucumbió mi tranquilidad— ¡Por tú culpa los molestos fracasados han interrumpido nuestra preciosa práctica!

Suspiré y me di media vuelta, observando a dos chicos que me señalaban como si fuese un asesino.

—Fracasado, fracasado… —Repitió un Chatot que reposaba en su hombro.

—¿Fracasados?, mírate… —Un pequeño muchacho con una especie de boina, bufanda y unos enormes ojos que, en sí, su peculiar semblante solo reflejaba una deuda inmensa con Morfeo, le recriminaba a su rubio amigo.

—¡Dia!, ¡Se supone que debes de acompañarme! —El chico rubio de cabello extravagante sacudió a su compañero.

—¿Acompañar? ¿Cómo unos Pokochos acompañados con bistec? —Añadió el pequeño, confundido.

—¡Eso no se come, es extraño! —Dejó de sacudir a su amigo y me miró— ¡Como sea, estuviste molestando a los niños del pueblo!

Miré confundido a ambos y luego desvié la mirada en todos los sentidos, para verificar si era a mí a quien se dirigían.

—¿Yo? —Pregunté confundido, señalándome con el pulgar.

—¿Estás seguro que está aquí con quien querías hablar? —Le preguntó el pequeño chico de boina a su amigo.

—¡Sí, tú! —Gruñó el rubio— ¡Te daré una lección!

—¡Si, tú! —El Chatot comenzó a aletear— ¡Lección!

—Escucha. Si ahuyentamos a esos niños, fue porque nos irritaba la manera con la que trataban a los Pokémon, como si fuesen sus subordinados o en su defecto, sus enemigos. —Me dirigí hacia el con el ceño fruncido— Si quieres darme una lección, que sea con tus propios puños, no por el mérito de este pequeño Chatot.

—Oh, Pearl… —El azabache sonrió— ¿Quieres pelear, como en la tele?

El rubio extravagante dio una mueca de disgusto.

—Bien, entiendo tu punto. —Acarició su mentón con su mano— ¿Pero, es la mejor manera? ¿Acaso no estás violentando a sus Pokémon también, tratándolos como enemigos?

—No lo entenderías. No has visto el sufrimiento que pasan los Pokémon, ni tampoco el que pasan los mismos humanos sometidos a la figura de una criatura que hace todo por ellos. —Lo miré fijamente y me agaché para estar a su altura.

El rubio suspiró, molesto.

—No entiendes, no hay caso. Vámonos Dia. —Agarró al pequeño del brazo y se lo llevó a rastras— ¡Debemos de ensayar para nuestra exhibición!

—¿Exhibición? ¿Cómo esa página de…?

—¡No, Dia! —Le interrumpió— ¡Que inadecuado!

Los chicos se desvanecieron en el camino hacia la enorme ciudad que interceptaba la ruta. Sneasel y Absol me esperaban impacientes en el fin de la susodicha, puesto que jamás se habían adentrado en la urbanidad del mundo. Yo tampoco.

La ciudad… era un enorme juego de luces; edificios colosales con enormes pantallas que solo transmitían marcas publicitarias, una triste escasez de hojas en los árboles que, a muy distante de la ruta que antecedía la ciudad, casi no existían; igual que las personas sin teléfonos celulares. Todos inmersos en sus dispositivos móviles; oscuros callejones deparaban un gris destino a quien pasara frente a ellos sin el cuidado mínimo sobre sus pertenencias, pero nada tan gris como los comunes quioscos que eran opacados por las grandes cadenas comerciales a la vuelta de la esquina. Muchos humanos vagaban perdidos en la triste acera que los separaba de una concurrida avenida, cuántos de ellos sin un lugar al cual acudir; y por ello abundaban los bares. Era melancólico, en las grandes pantallas solo se transmitían brillantes avances tecnológicos y lindas telenovelas color rosa sobre humanos y Pokémon, pero en la triste ciudad, hasta estas criaturas eran víctimas de sus propios pesares.

—¿Qué… es esto? —Me pregunté. Mi historia se había tornado oscura de un momento a otro, mientras vagaba por la ciudad junto a Sneasel y Absol.

Clubes nocturnos desbordan una sociedad que aparentaba ser pulcra con respecto a la inocencia de los niños. Los rincones más iluminados de la ciudad era únicamente el pavimento donde estaban erguidos los majestuosos edificios, que por ningún motivo debían de albergar gente vivaz, solo computadores recios que se encargaban de retransmitir batallas Pokémon en una región que parecía ser distante pero muy colorida, a diferencia del invierno eterno que azotaba Sinnoh. Los niños; almas vagabundas que visitaban el frontis de cada uno de los edificios que llamaban su atención. "Terminal Global", "Jubileo TV" Adornaban cada uno de los edificios más vigorosos, siendo éste último el más amplio y concurrido de la ciudad, siendo el hogar de otra gran pantalla que transmitía el noticiero, muy adaptado a la cultura "pop" que creían que existía.

—¡A ver, a ver! ¡Voy a decirte una cosa! —En mi camino se interpuso un sujeto gordo, con una fronosa barba y gafas de sol. Traía puesta una guayabera que más gordo lo hacía parecer, sin mencionar el anillo de oro que traía puesto en uno de los dedos con los cuales sostenía un puro a la mitad— Uno no puede ir por ahí diciendo que es un entrenador si no tiene un Poké-reloj. ¡Ni menos con una ropa tan extraña e indecente, hijo! —Me dio una palmada en la espalda— Además, ¡Con un cabello tan descuidado!

Ni hablar. El cabello del sujeto era corto y en punta, como aquellos mangas que leía en mi niñez; a mí me gusta mi pelo.

—Me parece que es primera vez que vienes a Jubileo, ¿no es así?

Asentí.

—¡Pues te has encontrado con el hombre indicado! —Rio triunfante, mientras le quitaba vida a su puro— Soy el presidente de Poké-Reloj S.A. ¡Y la persona que te regalará una renovación a tu desdichada apariencia!

Vaya tipo más extraño.

—Acompáñame. ¡Te llevaré a la sede de mi gran corporación, mundialmente famosa! —Mientras deliraba, continuaba con su risa extraña. Pero debía de felicitarle, puesto que según lo que observaba, no había ninguna persona sin un extraño reloj en sus muñecas— ¡Las pantallas de Jubileo T.V no paran de hablar de mi producto!

Mientras caminábamos hacia el edificio de Poké-Reloj, el sujeto no paraba de hablar de él y de su venta. Sneasel y Absol no parecían confundidos, pero sí incómodos ante la mirada intrusiva de la gente, ya que, a pesar de estar acostumbrados a convivir con los Pokémon, no estaban acostumbrados a verlos fuera de sus Pokéball… Hipocresía, pensaba yo.

—¡Aquí estamos! —Sonrió— Si no hubieras sido un forastero tan extraño, te hubiera hecho una prueba con unos camaradas en mi antiguo rubro. ¡Payasos! —Rio— ¡Mira, aquí está uno!

—¡Hola! ¡Soy un payaso de la campaña del Poké-reloj! ¡Ahí va mi pregunta! —El payaso era igual de gordo que el supuesto presidente. La pintura en sus mejillas solo adornaba su grasienta piel y, lejos de ser gracioso, era atemorizante— ¿Un Pokémon crece derrotando a otros y ganando Puntos de Experiencia?

Arquée una ceja extrañado, para luego mirar al presidente de la compañía.

—¡Anda, responde! —Dijo, sin quitar esa molesta sonrisa de su rostro.

—Es un. Un Pokémon no crece por derrotar a otros, crece conforme avanza su etapa de desarrollo en buena compañía; ya sea con otros de su especie o con humanos que no lo traten como herramientas para un futuro egoísta. —Dije, irónicamente.

Un silencio incómodo se hizo presente durante un par de segundos, hasta que el presidente volvió a interrumpir con su molesta risa.

—¡Si eres muy cómico! Anda, acompáñame.

Entramos y el sujeto me dejó esperando en la recepción, donde la secretaria me quedó mirando extrañada.

—¿Es por mi ropa? —Pregunté

No me había dado cuenta que estaba tan fuera de tono con los demás. Pies descalzos y con la piel maltratada, Pantalones negros de tela que hace muchos años ya me quedaban cortos y una polera de pijama con un diseño de bayas aranja que me había robado recientemente.

—Tus ojos. —Me respondió— Casi ni veo tus pupilas. —Se levantó de su asiento y se apoyó en el enorme mueble que nos separaba, para así verme de cerca.

—Agradezco que hayas visto mis ojos por sobre todo lo demás. —Sonreí levemente, mientras acariciaba a Sneasel quien dormía en mis brazos.

—Te pareces mucho a… —La secretaria ajustó sus lentes, mientras miraba a Absol— Tu Pokémon… A ese Absol.

Nuestras miradas se interceptaron. Es cierto que su pelaje plateado era similar al de mis ojos, y que el color de su piel era idéntico al de mi cabello… Pero sus ojos carmesíes… No los hallaba en ningún lado de mi cuerpo. Por suerte, el presidente llegó antes de que pudiéramos seguir hablando de mí, lo cual es gratificante puesto que no hay cosa que odie más que hablar de un sujeto que vive en las nieves.

—¡Vaya, si parece que hasta mi secretaria te ha encontrado peculiar! —Rio, mientras me entregó un modelo color zafiro de lo que parecía un Poké-reloj— Además, te traje este par de zapatos… ¡Me da mucha pena verte caminar descalzo, pareciera como si sufrieras por cada paso! —Me entregó una caja color café, y dentro suyo, habían unas zapatillas completamente negras y con alcolchado por dentro.

Realmente no sabía que decir. Una persona, sin ningún motivo en particular, se había interesado en mí y me había ayudado sabiendo que yo no tengo como recompensarle.

—Escucha. —Dijo, serio— En ti vi un alma vagabunda, a diferencia de los entrenadores con los cuales me suelo terciar, de seguro ellos se merecen mucho más este regalo que tú. —Se quitó las gafas de sol— Esos Pokémon contigo, fuera de las Pokeball, pies descalzos y una piel que de seguro no ha visto el sol en muchos años… Definitivamente tú no vienes de ningún pueblo ni ciudad, ni tampoco tienes donde ir.

—Para ser alguien que juega con las apariencias… —Me referí a su vestimenta— Me lograste convencer por unos minutos que eras el típico magnate estándar.

—Eres ingenuo. Tienes una postura sólida, pero no has vivido casi nada de lo que un joven de tu edad debería, o tal vez solo no has vivido lo mismo. Este mundo es mucho más cruel que el de las revistas y los diarios, pero tú a pesar de no conocerlo de manera tangible, vas en contra de lo que tratan de demostrar esos medios invasivos, siendo que en la vida real no es así.

Mi mente estaba hecha un desastre. ¿Fui tan ingenuo como para creer que lo que veía en los libros era tan distinto a la realidad?, ¿Qué función cumplían los libros?, ¿Qué tan distinta es la sociedad?

—Sal. Conoce, explora, y vive. —Me dijo, esbozando una sonrisa— Y en un tiempo más, dime que tan triste es la vida… pero no hay nada mejor que haberla vivido con la intención de hacerla un mejor lugar. —Se volvió a poner los lentes— Por cierto… ¿Cómo te llamas?

—Artemis.

—Buena suerte Artemis. Tienes buenos Pokémon contigo, y es cosa de verlos a ellos para descifrarte a ti. En el Poké-Reloj vienen variadas funciones que te harán un tanto más sencilla la vida, que disfrutes.

Salí del edificio, confundido. Sneasel aún dormía y Absol tenía hambre. Había mucho por hacer aún.